Lectio Divina

DOMINGO XV DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera Lectura (Am 7,12-15):

Este texto integra la sección mayor de Am 7,1-9,10 que contiene 5 visiones que recibe el profeta Amós. Después de la 3ª visión, que termina anunciando el castigo a la casa del rey Jeroboam (7,9), se inserta el relato del conflicto del profeta con Amasías, sacerdote de Betel, por su crítica al rey (7,10-17). Se trata de un texto narrativo biográfico que nos testimonia con realismo que Amós anunció la muerte a espada del rey de Israel Jeroboám (7,11), lo que le atrajo la consiguiente persecución.

Concretamente el sacerdote Amasías lo expulsa de Betel, santuario del Reino del Norte, Israel, mandándolo a profetizar al Reino del Sur, a Judá. Recordemos que según Am 1,1 el lugar de origen del profeta era Técua, pequeño poblado situado en una región desértica, 17 km. al sur de Jerusalén. Por tanto, aunque predicó en el Reino del Norte, Amós era oriundo del Reino del Sur, de Judá. Además del rechazo por esta cuestión étnico-geográfica, Amasías hace alusión de modo muy despectivo a la condición de vidente/profeta de Amós, como si se tratara de alguien que obra sólo por afán de ganancia (“come allí tu pan” dice literalmente).

Amós responde en primer lugar a esta acusación de profeta-oportunista declarando que no es profeta “de profesión” sino por “vocación”. En efecto, su profesión o trabajo era ser vaquero (bóqér) y cultivador de sicómoros; con probabilidad un hacendado (si tenemos en cuenta que en Am 1,1 se lo presenta como pastor -nóqéd- y que este término lo encontramos de nuevo sólo en 2Re 3,4 aplicado a Mesa de Moab, propietario de abundante ganado).

En segundo lugar precisa que su acción profética responde a una elección y misión por parte de Yavé. De hecho, el nombre de Amós significa ‘Dios lleva’ y podría estar relacionado con la descripción de su vocación profética en 3,3-8: se trata de alguien llevado o arrastrado por Dios a profetizar. Y la orientación de su profecía al Reino del Norte encuentra también aquí su motivación: en el envío por parte de Dios. Por tanto, no hay en Amós ni intereses personales egoístas ni motivación propia, sino simple y llanamente obediencia a la Palabra de Dios que lo elige y lo envía en misión, la cual incluye la posibilidad del rechazo.

Evangelio (Mc 6,7-13):

Inmediatamente después de ser rechazado por sus paisanos de Nazareth, Jesús retoma su actividad misionera recorriendo las poblaciones de los alrededores y enseñando. Y además de esto, también llama y envía a predicar a los doce apóstoles.

El texto comienza diciendo que Jesús “llamó a sí” (proskaleitai) a los doce, número que simboliza a las doce tribus de Israel presentes en el Sinaí para la alianza con Dios (cf. Ex 24,4) y, con ello, se indica que Jesús está formando el nuevo pueblo de Dios en la nueva alianza. Son los mismos doce que había llamado “para que estén con Él y para enviarlos a predicar (cf. Mc 3,13). Lo nuevo está aquí en lo que sigue: “y comenzó a enviarlos de dos en dos”. El verbo “comenzar” seguido de infinitivo (a enviar) tiene aquí un sentido durativo.

Se trata de constituirlos en misioneros de una manera permanente, de modo que su misión no se agota en este envío concreto. El detalle de que fueron enviados de “dos en dos” tendría un doble significado. En primer lugar responde a la exigencia de que haya dos testigos concordes para que sea atendible el testimonio (cf. Dt 19,15, 17,6). En segundo lugar, y recordando que la llamada también la ha hecho Jesús a parejas de hermanos (cf. 1,16-20), se insinúa el tema de la fraternidad. Por tanto van de “dos en dos” para ayudarse mutuamente y para vivir entre ellos la realidad del amor fraterno que han de testimoniar en su predicación.

