Lectio Divina

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS CICLO “C”

Primera lectura (He 2,1-11):

La narración comienza con una referencia al día de Pentecostés. Se trata del quincuagésimo día después de Pascua. Un primer dato importante a retener es que la fiesta de Pentecostés, tanto para la tradición judía como cristiana, está íntimamente unida a la Pascua, es su culminación o coronación.

            El Antiguo Testamento habla de la fiesta de las Semanas o Savuot (cf. Ex 23,16; Lv 23,15-22; Dt 16,9-12), cincuenta días después de la Pascua, y que celebraba la última cosecha del año, la siega del trigo; mientras que en la Pascua se celebraba la primera cosecha del año. Esta fiesta formaba parte de las tres fiestas de peregrinación a Jerusalén junto con la Pascua y las Tiendas (sukkot). Más tarde la liturgia judía unió esta fiesta de Pentecostés o Savuot al recuerdo del don de la Torá o Ley en el Sinaí, llamándola justamente fiesta del “don de la Torá” y durante la misma se leía el relato de la promulgación del decálogo (Ex 19-20)[1]. La referencia al ruido del viento impetuoso y a las lenguas de fuego podría ser una alusión que hace el autor de Hechos de los Apóstoles a la teofanía del Sinaí.

El texto dice que estaban todos reunidos en un mismo lugar. ¿Quiénes son estos “todos” y dónde estaban? La respuesta la tenemos un poco antes en He 1,13-14: “Cuando llegaron a la ciudad, subieron a la sala donde solían reunirse. Eran Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago. 14 Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.”

Este “lugar” es el Cenáculo, la “sala grande en el piso superior” (cf. Mc 14, 15) donde Jesús había celebrado con sus discípulos la última Cena y donde se les había aparecido después de su resurrección. Allí se encuentran los once Apóstoles y demás discípulos, incluida María la Madre de Jesús, que conformaban la primera comunidad cristiana.

            Ahora bien, lo que sigue del relato de los Hechos, en particular el fenómeno de la comprensión a pesar de la diversidad de lenguas, tiene más bien como trasfondo del mismo la narración de la torre de Babel (Gn 11). En el acontecimiento de Babel la soberbia de los hombres, su amor propio, su búsqueda de fama y gloria llevó a la división de las lenguas con la consiguiente confusión e incomunicación entre hombres y pueblos. Como contrapartida, el acontecimiento de Pentecostés demuestra cómo por obra del Espíritu Santo es posible mantener la unidad respetando la diversidad. En efecto, al decir: “todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (He 2,11) se hace referencia a esa unión superior, en Dios, que es fruto del Espíritu y permite entenderse y comunicarse más allá de las legítimas diferencias.

Como actualización de este texto es interesante lo que dice al respecto R. Cantalamessa[2]: “Se comprende así en qué consiste la radical transformación que se realiza en Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo. En el corazón de los apóstoles Dios ha tomado el lugar del yo, ha destruido la vanagloria de sus obras y de sus proyectos y los empuja a gloriarse sólo en él, no en uno mismo. Así lo ha interpretado San Agustín cuando dice que Babel es la ciudad construida sobre el amor propio, mientras Jerusalén, esto es, la Iglesia, o la ciudad de Dios, es la ciudad construida sobre el amor de Dios […] El paso de Babel a Pentecostés, acontecido históricamente de una vez para siempre y narrado en He 2, debe realizarse espiritualmente, cada día, en nuestra vida. Hay que pasar continuamente de Babel a Pentecostés, del mismo modo que es necesario pasar continuamente del hombre viejo al hombre nuevo”.

            En el marco de todo el libro de los Hechos hay que recordar que, si bien el primer gran evento que abre la misión pública de la Iglesia es Pentecostés (2,1-4), la experiencia del Espíritu no se limita a esta primera manifestación, sino que se renueva continuamente en la vida de los discípulos: en el momento de las primeras dificultades (4,31), en ocasión de la conversión de los primeros paganos (10,44-47), en la vivencia de algunos grupos que se integraban plenamente a la Iglesia (19,8). Para Lucas la historia de la Iglesia está marcada por esta renovada y continúa manifestación del Espíritu. Es gracias a su energía que la comunidad de los creyentes lleva adelante eficazmente la obra de Jesús en la historia.

