Lectio Divina

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR CICLO «C»
FIESTA DE LA ESPERANZA Y DEL COMPROMISO MISIONERO

Primera lectura (He 1,1-11): «Jesús ha sido llevado al cielo de entre ustedes»

El libro de los Hechos de los Apóstoles comienza con una temática claramente cristológica: los «cuarenta días» de encuentros que tienen los discípulos con el Resucitado antes de su Ascensión a los cielos. Luego dice que durante estos días Jesús dio a sus discípulos abundantes pruebas de que estaba «vivo», en referencia a las apariciones que narra Lucas al final de su evangelio. Como nota J. Ratzinger[1], «el sentido de las apariciones está claro en toda la tradición: se trata ante todo de agrupar un círculo de discípulos que puedan testimoniar que Jesús no ha permanecido en el sepulcro, sino que está vivo. Su testimonio concreto se convierte esencialmente en una misión: han de anunciar al mundo que Jesús es el Viviente, la Vida misma».

El número “cuarenta” tiene en la Biblia un valor simbólico pues indica el paso a una nueva generación, es el tiempo necesario para que Dios transforme una situación. Este tiempo se concluye justamente con el relato de la Ascensión, que aquí es descrita como una elevación a los cielos (utiliza el verbo analambanō en pasivo –ser elevado, ser llevado en alto-).

Sigue luego, al igual que en Lc 24,49, la orden de Jesús de permanecer en Jerusalén a la espera de la Promesa del Padre, el Espíritu Santo, en el cual los apóstoles serán sumergidos (sentido amplio de «bautizados»). Así, este «bautismo en el Espíritu» supera en mucho el «bautismo con agua» de Juan Bautista, orientado a la conversión de los pecados.

La pregunta de los discípulos que sigue revela que ellos todavía no han comprendido plenamente la misión universal y trascendente de la Iglesia por cuanto esperan aún la restauración del reino terrenal de Israel. Deberán recibir la fuerza del Espíritu Santo para que les amplíe al mismo tiempo la mente y el horizonte misionero, pues deberán ser testigos «hasta los confines de la tierra».

Después de unir la misión universal de los apóstoles con el don del Espíritu Santo, Jesús es «elevado al cielo». La palabra «cielo» aparece cuatro veces en He 1,10-11. Al igual que para nosotros hoy, la afirmación de que Dios “está en el cielo” era de uso común en tiempos de Jesús y se encuentra ya en el Antiguo Testamento presentando al cielo como morada o residencia de Dios. Decir que Dios está en el cielo es una manera de expresar su trascendencia invulnerable al mismo tiempo que su omnipresencia entorno al hombre. Al decir que Jesús fue llevado al cielo (He 1,11) se afirma que se encuentra ahora en una nueva situación o estado, pues está en la Morada de Dios. Pero si bien está ‘en el cielo’ en contraste con ‘la tierra’ resaltando así su trascendencia, no se pierde por ello la cercanía y mutua relación, por cuanto la acción del cielo o desde el cielo se hace sentir en la tierra (cf. He 2,2). De igual manera, si bien el libro de los Hechos nos presentará a Jesús hecho Señor (Kurios) resucitado y exaltado a la derecha del Padre en los cielos; al mismo tiempo nos mostrará que en ésta su nueva situación Jesús continúa actuando sobre la tierra y esta actividad consiste en obrar la salvación.

La referencia a la nube que lo oculta de su vista refuerza esta idea por cuanto tiene un valor teológico y «presenta la desaparición de Jesús no como un viaje hacia las estrellas, sino como un entrar en el misterio de Dios. Con esto se alude a un orden de magnitud completamente diferente, a otra dimensión del ser»[2].

Al mismo tiempo, en esta nueva situación o etapa, la Iglesia debe vivir en la espera activa de la vuelta gloriosa del mismo Jesús tal como afirman los ángeles al final del relato (He 1,11). Aquí el retorno del Señor se presenta como una certeza, pero sin alimentar expectativas acerca de algo inminente, al contrario, los hombres de blanco invitan a no quedarse mirando al cielo.

Segunda lectura (Ef 1,17-23): «valorar la esperanza a la que hemos sido llamados».

            Después del himno de bendición y alabanza con que comienza esta carta (Ef 1,3-14), seguido de una breve acción de gracias (1,15-16), se pasa a la intercesión en favor de los cristianos para quienes se implora del Padre «un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente» (1,17). Se trata del don de comprender y gustar los misterios de Dios y así descubrir la grandeza de la esperanza a la que han sido llamados y los beneficios que han recibido como fruto del misterio pascual de Cristo, que incluye la Ascensión. Justamente la situación de Cristo después de la Ascensión es estar por encima de toda la creación, la cual le está sometida, y ser Cabeza del Cuerpo de la Iglesia.