“Y les daba poder sobre los espíritus impuros”. Jesús les confiere un poder real, una autoridad dependiente de él mismo. Sólo puede dar autoridad el que la tiene; y Jesús tiene esa autoridad como propia; y está además capacitado para transmitirla a sus discípulos.

Les comparte su propio poder y autoridad sobre los espíritus impuros, que implica todo lo que hace daño al hombre (física, psíquica y espiritualmente) y que tiene su raíz en una fuerza maligna presente y actuante en el mundo impidiéndole vivir en comunión con Dios, consigo mismo y con los demás. En síntesis, la misión confiada por Jesús a los apóstoles es “derrotar el reino del mal, para establecer el reino de Dios”[1].

Una vez que los doce han cumplido el primer objetivo de la elección (estar con Él; 3,14a), les llega entonces el momento del envío por parte de Jesús. Nos encontramos en un momento especial para los doce apóstoles por cuanto es la primera vez que Jesús hace partícipes a los hombres de su misión, de modo que pasan a ser los colaboradores asociados a su obra. Es de resaltar aquí la continuidad entre la actividad de Jesús y la de los Apóstoles que se expresa mediante el uso del mismo vocabulario: anunciar; expulsar demonios; enseñar y curar enfermos.

Junto a estas semejanzas es necesario notar que sólo Jesús enseña con autoridad (1,22) y es comparado al hombre fuerte capaz de vencer a Satanás y su reino (1,12-13; 3,23-27). Y esto porque los doce participan de la misión de Jesús a título de enviados o de “apóstoles”, pues así se los llama por primera vez cuando vuelven a Jesús después de su misión (6,30).

Siguen luego una serie de instrucciones concretas sobre el estilo de vida del misionero. Jesús se ocupa de cuestiones muy prácticas y elementales: vestido, alimento y alojamiento. No pueden llevar ni pan, ni dinero ni provisiones. Sólo se les permite llevar un bastón y sandalias, elementos necesarios a todo peregrino. Fuera de esto, sólo una túnica, vestimenta corriente de los hombres de aquel tiempo. En cuanto a la vivienda, deben aceptar la hospitalidad de la gente, permaneciendo en la casa dónde los reciban. En síntesis, cuando el Señor los llamó por primera vez, los discípulos lo dejaron todo y lo siguieron. Y así deben seguir, libres de todo.
Luego les da instrucciones sobre el modo de obrar, de reaccionar ante la posibilidad real del rechazo. Si no son recibidos ni escuchados, deben marcharse sacudiendo hasta el polvo de los pies en testimonio contra ellos. Este gesto lo realizaban los judíos cuando regresan a Israel después de haber caminado por tierra de paganos, como para indicar el corte entre el mundo pagano y la tierra santa. Aquí significa que deben exteriorizar el hecho de que han sido despreciados; y dejan en claro que al cerrar sus puertas y sus corazones se han perdido algo importante para sus vidas y son responsables por ello. El rechazo de los mensajeros es un rechazo a Jesús mismo.

Sigue el cumplimiento de la orden de predicar con sentido final: “proclamaban el evangelio para que se arrepientan”. Y también la realización de los distintos hechos de poder: expulsión de demonios y curación de los enfermos mediante la unción con aceite.

ALGUNAS REFLEXIONES:

En este momento nos toca contemplar lo que hace y dice Jesús en el evangelio para aprender de Él.
En primer lugar, notemos la reacción de Jesús ante el rechazo y/o fracaso sufrido en su propio pueblo: no se cierra en sí mismo ni desiste de su misión, sino que, por el contrario, reacciona con el envío misionero de sus discípulos. Y la misma actitud le inculcará a sus apóstoles: si no los reciben ni escuchan en un lugar, marcharse a predicar a otra parte. El rechazo es posible pero la misión debe continuar porque la obra es de Dios.
Jesús les encarga la misión de predicar la conversión, pero no les promete el “éxito pastoral”; más bien los prepara para la posibilidad del rechazo. Sin embargo, a su regreso, los apóstoles le cuentan ha Jesús “todo lo que habían hecho y enseñado” (Mc 6,30) dando la impresión a entender que cumplieron con su misión más allá del éxito de la misma. Al respecto nos dice el Papa Francisco: “A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca” (EG 279).

