Lectio Divina

QUINTO DOMINGO DE PASCUA CICLO “C”

Primera lectura (He 14, 21b-27):

            Este relato nos narra la conclusión del primer viaje misionero de Bernabé y Pablo por lo que hoy es Asia Menor y su posterior regreso a la comunidad “madre” de Antioquia de dónde habían sido enviados. Como bien lo remarca el texto al final, el principal fruto de la misión fue “todo lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos” (He 13,27). La «puerta de la fe» es por dónde «se entra en el reino» (He 14, 22). Este abrir la puerta de la fe a los gentiles da origen al problema que se discutirá en el “concilio de Jerusalén” (He 15). Justamente en este texto se inspiró la Carta Apostólica de Benedicto XVI que convocaba al año de la fe: porta fidei, puerta de la fe.

            Tenemos también aquí una síntesis de la labor misionera de Pablo: anunciar el evangelio para despertar la respuesta de la fe; exhortación a perseverar en la fe aún en medio de las tribulaciones que recaerán sobre los creyentes, organización de la comunidad con la institución de presbíteros para que continúen con la misión. Pero al final se afirma que todos los frutos de la obra evangelizadora se atribuyen a Dios que ha obrado por medio de ellos.

Segunda lectura (Ap 21,1-5a):

El drama del Apocalipsis se acerca a su fin. Desaparecida la primera creación y entregados al castigo eterno todos los malvados, ahora se le concede al vidente contemplar el reino de Dios en su esplendor, que sobrepasa todo lo terreno. Es justamente lo que sucede en la sección de Ap 21,1-22,5 cuyos primeros versículos leemos hoy.

El «primer» cielo y la «primera» tierra, que son los nuestros de ahora y de cuya creación nos habla la primera página de la Biblia, han desaparecido. El vidente contempla un mundo nuevo, querido por Dios, un mundo del que está ausente el mal y en donde todo el bien que puede imaginarse recibe su potenciación hasta el infinito.

Ve también aquí la ciudad santa —un conjunto de hombres— la nueva Jerusalén que desciende del nivel divino, es perfecta en todo, es la esposa: por eso mismo puede atreverse a amar a Cristo con un amor de reciprocidad, típico de dos esposos.

Luego la voz confirma que toda la Ciudad es la Morada de Dios entre los hombres, que Dios mismos construye pues desciende del cielo. La antigua fórmula de la alianza («Yo soy vuestro Dios, vosotros sois mi pueblo») queda recogida y trasladada a otro nivel: la simple reciprocidad de pertenencia se convierte ahora en una reciprocidad de vida y de amor. Cuando Dios haya llevado realmente a cabo toda su obra, ya no se oirá más el lamento desgarrador de los que son víctima de la violencia; cesarán los gritos de los oprimidos que ven pisoteados sus derechos, y hasta el cansancio y el esfuerzo físico desaparecerán por completo. Recogiendo la expresión de Isaías, el autor hace sentir y saborear al grupo de sus oyentes hasta qué punto se ha comprometido Dios con las vicisitudes del hombre: las lágrimas, la expresión más humana y personal del dolor, serán enjugadas personalmente por Dios.

Luego el vidente oye que Dios en persona le habla. Es la única vez en el Apocalipsis que Dios toma la palabra, y es muy significativo que lo haga al final del libro. Su primera frase, que reproduce muy de cerca a Is 43,19 (según el texto de los LXX), asegura al vidente que en los últimos tiempos él transformará radicalmente la creación entera y todas las modalidades de la vida actual. Lo que el vidente ha contemplado en 21,1-4, hallará pleno cumplimiento. Dios —traduciendo literalmente— «está haciendo», ya ahora, nuevas todas las cosas. Los gérmenes de primavera del mundo nuevo se encuentran en todo el bien que existe, aunque resulte menos evidente que el mal[1].

