Lectio Divina

CUARTO DOMINGO DE PASCUA CICLO “C”

Primera lectura (He 13,14.43-52):

            Este texto nos narra algunos sucesos del primer viaje misionero que San Pablo realiza en compañía de Bernabé. Estos apóstoles obran de acuerdo a un “plan pastoral” que responde a los designios de Dios y por el cual deben dirigirse en primer lugar a los judíos del lugar en el día de su reunión, el sábado. A ellos, en primer lugar, es dirigida la Palabra de Dios. Al ser rechazados mayoritariamente por los judíos, se dirigen a los paganos, quienes aceptan gozosamente la Palabra de Dios. De este modo el Evangelio realiza su destinación universal, por cuanto el mandato de los Apóstoles es “llevar la salvación hasta los confines de la tierra”(He 13,47). Este “plan pastoral” se fundamenta en una fuerte idea teológica que Pablo desarrollará en su carta a los Romanos. En efecto allí dice: “Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego” (Rom 1,16).

            Es para notar la centralidad que tiene la Palabra de Dios o del Señor en esta narración pues se habla de ella cuatro veces y por dos veces se señala que la aceptación de la Palabra de Dios por la fe concede la “vida eterna”. Por tanto “se nos muestra que el hombre no se salva automáticamente. Hay que aceptar la palabra de Dios y de la Iglesia”[1].

Segunda lectura (Ap 7,9.14-17):

            El texto de hoy, al igual que el del domingo pasado, nos coloca ante la visión de la liturgia celestial. Allí se encuentra “el que está sentado en el trono” que es Dios Padre; y el Cordero, Cristo muerto y resucitado, cuya sangre derramada ha purificado a los elegidos, a la multitud de los santos mártires. La novedad es que aquí el Cordero es también el Pastor que conduce a las fuentes de agua vida y que consuela a los que sufrieron. Esto no debe sorprendernos porque la figura del Cordero en el Apocalipsis, que como vimos simboliza a Cristo muerto y resucitado, tiene una gran actividad. Así, hace la guerra y sale vencedor (17,14); va a la cabeza del pueblo de los elegidos (14,1), es otro Moisés (15,3); recibe la soberanía sobre el mundo y el libro de los decretos divinos (5,6-7); ejerce el juicio (6,16; 14,10); es rey de reyes y señor de señores (17,14; 19,16); celebrará el banquete nupcial (19,9) y reinará con Dios en la nueva Jerusalén (22,1-2)[2]. Por tanto, no debe sorprendernos que Jesús venga presentado al mismo tiempo como el Cordero triunfante y vencedor de la muerte, que por ello es constituido también en el verdadero Pastor del rebaño de los creyentes.

Evangelio (Jn 10, 27-30):

Los especialistas dividen esta sección del capítulo 10 del evangelio de san Juan en cuatro partes: un discurso sobre el pastor, la puerta del corral y las ovejas (1-6); seguido por tres desarrollos del mismo: sobre la puerta (7-10); sobre el Pastor (11-18); sobre las ovejas (24-30). Por tanto, los versículos que leemos este domingo forman parte del tercer desarrollo en torno al tema de las ovejas.

            En los versículos inmediatamente anteriores a los que leemos hoy los judíos le piden a Jesús que diga abiertamente si es el Mesías (10,24). Jesús les responde que ellos no creen, aunque ven las obras que hace en nombre de su Padre, porque no son de sus ovejas (10,25-26). Así, el texto de hoy comienza con la descripción de cuáles son sus ovejas y cómo se relacionan ellas con Jesús, su Pastor, y con el Padre.

            Las ovejas de Jesús son las que escuchan su voz. Esta característica ha sido repetida tres veces a lo largo del capítulo (cf. 10,3.4.16). Hay una relación o vínculo que se establece entre el Pastor y las ovejas a través de la “voz”. Él las llama y ellas le responden con el seguimiento: conocen la voz del Pastor Bueno y van detrás de él; no irán detrás de otros porque no reconocen su voz (10,5). Según F. Moloney[3] esta imagen de las ovejas que escuchan la voz del Pastor y lo siguen evoca la mejor descripción del auténtico creyente.

            Por su parte, el Pastor Bueno conoce a cada una de sus ovejas, las cuida personalmente y hasta entrega la vida por ellas. Se establece entre Pastor y ovejas una relación de mutuo conocimiento comparable al conocimiento entre el Padre y el Hijo.