En segundo lugar, vemos que Jesús comparte su autoridad y su poder con sus discípulos. Aunque es el Hijo de Dios, sabe que necesita de la colaboración de los demás para cumplir su misión en este mundo, y por esto envía a los apóstoles dotándoles de su misma autoridad y poder para obrar. Por eso podemos preguntarnos en este momento si sabemos compartir el poder, trabajar en equipo, en comunión; o nos enseñoreamos del poder y nos aislamos del pueblo.

Vemos también que Jesús está fundando su Iglesia. ¿Y para qué la fundó? Para continuar su misión salvadora de los hombres a través de ella. “La Iglesia existe para evangelizar”, decía el Papa Pablo VI. Lo vemos en el evangelio de hoy donde con este envío Jesús busca al futuro la continuidad de su obra pues la misión se funda en la voluntad del mismo Jesús y es una necesidad siempre actual en la Iglesia. La Iglesia debe evangelizar hasta el fin de los tiempos, siempre. Es su misma esencia ser misionera.
¿Y qué me toca hacer a mí y a mi comunidad? Lo mismo que hicieron los doce apóstoles: salir de dos en dos a anunciar la llegada del Reino de Dios. Por ser bautizado, por ser cristiano, soy también un enviado por Jesús a misionar.
Al meditar en este envío misionero de los apóstoles, tenemos que apropiarnos de estas palabras de Jesús, escucharlas como dirigidas a cada uno de nosotros. Entonces, tengo meditar pidiendo sentir esta necesidad que tiene Jesús de mí para continuar su misión; tengo que sentir que también a mí me envía a evangelizar. Y en la oración tendré que discernir los lugares, los tiempos y los modos de cumplir mi misión, que dependen mi situación personal y mi estado de vida. Al respecto comenta el Papa Francisco: “La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo” (EG 273).

Junto a la misión de anunciar la conversión está el poder de expulsar a los demonios. Sobre esto último comenta J. Ratzinger[2]: “Dado que el mundo está dominado por las fuerzas del mal, este anuncio es al mismo tiempo una lucha contra esas fuerzas… El mundo es presentado ahora en su racionalidad: procede de la Razón eterna, y sólo esa razón creadora es el verdadero poder sobre el mundo y en el mundo. Sólo la fe en el Dios único libera y “racionaliza” realmente al mundo. Donde, en cambio, desaparece, el mundo es más racional sólo en apariencia…”Exorcizar”, iluminar el mundo con la luz de la ratio que procede de la eterna Razón creadora, así como de su bondad salvadora: ésa es una tarea central y permanente de los mensajeros de Cristo Jesús”.

Por otra parte hemos visto que el envío de los Apóstoles Jesús lo realizó de “dos en dos”. De este detalle podemos deducir la intrínseca y necesaria relación entre comunión y misión. La comunión vivida hace a la esencia del Evangelio, por lo cual forma parte esencial también de la vida y del anuncio misionero.

