Lectio Divina

TERCER DOMINGO DE PASCUA CICLO “C”

Primera lectura (He 5,27-32.40-41):

            El texto que leemos hoy presupone la narración precedente (He 5,17-26) dónde los apóstoles fueron encarcelados y por la noche el ángel del Señor los liberó; luego de lo cual volvieron al templo a enseñar. Allí los vuelven a apresar y los conducen ante el Sanedrín donde son interrogados por el Sumo Sacerdote. Aquí comienza el texto de hoy.

            La respuesta de Pedro, en nombre de los Apóstoles, es en primer lugar una declaración de independencia o libertad religiosa por cuanto aduce que la obediencia a Dios está primero que la obediencia a los hombres (en alusión a la prohibición de predicar). Sigue luego una proclamación, breve, del kerigma cristológico primitivo (cf. He 2,22-36; 3,12-26; 4,8-12) con sus elementos esenciales: crucifixión y muerte de Jesús a manos de los judíos; resurrección de Jesús por obra de Dios (Padre) quien lo exalta colocándolo a su derecha; ofrecimiento de conversión y perdón de los pecados para Israel; testimonio de los Apóstoles.

Por su parte en esta versión abreviada del kerigma encontramos algunos elementos nuevos. En primer lugar, la atribución a Jesús resucitado de los títulos de Jefe (arjegós) y Salvador (sóter) que tienen un claro alcance salvífico en favor de Israel: “a fin de conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados” (He 5,31)Al igual que en He 2,33 la exaltación de Jesús Resucitado junto al Padre lo coloca en condición de ofrecer la salvación a los hombres. La otra novedad es que se introduce, junto al testimonio de los apóstoles, “el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen.” (He 5,32). Y como Pedro comenzó diciendo que el está obedeciendo a Dios antes que a los hombres, implícitamente se afirma que Pedro habla movido por el Espíritu Santo que ha recibido por su obediencia a Dios y que lo ha transformado en testigo.

Segunda lectura (Ap 5,11-14):

La figura del “cordero” es central en el Apocalipsis donde aparece el término unas 29 veces. Y también lo es en el fragmento que leemos hoy concentrado en la alabanza del cordero. Como señala U. Vanni[1] “la iglesia-asamblea descubre en el cordero al propio Cristo, que vuelve a asumir la función sacrificial del cordero pascual del Éxodo y de la entrega de sí mismo del siervo de Yavé del que habla el Deuteroisaías. Pero no basta. Se habla de Cristo-cordero de pie, es decir, de Cristo resucitado”.

En síntesis, la imagen del cordero representa a Cristo muerto y resucitado que está en la gloria de Dios luego de haber sido inmolado y, por ello, recibe la alabanza junto con el mismo Dios (“el que está sentado en el trono”). Así, el texto de hoy es la invitación que recibe toda la creación, lo celestial y lo terrestre, de explotar en un himno de alabanza y adoración a Cristo muerto y resucitado, al Cordero. En los versículos anteriores al texto que leemos hoy se ha presentado como primera acción del Cordero, de Cristo Resucitado, el abrir el libro inaccesible que estaba en manos de Dios (Ap 5,6-8). Esto significa que en adelante el proyecto de Dios sobre la historia está en manos de Cristo; o en otros términos, que sólo Cristo Resucitado puede revelarnos el sentido verdadero de la vida y de la historia.

Evangelio (Jn 21,1-19):

            Este es el cuarto relato de resurrección que trae el evangelio de Juan y para muchos estudiosos se trata de un añadido o apéndice hecho por alguien de la comunidad joánica, puesto que conoce muy bien la obra[2]. El tema predominante de este ‘añadido” es la primacía de San Pedro, que recorre todo el relato (21,2.3.7.11.15.16.17.20.21) siendo protagonista, primero, en la pesca milagrosa y, luego, en su llamada al pastoreo. El texto, aún conservando su unidad de sentido, se puede dividir en dos subsecciones: a) la pesca milagrosa (21,1-14); b) la misión de Pedro (21,15-19). La versión breve del leccionario sólo tiene la primera parte.

