Lectio Divina

DOMINGO XVI DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera Lectura (Jer 23,1-6):

La mayoría de los estudiosos[1] data este oráculo en tiempos del último rey de la estirpe de David, Sedecías (597-587 a.C.), hijo de Josías, quien había sido colocado en el trono por Nabuconodosor, rey de Babilonia, después de rendición de Jerusalén y de la consiguiente primera deportación (597 a.C.). Sedecías se rebelará contra Nabuconodosor en el 588 a.C., a lo que seguirá el sitio y la destrucción de Jerusalén (587 a.C.).

El texto comienza con una denuncia contra los pastores (clase dirigente) que, al no cumplir con su deber propio, pierden y dispersan el rebaño (pueblo). Esto mismo lo había ya denunciado en Jer 10,21: “Porque los pastores se han vuelto necios y no han buscado al Señor: por eso no han obrado con acierto y se ha dispersado todo su rebaño”. Sobre los pastores caerá, entonces, el juicio de Dios que los castigará por sus malas acciones, por no haber cuidado al rebaño confiado.

Pero esto no termina aquí sino que, ante el fracaso de estos malos pastores, Dios anuncia que asumirá él mismo esta función y reunirá a las ovejas dispersas. Luego establecerá a buenos pastores que buscarán el bien del rebaño, por lo que no tendrán ya que temer.

Finalmente, a la reunificación del pueblo de Dios seguirá la refundación de la dinastía davídica; pero esta vez el descendiente de David será un rey prudente y justo que traerá el bienestar para su pueblo. Este oráculo, que se refiere a un futuro (posiblemente no inmediato), se ha interpretado como un oráculo mesiánico pues por medio del rey-ungido de Yavé llegará la salvación para el pueblo. Ahora bien, más allá de la figura del Mesías futuro, es notorio el protagonismo de Dios quien promete la definitiva salvación de su pueblo.

Evangelio (Mc 6,30-34):

Para los comentaristas esta perícopa cierra la sección anterior del envío de los apóstoles que había quedado momentáneamente en suspenso por la narración del martirio de Juan Bautista (cf. Mc 6,17-29). Al mismo tiempo, tiene la función de introducir el relato de la multiplicación de los panes que sigue a continuación (cf. Mc 6,35-44).

Los apóstoles, enviados por Jesús, vuelven a reunirse con él y le cuentan todo lo que hicieron y enseñaron. Entonces Jesús los invita a retirarse a un lugar desértico o solitario pues era tal el ir y venir de la gente que no los dejaban comer tranquilos. Notemos que la palabra «descansar» remite ya la tarea del pastor (cfr. V. 34) puesto que, según Ez 34,15 y el Sal 23,2, es propio del pastor hacer reposar a sus ovejas en verdes praderas.

Suben a la barca y se dirigen a un lugar solitario, pero una muchedumbre venida de “todas las ciudades corre” por tierra y llega antes que ellos. Marcos no da ninguna indicación precisa de dicho lugar retirado; en Lc 9,10 se dice que se trata de Betsaida. A nivel narrativo lo importante es que, por iniciativa del mismo Jesús, él y sus discípulos buscan alejarse de la gente que los requería, pero sin lograrlo pues al desembarcar se encuentran con una multitud presente allí.

Ahora se trata de ver cómo reacciona Jesús ante la gente luego del intento fallido de retirarse. El evangelio nos dice que “vio mucha gente y sintió compasión de ellos”. El evangelista describe el sentimiento profundo que provoca en Jesús esta mirada sobre la multitud mediante el verbo splagjnízomai, que indica una conmoción visceral, a nivel de las entrañas, de allí com-pasión. Este verbo se utiliza en los evangelios de modo particular para expresar la actitud compasiva y misericordiosa de Jesús ante el hombre que sufre o que está desorientado (cf. Mc 1,41; 8,2; 9,22; Mt 9,36; 14,14; 15,32; 20,34).

A continuación se nos explica la causa o motivo de esta compasión: “porque estaban  como ovejas que no tienen pastor”. La imagen de las ovejas sin pastor es frecuente en el Antiguo Testamento (cf. Nm 27,17; 1Re 22,17; Ez 34,5), particularmente en el contexto de acusación  hecha a los pastores/autoridades de haber abandonado al rebaño/pueblo. Por tanto, como bien dice M. Navarro Puerto[2]: “La percepción de esta carencia por parte de Jesús suscita la sospecha sobre el ministerio de los pastores oficiales”.

A la compasión, actitud más bien pasiva, interior al sujeto; sigue la acción concreta para remediar la situación que la provoca: Jesús se pone a enseñarles muchas cosas.