Acerca de esta presentación de Cristo como Cabeza del Cuerpo de la Iglesia nos dice F. Pastor[3] «Se emplea por primera vez esta metáfora y la correspondiente de la Iglesia como cuerpo de Cristo. Dado que esta comunidad es la beneficiaria del plan de Dios realizado en Cristo, es también plenitud del cosmos y participa en la condición del Señor Jesús. Desde esa breve afirmación habrá que comprender más adelante el ser y la misión de la Iglesia. No será tanto – aunque también – una organización, sino una plenitud de todo el mundo nuevo que participa en la regeneración universal mediante Cristo, Señor y Cabeza (cf. Col 1,15-20)».

Evangelio (Lc 24,46-53): «Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo».

            Se nos ofrece hoy como lectura el final del evangelio de Lucas que termina con la ascensión de Jesús a los cielos y con los apóstoles volviendo a Jerusalén para esperar la promesa del Padre. Se trata de un final «abierto», por cuanto exige su continuación en el segundo volumen de la obra de Lucas que es el libro de los Hechos de los Apóstoles.

            Jesús Resucitado dice sus últimas palabras a los Once apóstoles y a los que estaban reunidos con ellos. En estas sus últimas palabras Jesús dice a sus discípulos que en las profecías del Antiguo Testamento («así está escrito») hay tres cosas sobre el Mesías: 1) tiene que padecer; 2) resucitar; 3) comenzando por Jerusalén, en su nombre debe predicarse a todas las naciones.

La novedad de Lucas es presentar la predicación a todas las naciones como algo ya preanunciado acerca del Mesías, como profecía; mientras que los otros evangelistas presentan el mandato como originario de Cristo (Mc 16,15; Mt 28,19-20). Por tanto, no sólo la pasión y la resurrección de Jesús forman parte del designio salvífico del Padre revelado en las Escrituras; sino también la misión a todas las naciones para anunciarles el evangelio de la salvación en Cristo. Detrás de esta presentación novedosa podemos descubrir el intento de Lucas de despertar en la Iglesia el sentido misionero, pues tal ha sido desde siempre el designio del Padre contenido en las Escrituras. El contenido de esta predicación apostólica es la conversión (metanoia) para el perdón de los pecados en «el nombre de Jesús».

De esta voluntad salvífica universal del Padre se sigue el compromiso misionero de los Apóstoles que aquí vienen considerados como testigos: «Ustedes son testigos de todo esto». Testigo es el que ha visto y oído, el que ha tenido experiencia de que Jesús ha resucitado. Los Apóstoles, en el libro de los Hechos, son ante todo testigos de la resurrección del Señor.

Pero la misión universal de la Iglesia y el testimonio de los apóstoles sólo serán posibles por la acción del Espíritu Santo. Por ello Jesús les manda que permanezcan en Jerusalén a la espera del cumplimiento de esta promesa del Padre. Jesús les ha dado ya, antes de partir, el mandato misionero. Muy pronto les dará la fuerza, el «alma» que debe movilizar la acción evangelizadora: el Espíritu Santo. También aquí es claro que el final del evangelio de Lucas nos remite al inicio del libro de los Hechos donde se narrará la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles (cf. He 2).

Jesús, mientras es elevado a los cielos, bendice a los suyos. Esta bendición, para algunos, tiene el valor de una despedida, de un adiós. En efecto, en el Antiguo Testamento hay algunos ejemplos de bendición de los que parten (cf. Gn 24,60; 28,1)[4]. Otros lo consideran más bien un gesto sacerdotal de Cristo por cuanto en el Antiguo Testamento se presenta al Sumo Sacerdote bendiciendo de esta manera después del sacrificio solemne[5].

Los discípulos obedecen a Jesús y regresan a Jerusalén con alegría y permanecen en la alabanza a Dios. ¡Qué distinta es ahora la reacción de los discípulos si la comparamos con el resto del evangelio! No hay dudas de que la resurrección del Señor ha iluminado sus vidas y les ha hecho comprender todo. Se nota de verdad que el Señor Resucitado «les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras» (24,45). Como dice el Card. Martini[6]: «El camino al que llegaron los apóstoles, en el momento en el cual se les entregó el mandato es, pues, la posibilidad de recibirlo no como una posesión afanosa que hay que defender celosamente, que hay que administrar de manera privada y personal, sino como el don del Resucitado, recibido precisamente cuando ya no lo esperaban, cuando temían que el Señor los había abandonado por su infidelidad. En cambio, el Señor, que es evangelizador bueno, proclamador de la misericordia de Dios, les vuelve a poner en sus manos este tesoro del ministerio, porque tiene confianza en ellos y lo confía a su corazón libre».

