Lectio Divina

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA CICLO “C”

          Breve introducción a la cincuentena pascual: Es bueno, al comenzar el tiempo pascual, tener una visión global de las lecturas propias de los domingos. Para ello recurrimos al documento “Ordenación de las lecturas de la Misa” nº 100: “Hasta el domingo tercero de Pascua, las lecturas del Evangelio relatan las apariciones de Cristo resucitado. Las lecturas del buen Pastor están asignadas al cuarto domingo de Pascua. Los domingos quinto, sexto y séptimo de Pascua se leen pasajes escogidos del discurso y de la oración de Señor después de la última cena. La primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles, en el ciclo de los tres años, de modo paralelo y progresivo; de este modo cada año se ofrecen algunas manifestaciones de la vida, testimonio y progreso de la Iglesia primitiva. Para la lectura apostólica, el año A se lee la primera carta de Pedro, el año B la primera carta de Juan, el año C el Apocalipsis; estos textos están muy de acuerdo con el espíritu de una fe alegre y una firme esperanza, propio de este tiempo”.

            Faltaría precisar que en Argentina el séptimo domingo coincide con la Ascensión del Señor; y que el octavo domingo es Pentecostés, solemnidades con las cuales llega a su plenitud el misterio pascual.

            En cuanto al espíritu de este tiempo pascual, se insiste en su carácter unitario y festivo. En efecto “el tiempo pascual debe vivirse como una unidad hasta la tarde del día de Pentecostés. Aquel día, y no el día de la Ascensión, se apaga el cirio pascual, que ha sido el signo exterior de la celebración de la Nueva Vida del Señor”[1]. El tono festivo y gozoso debe reflejarse también en las predicaciones pues puede ser cierto que “siempre resulta más fácil predicar para que la gente «se convierta» que predicar para que viva el gozo de la salvación”[2]. Por tanto, se trata de insistir en la Presencia de Jesús Resucitado en la vida de la Iglesia y en nuestra propia vida; para que la descubramos y gocemos.

Primera lectura (He 5,12-16):

            En tres sumarios el libro de los Hechos (2,42-47; 4,32-35; 5,12-16) nos describe los rasgos esenciales de la Iglesia Madre de Jerusalén en su momento de formación. Justamente por ser “sumarios” tienen la función de generalizar y tipificar los constitutivos esenciales de la vida de la comunidad: la enseñanza de los Apóstoles, la vida en común (koinonia), la fracción del pan y la oración.

            Pero el sumario que leemos hoy pone, además, el acento en dos aspectos: la actividad taumatúrgica (milagrosa) de los apóstoles, en particular de San Pedro; y el crecimiento de la comunidad en número y en respeto o admiración de la gente. En efecto, al principio y al final de la perícopa se señalan los signos y prodigios de Pedro, en particular curaciones de enfermos, al punto que no sólo de Jerusalén sino de ciudades vecinas les traen enfermos o poseídos para que los cure. La intención de Lucas es presentar la misión de los Apóstoles como continuación de la misión de Jesús, a quien también les traían los enfermos de todas partes para que los curase (cf. Lc 6,17-18).

En el medio se señala el asombroso crecimiento de la comunidad: “Aumentaba cada vez más el número de los que creían en el Señor, una multitud de hombres y mujeres”.

En síntesis, Jesús ha concedido a sus Apóstoles su poder de dar vida, de obrar curaciones corporales y espirituales. Es la fuerza de Jesús resucitado presente en su Iglesia y que ejerce una fuerza de atracción que lleva al aumento de la comunidad de creyentes.

Segunda lectura (Ap 1,9-13.17-19):

            De esta visión inaugural del Apocalipsis nos quedamos sólo con dos temas pertinentes para este segundo domingo de pascua. En primer lugar la referencia al “día del Señor” (kuriakh/| h`me,ra|) como tiempo de la visión. Como señala U. Vanni[3], experto en el Apocalipsis, con esta expresión se está refiriendo concretamente al día de reunión de la asamblea cristiana, el domingo, que tiene como trasfondo ciertamente el día de la resurrección de Jesús.