¿Y cómo interpretar las indicaciones concretas que les da Jesús a los apóstoles?
Según L. Rivas[3] “La misión de los discípulos es una tarea que supera las posibilidades humanas. Ellos deben llevar la Buena Noticia del Reino de Dios, y como se ha dicho tantas veces, no deben hacerlo sólo con palabras sino también con gestos. Al introducir estas limitaciones, el evangelio quiere subrayar fuertemente que la realización de esa tarea no depende de ninguna manera de la fuerza del hombre sino de la potencia que tiene el mandato de Cristo… La pobreza exterior del misionero debe ser un signo de su convicción de que toda su fuerza la recibe del Señor, y de que él no confía en sus propios medios para llevar a cabo la misión que se le ha encomendado”.
Por tanto, “las advertencias de Jesús en el sentido de proveerse con mucha sencillez, con sobriedad y pobreza, exigen siempre a los lectores decidir cómo pueden hacer presente el reino de Dios en su tiempo, con credibilidad y ejemplaridad; sin buscar el propio provecho, sin pretender dinero o bienes, sin ansia de poder o sin abusar de la autoridad que Dios les ha dado (cfr. 4,18s; 8,14-21); de este modo pueden hacer presente el efecto liberador del reino”[4].
Podríamos completar esto con una simpática expresión de M. Navarro Puerto[5], quien dice que lo más importante que deben llevar los misioneros “lo llevan puesto”, en referencia a la autoridad/poder recibido de Jesús.
Por tanto, es claro que la misión pasa más por los hechos que por las palabras; más por el testimonio de vida coherente que por las estrategias pastorales. Y estos criterios eran usados por los primeros cristianos para discernir entre verdaderos y falsos apóstoles o profetas, como lo prueba la “Didajé”, una obra de principios del siglo II, que dice: “En cuanto a los apóstoles y profetas, proceded así conforme al Evangelio. Todo apóstol que llegue a vosotros, ha de ser recibido como el Señor. Pero no se quedará por más de un día o dos, si hace falta; quedándose tres días, es un falso profeta. Al partir, el apóstol no aceptará nada sino pan para sustentarse hasta llegar a otro hospedaje. Si pidiere dinero, es un falso profeta.” (XI, 3-6).

Entonces, nos preguntamos: ¿qué me hace falta para ser misionero? ¿Qué tengo que tener y llevar al salir en misión? Lo menos posible porque lo más importante es lo que uno tiene en su corazón, la fe y el amor de Jesús, que es lo que tenemos que transmitir a los demás. Todos los medios pueden ayudar, pero lo más importante es lo que llevamos dentro nuestro y que tenemos para dar.
Las indicaciones prácticas que da Jesús a los apóstoles son relativas a su época, ya no usamos túnicas ni sandalias ni nos movemos sólo a pie y con bastón. Pero el espíritu que está en el origen de estas normas sí sigue siendo válido para todos los tiempos: el misionero no debe poner la confianza ni en sí mismo ni en los medios, sino en el poder de Dios que lo envía.

Al respecto nos dice el Papa Francisco: “Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender. Jesús es «el primero y el más grande evangelizador». En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras. En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19) y que «es Dios quien hace crecer» (1 Co 3,7). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo” (EG 12).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Entre los obreros

Largos caminos y oscuras sendas
Solo brillan tus pasos en medio de las tinieblas
Un grito se hace Evangelio y quiebra el silencio
Entonces la miel se derrama en el alma
Y brotan nuevos versos,
Lágrimas que bañan las heridas
Salud que penetra hasta los huesos.

Salimos de dos en dos
Para andar tus senderos
Sin preguntar, ni discutir, ni ocupar un lugar
Un espacio especial entre los obreros
Tomas apenas la alforja, la guitarra
El antiguo y el nuevo,
Herencia y testamento.

Nos repartimos el mapa
De tantos hambrientos y…
Parece que somos pocos
Sin embargo, en la escasez
Te haces abundancia y también
Alimento por pura gracia
Bebida para la sed.

Danos tu Fuerza Padre
Te lo pedimos por tu Hijo,
Él se nos hizo Camino, puente
Para llegar a los hermanos
Para abrir el corazón sin pensarlo
Recibir el Espíritu Santo Paráclito y
Como El, glorificarte. Amén

[1] L. H. Rivas, Jesús habla a su pueblo. Ciclo B. Domingos durante el año (CEA; Buenos Aires 2002) 112.
[2] Jesús de Nazareth (Planeta; Buenos Aires 2007) 211-213.
[3] Jesús habla a su pueblo. Domingos durante el año. Ciclo B (CEA; Buenos Aires 2002) 114.
[4] Cf. Fritzleo Lentzen-Deis, Comentario al evangelio de Marcos (Verbo Divino; Estella 1998) 195.
[5] Marcos (Verbo Divino; Estella 2006) 220.
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