            Después de las apariciones de Jesús Resucitado en Jerusalén sigue en esta ocasión su manifestación a la orilla del lago Tiberíades o mar de Galilea. En el cuarto evangelio dos veces se menciona el lago de Galilea con el nombre de Tiberíades, en el pasaje de la multiplicación de los panes y en este relato de aparición. Están presentes aquí siete de sus discípulos, de los cuales se identifica a cinco de ellos: Pedro, Tomás, Natanael y los hijos de Zebedeo (Juan y Santiago). Los otros dos discípulos no son nombrados. Los cinco nombrados forman parte de los discípulos de Jesús de la primera hora, los primeros en ser llamados y seguirlo (cf. Jn 1,35-51). De este grupo faltan aquí – y no sabemos por qué – Andrés, el hermano de Simón Pedro, y Felipe.

Pedro toma la iniciativa: voy a pescar; y los demás lo siguieron. Después de la pasión los discípulos vuelven a su antigua región: a Galilea; a sus orígenes y a su anterior actividad: la pesca. La novedad de este relato es entonces que Jesús resucitado se hace presente en la vida cotidiana de los discípulos.

“Pero aquella noche no pescaron nada”. Se encuentran en una situación de fracaso, justo en aquello que se supone que sabían hacer bien pues eran pescadores. Sobre esto comenta X. León Dufour[3]: “En la superficie del texto, el fracaso nocturno deja el campo libre a la intervención milagrosa, pero el sentido que se le da está bien claro: los obreros apostólicos no pueden obtener nada si no están unidos con Jesús, como él había dicho utilizando la imagen de los sarmientos unidos a la vid (15, 4-5).”

“Al amanecer Jesús estaba en la orilla”. Esta referencia puede recordarnos el paso del mar rojo cuando al amanecer el pueblo se encuentra en la otra orilla y los egipcios yacen muertos en medio del mar. Lo cierto es que Jesús se introduce en la vida de los discípulos de un modo sencillo y discreto, sin que se den cuenta. Con esto tal vez quiera decirnos el texto que Jesús está presente, aunque no nos demos cuenta y se da a conocer de manera indirecta, no directa y abiertamente. Al respecto dice E. Leclerc[4]: “La vuelta a Galilea asume aquí todo su sentido. Al manifestarse a los discípulos allí donde se había mostrado tan próximos a ellos, Jesús les hacía saber que su Señorío y su entrada en la gloria del Padre no lo alejaban para nada de nuestra humanidad, y que seguía haciéndose muy presente entre ellos, siempre tan próximo y comprensivo […] De este modo les indicaba claramente que no hay que buscar la gloria del Padre y su Señorío por encima de, sino con. No consisten en el dominio, sino en la comunión. No consisten en la distancia sino en la Alianza. Porque la soberanía de Dios es una soberanía de amor. Y el amor encuentra su perfección, su soberanía y su gloria en la comunión más profunda, más universal y más gratuita”.

Luego Jesús les pide de comer, pero ellos tienen las manos vacías pues no han pescado nada. Con este pedido los invita al reconocimiento de su carencia, de su pobreza. De igual modo le pidió a la samaritana “dame de beber” (Jn 4,7) para que ella reconozca su carencia, su necesidad del agua viva de la revelación, de la salvación.

“Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán. Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla”. Practican la obediencia a la Palabra de Jesús más allá del peso del fracaso por no haber pescado nada durante toda la noche y el resultado es una pesca milagrosa por lo abundante. “En este relato de aparición, la primera función del signo es permitir el reconocimiento del Resucitado (cf. 21, 7.12). Al mismo tiempo, en el trasfondo del simbolismo tradicional, donde la pesca prefigura la actividad de los «pescadores de hombres», el narrador muestra que la tarea evangelizadora es el resultado de la presencia de Jesús, la única que hace eficaz la acción de los discípulos. Los obreros apostólicos dan fruto cuando permanecen unidos al Hijo viviente. Se trata de la sinergia de Dios y de los hombres”[5].

