Lectio Divina

SEXTO DOMINGO DE PASCUA CICLO “C”

Primera lectura (He 15,1-2.22-29):

Según este relato Pablo está en Antioquia y llegan algunos convertidos de Judea que insisten en la necesidad de circuncidarse para alcanzar la salvación. Es decir, tienen que hacerse “judíos” necesariamente para poder salvarse. Pablo y Bernabé discuten con ellos y al final se decide llevar la cuestión ante los apóstoles y presbíteros de Jerusalén. Esta visita de Pablo y Bernabé da la ocasión para el llamado “concilio de Jerusalén” (He 15,4-29). El problema de fondo es el mismo que refiere san Pablo en Gal 2,1-10; aunque la novedad está en que los partidarios de la circuncisión y opositores de Pablo son identificados aquí como fariseos convertidos a la fe (15,5). Al final del concilio se redacta una carta apostólica o decreto que sólo pone algunas restricciones a los cristianos venidos de la gentilidad (15,22-29); pero no la obligación de circuncidarse.

La Iglesia camina en el mundo y en su tarea evangelizadora van surgiendo cuestiones que hay que resolver en comunión y bajo la asistencia del Espíritu Santo. En fin, “la historia no procede sólo por principios abstractos, sino que requiere discernimiento, que es la sabiduría de esperar el momento oportuno para proponer cambios, de modo que sirvan para el crecimiento y no sean causa de divisiones más graves”[1].

Segunda lectura (Ap 21,10-14.22-23):

            El autor trata de presentar la belleza sublime de la Ciudad Santa, algo celestial pero descrito con palabras y figuras humanas, muchas de ellas tomadas de los profetas (cf. Ez 40,2; Is 54,11s; 60,1-22; Zac 14). Se presta atención a tres elementos de la antigua ciudad de Jerusalén, con fuerte carga simbólica: la muralla, las puertas y los pilares. La murallasigue estando como símbolo de la seguridad inviolable que reina dentro de la misma ciudad. Pero no se trata de encierro pues hay doce puertas, tres mirando a cada uno de cuatro puntos cardinales, signo de la apertura universal de la misma. Y la muralla está sostenida por doce pilares, que son “los doce apóstoles del Cordero”. O sea que sobre el testimonio de los Apóstoles se edifica la Iglesia. Pero falta lo más importante de la Jerusalén terrenal: el templo, lugar de la presencia de Dios. Y no hace falta porque Dios Todopoderoso y el Cordero son el templo, Dios es todo en todos, se vive la plenitud de la comunión con Dios. Por esto tampoco hace falta luz, ya que todo está lleno de la Gloria de Dios y la lámpara es el Cordero. En fin, la infinita belleza de la Ciudad Santa surge de aquí, de la Presencia de Dios y del Cordero.

Evangelio (Jn 14,23-29):

Los primeros versículos del texto de hoy forman parte de la sección de Jn 14,12-26 donde se desarrollan cuatro promesas que Jesús hace a sus discípulos en su discurso de despedida: hacer obras mayores que Él; el don del Paráclito; la inhabitación del Padre y del Hijo; la recepción de la enseñanza del Paráclito[2]. Estas dos últimas promesas las encontramos en el fragmento que leemos hoy.

Con respecto a la “inhabitación del Padre y del Hijo” conviene recordar que Jesús está respondiendo a la siguiente pregunta de Judas – no el Iscariote –: “Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?” (Jn 14,22). Esta pregunta, a su vez, surgió con ocasión de la anterior afirmación de Jesús: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21).

            La primera respuesta de Jesús a Judas – no el Iscariote – es más bien una profundización de lo dicho en 14,21 y no responde directamente al porqué de esta revelación reservada sólo a sus discípulos. En efecto, Jesús dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

            Jesús sigue afirmando que la “condición” para recibir la manifestación divina es el amor a élAmor que se manifiesta en lo concreto: cumplir los mandamientos, guardar su palabra. Como nos enseña L. Rivas[3] esta expresión “guardar mi palabra” aparece varias veces en Juan y su sentido es el de aceptar la revelación del Padre que ofrece Jesús, por tanto los que guardan la palabra son los que viven en la fe y la expresan en el amor. Y la primera consecuencia de esta actitud es la de ser amados por el Padre. La segunda es que el Padre y el Hijo vengan a él y habiten en él. El termino griego utilizado es moné (monh,), habitación o morada, que ya había utilizado Jesús poco antes al decir: “En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones (monh,)” (14,2). En este versículo Jesús hablaba de llevarnos a habitar junto al Padre, en la morada eterna. Por el contrario, en 14,23 habla de hacer del creyente en Jesús una morada de Dios, un lugar donde Dios habita pues son el Padre con el Hijo quienes vienen a habitar en el que cree y guarda los mandamientos. Esta es la inhabitación del Padre y del Hijo en el creyente[4].

