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En fecha: 22/10/2019 22:21:54 2019 / +0000 GMT
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Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina




CUARTO DOMINGO DE CUARESMA: CREER EN LA MISERICORDIA DEL PADRE

1a. lectura (Jos 4,19; 5,10-12):

La celebración de la Pascua marcó la salida de Egipto; y también la celebración de la Pascua marca la llegada a la tierra prometida. Pero esta Pascua nueva, ya en la tierra, da comienzo a algo distinto. Cesa lo transitorio, el maná, y surge lo permanente: “los frutos del país”. Dios ha cumplido, ya no se trata sólo de una promesa, sino de la realidad de la tierra. Falta conquistarla, tomar posesión de ella, que no es un detalle menor; pero hay que celebrar porque ya ha sido dada por Dios.

Hay dos notas dominantes en el relato: el clima festivo y un nuevo estilo de vida. Alegría y sorpresa después de un camino a veces demasiado complicado por las miserias y resistencias humanas.

2a. lectura (2Cor 5,17-21):

Cristo es confesado por Pablo claramente como el Reconciliador de los hombres con Dios; mientras que el Apóstol se presenta a sí mismo como el anunciador de esta reconciliación. Su misión es proclamar a los hombres la obra reconciliadora de Cristo para que puedan tener parte en ella. La reconciliación con el Padre es como una nueva creación que da a luz una nueva criatura, a un nuevo ser. Renacemos a la vida de la gracia. No puede haber excusas para no responder a este llamado porque el gran obstáculo, que son nuestros pecados, ya ha sido removido por el perdón de Dios alcanzado por Cristo.

La frase final es muy fuerte: "A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros". Es decir, el pecado es lo que separa al hombre de Dios. Jesús entró en el pecado del hombre, se hizo pecado, para desde allí reconciliarnos con el Padre. La iniciativa de Dios es asombrosa. En efecto, "lo normal es que cuando existe un ultraje, una ofensa, sea la persona que lo causa la que deba dar el primer paso para la reconciliación. Sin embargo, en la historia de la salvación ha sido Dios, que era el ofendido por nuestras culpas, el que ha dado los primeros pasos – y eran unos pasos enormes –"[1].

Evangelio (Lc 15,1-3.11-32):

En relación a la parábola del hijo pródigo es probable que de tanto escucharla haya perdido para nosotros parte de la fuerza de su mensaje, por ello es importante redescubrir su sentido original para luego darle una correcta aplicación a nuestra vida cristiana.

Las tres parábolas del capítulo 15 de San Lucas se referían originalmente a una situación particular pues como nos dice la introducción del capítulo: “recaudadores de impuestos y pecadores” se acercaban a Jesús para escucharlo; lo cual genera una dura crítica por parte de los fariseos y doctores de la Ley que escandalizados decían: “recibe a los pecadores y come con ellos” (cf. Lc 15,2).

Como bien nota L. Rivas, hay que tener en cuenta que “para los orientales, compartir la mesa no sólo era un acto de hospitalidad sino que también creaba parentesco entre los que participaban. Por eso los maestros y los piadosos en general evitaban el contacto con los pecadores y jamás los admitían en su mesa”[2].

Entonces, con la intención de responder a los fariseos y escribas que lo criticaban y murmuraban, Jesús narra tres parábolas. Las dos primeras, la oveja perdida y la moneda extraviada, reciben al final una clara transposición al orden de la fe insistiendo en la alegría de Dios (el cielo; los ángeles) por la conversión de los pecadores (Lc 15,7.10). La parábola del hijo pródigo permanece sin aplicación explícita, pero, por el contexto, es fácil deducir que el padre representa a Dios; el hijo menor a los pecadores; y el hijo mayor a los fariseos y escribas que se creían justos. La lectura litúrgica ha optado sólo por esta última de las tres parábolas y a ella nos abocaremos.

La interpretación de las parábolas en cuanto relato dinámico invita a considerar la historia global más que los detalles y, entonces, descubrimos que el centro o hilo conductor de la misma es la relación del Padre con sus dos hijos. Por esto tal vez sería mejor llamarla "parábola de los dos hijos" o del “Padre misericordioso”, protagonista principal del relato.

Al inicio la parábola nos describe en detalle el itinerario del hijo menor desde que se va de la casa paterna hasta que regresa y se reencuentra con su Padre.

El hecho de pedir la herencia en vida de su padre es ya una ofensa grave para el padre. A esto se suma como agravante que decide abandonarlo, dejar la casa familiar. Al respecto dice B. Malina[3]: “Al solicitar no sólo su herencia, sino el derecho a disponer de ella en vida de su padre, el joven rompe violentamente con su padre, su hermano y la comunidad en la que viven. La hostilidad sería manifiesta tras su regreso, especialmente cuando supiese su familia que había disipado su parte de la propiedad familiar con no-israelitas. Las familias del pueblo tendrían miedo de que a sus hijos jóvenes se les ocurrieran semejantes ideas.”