“El discípulo que Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor!”. El que se siente amado, el discípulo amado, es quien lo reconoce. Es el mismo que ante el sepulcro vacío con las vendas acomodadas “vió y creyó” (Jn 20,8). En verdad, “quien más amado se siente, más rápido cree”[6]. Es la Fe pascual que nace de la contemplación, del silencio y de la escucha. Es la Fe capaz de ver a Dios en todas las cosas, propia del contemplativo en la acción.

Podemos ver cómo los discípulos reaccionan de modo diverso. Pedro, que es activo e impulsivo, se arroja al agua al encuentro del Señor. El discípulo amado es contemplativo, reconoce al Señor, pero no actúa. Pedro aprovecha la capacidad contemplativa del discípulo amado para actuar de forma distinta y complementaria. Los demás discípulos vuelven a la orilla en la barca arrastrando la red llena de peces. Hay una diversidad de carismas que se complementan en la unidad de la misión.

Cuando llegan a la orilla Jesús ya tiene preparado un pescado sobre las brasas y pan. El pescado y el pan nos remiten, al igual que la ubicación a orillas del lago de Tiberíades, a la narración de la multiplicación de los cinco panes y los dos pescados (cf. Jn 6, 1-13).

Jesús les pide que traigan algunos de los pescados que acaban de sacar. Pedro inmediatamente se dirige a la barca y saca la red a tierra llena de peces grandes. Es Pedro quien presenta a Jesús la totalidad de la pesca; y se trata de una plenitud de pesca: 153 pescados. Este número ha sido objeto de muchas interpretaciones, tal vez la más acertada es que simboliza la universalidad de la misión pues 153 era el número de naciones conocidas en aquel tiempo; o el número de tipos de peces conocidos. Más allá del simbolismo del número 153, siempre hipotético, lo cierto es que “a pesar de ser tantos, la red no se rompió” (Jn 21,11).

“Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle ¿quién eres?, puesto que sabían que es el Señor”. Aquí se utiliza exactamente la misma expresión que en la exclamación del discípulo amado en 21,7: Es el Señor (o` ku,rio,j evstin). Por tanto, ahora todos los discípulos, al estar junto a Jesús compartiendo el pan, lo reconocen como el Señor. No se trata de un reconocimiento exterior pues no dice que ahora lo “ven”, sino que se trata más bien de una certeza de fe a la que llegan a través de los distintos signos, por eso dice el texto que “saben”, “reconocen” (verbo griego oida) que es el Señor. Este versículo está en contraste con 21,4, al inicio del relato, donde dice que los discípulos “no sabían (oida) que era Jesús”. Y Jesús confirma este reconocimiento de los discípulos haciendo un último gesto prácticamente idéntico al de la multiplicación de los panes (Jn 6,11): “tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado”. Tenemos que reconocer aquí una referencia a la Eucaristía que asemeja este relato al de los discípulos de Emaús.

Las acciones de Jesús Resucitado descritas en este capítulo final de Juan nos traen a la memoria las acciones realizadas durante su ministerio público. La intención es enseñar que el Jesús que ahora está con ellos glorificado es el mismo Jesús que conocieron antes.

Según R. Brown, seguido por F. Moloney[7], los temas fundamentales de este relato son: la universalidad de la comunidad cristiana, resultado de la iniciativa de Jesús; el liderazgo de Pedro y del discípulo amado; y la participación de los discípulos.