            En segundo lugar, la auto-presentación que hace quien se habla: se trata de Cristo en su misterio Pascual, muerto y resucitado, viviente eterno y con poder de salvar de la muerte pues tiene las llaves de la muerte y del hades (el lugar de los muertos). El Cristo que se manifiesta al vidente no es el Jesús familiar de la vida pública, sino el Hijo del hombre Glorificado al final de los tiempos a quien se le atribuyen rasgos divinos, es sacerdote y rey (según lo presenta vestido con túnica talar y ceñidor de oro), juez de mirada penetrante, eterno y estable. La iglesia está en sus manos (las siete estrellas) y su palabra es como una espada para juzgarla. El vidente sabe que la misión de Jesús como juez se realiza en la historia, y allí mismo es el lugar donde se realiza su señorío.

            Por tanto, la actualización del mensaje es que Jesús Resucitado, viviente y con poder de dar vida, se hace presente el día domingo en la reunión de los cristianos. Y esta presencia es fundamentalmente activa: obra, juzga y dirige la vida de la Iglesia.

Evangelio (Jn 20,19-31):

            Encontramos en este relato dos apariciones del Resucitado: una el mismo día de la resurrección con la ausencia de Tomás, uno de los Once, y la segunda, ocho días más tarde, con la presencia del grupo completo, incluido ahora Tomás. Estas apariciones tienen lugar “el primer día de la semana”, que es nuestro domingo, día del Señor, y que desde la época apostólica es entonces el día de la reunión de los cristianos.

En su primera aparición Jesús Resucitado saluda a los discípulos diciéndoles: “¡Paz a ustedes!”. Más que de un augurio o deseo, se trata aquí de la donación efectiva de la paz, de una presencia real de la paz como don escatológico tal como lo había indicado Jesús en su discurso de despedida: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo” (Jn 14,27). Esta paz, según el trasfondo del Antiguo Testamento, incluye todos los bienes necesarios para la vida presente y la plenitud de bienes en la vida futura. Pero lo que en el Antiguo Testamento era promesa, por la muerte y resurrección de Cristo se vuelve realidad. Justamente en el AT se considera que la presencia de Dios en medio de su pueblo es el bien supremo de la paz (cf. Lev 26,12; Ez 37,26). Entonces para el evangelista Juan la presencia de Jesús resucitado en medio de los suyos es la fuente y la realidad de la paz que se hace presente. Y esta paz no está ligada a su presencia corporal sino a su realidad de resucitado, victorioso de la muerte, y por eso les da, junto con su paz, el Espíritu Santo y el poder de perdonar los pecados (20,22-23).[4]

  1. Moloney sostiene que como en la expresióneirênê hymin (“paz a ustedes”) falta el verbo, la misma debe traducirse como “paz con ustedes” en sentido de que Jesús declara que la paz ya está presente entre los discípulos.[5] Y esto se debe justamente a que Jesús resucitado está presente en medio de ellos.

En fin, ahora Jesús resucitado, con la plenitud de vida que ha recibido del Padre, puede dar a los suyos la paz que proviene del Padre y que permite vivir en comunión con Dios y con los hermanos

Luego, Jesús les muestra sus heridas para probarles que es el Crucificado que ha Resucitado; que es él mismo pero en un estado diferente.

A continuación, pronuncia las palabras de envío y realiza el gesto de soplar sobre ellos. Algunos estudiosos ven en este gesto de Jesús una referencia al gesto primordial de Dios en la creación del hombre (cf. Gen 2,7)[6]. Entonces el soplo de Jesús es el signo de la nueva creación: Jesús glorificado comunica el Espíritu que hace renacer al hombre (cf. Jn 3, 3-8), dándole a compartir la comunión divina. Además, según X. León Dufour[7], aquí está el cumplimiento de lo anunciado por Juan Bautista de que Jesús “tenía que bautizar en el Espíritu Santo” (Jn 1,32-33); y también de la alianza definitiva anunciada por los profetas y caracterizada por la efusión del Espíritu (cfr. Jer 31,33; Ez 36,26s).