            Luego dice que el Pastor, Jesús, les da a sus ovejas “vida eterna”. Esto está íntimamente relacionado con lo anterior por cuanto para el evangelio de Juan la vida eterna está en el conocimiento del Padre y su enviado Jesucristo (cf. Jn 17,3). Por tanto, las ovejas al escuchar la voz de Jesús y seguirlo, esto es, al creer en Él, reciben por la fe la vida eterna, esto es, el conocimiento del Padre y del Hijo. Aclaremos que este conocimiento no es algo meramente intelectual, sino una participación en la comunión de Amor entre el Padre y el Hijo. Jesús, con su muerte y resurrección, ha dado su vida por las ovejas; y gracias a esta entrega puede dar también la vida eterna a sus ovejas. Para comunicar esta vida eterna ha venido al mundo el Verbo de Dios y para ello ha pasado por la muerte. Así, el don de la vida eterna es fruto de la Pascua de Jesús y del amor del Padre: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16).

            Como bien señala L. H. Rivas[4] el texto está en tiempo presente: “Yo les doy vida eterna” y debe entenderse como un don actual y continuo: “yo les estoy dando vida eterna”. Así, las ovejas que están recibiendo de Jesús esta vida eterna no perecerán jamás, es decir, vencerán la muerte como Jesús mismo la ha vencido con su resurrección.

En síntesis: “por medio de la fe nos hacemos partícipes de la vida eterna, es decir, de una vida que no acaba nunca, que la muerte no anula, sino que supera todo obstáculo. Esta vida eterna la tenemos ya desde ahora”[5].

Luego el evangelio añade que las ovejas están en las manos de Jesús, signo de pertenencia que brinda seguridad: nadie las podrá arrebatar de sus manos.

El versículo siguiente introduce al Padre en la relación que Jesús, buen Pastor, tiene con sus ovejas. El texto afirma que es el Padre quien las ha puesto en manos de su Hijo (cf. Jn 3,35: “El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano”), y que las mismas están al mismo tiempo en las manos del Padre, reforzando la pertenencia a Dios Todopoderoso que brinda una seguridad total. Bueno, pero ¿estamos en las manos del Padre o del Hijo? En la frase siguiente Jesús aclara que no hay contradicción alguna por cuanto dice: “Yo y el Padre somos uno”. Esta expresión resume una idea constante del evangelio de Juan: la unidad de amor y de acción entre el Padre y Jesús (cf. 5,17.19.30; 6,38; 8,16.18.26.28; 10,18).

Como vimos, por la fe las ovejas participan de la comunión entre el Padre y el Hijo Jesús, por tanto, pertenecer a Jesús es pertenecer al Padre.

Algunas reflexiones:

El evangelio de este domingo nos presenta la íntima e inmediata comunión que existe entre el pastor y las ovejas, entre Jesús y los cristianos. Justamente como trasfondo de este capítulo 10 de San Juan con la imagen de Jesús como buen/verdadero pastor tenemos el capítulo 34 de la profecía de Ezequiel. Aquí, ante la negligencia de los pastores (dirigentes del pueblo de Israel) que se apacentaban a sí mismos y no al rebaño, Dios promete que él en persona pastoreará a sus ovejas: “Porque así habla el Señor: ¡Aquí estoy yo! Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él. Como el pastor se ocupa de su rebaño cuando está en medio de sus ovejas dispersas, así me ocuparé de mis ovejas y las libraré de todos los lugares donde se habían dispersado, en un día de nubes y tinieblas” (Ez 34,11-12).

            Esta profecía se cumple en Jesús y con la Nueva Alianza que ha instaurado entre Dios y los hombres. La fe en Cristo muerto y resucitado, como hermosamente señalaba el texto citado más arriba, nos abre a una nueva relación (vínculo, alianza) con Dios. En ella Jesús mismo nos habla, le escuchamos, nos conoce personalmente, lo conocemos, lo seguimos y somos introducidos en la comunión de amor entre el Padre y el Hijo. Y esto es la vida eterna.

Por la fe entramos en una relación de amor con Jesucristo y, por Él, en Él y con Él, con Dios Padre. En efecto, “Lo que la persona de Cristo aporta a nuestra fe es la presencia de Dios sin intermediario. A través de Él, el misterio de Dios obra de manera inmediata […] Es indudable que para San Juan, esa divina presencia, de un poder y una trascendencia prodigiosa, oculta, encubierta bajo la humanidad de Cristo, confiere a la fe su dimensión definitiva, su insondable profundidad, haciendo de ella un adorable y vivificante misterio. Dios prodigiosamente oculto en Cristo y prodigiosamente presente en Cristo: ante este misterio, la fe de Juan se hace luminosa, pero además se siente invadida por el amor…Ve y ama: vive…”[6].

Y esta relación con Dios comienza ya en esta vida, pero no terminará jamás porque “es eterno su amor”. Así el objeto de nuestra esperanzaes la vida eterna, que Jesús Buen Pastor nos ha dado ya en el Bautismo, pero que no vivimos todavía en plenitud.