            Aquí tiene cumplimiento, de un modo sorprendente, la tradición del Antiguo Testamento sobre la presencia de Dios en medio de su pueblo («Pondré mi morada en medio de ustedes» Ex 25, 8; Lev 26, 11; Ez 37, 27; Zac 2, 14). En efecto, “el lugar de la morada de Dios, en la tradición bíblica, era la «tienda» (cf. Nm 14,10; Ex 16-17), el «templo» (cf. Sal 121,1; 131, 3-14), «Jerusalén» (cf. La. 6,60). En Juan la morada de Dios es el hombre, a través de la encarnación de Jesús y el plan que Dios ha realizado con el mundo de los hombres”[5].

Jesús anuncia que Dios no sólo estará “en medio de su pueblo” sino “en el interior de cada creyente”, que devendrá “templo vivo del Dios vivo”.

En un segundo momento Jesús responde al por qué el mundo no puede recibir su manifestación: sencillamente porque no lo ama ni guarda su palabra, que es la palabra del Padre. En efecto, para el evangelio de Juan el mundo no ama a Jesús, sino que lo aborrece (cf. Jn 7,7; 15,18).

En los versículos 25 y 26 tenemos el desarrollo de la promesa del Espíritu: “Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho”.

            Se le atribuye aquí al Espíritu Santo una doble misión: enseñar y recordar. La enseñanza en Juan es siempre algo exclusivo de las personas divinas (el Padre, Jesucristo y el Espíritu) y su contenido es siempre la Revelación. Por el contexto de estos versículos deducimos que la función “docente” del Espíritu será dar a conocer a los discípulos la revelación que Jesús hizo durante su vida terrena pero que ellos no pudieron captar en profundidad en ese momento.

En cuanto a la acción de “recordar”, notemos que en el vocabulario del cuarto evangelio no es un simple traer a la memoria, es una reconstrucción del pasado desde una nueva perspectiva, más profunda, y que lleva a creer en Jesús y en la Escritura. En este recuerdo, los hechos y palabras de Jesús adquieren una perspectiva especial que antes, en su situación real, quedaban en la penumbra.

Los versículos 27-29 cierran esta parte del discurso de Jesús en la cual vuelve a hacer referencia a su partida. Y antes de partir les deja a sus discípulos su paz: “Es la paz, la mía la que les doy; no se las doy a la manera del mundo” (Jn 14, 27). Se trata del don de la paz como don escatológico, la misma con la cual Jesús Resucitado saluda a los discípulos diciéndoles: “¡Paz a ustedes!” (cf. Jn 20,19.21.26). Este augurio de paz, según el trasfondo del Antiguo Testamento, incluye todos los bienes necesarios para la vida presente y la plenitud de bienes en la vida futura. Aparece también aquí la contraposición con el mundo que da una falsa paz; y la da a costa del sacrificio de la verdad.

Esta paz custodia el corazón de los creyentes, que no deben turbarse ni acobardarse. Llama la atención que en Juan el verbo utilizado aquí – tarássó (turbarse, conmoverse) – es aplicado a Jesús en algunas situaciones: ante la muerte de Lázaro (11,33); ante la llegada de la “hora” de la pasión (12,27) y ante la traición de Judas (13,21). Sin embargo, aquí – al igual que en 14,1 – Jesús les pide a sus discípulos que no se dejen turbar, que no se inquieten, sino que crean en Él. Justamente, y así termina esta parte del discurso, Jesús les ha dicho todo esto para que cuando suceda crean en Él. Vale decir que deben conservar la paz interior fundados en la confianza en Él, más allá de las cosas que sucedan.