El Hijo que “tiene la vida en sí mismo” dispone de ella a favor de los suyos (Cf. Jn 5, 21.26); su soplo es el de la vida eterna.

Con esta donación del Espíritu Santo a los Apóstoles se les comunica también el poder perdonar o retener los pecados y, de este modo, son ellos ahora transmisores de la vida nueva.

            El punto culminante de la narración se encuentra en la segunda escena donde Tomás, el discípulo ausente la primera vez, es invitado a creer en el testimonio de la comunidad que ha visto al Señor Resucitado. Sin embargo, Tomás se resiste a creer si no puede ver.

Los demás apóstoles han visto al Señor y han creído; Tomás desea también ver al Señor. Tomás quiere verificar la afirmación de sus compañeros comprobando con sus propios ojos que el que se les apareció es en verdad el Crucificado. Aplica rigurosamente las categorías del pensamiento judío sobre la resurrección de los muertos. Quiere una estricta continuidad entre los dos mundos, a fin de poder verificar concretamente que el que se aparece es el mismo ser de antes. Tiempo atrás ya Felipe quería ver al Padre (cf. Jn 14,8), y ahora Tomás quiere ver, en el sentido básico del término, al Hijo glorificado.

Entonces se le aparece Jesús Resucitado con los mismos signos de su crucifixión y le reprocha a Tomás su incredulidad. La respuesta de Tomás es grandiosa por cuanto pronuncia la profesión de fe más elevada del Evangelio de Juan (y del Nuevo Testamento) pues le aplica a Jesús los nombres que el Antiguo Testamento reservaba para Dios: Yavé-Señor y Elohim. En efecto, Tomás llama a Jesús “Señor mío y Dios mío” que es la manifestación de fe cristológica suprema de todo el evangelio[8]. Además, el posesivo “mío” indica su adhesión personal de fe y de amor a Jesús.

            Las últimas palabras de Jesús son una bienaventuranza donde declara dichosos a los que creen sin haber visto. Estas palabras estarían dirigidas a los discípulos de la segunda generación cristiana que contaban sólo con la palabra predicada y que no habían sido testigos oculares de la resurrección de Jesús. A ellos se los declara dichosos si, por la fuerza del Espíritu Santo, llegan a creer que Jesús está vivo aunque no hayan tenido una aparición sensible como los Apóstoles[9].

Algunas reflexiones:

            La cuaresma nos impulsó al ejercicio, arduo y difícil a veces, de mirarnos a nosotros mismos para reconocer los pecados o desórdenes y emprender un camino de conversión.

            El tiempo pascual, más bien, nos invita a ejercitar una mirada de fe sobre nuestra realidad para descubrir allí la presencia viva del Resucitado. Por eso el gran tema de este tiempo es la fe, esto es, creer en su Presencia invisibleY llegar a ser feliz de creer sin ver. Al respecto dice San Agustín comentando la frase final de Jesús a Tomás. “¿De quién hablaba, hermanos, sino de nosotros? Y no sólo de nosotros, sino también de los que vengan detrás de nosotros. En efecto, poco tiempo después de haberse alejado de los ojos mortales, para que se reforzara la fe en los corazones, todos los que han creído lo han hecho sin ver, y su fe ha tenido un gran mérito. Para tener esta fe se limitaron a acercar un corazón lleno de piedad a Dios, pero no la mano para tocar” (Sermón 88,2).

Sin duda que la fe es un don o regalo de Dios para nosotros. Pero también es el don o regalo que Jesús nos pide a nosotros; es el “obsequio de la razón” (DV nº 5) que le debemos ofrecer, regalar al Señor y para lo cual “necesitamos la gracia de Dios que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da “a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad” (DV nº 5). Hay que pedir al Señor el don de la Fe.