Después de comer, Jesús llama aparte a Pedro para hacerle, por tres veces, la misma pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. La expresión “Simón, hijo de Juan” nos recuerda el primer encuentro de Pedro con Jesús y el primer llamado (cfr. Jn 1,42). En la triple pregunta de Jesús “¿me amas?” se utilizan dos verbos distintos para ‘amar’. En las dos primeras preguntas se utiliza el verbo agapáō (ἀγαπάω). En la tercera pregunta se utiliza el verbo philéō. Pedro le responde siempre con el verbo philéō (φιλέω). Para el evangelista estas dos formas del verbo amar son casi sinónimos. El amor de entrega – agapáō – está en plena consonancia con el amor de amistad – philéō –. De hecho, los emplea indistintamente en otros pasajes del evangelio (cf. Jn 5, 20; 14, 21). Jesús ama a Pedro con amor de agapáō y con amor de philéō, tal como lo expresó en el discurso de la última cena: “Nadie tiene mayor amor –agapē- que el que da su vida por sus amigos –philos” (Jn 15,13).

“Apacienta mis ovejas”. Jesús quiere que el amor hacia su persona que Pedro le confiesa se demuestre en el apacentar el rebaño del Señor. Parece claro que esta triple confesión de amor es una reparación por la triple negación que Pedro hizo del Señor durante la pasión. Como trasfondo tenemos que reconocer el discurso del buen Pastor (10, 1-18), ya que utiliza la misma metáfora y tiene sus mismos acentos. Pero notemos que las ovejas confiadas a Pedro no le pertenecen, sino que son las de Jesús, quien dice en cada ocasión «mis ovejas»[8].

Luego de la tercera respuesta de Pedro, aceptada por fin, Jesús le anuncia “con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios”. El dicho de Jesús hace referencia a que cuando uno es joven dispone de sí mismo y cuando llega a la ancianidad otros disponen de uno. Con este dicho Jesús Resucitado le hace ver a Pedro que apacentar el rebaño es identificarse con él en la donación de la vida y así glorificar a Dios. Podría verse también aquí, en particular en la expresión “extender las manos”, un anticipo a la futura crucifixión de Pedro; o sea que tendrá una muerte martirial. Luego le dice “sígueme”. A la triple confesión de amor sigue la renovación de la vocación, de la llamada. Esto nos recuerda otro diálogo entre Jesús y Pedro al final de la última cena: “Simón Pedro le dijo: “Señor, ¿a dónde vas?”. Jesús le respondió: “Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás”(Jn 13,36).

Ahora que Pedro ha aprendido a reconocer su fragilidad, el Señor lo invita de nuevo a seguirlo por el camino del sufrimiento y de la humildad. Es claro que Jesús vuelve a confiar en Pedro y le renueva su vocación-misión que consiste en amar al Señor apacentando su rebaño hasta entregar la vida por Él.

Algunas reflexiones:

            En el evangelio de este domingo, como en todo el tiempo pascual, se busca dar respuesta a lo que el Cardenal Martini llama “el típico problema eclesial: cómo la presencia del Verbo encarnado sigue manifestándose específicamente en la vida de la Iglesia”[9]. Desde esta perspectiva tenemos que leer las lecturas de este domingo (y de los siguientes).

En todos los relatos de aparición Jesús se introduce en la vida de los discípulos de un modo sencillo y discreto; y muchas veces no lo reconocen de entrada. Con esto tal vez se quiera decirnos que Jesús está presente, aunque no lo veamos directamente. En otras palabras, llegar a una verdadera fe pascual supone un proceso de purificación de la mirada por la fe para que podamos reconocer su presencia en nuestra vidacotidiana.

Según vimos, la vuelta de los discípulos a su lugar de origen, Galilea; y a su actividad cotidiana, pescar, nos invita a señalar primeramente la presencia de Jesús en nuestra vida de todos los días. Él está allí, cada día, todo el tiempo, con nosotros. Pero de un modo discreto, sencillo. Tal vez puede ayudarnos a comprender esto el testimonio de un convertido, el padre J. Loew: “Hace cincuenta años que me encontré con Dios. Tenía entonces 24-25 años. ¿Qué ocurrió? Nada excepcional, nada fulgurante. Algo así como una aurora que se levanta, una niebla que se disipa, un amor que nace. Y nada excepcional ha ocurrido desde entonces, sino cincuenta años de felicidad interior. Una alegría profunda. Una luz dentro. Un cuadro compuesto con colores que tendrán estos nombres: paz, alegría, serenidad en las adversidades, certeza de existir, certeza de ser amado”[10].

