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Fecha impresión: 20/07/2019 5:12:28 2019 / +0000 GMT

Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina




DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR “C”


Primera lectura (Is 50,4-7):


Este fragmento corresponde al tercero de los cuatro poemas que son conocidos como los "cánticos del siervo" por su referencia a un personaje a quien Dios llama como su siervo. Esta figura es relevante por cuanto la profecía de Isaías atribuye la gracia del rescate de la cautividad babilónica no sólo a la misericordia de Dios sino también a la obra de un mediador, el siervo sufriente, que es representado como una víctima expiatoria por los crímenes del pueblo y que obtiene el perdón para Israel en virtud de su sacrificio.
En el fragmento del cántico que leemos hoy el siervo se presentado como fiel discípulo del Señor, que cada mañana escucha la Palabra del Señor y que es víctima de la maldad de los hombres. Su lengua pronuncia lo que el Señor le indica, su enseñanza procura consolar al abatido (50,4). Acepta su misión sin resistencia, conoce las dificultades que entraña, pero no se da por vencido pues tiene puesta toda su confianza en el Señor.
Mucho se ha escrito acerca de la posible identificación de este siervo con algún personaje histórico o con el pueblo de Israel, pero no se ha alcanzado todavía un acuerdo pleno. No obstante, desde una perspectiva cristiana, es evidente que se trata de una prefiguración profética de Jesús y de su misión redentora. De hecho, en el Nuevo Testamento Jesús es identificado con el Siervo sufriente en su bautismo (Mt 3,17; Mc 1,11; Jn 1,34); en sus milagros (Mt 8,17); en su decisión de ir a Jerusalén a morir (Lc 9,51) y en su humildad (Mt 12,16-21). Según Jn 12,37-43, Jesús asume en su ministerio público las palabras del siervo sufriente de Is 53,1s. El tema del siervo también se atribuye a Jesús en los Hechos de los Apóstoles (He 3,13.26; 4,27.30; 8,32) y en los himnos de la primitiva Iglesia (Flp 2,7; 1Pe 2,21-25). Si bien no lo citan explícitamente, los relatos de la pasión son una realización del tercer cántico, en especial por la referencia a los salivazos y golpes que recibe el Señor (Cf. Mc 14,65).


Segunda Lectura (Flp 2,6-11):


Este himno representa una de las más antiguas y genuinas expresiones de la fe cristiana, rica en intuiciones cristológicas y con valiosos aportes doctrinales.
La expresión con que inicia la primera parte: ‘existiendo en condición de Dios' (2, 6a) supone ya una percepción profunda de las relaciones únicas y exclusivas de Jesús con Dios; y aunque no contiene explícitamente todavía la idea de preexistencia, da pie para una reflexión en esta dirección. Luego, al describir el proceso kenótico o de vaciamiento/abajamiento de Jesús, revela una comprensión unitaria de las opciones fundamentales realizadas por Él a lo largo de su vida terrena. Esta autohumillación de Jesús consiste en el rechazo de toda ambición y orgullo; y en la adopción de una actitud mansa y humilde (Mt 11,29; Is 42,2-3; 53,7-9). El culmen de esta humillación es hacerse ‘obediente hasta la muerte' (8b); donde el ‘hasta la muerte' tiene un sentido calificativo más que temporal pues se trata de una obediencia que no cede ante ningún sacrificio personal, incluso el de la propia vida.
En breve, podemos decir que toda la vivencia de Jesús es leída sobre el trasfondo de la experiencia de Adán y, muy especialmente, del cuarto cántico del siervo de Yavé (Is 52,13-53,12). Al contrario de Adán, quien pretendió ser como Dios y así perdió su dignidad, Jesús, siendo de condición divina, no ha hecho valer su privilegio de igualdad con Dios, sino que ha asumido la condición propia del Siervo Sufriente, dando su vida como expresión de su fidelidad total al Padre.
El movimiento de exaltación que le sigue tiene su cumbre en la donación del nombre hecha por Dios a Jesús; y este nombre de Señor (Ku,rioj) comprende el señorío universal que el Antiguo Testamento reconocía a Yavé y, por tanto, los actos de adoración y confesión que le brindan a Jesús todas las criaturas, incluidas las celestiales, son justificados y hasta exigidos.
Evangelio: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Lucas