Algunas reflexiones:

            Retomando la idea fuerza del tiempo pascual, a saber, la búsqueda y el encuentro con Jesús Resucitado en nuestra vida, el evangelio de este domingo nos revela un “lugar” privilegiado de Su presencia. Y casi diría un “lugar” un poco olvidado a pesar de ser fundamental en la vida cristiana. Nos referimos a la Presencia de Dios en nuestro interior, en nuestra alma, en nuestro corazón. Jesús lo ha prometido claramente en el evangelio de hoy: “vendremos a él, y haremos morada en él”. La Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, quiere habitar en nosotros, hacer de nuestro corazón su morada, su habitación, su lugar de residencia.

            Al respecto leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica nº 260: “El fin último de toda la economía divina es el acceso de las criaturas a la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad. Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad (Jn 14,23)”.

            Y confirmamos que es un “lugar” fundamental de la Presencia de Dios por cuanto es allí donde lo han encontrado (y gozado) muchos de los grandes creyentes. Comencemos por ese apasionado buscador de Dios que fue San Agustín: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti ” (Confesiones, 10, 27).

“He aquí, Señor Dios mío, sumo, inmenso y todopoderoso, que yo he hallado el lugar en el cual Vos habitáis; y éste es el alma, criada a vuestra imagen y semejanza, que a Vos solo busca y desea, no la que no busca ni desea. Yo, como oveja descarriada, anduve perdido buscándote por defuera, estando Vos dentro de mí; y trabajé mucho buscándoos fuera de mí, y vos morabais dentro” (Meditaciones y Soliloquios, 31-32).

            Esta presencia interior de Dios es la que deslumbra a Santa Teresa por lo que pasa a ser el principio y fundamento de su “edificio” espiritual: “Pues hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas, en fin, como para tal Señor; y que sois vos parte para que este edificio sea tal, como a la verdad es así, que no hay edificio de tanta hermosura como una alma limpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras; y que en este palacio está este gran Rey, que ha tenido por bien ser vuestro Padre; y que está en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón […] No nos imaginemos huecas en lo interior […]. Bienentendía que tenía alma; mas lo que merecía esta alma y quién estaba dentro de ella, si yo no me tapara los ojos con las vanidades de la vida para verlo, no lo entendía. Que, a mi parecer, si como ahora entiendo que en este palacio pequeñito de mi alma cabe tan gran Rey, que no le dejara tantas veces solo, alguna me estuviera con El, y más procurara que no estuviera tan sucia. Mas ¡qué cosa de tanta admiración, quien hinchiera mil mundos y muy mucho más con su grandeza, encerrarse en una cosa tan pequeña! A la verdad, como es Señor, consigo trae la libertad, y como nos ama, hácese a nuestra medida” (Camino de perfección, 9-11)”.

            Esta nutriente savia de la tradición carmelitana ha dado sin duda su gran fruto en la Beata Sor Isabel de la Trinidad. Así se expresaba en sus cartas al ingresar al Carmelo: “Todo mi ejercicio es entrar adentro y perderme en Los que están allí. ¡Lo siento tan vivo en mi alma! No tengo más que recogerme para encontrarlo dentro de mí. Eso es lo que constituye toda mi felicidad”[6]. “Me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, puesto que el cielo es Dios y Dios está en mi alma. El día que comprendí eso, todo se iluminó para mí y quisiera decir ese secreto en voz muy baja a los que amo, a fin de que también ellos, a través de todo, se adhieran a Dios”[7].

            Si Dios habita en nuestro corazón, un efecto claro de su presencia es la Paz del corazón. Por eso, junto al “don” de Su presencia en nosotros, Jesús en el evangelio de hoy añade enseguida el “don” de la Paz. Según el P. Cantalamessa “quien mejor ha celebrado esta Paz divina, que llega de más allá de la historia, fue Pseudo-Dionisio Areopagita. Paz es para él uno de los «nombres de Dios», con el mismo título que «amor». También de Cristo se dice que «es» Él mismo nuestra paz (Ef 2, 14-17). Cuando dice: «Mi paz os doy», Él nos transmite aquello que es”[8].

            La Paz divina es ante todo un don que Jesús nos tiene que dar. Pero el mismo Jesús nos invita en el evangelio de hoy a trabajar por nuestra paz interior, a no inquietarnos ni agitarnos. Es la paz como tarea. Es lo que tanto recomendaba San Francisco de Sales[9]: “Intenta, hija mía, mantener tu corazón en paz con un humor estable. No digo que lo tengas en paz, sino que intentes hacerlo; que ésta sea tu principal preocupación, y cuídate mucho para que el no poder rápidamente calmar la oscilación de los sentimientos y del estado de ánimo, no se convierta en motivo de intranquilidad”.