Segunda Lectura: 1Cor 12, 3b-7.12-13

San Pablo comienza esta sección con una clara afirmación: toda confesión de fe en el Señor Jesús es fruto de la acción del Espíritu. Mediante esta afirmación demuestra que la acción del Espíritu Santo causa la unidad en la fe de los creyentes. En lo que sigue busca -manteniendo esta unidad en el origen – tener en cuenta la diversidad a nivel de los carismas. Para confirmar esta coexistencia de la unidad con la diversidad cita dos ejemplos: los múltiples servicios o ministerios en relación al único Señor (v. 5) y las actividades diversas con un único Dios, “que realiza todo en todos” (v. 6). Así, en primer lugar, precisa que son los dones visibles o manifiestos los que se dan a cada cristiano en particular(hay dones interiores del Espíritu como la fe y la caridad que se dan a todos). Luego dice que su finalidad es la utilidad común, por lo que los mismos carismas tienden entonces a la unidad: “A cada uno le es dada la manifestación (phanerosis) del Espíritu para la utilidad común (pros to sympheron)” (12,7).

Para ejemplificar esta enseñanza acerca de la unidad y la diversidad recurre a la comparación del cuerpo y sus miembros. Esta referencia a la imagen del cuerpo para explicar la unidad y la diversidad entre los miembros de una sociedad estaba difundida ampliamente en el helenismo y, por ello, se piensa que de allí la tomó San Pablo para aplicarla a la Iglesia. Esta comparación es válida en lo referente al funcionamiento de la Iglesia en cuanto cuerpo social, visible. Pero en lo que sigue Pablo deja en claro que la razón de la unidad en la Iglesia se debe a Cristo y al Espíritu Santo. En efecto, al final del versículo12 dice: “así sucede con Cristo”, a quien aplica entonces la comparación del cuerpo. Como dice L. Rivas[3]: “En este punto se pone de relieve una sorprendente enseñanza de san Pablo: los cristianos no forman una unidad solamente porque están unidos entre ellos formando una sociedad, una comunidad a la que se le da el nombre de Iglesia (ekklesía). Los cristianos constituyen un cuerpo porque están unidos a una persona viviente, que es el Cristo glorificado”. Luego en 12,13 explicita que todos los cristianos han sido bautizados (literalmente “sumergidos”) en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo. Deja en claro que el bautismo tiene una característica connotación eclesial: es el sacramento que nos une en un solo cuerpo. No se trata de una experiencia exclusivamente individual del cristiano, ya que por el bautismo se establece una vinculación especial entre todos los cristianos que forman un solo cuerpo.

            En síntesis, la unidad, respetando la diversidad de carismas y servicios, se mantiene en la Iglesia gracias a una doble referencia teológica: su origen en el mismo Espíritu Santo y su finalidad u orientación al bien común del único cuerpo de Cristo.

Evangelio: Jn 20,19-23

En su primera aparición Jesús Resucitado saluda a los discípulos diciéndoles: “¡Paz a ustedes!”. Se trata del don de la paz como don escatológico tal como lo había indicado el mismo Jesús en su discurso de despedida: “Es la paz, la mía la que les doy; no se las doy a la manera del mundo” (Jn 14, 27). Este augurio de paz, según el trasfondo del Antiguo Testamento, incluye todos los bienes necesarios para la vida presente y la plenitud de bienes en la vida futura.

Luego Jesús les muestra sus heridas para probarles que es el Crucificado que ha Resucitado; que es él mismo, pero en un estado diferente.

La visión de Jesús Resucitado provoca en los discípulos una plenitud de alegría y, de este modo, Jesús cumple lo que les había anunciado de darles una alegría completa (cf. Jn 15,11; 16,22).

A continuación, pronuncia las palabras de envío y realiza el gesto de soplar sobre ellos. Algunos estudiosos ven en este gesto de Jesús una referencia al gesto primordial de Dios en la creación del hombre (cf. Gen 2,7)[4]. Entonces el soplo de Jesús es el signo de la nueva creación: Jesús glorificado comunica el Espíritu que hace renacer al hombre (Cf. Jn 3, 3-8), dándole a compartir la comunión divina. El Hijo que “tiene la vida en sí mismo” dispone de ella a favor de los suyos (Cf. Jn 5, 21.26); su soplo es el de la vida eterna. Con esta donación del Espíritu Santo a los Apóstoles se les comunica también el poder perdonar o retener los pecados y, de este modo, son ellos ahora transmisores de la vida nueva.

Algunas reflexiones:

El P. Y. Congar[5] presenta tres ideas teológicas como fundamentales del misterio de Pentecostés.