Algunas reflexiones:

En este ciclo litúrgico se nos presenta el acontecimiento de la Ascensión tanto en la primera lectura como en el evangelio. La Ascensión ocupa en la obra de Lucas un lugar importante: cierra su primer libro (Lc 24,30-31) y abre el segundo (He 1,9-11). Más allá de algunas diferencias en la narración, hay una clara unidad en el mensaje: con la Ascensión del Señor culmina una etapa de la historia de la salvación y comienza una nueva.

Podemos hablar, como suele hacerse, del tiempo de Jesús y del tiempo de la Iglesia. Pero importa notar que no hay separación ni ruptura entre ambos tiempos o etapas por cuanto, si bien el tiempo de la Iglesia es distinto del de Jesús pues hay un nuevo comienzo, todavía se mantiene en continuidad con el anterior pues es tiempo de cumplimiento de la Promesa del Padre que Jesús recuerda y realiza derramando el Espíritu (Lc 24,49; He 2,33) en aquellos “últimos días” (He 2,17). Así, para Lucas, el caminar salvífico de Jesús termina con su ascensión o exaltación a los cielos, que origina el don del Espíritu Santo sobre la Iglesia que, a su vez, comienza su caminar guiada por Jesús el Señor. Concluimos entonces que el tiempo de la Iglesia es también el tiempo de Jesús Glorificado, presente y operante en la misma. Como bien sintetiza L. Monloubou[7]: «De este modo, a través de ambos textos, se perfila la situación de una Iglesia que conserva el recuerdo de la pasada presencia de Jesús, pero que vive en profundidad de su presencia actual; una Iglesia cuya vida está penetrada por el Espíritu, y penetrada también por la certeza de tener una misión que cumplir, con vistas a aquel momento en que Jesús se mostrará definitivamente presente».

El misterio de la Ascensión, como todos los misterios de la vida de Jesús, son acontecimientos que le suceden a Jesús, en ellos «algo se realiza en Jesús«. Esto es lo primero que tenemos que considerar, o mejor, contemplar. Pero también los misterios de Jesús tienen siempre sus consecuencias o efectos para nuestra vida de fe. Para ayudarnos a comprender esto puede sernos de utilidad repasar lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (CATIC) sobre este misterio de la vida de Jesús que integra la profesión de fe: «Jesucristo subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso» (art. 6)

            Según la presentación del CATIC el misterio de la Ascensión nos habla, en primer lugar, de la glorificación de la humanidad de Jesús que ingresa definitivamente en el ámbito divino. La Ascensión es, por tanto, la coronación del triunfo de Cristo; es el punto de llegada definitivo de su Resurrección. A partir de su Ascensión «Jesús participa en su humanidad en el poder y la autoridad del mismo Dios» (CATIC nº 668). En cuanto Verbo o Hijo del Padre está eternamente en el seno del Padre, pero en la Encarnación asumió una verdadera humanidad que, al resucitar, alcanzó Vida Eterna y, por ello, puede ascender junto al Padre. En este sentido la Ascensión es la plenitud de la Encarnación ya que sube al Padre con la humanidad que había asumido de María. Se trata, entonces, de la glorificación de Jesús en su condición de hombre mediante la cual devuelve a la naturaleza humana su vocación de eternidad.

            Ahora bien, la primera consecuencia o efecto de la Ascensión para nosotros es que nos ha abierto el camino hacia el cielo, hacia la vida eterna, ya que en su humanidad incluye a todos los hombres. Como bien reza el prefacio de la Ascensión del Misal Romano: «ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino». Es decir, no celebramos solamente el triunfo de Jesucristo sino también el triunfo del hombre, de la naturaleza humana, nuestro propio triunfo. Cumplida su gran misión en la tierra, regresa al Padre y, de algún modo, nos lleva ya con Él. A partir de la Ascensión, una verdadera humanidad, la de Jesús, participa de la Gloria Eterna de Dios. Esta es la causa y razón de nuestra esperanza de ser glorificados con Él. Por eso es una solemnidad importante, de alegría más allá de la nostalgia de la separación. Esto último lo expresaba bien San León Magno en sus sermones sobre la Ascensión: «Así, pues, la Ascensión de Cristo es nuestra propia elevación, y al lugar al que precedió la gloria de la cabeza es llamada también la esperanza del cuerpo. Dejemos, pues, queridos, que estalle nuestra alegría cuando él se sienta y regocijémonos con piadosa acción de gracias. Hoy, en efecto, no sólo se nos confirma la posesión del paraíso, sino que hasta hemos penetrado con Cristo en las alturas de los cielos, hemos recibido más por la gracia inefable de Cristo, que lo que perdiéramos por el odio del diablo»[8].