Ahora bien, no se trata de creer en el aire o en el vacío; sino que estamos llamados a tener una experiencia, en la fe, de la Presencia de Jesús Resucitado en nuestra vida, análoga a la que tuvieron los Apóstoles.

            Esta Presencia de Jesús escapa a los sentidos pues no lo podemos ver ni tocar como hizo Tomás; pero sí podemos sentir los efectos de su Presencia, de su paso por nuestra vida. El evangelio de hoy nos habla ante todo de la paz que el Señor regala a los suyos. Junto a la paz tenemos la alegría, que también refiere el evangelio de hoy. Íntimamente unido a estas experiencias está el tema del perdón de los pecados confiado a la Iglesia (la misericordia). Y por fin, la raíz o causa de todo esto: el don del Espíritu Santo.

            Además de la fe, la otra condición indispensable para esta experiencia de Jesús Resucitado que es la inserción o pertenencia comunitaria. También en esto el ejemplo de Tomás es claro. Sólo cuando se incorporó a la comunidad apostólica, la Iglesia naciente, Tomás pudo encontrarse con el Señor. El Señor se hace presente en la comunidad de los creyentes y allí podremos “verlo” con los ojos de la fe.

Ahora bien, para que la Iglesia haga visible a los hombres la Presencia de Jesús Resucitado tiene que vivir las notas características que nos describía la primera lectura y de este modo ejercer una verdadera atracción sobre los hombres. Al respecto decía el Papa Benedicto XVI en su discurso inaugural en Aparecida (y citado por Francisco en EG 14): “El evangelista pone de relieve, incluso de forma plástica, que esta consignación acontece en el Espíritu Santo: «Sopló sobre ellos diciendo: ‘Recibid el Espíritu Santo…’» (Jn 20,22). La misión de Cristo se realizó en el amor. Encendió en el mundo el fuego de la caridad de Dios (cf. Lc 12,49). Es el amor que da la vida: por eso la Iglesia es invitada a difundir en el mundo la caridad de Cristo, para que los hombres y los pueblos «tengan la vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). A vosotros también, que representáis la Iglesia en América Latina, tengo la alegría de entregar nuevo idealmente mi Encíclica «Deus caritas est», con la cual quise indicar a todos lo que es esencial en el mensaje cristiano. La Iglesia se siente discípula y misionera de ese Amor: misionera solamente en tanto discípula, es decir, capaz de siempre dejarse atraer, con renovado arrobamiento, por Dios que nos amó y nos ama primero (1Jn 4,10). La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por «atracción»: como Cristo «atrae todo a sí» con la fuerza de su amor, que culminó en el sacrificio de la Cruz, así la Iglesia cumple su misión en la medida en la que, asociada a Cristo, cumple su obra conformándose en espíritu y concretamente con la caridad de su Señor.”

El fruto de esta experiencia de encuentro con Cristo es volvernos una nueva criatura. Sí, porque hemos resucitado con Cristo en el Bautismo y se nos ha comunicado, en germen, la vida nueva de la Gracia. Y esta vida de fe debe crecer y manifestarse en la caridad fraterna y en el cumplimiento de los mandamientos; venciendo así al mundo que nos invita constantemente al egoísmo y al libertinaje.

            Bien podemos decir que el tema que unifica este domingo es la fe en Cristo Resucitado y su dimensión comunitaria. Al respecto podemos citar Evangelii Gaudium:

EG 92: Precisamente en esta época, y también allí donde son un «pequeño rebaño» (Lc 12,32), los discípulos del Señor son llamados a vivir como comunidad que sea sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-16). Son llamados a dar testimonio de una pertenencia evangelizadora de manera siempre nueva. ¡No nos dejemos robar la comunidad!

EG 99: A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis: «En esto reconocerán que sois mis discípulos, en el amor que os tengáis unos a otros» (Jn13,35). Es lo que con tantos deseos pedía Jesús al Padre: «Que sean uno en nosotros […] para que el mundo crea» (Jn 17,21). ¡Atención a la tentación de la envidia! ¡Estamos en la misma barca y vamos hacia el mismo puerto! Pidamos la gracia de alegrarnos con los frutos ajenos, que son de todos.