Luego el relato nos narra la progresiva decadencia del hijo menor, quien dilapidando toda la herencia recibida llega hasta tocar fondo pues pasa hambre y tiene que cuidar cerdos, lo cual es de lo más humillante para un judío, que los considera animales impuros. La opinión de F. Bovon[4] es que “el error del hijo menor radica menos en su petición o su partida que en la dilapidación de la herencia paterna”. Y de hecho es lo que más le recrimina el hermano mayor, el haberse gastado los bienes del padre con prostitutas (cf. 15,30).

En particular se resalta el punto de quiebre que se da cuando el hijo menor toma conciencia de su miserable situación actual en comparación con vivir en la casa de su padre y “recapacita” (“entró en sí mismo”, dice literalmente el texto griego en 15,17). Entonces se arrepiente, reconoce ante sí mismo su pecado y decide volver. Como bien nota F. Bovon[5] en relación a la auto confesión del hijo menor en 15,18-19: “el hijo no quiere hablar de su situación jurídica: sabe muy que no tiene derecho filial alguno a los bienes de su padre. Declara que ha perdido su honor, su identidad, y hasta su nombre de hijo”.

Sigue un momento de sorpresa y que es el centro de la parábola: el padre lo ve, se conmueve, corre a su encuentro, lo abraza y lo besa. El verbo griego que expresa los sentimientos del padre indica una conmoción visceral, una repercusión en las 'entrañas'. Este verbo Lucas lo vuelve a utilizar para referirse a los sentimientos de Jesús ante una madre viuda que ha perdido a su hijo único (7,13), y a los del buen samaritano ante el hombre herido (10,33).

Las órdenes del padre en relación a darle el mejor vestido, a ponerle el anillo (signo de poder) y el calzado (15,22) indican claramente la intención del padre de devolverle plenamente la condición de hijo y de reintegrarlo a la familia como si nada hubiera pasado.

En este momento, nos queda claro que la parábola busca revelar la predisposición de Dios para con los pecadores y, de este modo, justificar la actitud de Jesús para con ellos pues no hace más que 'encarnar' los sentimientos del Padre.

No podemos olvidar que la parábola nos presenta también un anti-ejemplo porque hay alguien que se enoja mucho por el regreso del hijo menor: el hijo mayor. Y notemos que el padre sale a buscarlo y a suplicarle que se una a la fiesta; pero él se niega a hacerlo y sus palabras revelan un corazón de siervo, no de hijo ni de hermano. De hecho, en su respuesta no lo llama nunca “padre”; y evita llamarlo “mi hermano” al que ha regresado y se refiere a él como «ese hijo tuyo» (15,30). Por tanto, el hijo mayor representa a los fariseos y a los maestros de la Ley que le critican a Jesús porque “recibe a los pecadores y come con ellos” (cf. Lc 15,2).

Las palabras finales del padre refuerzan el mensaje de la parábola: “Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (15,32). Aquí el uso de los términos “muerte y perdición”; “vida y encuentro” tienen un claro sentido religioso y hacen referencia a la reconciliación con Dios; y vinculan esta parábola con las dos anteriores.

Algunas reflexiones

El domingo pasado escuchamos la llamada urgente de Jesús a la conversión, a volver a Dios. Hoy el evangelio nos revela con qué nos encontramos al volver a Dios. Al respecto dice H. U. von Balthasar: “La parábola del hijo pródigo es quizá la más emotiva y sublime de todas las parábolas de Jesús en el evangelio. El destino y la esencia de los dos hijos sirve únicamente para revelar el corazón del padre. Nunca describió Jesús al Padre celeste de una manera más viva, clara e impresionante que aquí”[6]. Y considerando la segunda lectura y el contexto litúrgico vemos con claridad que el tema de la reconciliación es el dominante, y por esto tal vez lo mejor sea hacer una buena catequesis sobre la reconciliación, incluyendo la dimensión sacramental, y sin perder de vista la única perspectiva correcta: el amor misericordioso del Padre en el que hay que creer.

Sí, porque desde esta perspectiva el pecado aparece ante todo como pérdida del don de la filiación, un dejar de vivir como hijos de Dios. Es el caso del hijo menor que pide su parte de la herencia y se marcha lejos. "El pecado es querer realizarse siguiendo la voluntad propia, lejos del padre. Este deseo de realizarse con la posesión del patrimonio, este afán de afirmar la propia voluntad sobre lo creado corresponde a lo que la serpiente sugería al oído al primer hombre: seréis como Dios (cfr. Gn 3,5)", dice M. Rupnik[7] con acierto. La consecuencia de este desordenado deseo de ser "señor" de sí mismo es terminar siendo "esclavo", como sugiere con ironía la parábola al referirse a cómo termina la vida libertina del hijo menor luego de marcharse de la casa de su padre.