            Tarea también de toda la Iglesia que debe aprender a solucionar “en paz” los conflictos, como nos narra la primera lectura. Si hay amor, si hay comunión, la Verdad se irá manifestando poco a poco hasta triunfar, sin que se pierda la paz.

            Y por consideración a la Verdad tenemos que decir que esta Presencia y morada de Dios en nosotros, sin dejar de ser un don gratuito, requiere, exige algunas condiciones previas para darse. En efecto, Jesús dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará…” (14,23). Por tanto, se requiere el amor y la observancia de los mandamientos, que en el fondo se reclaman mutuamente: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos” (Jn 14,15) y “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama” (Jn 14,21).

            En el evangelio de Juan esto implica creer en Cristo, recibir su palabra, su revelación y ser fiel a la misma en la vida, o sea, vivirla permaneciendo en su amor.

Y esta presencia de Dios en nosotros es también el coronamiento de nuestro itinerario pascual al igual que lo fue para los apóstoles. Como bien nota J. Lafrance[10]: “Al vivir una experiencia de intimidad con Cristo, se instaló en el corazón de los apóstoles un deseo ardiente de permanecer con Cristo. Y, sin embargo, su presencia debe terminar. Debe dejar a los suyos para introducirlos en una experiencia más espiritual de su presencia. Para que nos sea dado el Espíritu Santo y permanezca en nosotros, es necesario que Cristo vuelva a su Padre y sea glorificado. Para prolongar su presencia en la tierra y permitirnos permanecer con él, Jesús envía su Espíritu (Jn 14,16-17). El Espíritu Santo se instala, pues, de manera estable en el corazón de los hombres, es él quien da testimonio de nuestra unión permanente con Dios”.

Al respecto nos dice el Papa Francisco: “Nosotros no estamos solos: Jesús está cerca de nosotros, en medio de nosotros, dentro de nosotros. Su nueva presencia en la historia se realiza mediante el don del Espíritu Santo, por medio del cual es posible instaurar una relación viva con Él, el Crucificado Resucitado. El Espíritu, efundido en nosotros con los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, actúa en nuestra vida. Él nos guía en el modo de pensar, de actuar, de distinguir qué está bien y qué está mal; nos ayuda a practicar la caridad de Jesús, su donarse a los demás, especialmente a los más necesitados” (Regina Coeli, 1° de mayo de 2016).

PARA LA ORACIÓN (RESONACIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Espíritu de Amor

Un Amor ha despertado dentro de mí,

Abrió un lugar y pintó su color, encendió su calor

Y así aprendí…

A escuchar su Voz enseñándome a vivir

Y a reconocer en su gravedad, la Verdad

El sentir…

La paz vino de El porque nos la dejó,

Y su deseo primó sobre toda iniquidad

Se pronunció por el Padre, nos recordó

Tomó un rostro opaco y lo iluminó.

Nos invitó a amarlo con extraordinaria pasión

Y no pudimos hacer otra cosa

Él lo sabía…

Inquietante y temeroso se torna alejarnos

Solo unidos somos algo y con El aún más

Triunfantes…

La Trinidad venerada, el Espíritu derrama

El regalo más preciado ha dejado la Familia

Permanecer, estar en el Padre

En un mensaje inolvidable: Eucaristía. Amén

[1] G. Zevini – P. G. Cabra (eds.), Lectio Divina para cada día del año. Vol. 4 (Verbo Divino; Navarra 2002) 339.

[2] L. H. Rivas, El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2005) 393.

[3] El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2005) 400.

[4] Cf. X. León-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan. Jn 13-17 Vol. III (Sígueme; Salamanca 1995) 106-107.

[5] G. Zevini, Evangelio según san Juan (Sígueme, Salamanca 1995) 368.

[6] Carta al canónigo A., 15 de junio de 1903.

[7] Carta a la Sra. de S., 1902.

[8] Segunda predicación de Adviento, 8 de diciembre de 2006,

[9] Ouvres complétes, citado por J. Philippe, Busca la paz y consérvala (San Pablo; Buenos Aires 2003) 93.

[10] Morar en Dios (San Pablo; Madrid 1996) 17.

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