San Lucas, en su narración de la pasión, pone de manifiesto en muchos lugares las preocupaciones del historiador y del escritor: tiende a explicar mejor el desarrollo de los acontecimientos y a construir un relato bien ordenado. No intenta, sin embargo, la fría objetividad del relator imparcial. Su narración es, por el contrario, la del discípulo que revive la historia del maestro. Su posición personal se expresa en la repetida afirmación de la inocencia de Jesús y en la omisión de los detalles ofensivos o crueles. Por otra parte, la Pasión toma el aspecto de una invitación hecha al discípulo: es necesario seguir a Jesús por el camino de la Cruz. La narración es, pues, personal y parenética. Suscita y refuerza el empeño de cada uno en el seguimiento de Jesús.


Además, Lucas destaca sobre todo la misericordia de Dios revelada en la persona de Cristo. Las palabras de Jesús en la cruz son un claro ejemplo: el perdón porque no saben lo que hacen, la promesa del paraíso al buen ladrón, la confianza y abandono al Padre. Por otra parte, resalta las actitudes de las personas ante la Pasión de Jesús: las lágrimas de Pedro, la compasión de las mujeres de Jerusalén, la compunción de la gente que vuelve golpeándose el pecho.


Lucas adopta un orden diverso a los demás evangelios: cuenta primero la negación de Pedro y su arrepentimiento, describe después los ultrajes infligidos a Jesús por los guardias y finalmente narra la sesión del proceso y la entrega del prisionero a Pilato. Esta composición se adapta bien a la perspectiva personal y parenética de Lucas. Aún antes de que comience el proceso, la primera cuestión que se expone es la del comportamiento del discípulo mientras se juzga al maestro. Cuando el maestro es humillado, no es agradable declararse su discípulo. La narración de la negación de Pedro descubre la tentación que se insinúa en el corazón de cada cristiano. Y el relato de su arrepentimiento, provocado por una mirada del Señor que se vuelve hacia Él (22,61), devela el secreto de toda conversión.
Durante el proceso ante Pilato su tema principal es la inocencia de Jesús. Inmediatamente después de la pregunta inicial, Pilato declara que no encuentra contra el imputado ningún motivo de condena (23,4).
En la escena del Calvario Lucas ofrece también una composición distinta pues muestra que la cruz transforma al mundo de las almas, produciendo la conversión y asegurándonos la misericordia.
• Jesús en el Calvario nos da ejemplo de cómo perdonar las ofensas, rogando por sus verdugos: ¡"Padre, perdónalos, no saben lo que hacen!"
• Nos da ejemplo de confianza y de abandono filial: "¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!".
• Nos exhorta a la penitencia: "No lloren sobre mí, lloren sobre ustedes...".
• Convierte al ladrón, sin necesidad de palabras (“hoy estarás conmigo en el paraíso”).
• Lo mismo ocurre con la gente: muchos lo contemplan crucificado y se vuelven golpeándose el pecho.


Lucas muestra poco interés por las evocaciones escatológicas; le interesan, en cambio, las repercusiones interiores de los sucesos que narra y las relaciones personales de las almas con Cristo.
El grito final de Jesús antes de morir no es el "Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado" (Sl 22,2 en Mc y Mt) sino la súplica de confianza del Sl 31,6: "Jesús, con un grito, exclamó: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró" (Lc 23,46). De este modo indica que Jesús termina su lucha (agonía) seguro de la victoria de Dios. En el evangelio de Lucas Jesús comenzó su ministerio orando (3,21) y lo termina también en oración. Esto muestra que Dios no está ausente, ni es sordo ni mudo, sino que está cerca y Jesús se abandona a El con confianza, sin suplicarle en ningún momento un rescate urgente. Las palabras de Jesús confirman su certeza en una verdad inquebrantable: Dios está de su lado y sigue siendo el Padre amoroso .