En segundo lugar, no podemos dejar pasar el valor simbólico de la barca, con Pedro a la cabeza, y de la pesca abundante. Se trata de la Iglesia, presidida por Pedro y sus sucesores, que es fecunda en su acción evangelizadora siempre que la realice en obediencia a la Palabra de Jesús, pues Él sigue siendo Su Señor. La noche puede ser larga y la labor muchas veces es fatigosa y aparentemente infructuosa, pero el Señor tiene en cuenta la constancia de los discípulos en permanecer unidos y la confianza a sus indicaciones venciendo el peso del fracaso. Y con estas condiciones se hace presente en medio de ellos[11].

Por tanto, la primera parte del relato evangélico tiene este mensaje fundamental: Jesús Resucitado es el Señor y está presente en su Iglesia. Al respecto decía el Papa Francisco en el Regina Coeli del 10 de abril de 2016: “En aquella exclamación: «¡Es el Señor!», está todo el entusiasmo de la fe pascual, llena de alegría y de asombro, que se opone con fuerza a la confusión, al desaliento, al sentido de impotencia que se había acumulado en el ánimo de los discípulos. La presencia de Jesús resucitado transforma todas las cosas: la oscuridad es vencida por la luz, el trabajo inútil es nuevamente fructuoso y prometedor, el sentido de cansancio y de abandono deja espacio a un nuevo impulso y a la certeza de que Él está con nosotros.”

De modo semejante en la primera lectura Pedro anuncia que Jesús resucitado ha sido constituido por Dios “Jefe y Salvador” y nos muestra que la fe pascual nos invita a reconocer a Jesús como Señor, Jefe y Salvador, presente y operante en la Iglesia, en nuestra vida y en nuestra historia. Y es el mismo Cristo, muerto y resucitado, a quien el Apocalipsis confiesa como el Cordero que es digno de recibir toda alabanza y honor junto con Dios, el que está sentado en el trono. Y “todas las creaturas del cielo y de la tierra” lo adoran como Dios y Señor de la historia.

En cuanto a la segunda parte del evangelio, en el diálogo con Pedro Jesús le pide que acepte dos cosas: apacentar el rebaño y estar dispuesto al martirio (disponibilidad total). Y todo esto con la única motivación válida que es el amor a Jesús, que da forma al apostolado cristiano como bien explica San Agustín: “¿Qué significan las palabras: “¿Me amas?”, “apacienta mis ovejas?”. Es como si, con ellas, dijera el Señor: “Si me amas, no pienses en apacentarte a ti mismo. Apacienta, más bien, a mis ovejas por ser mías, no como si fueran tuyas; busca apacentar mi gloria, no la tuya; busca establecer mi Reino, no el tuyo; preocúpate de mis intereses, no de los tuyos, si no quieres figurar entre los que, en estos tiempos difíciles, se aman a sí mismos y, por eso, caen en todos los otros pecados que de ese amor a sí mismos se derivan como de su principio. No nos amemos, pues, a nosotros mismos sino al Señor, y, al apacentar sus ovejas, busquemos su interés y no el nuestro. El amor a Cristo debe crecer en el que apacienta a sus ovejas hasta alcanzar un ardor espiritual que le haga vencer incluso ese temor natural a la muerte, de modo que sea capaz de morir precisamente porque quiere vivir en Cristo”[12].