Evangelio (Jn 13,31-35):

Después de la partida de Judas el evangelio de Juan nos trae una larga sección en la cual Jesús dirige un discurso de despedida a sus discípulos (cf. Jn 13,31-17,26). Este discurso tiene lugar durante la última cena, después del lavatorio de los pies. El texto que leemos hoy es una especie de prólogo o introducción al discurso que anuncia los tres grandes temas del mismo: la glorificación del hijo del hombre y del Padre, la partida y el mandamiento nuevo.

En cuanto a la glorificación del hijo del hombre y del Padre con que comienza el texto, notamos que los verbos están en pasado (aoristo). Es decir que Jesús anuncia la glorificación como un hecho consumado, cumplido. Además, ambos verbos (ser glorificado) están en pasivo. Es decir, tanto el hijo del hombre como Dios son pasivos ante la recepción de la gloria, por cuanto Jesús recibe la gloria de parte de Dios desde el momento en que asume su muerte y Dios la recibe desde ese mismo momento de parte de Jesús.

Recibir la gloria de sí mismo no vale nada, por eso Jesús la recibe del Padre: “Jesús respondió: “Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. Es mi Padre el que me glorifica, el mismo al que ustedes llaman “nuestro Dios” (Jn 8,54).

Jesús es glorificado como hijo del hombre por cuanto será exaltado, levantado en alto y recibirá la gloria que tenía como Hijo de Dios.

El Padre es glorificado por la obediencia del Hijo, por su aceptación libre de entregar la vida por la salvación de los hombres: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese” (Jn 17,4-5).

            En el versículo siguiente se insiste en que es Dios quien glorificará al Hijo y que lo hará muy pronto, en clara referencia a la pasión-resurrección.

            Sigue el anuncio de su partida, que se inicia con un tono muy familiar y cariñoso: “hijitos” (teknía, expresión que se repite en 1Jn 2,1.12.28; 3,7.18; 4,4; 5,21). Esta partida de Jesús traerá aparejada un período de ausencia y de búsqueda infructuosa por parte de sus discípulos. Sucede que para encontrar a Jesús ya no servirá el “ver” sino el “creer”. Tendrán que encontrarlo en la fe. Esta partida es necesaria para que los discípulos comprendan que él está en el Padre (cfr. Jn 14, 20).

            Por último, tenemos la “donación” del mandamiento nuevo, el mandamiento del amor mutuo. Sobre el sentido de esta “donación” – que incluye una previa recepción del amor – dice L. H. Rivas[2]: “Jesús es amado por el Padre porque cumple su mandamiento (15,10), y este mandamiento está referido a la entrega de su vida (10,17-18), a todo lo que Jesús debe hacer para dar la vida eterna a los seres humanos (12,49-50). Dios ama tanto al mundo que ha entregado a su Hijo Único para que todos tengan la vida eterna (ver 3,16; 1Jn 4,9-10). Jesucristo se entrega por todos movido por el impulso de amor que viene del Padre (10,17-18; 1Jn 3,16) y ese impulso es para Jesús un “mandamiento” (15,10). Jesús da el mandamiento a sus discípulos. Esto significa que deposita en los creyentes el amor que Él recibe del Padre (15,9) y los capacita para que amen de la misma forma que Él ama (como yo los he amado). Si Él ha dado la vida por todos, también los creyentes deben dar la vida por los hermanos (1Jn 3,16). Jesús no es sólo ejemplo de amor para los cristianos, sino la fuente de donde viene el amor que se origina en el Padre”.