Meditatio:


El domingo de ramos celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén donde va a sufrir su pasión y su muerte en cruz. Es, por tanto, la puerta de la Semana Santa y la liturgia de este día nos invita a entrar con Jesús en la misma. En su ingreso a Jerusalén Jesús es aclamado como rey que viene en el nombre del Señor. Pero hace su ingreso como "un rey humilde, montado en un asna" como lo había profetizado el profeta Zacarías (cf. Zac 9,9). Y la otra aclamación de los discípulos “¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” nos recuerda el canto de los ángeles al inicio del evangelio (cf. 2,14) y refuerza la misión de traer la paz propia de Jesús Mesías. No es, por tanto, un rey prepotente que hace alarde de su poder; sino un rey manso, humilde, pacífico y pacificador.
Y así viene también a nuestros corazones, como nos decía el Papa Francisco: “del mismo modo que entró en Jerusalén, desea también entrar en nuestras ciudades y en nuestras vidas. Así como lo ha hecho en el Evangelio, cabalgando sobre un asno, viene a nosotros humildemente, pero viene «en el nombre del Señor»: con el poder de su amor divino perdona nuestros pecados y nos reconcilia con el Padre y con nosotros mismos. Jesús está contento de la manifestación popular de afecto de la gente, y cuando los fariseos le invitan a que haga callar a los niños y a los otros que lo aclaman, responde: «si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40). Nada pudo detener el entusiasmo por la entrada de Jesús; que nada nos impida encontrar en él la fuente de nuestra alegría, de la alegría auténtica, que permanece y da paz; porque sólo Jesús nos salva de los lazos del pecado, de la muerte, del miedo y de la tristeza” (homilía del 20 de marzo de 2016).
De aquí toman sentido los ramos de olivo que recuerdan la paz que nos trae Cristo y que sólo puede darse cuando Cristo reina en nuestros corazones, en nuestra casa, en nuestra sociedad.


Se lo llama también "domingo de Pasión" por cuanto leemos la Pasión del Señor y, de este modo, nos ponemos en clima para toda esta semana anticipando los hechos para descubrir su sentido profundo e inspirarnos la actitud espiritual correspondiente.
La primera lectura nos invita a la escucha, actitud propia del discípulo, pero incluye también la aceptación de los acontecimientos. El siervo no sólo habla y escucha, sino que también padece sin huir, confiando en la ayuda del Señor. Es una clara invitación, por tanto, a involucrarse con la pasión de Jesús prefigurada en los sufrimientos del siervo.
También la segunda lectura nos presenta el camino de Jesús, su abajamiento y su obediencia hasta la muerte, como modelo a imitar. Más puntualmente nos invita a involucrarnos con nuestro querer, pensar y sentir en la pasión de Jesús. La extrema pobreza y el extremo amor de Jesús manifestado aquí deben ser el motor de nuestra entrega al Señor en pobreza de espíritu y por amor.
En el relato de la pasión hay que prestar atención principalmente a los dos elementos que la conforman: un acontecimiento - padeció, murió - y la motivación e interpretación de este hecho - por nosotros, por nuestros pecados.
 En los padecimientos de Cristo como acontecimiento hay que tratar de captar su dimensión interior, como bien señala el P. Cantalamessa: "Hay una pasión del alma de Cristo que es el alma de la pasión, es decir, la que le confiere su valor único y trascendente" . Más aún en el relato de Lucas por cuanto, según vimos, el evangelista evita contar los detalles crueles y humillantes de la pasión motivado por su veneración y admiración por Jesús. Ante todo, tenemos que considerar que Jesús, inocente y sin pecado, asume hasta el fondo la separación de Dios que provoca el pecado, se sumerge en el abismo del sin-sentido, en la oscuridad total. Esta es la pasión del alma de Cristo.