Otro tema. El Papa san Juan Pablo II ha establecido este segundo domingo de Pascua como domingo “de la divina misericordia” atendiendo a los mensajes de santa Faustina Kowalska, canonizada el 30 de abril de 2000. La intención es educar a los fieles para que comprendan esta devoción a la luz de las celebraciones litúrgicas de estos días de Pascuas. La finalidad es, por tanto, mostrar cómo la misericordia divina es comunicada por Cristo muerto y resucitado, fuente del Espíritu que perdona los pecados y devuelve la alegría de la salvación[10]En efecto, la revelación de la misericordia divina tiene su cumbre en el misterio pascual. Creemos y profesamos que Dios Padre ha tenido una gran misericordia con nosotros al resucitar a Jesús de entre los muertos y darnos así la posibilidad de una vida nueva en esperanza. Por tanto, la resurrección de Jesús ha sido el gran acto de misericordia de Dios mediante el cual ha vencido a la muerte, al pecado y al mal; y nos permite esperar la vida eterna, la vida verdadera.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Creyendo tengan vida

He perdido el corazón y no escucho sus latidos

La vergüenza me ha cubierto de sombras y me oculto temeroso

Entre los rostros de miradas perdidas

La soledad dolorosa es mi compañía.

Ven a habitar entre los muertos

Los que dudamos y tememos, ocultos tras los muros

Temblando de frío en este crudo invierno

Desnudos de la Verdad y presos del silencio.

Pronto se acabe este vacío de ti

Creados fuimos para caer y morir

Y viniste a cambiarlo todo, a darnos tu alegría

Y te fuiste de ese modo…

¿No te importó dejarnos aquí

¿Sin el abrigo de tu Amor y sin saber adónde ir?

Dile a Tomás que a pesar de lo vivido debe creer

Sostenerse en su humana fe, y darte por resucitado y vivo…

Y él te dirá que es imposible, ante el dolor

La sangre derramada, y la carne arrancada a látigo

Hundidos en las heridas abiertas de tus llagas

Dar crédito a lo escrito con las Palabras de Dios.

Clama en lo profundo: ¡verte llegar es posible hoy y siempre!

Esperar es puro andar en tu compañía

Hacer un lugar para Vos, en medio de los amigos

Con tu Madre y tantos otros testigos.

Ven a morar resucitado Vivo, a orar

Hemos de callar ante tu mirada de dulce reproche

De ternura con el hombre limitado y torpe

Dedicado a él, resucitaste a todo, y a tu manera.

Aparecido a la mujer, sola en el huerto

O en medio de una muchedumbre desorientada

Que cantó la Novedad: El Amor una vez más

Ha vencido a la maldad y renovado la esperanza. Amén.

[1] J. Aldazábal, “La cincuentena pascual, tiempo fuerte, centro de todo el año” en La Cincuentena Pascual (CPL; Barcelona 1984) 7.
[2] J. Gomis/J. LLigadas, “Pastoral de la celebración”, en La Cincuentena Pascual (CPL; Barcelona 1984) 12.
[3] L’ Apocalisse. Ermeneutica. Esegesi. Teologia (EDB; Bologna 1991) 90-91.
[4] Cf. X. León-Dufour, “Paz” en X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona, 1978; 659.
[5] Cf. F. Moloney, El evangelio de Juan, Estella, Verbo Divino 2005; 516.
[6] Cf. L. H. Rivas, El evangelio de Juan. Introducción. Teología. Comentario (Buenos Aires 2005) 530.
[7] Cf. Lectura del evangelio de Juan. Jn 18-21. Vol IV, Salamanca, Sígueme 1998; 193.
[8] Cf. L. H. Rivas, El evangelio de Juan, 535.
[9] Cf. L. H. Rivas, El evangelio de Juan, 536.
[10] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre piedad popular y liturgia. Principios y orientaciones (CEA; Buenos Aires 2002) nº 154.
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