            Así, este segundo llamado lo encuentra a Pedro más maduro, más humilde, consciente de su debilidad al punto de poder aceptar que el ministerio pastoral es un don no merecido cuya fecundidad depende esencialmente de la docilidad a la gracia del Señor. Como bien señala L. H. Rivas[13]: “En este capítulo el oficio de Pedro es representado por medio de dos imágenes simbólicas. Pedro fue presentado como pescador dentro del marco de la “pesca milagrosa” (v. 11), y en el diálogo como “pastor de las ovejas”. En los dos textos se pone de manifiesto que Pedro obtiene estos títulos sólo por la palabra de Jesús y no por alguna capacidad personal. En el primero, Pedro había sido incapaz de pescar, pero obedeciendo a una orden de Jesús pudo arrastrar gran cantidad de peces; en el segundo, se otorgó la tarea de pastor al Pedro débil que negó tres veces al Señor”.

            Por tanto, como bien señala C. M. Martini[14]: “la misión pastoral que Jesús le confía a Pedro se basa en una relación de confianza y de filial intimidad con el Señor, más que en cualquier otra cualidad humana, aunque sean las mismas capacidades de gobierno o cualquier otra capacidad de presidencia. La primera característica de este servicio consiste en una intimidad que no se demuestra con acciones o palabras que los hombres puedan juzgar, sino que debe ser conocida por Jesús, que lee en los corazones: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo” (21,17)”.

            En fin, “Que Él, el Señor, renueve también en nosotros la fe pascual. Que nos haga cada vez más conscientes de nuestra misión al servicio del Evangelio y de los hermanos; nos colme de su Santo Espíritu para que, sostenidos por la intercesión de María, con toda la Iglesia podamos proclamare la grandeza de su amor y la riqueza de su misericordia” (Francisco, Regina Coeli, 10 de abril de 2016)

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Me amas…?

Señor de las respuestas,

Venimos a ti con tantas preguntas,

¡Son tan pocas las certezas!

La realidad se desdibuja entre las tinieblas

Sin saber adónde ir, la soledad nos apremia.

El lugar donde estaba tu cuerpo

Hoy es un templo y nosotros formamos sus muros.

Habitas entre estas paredes, Verdad eres

No hay lugar otro tan seguro.

Si, te amo. Si te amamos,

A la manera nuestra, con vacíos y miserias

Motivo absoluto de esta existencia.

Vulnerables ante ti que ves en lo profundo

A veces no entendemos tu insistencia

Misericordioso hasta el fin y ciego a las apariencias.

No nos abandones en la debilidad,

Hay tanto mar para navegar.

Envía tu Espíritu, no dejes de soplar

La Barca y las redes están listas para pescar. Amén.

[1] Apocalipsis (Verbo Divino; Estella 1994) 87.

[2] En Jn 21,14 dice que esta es la tercera aparición de Jesús porque no tiene en cuenta la primera hecha a María Magdalena. El autor quiere referirse sólo a las apariciones de Jesús a los apóstoles o discípulos en grupo.

[3] Lectura del Evangelio de Juan. Jn 18-21. Vol. IV (Sígueme; Salamanca 1998) 225.

[4] “Id a Galilea”. Al encuentro del Cristo pascual (Sal Térrea; Santander 2006) 31.

[5] X. León Dufour, Lectura del Evangelio de Juan. Jn 18-21. Vol. IV (Sígueme; Salamanca 1998) 227.

[6] J. J. Bartolomé, La resurrección de Jesús. El testimonio del Nuevo Testamento (CCS; Madrid 1994) 148.

[7] El evangelio de Juan (Verbo Divino; Estella 2005) 531.

[8] Cf. X. León Dufour, Lectura del Evangelio de Juan. Jn 18-21. Vol. IV (Sígueme; Salamanca 1998) 234.

[9] El Evangelio según San Juan (Paulinas; Bogotá 1986) 147.

[10] J. Loew, Dio incontro all’ uomo (Bologna 1984) 9.

[11] Cf. C. M. Martini, El Evangelio según San Juan (Paulinas; Bogotá 1986) 149.

[12] Comentario al evangelio de Juan, 123,5

[13] El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2005) 549.

[14] El Evangelio según San Juan (Paulinas; Bogotá 1986) 150.

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