 En cuanto a la interpretación del acontecimiento desde la fe podemos decir que Jesús sufre y muere por nosotros: este “por” abarca los dos sentidos: por causa de nuestros pecados y en favor nuestro, en lugar nuestro.
A través de la escucha y la meditación, se trata de apropiarse, de algún modo, este misterio de la pasión del Señor, de vincularlo a nuestra vida presente. El misterio de la cruz debe ayudarnos a descubrir el sentido de nuestras cruces y darnos fortaleza para perseverar. Pero, por sobre todo, el misterio de la cruz debe enseñarnos lo que es amar de verdad o la verdad sobre el amor. Como bien nota H. U. von Balthasar : “en las palabras de Jesús en la cruz, Lucas hace irradiar visiblemente algo de la gracia que Jesús adquiere para nosotros con su pasión”.
Al respecto decía el Papa Francisco en su homilía del domingo de Ramos de 2013: “Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. Ante Pilato, Jesús dice: «Yo soy Rey», pero el suyo es el poder de Dios, que afronta el mal del mundo, el pecado que desfigura el rostro del hombre. Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, de poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Queridos amigos, con Cristo, con el Bien, todos podemos vencer el mal que hay en nosotros y en el mundo. ¿Nos sentimos débiles, inadecuados, incapaces? Pero Dios no busca medios potentes: es con la cruz con la que ha vencido el mal. No debemos creer al Maligno, que nos dice: No puedes hacer nada contra la violencia, la corrupción, la injusticia, contra tus pecados. Jamás hemos de acostumbrarnos al mal. Con Cristo, podemos transformarnos a nosotros mismos y al mundo. Debemos llevar la victoria de la cruz de Cristo a todos y por doquier; llevar este amor grande de Dios. Y esto requiere de todos nosotros que no tengamos miedo de salir de nosotros mismos, de ir hacia los demás”.
Por tanto, tenemos que renovar nuestra fe en el misterio del amor misericordioso de Dios manifestado en la pasión de Cristo pues "creer en la caridad suscita caridad". Es decir, la contemplación o mirada creyente e involucrada ante la pasión del Señor despertará en nosotros el amor a Dios y al prójimo.
Pueden servirnos de conclusión las "lecciones" de la pasión de Jesús según el Card. Vanhoye : "La pasión de Jesús es un tesoro inagotable de gracias. En ella todos los detalles tienen un significado profundo y nos ponen, de una manera impresionante, ante la manifestación del amor divino. La pasión de Jesús nos impulsa a la humildad. Sabemos, en efecto, que también nosotros formamos parte de la humanidad que se encarnizó con el Hijo de Dios. Ahora bien, la pasión de Jesús nos brinda también una esperanza firme. Sabemos que Jesús venció el mal y la muerte, los venció por nosotros, a fin de comunicarnos su victoria. Tras la pasión de Jesús, y gracias a ella, podemos caminar con la cabeza alta, porque sabemos que Jesús nos ama hasta ese punto, y porque su pasión transforma toda nuestra vida de una manera positiva, obteniéndonos – como aconteció con él – vivir una vida nueva. Por consiguiente, mostrémonos agradecidos al Señor y acojamos estas gracias preciosas, capaces de transformar todo el mundo".


En fin, los liturgistas aconsejan no separar demasiado los dos momentos de esta celebración. Así, para A. Nocent el puente entre los dos momentos está en el sentido de la procesión: "En esta procesión debemos ver mucho más que un remedo y un recuerdo, la subida del pueblo de Dios, nuestra propia subida con Jesús hacia el sacrificio. Además, mientras la procesión nos recuerda el triunfo de Cristo en Jerusalén, nos lleva también ahora hacia el sacrificio de la cruz, hecho presente en el sacrificio de la misa, que va a ofrecerse" .
En síntesis: "El conjunto de la liturgia de los Ramos da, pues, una visión teológica muy completa del misterio de Cristo, que no puede ser únicamente misterio de muerte sino misterio de vida triunfante a través de la muerte. Y esto no es algo sin importancia para la justa concepción de la vida espiritual" .


PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):


Llegada la hora


Señor,
¡Cuando el momento es único y la hora grave, ten piedad de nosotros!
Solo el deseo de no estar solos frente a la muerte
Alimenta una ansiedad desconocida y el corazón golpea
Sus latidos se aceleran.


¡Una amenaza oscurece el camino, ten piedad de nosotros!
Nuestros gestos confunden, somos tan verdaderos
Caen las máscaras construidas con esfuerzo
Desnudos venimos, huérfanos.


¡Caemos en manos extrañas, te piedad de nosotros!
Cuánto temor y temblor se instala en los huesos
La muerte agazapada se yergue sin demora
Silenciosa, traidora.


¡El juicio es de Dios solo, ten piedad de nosotros!
Y apenas inclinarnos y lavar los pies del otro
Servidores de privilegio divino, esclavos
Como el Señor.


¡Tu cuerpo pido como otrora, ten piedad de mí!
Te recibo en mi alma, con mi nada te envuelvo
En silencioso misterio, el Salvador
En medio del pueblo.


¡En manos del Padre dejaste tu Espíritu, ten piedad de nosotros!
El Padre lo derramó sobre los hombres y los adoptó
Hijos en el Hijo, tu Bautismo es el hoy
Verdadera Salvación. Amén.

Fecha del artículo: 2019-04-12 04:59:19
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Fecha modificación: 2019-04-12 05:00:25
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