            La fe nos abre a la esperanza en un amor eterno. Más aún, la fe en Cristo muerto y resucitado nos da la certeza de este amor absoluto y eterno de Dios por nosotros y nos hace pregustar la vida eterna. Como hermosamente dice el Papa Benedicto XVI: “Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente «vida». Empieza a intuir qué quiere decir la palabra esperanza que hemos encontrado en el rito del Bautismo: de la fe se espera la «vida eterna», la vida verdadera que, totalmente y sin amenazas, es sencillamente vida en toda su plenitud. Jesús que dijo de sí mismo que había venido para que nosotros tengamos la vida y la tengamos en plenitud, en abundancia (cf. Jn 10,10), nos explicó también qué significa «vida»: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces «vivimos»” (Spes Salvi nº 27).

            El Papa Benedicto XVI habla aquí de “vida sin amenazas” como la vida en plenitud. Nosotros, por nuestra parte, sentimos que nuestra vida está constantemente amenazada, hoy más que nunca. Pues bien, esta “realidad social” hunde sus raíces en una “realidad ontológica”, de nuestro ser criaturas, que nos impide – por más que lo intentemos de mil maneras – darle seguridad plena a nuestra vida. Ya lo decía claramente Jesús en el evangelio: “Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes»”. (Lc 12,15) “¿Y quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un instante al tiempo de su vida?” (Lc 12,25).

            En este contexto es muy consoladora la afirmación que hace Jesús en el evangelio de hoy: estamos en sus manos, estamos en las manos del Padre. De aquí nadie nos puede arrebatar, y nadie nos puede hacer perecer. Es justamente aquí, en las manos del Padre y del Hijo donde el bautizado encuentra su pertenencia definitiva, su seguridad vital, su definitivo hogar. Por tanto, el evangelio de hoy nos invita también a experimentar la gran paz y serenidad ante la vida que nos viene de sabernos en las manos del Padre. Estamos en sus manos, nada debemos temer y nada nos puede faltar. La fe es ante todo abandono y confianza en sus Divinas Manos.

            En síntesis, la fe nos abre a esta realidad: que estamos en las manos del Padre quien nos trabaja y nos cuida siempre, que Jesús es nuestro buen Pastor Resucitado quien nos pastorea personalmente en todos los momentos de nuestra vida. Todos los cristianos, consagrados y laicos, somos objeto del cuidado y la acción pastoral de Jesús buen Pastor en nuestra vida. Por ello debemos unirnos a la liturgia celestial que nos presentaba la lectura del Apocalipsis alabando al Cordero porque es nuestro Pastor y nos conduce a los manantiales de agua viva.

            Si ahora nos ubicamos en el contexto litúrgico del tiempo pascual que nos invita a buscar en la fe los “lugares” de la presencia de Jesús Resucitado, hay que afirmar que nuestro Buen Pastor Resucitado ha elegido y elije algunos hombres para que sean signos personales suyos. Esta es la esencia de la vocación al sacerdocio ministerial: hacer presente sacramentalmente a Jesús Buen Pastor en medio de su pueblo. Más aún, ser testigos del pastoreo del buen Pastor en la propia vida; y fomentar y acompañar la acción pastoral de Jesús en la vida los demás fieles.

En esta jornada mundial de oración por las vocaciones el Papa Francisco nos recuerda que “la llamada del Señor nos hace portadores de una promesa y, al mismo tiempo, nos pide la valentía de arriesgarnos con él y por él”. Y también nos dice en “Cristo Vive”: “Lo fundamental es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada joven es ante todo su amistad. Ese es el discernimiento fundamental. En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este amor de amistad” (n º 250).

“Si partimos de la convicción de que el Espíritu sigue suscitando vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, podemos “volver a echar las redes” en nombre del Señor, con toda confianza. Podemos atrevernos, y debemos hacerlo, a decirle a cada joven que se pregunte por la posibilidad de seguir este camino” (n° 274).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Mi voz

Oveja del rebaño soñado,

Pertenezco y soy mirado

Tenido en cuenta, considerado

No uno más: el único ser por ti amado.

Y al escuchar que me llamas,

Por mi nombre, el que me diste al ser creado

Me invade el llanto, el gozo es pleno

Me reconozco en ti, resucitado.

Seguro voy por el camino

Mi refugio eres, estoy en tus manos.

Fui entregado por el Padre Bueno

A su Hijo muy querido, el Amado.

Ya no tengo miedo de perderme

Estoy frente al Altar donde eres inmolado

Y contigo me hago pan, alimento que se da,

Se parte y se reparte entre el Rebaño. Amén

[1] H. U. von Balthasar, Luz de la palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 246.
[2] Cf. J. Comblin, Cristo en el Apocalipsis (Herder; Barcelona 1966) 57-60.
[3] El evangelio de Juan (Verbo Divino; Estella 2005) 306.
[4] Cf. El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2005) 312.
[5] Cardenal A. Vanhoye, Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo C (Mensajero; Bilbao 2009) 137.
[6] Paul-Marie de la Croix, Testimonio espiritual del evangelio de san Juan (Rialp; Madrid 1966) 336.
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