           Y aquí está justamente la “novedad” de este mandamiento del amor. En efecto, ya en el Antiguo Testamento tenemos el mandamiento de “amar al prójimo como a uno mismo” (Lv 19,18), que es recogido por los evangelios sinópticos (cf. Mt 22,30; Mc 12,31; Lc 10,17). Jesús, por su parte, pide que nos amemos “como Él no ha amado”, por tanto hay algo nuevo y que supera en mucho lo antiguo. Y según vimos, no se trata solamente de un ejemplo a seguir sino de un don a recibir porque debemos amarnos como y porque Él nos amó primero. Para expresar mejor esto X. León Dufour[3] prefiere traducir así este texto: «Con el amor con que yo os he amado, amaos también los unos a los otros», versión que corresponde lo más exactamente posible al sentido de la frase. El amor del Hijo a sus discípulos engendra en ellos un movimiento de caridad; su amor pasa a ellos, cuando aman a sus hermanos y son amados por ellos. En los capítulos 15 y 17 el amor de Jesús que se difunde en los creyentes resulta ser el amor mismo del Padre”.

En otras palabras, la novedad está en que el amor entre los cristianos tiene su fuente en el Padre y en el Hijo, es la circulación de este mismo amor que recibimos de Jesús y lo volcamos al prójimo, al hermano. Y tan novedoso y exclusivo de Jesús es este don del amor que deberá ser el distintivo de los cristianos, su “sello de identidad”; por cuanto se los debe reconocer por este amor mutuo.

            El Card. A. Vanhoye[4] ve una relación entre el tema de la glorificación del Hijo y del Padre y el mandamiento del amor por cuanto “la gloria de Dios es la gloria de amar. Del mismo modo también la gloria de Jesús es la gloria de amar. Él amó al Padre cumpliendo su voluntad con una generosidad perfecta; nos amó a los hombres dando, como Buen Pastor, su vida por nosotros. Así fue glorificado ya en su pasión, y Dios fue glorificado en él”.

            Hay también en el evangelio de Juan una relación entre la gloria y el amor, pero negativa. En efecto, los que buscan su propia gloria y no la gloria de Dios, no pueden tener el amor de Dios y no pueden creer: “Mi gloria no viene de los hombres. Además, yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes. He venido en nombre de mi Padre y ustedes no me reciben, pero si otro viene en su propio nombre, a ese sí lo van a recibir. ¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios? “(Jn 5,41-44).

Algunas reflexiones:

            El contexto litúrgico del tiempo pascual, en el cual buscamos los signos de la Presencia de Jesús Resucitado en nuestra vida, nos orienta a elegir como tema principal el mandamiento del amor y su capacidad de ser el signo de identidad de los cristianos.

            Según vimos, no se trata de un mandamiento que obliga desde fuera, de una nueva y mayor exigencia. Por tanto, el voluntarismo pelagiano de pensar que podemos, por nosotros mismos, imitar el amor de Jesús, es un camino falso y con un final peligroso. A quienes toman por este camino equivocado “les falta la humildad esencial para el amor, la humildad de poder recibir dones más allá de nuestro actuar y merecer”[5].

Por tanto, lo que necesitamos es la humildad para dejarnos amar por Jesús, a su modo, que es el modo divino y por ello nos supera y, a veces, hasta nos desconcierta. Se trata de dejarse invadir por su amor, aunque esta apertura deja al desnudo nuestra insuficiente capacidad de amar, de amar de verdad. Y entonces nos animamos a dejar lo nuestro y a recibir lo suyo, que es mucho mejor porque es amor puro, amor de Dios. El Card. Vanhoye[6] describe así el amor de Jesús: “Se trata de un amor generosísimo, sin límites, de un amor universal, de una actitud capaz de transformar incluso las circunstancias negativas y todos los obstáculos en ocasión de progreso en el amor. Nunca se había presentado una situación tan contraria al amor como aquella en la que Jesús se encontró en su pasión: rechazado por todos, escarnecido, condenado, ajusticiado. Y, sin embargo, la transformó en ocasión del amor más grande”.

            Ahora bien, si los cristianos nos amásemos con este amor revelaríamos a Jesús, lo haríamos presente y visible. Nos reconocerían como suyos, de Cristo, porque amamos como Él; o mejor aún, amamos con su mismo amor.