Desde aquí brota también el auténtico arrepentimiento o dolor profundo por no haber valorado el don del amor del Padre, por haberlo despilfarrado. El vacío de bienes y de futuro lleva al hijo menor a entrar en sí mismo, a recapacitar en lo que hizo. Sin la relación con Dios Padre el hombre queda sumido en la miseria de la condición humana, sin casa ni hogar verdadero.

Ahora bien, importa insistir en que la misericordia del Padre es más fuerte que nuestro pecado y, por esto mismo, nos puede devolver la condición de hijos. El hijo menor al recapacitar piensa en el padre, en lo bien que se estaba en casa. No se repliega amargamente sobre sus errores y sus fracasos. En efecto, una conciencia formada en la estricta justicia puede tener serias dificultades para aceptar el perdón del Padre pues lo considera algo inmerecido, que no corresponde. Y esto es verdad desde la lógica de las relaciones humanas, pero no desde la lógica del amor de Dios. Una conciencia tal muy posiblemente se quede encerrada en su culpa esperando el castigo y, de este modo, se resista a arrojarse en los brazos del Padre. Ante esta actitud, el mensaje evangélico nos recuerda que la misericordia triunfa sobre el juicio y que el perdón de Dios es un gran regalo que se debe aceptar y valorar. Importa más atender al deseo y a la alegría del Padre por la vuelta del hijo, que al remordimiento del hijo por haberle fallado al Padre de tal modo. Esto lo vemos en el final de la escena donde el padre con su abrazo ahoga la confesión del hijo arrepentido; le devuelve la dignidad filial simbolizada por las vestiduras y ordena festejar.

Es muy importante meditar sobre esto porque a veces proyectamos imágenes sobre Dios que desfiguran su verdadero rostro. ¿Cómo recibió el padre de la parábola al hijo pródigo? ¿Acaso le pegó, lo regañó, le pasó factura, le dijo: te lo advertí, pero no me hiciste caso; no me escuchaste; ahora asumí las consecuencias…

Jesús lo describe así: Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y, conmovido profundamente, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo besó con ternura (15,20). Y le devolvió la dignidad de hijo simbolizada por la vestimenta, y mandó hacer fiesta. Lo más importante para el Padre fue que su hijo, que lo había creído muerto, había regresado con vida. Así es el amor misericordioso del Padre Dios, así nos recibe y nos trata cuando volvemos a Él arrepentidos sinceramente por habernos alejado. En efecto, el Padre es fiel a su paternidad siendo fiel al amor por su hijo rebelde; un amor que se transforma en misericordia cuando supera la norma precisa de la justicia.

Al respecto nos dice el Papa Francisco: “El relato nos hace ver algunas características de este padre: es un hombre siempre preparado para perdonar y que espera contra toda esperanza. Sorprende sobre todo su tolerancia ante la decisión del hijo más joven de irse de casa: podría haberse opuesto, sabiendo que todavía es inmaduro, un muchacho joven, o buscar algún abogado para no darle la herencia ya que todavía estaba vivo. Sin embargo le permite marchar, aún previendo los posibles riesgos. Así actúa Dios con nosotros: nos deja libres, también para equivocarnos, porque al crearnos nos ha hecho el gran regalo de la libertad. Nos toca a nosotros hacer un buen uso. ¡Este regalo de la libertad que nos da Dios, me sorprende siempre!... La figura del padre de la parábola desvela el corazón de Dios. Él es el Padre misericordioso que en Jesús nos ama más allá de cualquier medida, espera siempre nuestra conversión cada vez que nos equivocamos; espera nuestro regreso cuando nos alejamos de Él pensando que podemos prescindir de Él; está siempre preparado a abrirnos sus brazos pase lo que pase. Como el padre del Evangelio, también Dios continúa considerándonos sus hijos cuando nos hemos perdido, y viene a nuestro encuentro con ternura cuando volvemos a Él. Y nos habla con tanta bondad cuando nosotros creemos ser justos. Los errores que cometemos, aunque sean grandes, no rompen la fidelidad de su amor. En el sacramento de la Reconciliación podemos siempre comenzar de nuevo: Él nos acoge, nos restituye la dignidad de hijos suyos, y nos dice: «¡Ve hacia adelante! ¡Quédate en paz! ¡Levántate, ve hacia adelante!»” (ángelus del 6 de marzo de 2016).