En primer lugar, su relación con la Pascua de Jesús: “Jesucristo es quien nos ha ganado el don del Espíritu Santo, por su muerte y resurrección. Pentecostés es el fruto de la Pascua”.

La referencia cronológica de la primera lectura al día quincuagésimo después de Pascua, según vimos, nos confirma esta estrecha relación con la Pascua. Lo mismo podemos decir del evangelio de Juan de este domingo donde nos presenta la indisoluble unidad entre la Resurrección de Jesús y la donación del Espíritu Santo a los apóstoles. Al respecto dice el Directorio Homilético n° 56: “Pascua es Pentecostés. Pascua ya es el don del Espíritu Santo. Pentecostés, no obstante, es la convincente manifestación de la Pascua a todas las gentes, ya que reúne muchas lenguas en el único lenguaje nuevo que comprende las «grandezas de Dios» manifestadas y reveladas en la Muerte y Resurrección de Jesús. En la Celebración Eucarística, la Iglesia reza: «Te pedimos, Señor, que, según la promesa de tu Hijo, el Espíritu Santo nos haga comprender la realidad misteriosa de este sacrificio y nos lleve al conocimiento pleno de toda la verdad revelada» (oración sobre las ofrendas). Para los fieles, la participación en la Sagrada Comunión en este día, se convierte en el acontecimiento de su Pentecostés. Estos versículos encuentran su cumplimiento en los fieles que reciben la Eucaristía. La Eucaristía es Pentecostés”.

En segundo lugar, hay que considerar que en Pentecostés la Iglesia recibe su ley y su alma. Algunos Padres de la Iglesia han sacado como consecuencia de la relación entre la Pentecostés judía y la cristiana que el Espíritu Santo pasa a ser ahora la Nueva Ley para los cristianos al darles el conocimiento interior de la voluntad de Dios y la capacidad para cumplirla. El mismo Sto. Tomás de Aquino es de esta opinión: “Lo principal en la Ley del Nuevo Testamento y en lo que está toda su virtud es la gracia del Espíritu Santo, que se da por la fe en Cristo” (ST I-II, q. 106, a. 1).

El Espíritu Santo es la nueva Ley entendida como principio interior de las acciones. En este sentido es el alma de la Iglesia en donde obra distribuyendo los diversos carismas y servicios y manteniendo su unidad al orientarlos a la búsqueda del bien común.

El Espíritu Santo es el principio de comunión en la diversidad; principio de unidad que viene del interior. El Papa Francisco nos ha recordado esto mismo en EG 37; y también que el fruto primero del Espíritu Santo es la caridad: “Las obras de amor al prójimo son la manifestación externa más perfecta de la gracia interior del Espíritu: «La principalidad de la ley nueva está en la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta en la fe que obra por el amor». Por ello explica que, en cuanto al obrar exterior, la misericordia es la mayor de todas las virtudes: «En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo».”

En tercer lugar, en Pentecostés la Iglesia emprende su marcha misional. Es, en cierto modo, el nacimiento de la Iglesia, que nace y es en su esencia misionera. El Espíritu prepara a los apóstoles para la misión mediante dos dones: son santificados (“quedaron llenos del Espíritu Santo”) y reciben la capacidad de comunicarse con todos los hombres, sin distinción de lenguas o razas (“comenzaron a hablar en distintas lenguas”). De este modo pueden restablecer la unidad que se había roto en Babel. Y esto mismo el Espíritu Santo lo sigue obrando hoy: “En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar.” (EG 119). Y más adelante: “Confesar que el Espíritu Santo actúa en todos implica reconocer que Él procura penetrar toda situación humana y todos los vínculos sociales: «El Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de una mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables». La evangelización procura cooperar también con esa acción liberadora del Espíritu” (EG 178).

            La Iglesia, para ser tal, necesita del Espíritu Santo como el cuerpo necesita del alma para poder vivir. Es su principio vital. Por eso a Él debemos permanecer unidos, a Él debemos permitirle que penetre, habite y transforme nuestros corazones; nuestras comunidades; nuestras estructuras eclesiales. Y lo hará de modo “semejante a una fuerte ráfaga de viento” que lo llena todo. Por eso a veces nos da un poco de miedo abrirnos a la presencia y la acción del Espíritu Santo. Sobre todo, porque para que obre el Espíritu Santo primero tiene que morir nuestro yo, nuestra testaruda pretensión de manejarlo todo, controlarlo todo a nuestro modo. La evangelización es, ante todo, obra Suya más que nuestra. Si lo tomamos como algo exclusivamente nuestro, los frutos nos mostrarán nuestro error: se genera división, no comunión. Si, en cambio, nos preocupamos por secundar la acción del Espíritu Santo puede que no tengamos un éxito inmediato (ni mediático), pero su fruto, la comunión con Dios y entre los hombres, permanece.