            Esto es una invitación a preguntarnos en qué lugar de la escala de valores está la caridad, el amor. Si no está en primer lugar, estamos extraviados. La caridad es la cumbre de la perfección y el alma misma de la vida cristiana. Y esto tiene sus consecuencias también en el campo del apostolado, de la evangelización. Nos lo recuerda H. U. von Baltasar[7]: “Este mandamiento nuevo y que vale por todos es también, como quintaesencia del cristianismo, el que le garantiza su permanencia: ésta será ‘la señal por la que conocerán que son discípulos míos’. Ésta y solamente ésta. Ninguna otra peculiaridad de la Iglesia puede convencer al mundo de la verdad y de la necesidad de la persona y doctrina de Cristo. El amor vivido y repartido por los cristianos será la demostración de todas las doctrinas, de todos los dogmas y de todas las normas morales de la Iglesia de Cristo”.

            Al respecto les decía el Papa Francisco a los adolescentes: “Qué gran responsabilidad nos confía hoy el Señor. Nos dice que la gente conocerá a los discípulos de Jesús por cómo se aman entre ellos. En otras palabras, el amor es el documento de identidad del cristiano, es el único “documento” válido para ser reconocidos como discípulos de Jesús. El único documento válido. Si este documento caduca y no se renueva continuamente, dejamos de ser testigos del Maestro… El amigo verdadero de Jesús se distingue principalmente por el amor concreto; no el amor “en las nubes”, no, el amor concreto que resplandece en su vida. El amor es siempre concreto. Quien no es concreto y habla del amor está haciendo una telenovela, una telecomedia… Haced como los campeones del mundo del deporte, que logran metas altas entrenándose con humildad y tenacidad todos los días. Que vuestro programa cotidiano sea las obras de misericordia: Entrenaos con entusiasmo en ellas para ser campeones de vida, campeones de amor. Así seréis conocidos como discípulos de Jesús. Así tendréis el documento de identidad de cristianos. Y os aseguro: vuestra alegría será plena” (homilía del 24 de abril de 2016).

En fin, la puerta de la fe, que se abre, es también la puerta del amor. El amor de Jesús entra por la puerta de la fe y la vivencia de este amor por parte de los creyentes es también un signo de la presencia de Dios – “dónde hay caridad y amor allí está Dios” -; lo cual atrae a los no creyentes hacia esta puerta de la fe. Sólo el amor atrae, sólo el amor es digno de fe.

“Creer en Cristo, es creer en el amor de Dios y abrirse a él. Sólo a partir de allí podrá a su vez en hombre empezar a amar” (J. M. Casabó, La Teología moral en san Juan, 379).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Reconóceme Señor

En el gesto delicado

Para contigo en cada hermano

Reconóceme, Señor

En la oración temprana al alba

Y en la soledad, abandonada

Reconóceme, Señor

En la sonrisa de pobre, extendida su mano y olvidado

Reconóceme, Señor

En la mirada pérdida de tristeza

El corazón herido en tinieblas

Reconóceme, Señor

Porque si me miras y ves apenas,

La sombra de tu imagen serena

Seré como un pájaro con alas abiertas, desplegadas en vuelo hacia la Patria.

Él se orienta hacia la Luz y

busca refugio en la eternidad

el horizonte sublime,

Se deleita solo en la Verdad.

Reconóceme entonces, sin tardar, y

 derrama tus dones sagrados

En esta comunidad, porque eres familia, Trinidad. Amen

[1] Cf. U. Vanni, Apocalípsis. Una asamblea litúrgica interpreta la historia (Verbo Divino; Estella 1998) 129-132.
[2] El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2005) 834.
[3] Lectura del Evangelio de Juan. Jn 13-17 Vol. III (Sígueme; Salamanca 1995) 71.
[4]  Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo C (Mensajero; Bilbao 2009) 139.
[5] Card. J. Ratzinger, Mirar a Cristo. Ejercicios de fe, esperanza y amor (EDICEP; Valencia 1990) 87.
[6] Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo C (Mensajero; Bilbao 2009) 140.
[7]  Luz de la Palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 247.
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