Por su parte, la actitud del hijo mayor nos invita a meditar en la posibilidad de que nuestro corazón se haya endurecido, que no nos sintamos ya hijos perdonados y amados del Padre, aunque permanezcamos todavía en casa, en la Iglesia. Y en este sentido podemos hablar de dos tipos de pecadores, representados por los dos hijos y su diferente relación con el padre. Muy bien los caracteriza Marko Rupnik[8]:

"Fundamentalmente hay dos grupos de pecadores: el formado por los que más comúnmente son considerados pecadores, o sea las personas que roban, hacen el mal, confían en las riquezas, se dejan llevar por las pasiones de la carne, se enfadan, beben, riñen, matan…Son las personas que, al principio del capítulo 15 del evangelio de Lucas, se reúnen en torno a Cristo y se agolpan para escucharlo, para tocarlo o al menos rozar el borde de su manto […] Hay otro grupo de pecadores, el de los convencidos de no serlo, que se creen justos, que no experimentan en su corazón una necesidad vital de convertirse. Son las personas que se consideran en regla, que se han apoderado también de Dios y lo han reducido a una especie de ley, a un ritual, a una costumbre. Como observan la norma y viven según el cliché preestablecido, se creen justificadas y se consideran autorizadas a juzgar a todos según su presunta perfección […] Estas personas pretenden dominar a Dios con sus buenas acciones. En realidad adaptan la ley a su forma de conducta, a la satisfacción de la voluntad propia, y así son cumplidores de la ley; y esa forma de conducta la llaman generosidad, incluso generosidad religiosa. La verdad es que han hecho del propio egoísmo un ídolo con etiqueta religiosa. No hay peor cerrazón en el hombre que la de una falsa religiosidad, cuando se persigue la propia voluntad convencido de que se está siguiendo la de Dios, cuando se observa una ley hecha por uno mismo, pero con la convicción de que ha sido dada por Dios, defendiendo a veces la propia hipocresía con apariencias de oportunidad, justificaciones racionales, amistades influyentes y hasta con pensamientos devotos. De este tipo son las personas que, al principio del capítulo, murmuran desde lejos acusando a Cristo de recibir a los pecadores y comer con ellos".

El hijo mayor se había conformado con una pertenencia meramente externa a la casa paterna sin estar en comunión con los sentimientos del padre. Por eso no tiene compasión de su hermano y asume el rol de juez. Hay que reconocer nuestra filiación como un don gratuito del amor paterno, y gozarse en ello. Entonces podremos aceptar la gratuidad del perdón Divino al pecador arrepentido. Y esto es clave porque no podemos ser hijos si no aceptamos ser hermanos de todos los otros hijos del padre. W. Marchel llama a esto la ley fundamental de la revelación neotestamentaria: “Nadie puede tener a Dios por padre, si no tiene al prójimo por hermano”[9].

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Sonría la Trinidad

Señor,

He venido a cenar contigo,

Dicen por allí que comes con los mendigos

Y por eso vengo a mendigar,

muerto por mi propio mal

pecador, en su indigencia arrepentido.

Es tan infinita tu mirada,

Su profunda alegría a mi llegada

No puedo más, mi fuerza se ha gastado

Y nada traigo a tu morada

Solo pesar, mucho por limpiar.

Y vienen tus sirvientes a quienes tú mismo llamas

Atienden a la súplica de un alma

Rendida y aún llena de esperanza.

-          Sal a mi encuentro Padre

En este tiempo de Gracia.

Vuélveme a la Vida

Solo el nombre que me has dado

Pronunciado de tus labios necesito

Susúrrame al oído: ¡Hijo!

Deseo compartir la mesa contigo.

Todos hermanos somos

Y a tu banquete venimos,

Sin juzgarnos por la apariencia del vestido

Lavamos de rodillas los pies del otro

Sonríe la Trinidad desde el infinito. Amén

[1]  Card. A. Vanhoye, Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo C (Mensajero; Madrid 2009) 89.

[2]  La obra de Lucas I. El Evangelio, Agape, Buenos Aires, 2012, 152.

[3] Los evangelios y la cultura mediterránea del siglo I. Comentario desde las Ciencias Sociales (Verbo Divino; Estella 1996) 282.

[4] El evangelio según san Lucas III, Sígueme, Salamanca, 2004, 65.

[5] El evangelio según san Lucas III, Sígueme, Salamanca, 2004, 68.

[6] H. U von Balthasar, Luz de la palabra. Comentario a las lecturas dominicales, Encuentro, Madrid,1998, 235-236.

[7] Le abrazó y le besó (PPC; Madrid 1999) 29.

[8]  M. I. Rupnik, Le abrazó y le besó (PPC; Madrid 1999) 15-17

[9] Marchel, W., Abba, Padre. El Mensaje del Padre en el Nuevo Testamento (Barcelona 1967) 88.

 

 


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