Al respecto decía el Papa Francisco en su homilía del 9 de mayo de 2016: “El Espíritu Santo es el que mueve la Iglesia, es el que trabaja en la Iglesia, en nuestros corazones, es el que hace de cada cristiano una persona distinta a la otra, pero de todos juntos hace una unidad. Es el que lleva adelante, abre las puertas de par en par y te invita a dar testimonio de Jesús. Es él que en nosotros nos enseña a mirar al Padre y a decirle: ‘Padre’ líbranos de esa condición de huérfano a la que el espíritu del mundo nos quiere llevar. El Espíritu Santo es el protagonista de la Iglesia viva. Es el que trabaja en la Iglesia. Pero hay un peligro: que cuando no vivimos esto, cuando no estamos en lo alto de esta misión del Espíritu Santo y reduzcamos la fe a una moral, a una ética. El cristianismo no es una ética: es un encuentro con Jesucristo y es el Espíritu Santo el que me lleva a este encuentro con Jesucristo. Pero nosotros, en nuestra vida, tenemos en nuestro corazón el Espíritu Santo como un ‘prisionero de lujo’: no dejamos que nos impulse, no dejamos que nos mueva”.

Y no sólo la Iglesia, sino también el mundo tiene necesidad del Espíritu Santo como notaba el mismo papa Francisco:

“El mundo tiene necesidad de hombres y mujeres no cerrados, sino llenos de Espíritu Santo. El estar cerrados al Espíritu Santo no es solamente falta de libertad, sino también pecado. Existen muchos modos de cerrarse al Espíritu Santo. En el egoísmo del propio interés, en el legalismo rígido – como la actitud de los doctores de la ley que Jesús llama hipócritas -, en la falta de memoria de todo aquello que Jesús ha enseñado, en el vivir la vida cristiana no como servicio sino como interés personal, entre otras cosas. En cambio, el mundo tiene necesidad del valor, de la esperanza, de la fe y de la perseverancia de los discípulos de Cristo. El mundo necesita los frutos, los dones del Espíritu Santo, como enumera san Pablo: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Ga 5, 22). El don del Espíritu Santo ha sido dado en abundancia a la Iglesia y a cada uno de nosotros, para que podamos vivir con fe genuina y caridad operante, para que podamos difundir la semilla de la reconciliación y de la paz”.

En fin, el Espíritu es presentado en He 2 con otra imagen: “lenguas como de fuego”. El fuego es lo que da calor, purifica e ilumina. ¡Cuánto necesitamos de este fuego del Espíritu, de esta “llama de amor viva” para que encienda nuestro fervor cristiano y misionero, purifique nuestras motivaciones e ilumine nuestras decisiones!

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Quiero que sepas Señor

Lo sabes desde siempre, eres desde entonces

Mi vida y mis secretos son de tu propiedad

El amor de mi corazón tiene grabado tu Nombre

Y pusiste tú mismo la llama primera

Así se abrieron las puertas y revestidos fuimos

Como lo mandaste a través de los siglos

Sacramentos, frutos de tu pasión

Obra divina, momentos de comunidad y encuentro.

Supiste cumplir tus promesas y Fiel Eterno

Nos enviaste al Maestro de los maestros

Todo nos lo enseña en tu nombre y por su Gracia

Vivimos, trabajamos, nos amamos y perdemos…

Nos recordará esa Persona, todo el bien pendiente

Quitara si sobra, completara si falta

Será suficiente pedir su venida, por ti Señor

A nuestra pobre alma.

No negará el Padre semejante Don

Regalo del cielo, luz Divina, Fuego y calor

Escrita dejaste la voz del Padre

Por su Hijo Dios nuestro Señor. Amen

[1] Cf. A.-C. Avril-D. La Maisonneuve, Las fiestas judías (Verbo Divino; Estella 1996) 37-46.

[2] El misterio de Pentecostés (Edicep; Valencia 1998) 27-28.

[3] San Pablo y la Iglesia. Ensayo sobre “las eclesiologías” Paulinas (Claretiana; Buenos Aires 2008) 91.

[4] Cf. L. H. Rivas, El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2005) 530.

[5] Y. –M. Congar, Pentecostés (Estela; Barcelona 1966).

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