La segunda consecuencia o efecto es que, a partir de su glorificación o ascensión a los cielos, Jesús se hace presente y actúa en los hombres y en la historia por medio del Espíritu Santo que obra en los sacramentos y anima la misión de la Iglesia. Como bien dice J. Ratzinger[9] «puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la ascensión; con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia».

La tercera consecuencia es que, según las mismas palabras de Jesús, con la efusión del Espíritu en Pentecostés comienza la misión de la Iglesia. Por eso la esperanza del cristiano es una esperanza activa. No esperamos nuestra glorificación definitiva cruzados de brazos, sino que nos ponemos en oración junto a María y a toda la Iglesia para recibir el Espíritu Santo y continuar, también nosotros hoy, la Misión de Jesús. Al respecto decía el Papa Francisco: “Antes de separarse de sus amigos, Jesús, refiriéndose al evento de su muerte y resurrección, les había dicho: «Ustedes son testigos de estas cosas» (v. 48). Es decir, los discípulos son testigos de la muerte y de la resurrección de Cristo, ese día, también de la Ascensión de Cristo. Y, en efecto, después de haber visto a su Señor subir al cielo, los discípulos regresaron a la ciudad como testigos que con gozo anuncian a todos la vida nueva que viene del Crucificado resucitado, en cuyo nombre «se predicarán a todos los pueblos la conversión y el perdón de los pecados» (v. 47). Este es el testimonio —hecho no sólo de palabras sino también con la vida cotidiana—, el testimonio que cada domingo debería salir de nuestras iglesias para entrar durante la semana en las casas, en las oficinas, en la escuela, en los lugares de encuentro y de diversión, en los hospitales, en las cárceles, en las casas para ancianos, en los lugares llenos de inmigrantes, en las periferias de la ciudad… Este testimonio nosotros debemos llevarlo cada semana: ¡Cristo está con nosotros; Jesús subió al cielo, está con nosotros; Cristo está vivo!” (Regina Coeli del 8 de mayo de 2016).

En fin, la solemnidad de la Ascensión reaviva la Esperanza y plenifica la alegría pascual. Es un día de gloria, de victoria, para Jesús y para todos los creyentes. Y es también un llamado firme al compromiso misionero, a ser testigos de Cristo Resucitado.

Para la oración (resonancias del Evangelio en una orante):

Estaba escrito

Dejó escrito el Señor, con su sangre

Las frases más dulces que el oído escuchó

Describían sus trazos llenos de ternura

La Vida verdadera, adonde nos llamó.

Le pedimos al verlo elevarse

Esperar su retorno con renovada pasión

Una fe inquebrantable nos mantenga fieles

Y una serena presencia en su propio Don.

La Eucaristía nos recuerde siempre

Te encarnaste para el mundo, junto al pecador

Llámanos sin cesar a tu casa paterna

Abríganos con tu dicha serena

Jerusalén de la alegría en comunidad

¡Del discipulado y la hermandad!

El templo es tu rostro vivo y te alabamos

Celebremos por siempre tu Divinidad. Amén

[1] Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Planeta; Buenos Aires 2011) 323.
[2] J. Ratzinger, Jesús de Nazareth, 328.
[3] Corpus Paulino II (DDB; Bilbao 2005) 29-30.
[4] Cf. L. Monloubou, Leer y predicar el Evangelio de Lucas (Sal Terrae; Santander 1982) 326.
[5] Cf. Card. A. Vanhoye, Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo C (Mensajero; Bilbao 2009) 150; L. H. Rivas, La obra de Lucas (Ágape; Buenos Aires 2012) 247.
[6] El evangelizador en San Lucas (Paulinas; Bogotá 1992) 126.
[7] L. Monloubou, Leer y predicar el Evangelio de Lucas (Sal Terrae; Santander 1982) 326.
[8] León Magno, Sermón 1 sobre la Ascensión, SC 74, 138; cit. en A. Nocent, Celebrar a Jesucristo IV (Sal terrae; Santander 1986) 230.
[9] Jesús de Nazareth, 329.
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