Esta última indicación nos precisa mejor en qué sentido la gente está como ovejas sin pastor: están desorientadas por falta de conocimiento, nadie las guía y preside por los auténticos caminos de Dios. Ya en el Antiguo Testamento los profetas denunciaban que la falta de conocimiento de Dios era la perdición del pueblo; cargando las tintas sobre los responsables de tal enseñanza como eran los sacerdotes de aquel tiempo: “Mi pueblo perece por falta de conocimiento. Porque tú has rechazado el conocimiento, yo te rechazaré de mi sacerdocio; porque has olvidado la instrucción de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos” (Os 4,6).Junto a la denuncia está también la promesa de pastores auténticos que enseñan la verdad de Dios al pueblo. En esto Jesús cumple las profecías del Antiguo Testamento, por ejemplo la de Jer 3,15: “Después les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia”.

Por esto Jesús asume el rol de buen pastor poniéndose a enseñar a la gente. En el evangelio de Marcos el enseñar es una actividad constante de Jesús como lo prueba el hecho de que de las 17 veces que aparece el verbo didaskein (enseñar), 15 se refieren a la actividad de Jesús. Lo llamativo es que no se especifica, salvo excepciones, el contenido de la enseñanza. Se dice que enseñaba por medio de parábolas (por tanto están las parábolas sobre el Reino de Dios de Mc 4); que enseñaba el camino del hijo del hombre hasta la cruz; que la casa de su Padre – el templo- debe ser casa de oración. Tal vez lo más ilustrativo es cómo describen el contenido de la enseñanza de Jesús un grupo de fariseos y herodianos que van a verlo: “Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda verdad (avlhqei,aj) el camino de Dios” (Mc 12,14). En esto último está la clave: enseña verdaderamente el camino de Dios, el modo correcto de vivir agradando a Dios. Este es entonces uno de los modos como Jesús ejerce la misión de pastor de su pueblo.

En síntesis, Jesús es presentado como el buen pastor anunciado en el Antiguo Testamento, tanto por procurar el descanso para sus apóstoles que regresan cansados de la misión como por su compasión ante la desorientación del pueblo a la que remedia con su enseñanza.

MEDITACIÓN:

Nuestra vida transcurre entre momentos de actividad y momentos de descanso; y no es nada fácil encontrar el equilibrio entre ambos. Justamente sobre esto nos invita a meditar Jesús el evangelio de hoy.

En primer lugar vemos que Jesús les propone a los apóstoles pasar un tiempo de necesario descanso y reposo; un momento para compartir lo vivido por ellos en su primera experiencia misionera. Aunque luego no se pudo dar, es válida la intención de Jesús que reconoce la necesidad humana que todos tenemos de descansar, de orar, de contarle a Jesús cómo nos fue y cómo nos vamos sintiendo con la misión recibida. Esto es una necesidad verdadera y no podemos vivir sin estos momentos de descanso físico, psíquico y espiritual. Y más aún hoy, pues como dice el Papa Francisco: “las constantes novedades de los recursos tecnológicos, el atractivo de los viajes, las innumerables ofertas para el consumo, a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios. Todo se llena de palabras, de disfrutes epidérmicos y de ruidos con una velocidad siempre mayor. Allí no reina la alegría sino la insatisfacción de quien no sabe para qué vive. ¿Cómo no reconocer entonces que necesitamos detener esa carrera frenética para recuperar un espacio personal, a veces doloroso pero siempre fecundo, donde se entabla el diálogo sincero con Dios? En algún momento tendremos que percibir de frente la propia verdad, para dejarla invadir por el Señor… Así encontramos las grandes motivaciones que nos impulsan a vivir a fondo las propias tareas” (GE 29).

En segundo lugar Jesús ve la necesidad de la gente, le duele que estén desorientados como ovejas sin pastor, y siente una profunda compasión por ellos y renuncia al legítimo descanso para dedicarse a enseñarles. ¿Y qué les enseña? Jesús les enseña a vivir como hijos de Dios y como hermanos; les enseña el sentido trascendente de la vida; les enseña a vivir lo cotidiano con Dios y según Dios.

El evangelio utiliza tres verbos: ver, tener compasión y enseñar, que nos revelan el corazón de Jesús como buen pastor. Al respecto comenta el Papa Francisco: “ver, tener compasión, enseñar. Los podemos llamar los verbos del Pastor. Ver, tener compasión, enseñar. El primero y el segundo, ver y tener compasión, están siempre asociados a la actitud de Jesús: de hecho su mirada no es la mirada de un sociólogo o de un reportero gráfico, porque Él mira siempre con “los ojos del corazón”. Estos dos verbos, ver y tener compasión, configuran a Jesús como Buen Pastor. También su compasión, no es solamente un sentimiento humano, sino es la conmoción del Mesías en la cual se ha hecho carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de nutrir a la gente con el pan de su Palabra, es decir, de enseñar la palabra de Dios a la gente. Jesús ve, Jesús tiene compasión, Jesús enseña. ¡Esto es hermoso!” (Ángelus del 19 de julio de 2015).

Ahora bien, ¿basta la simple mirada humana sobre la realidad para que se despierte en nosotros la misma compasión de Jesús?

Pensamos que no es suficiente pues lo que hace falta es una mirada de fe, una mirada de pastor; o mejor aún, un corazón de pastor. Y este corazón de pastor es un don que brota de la comunión con Jesús, el Buen pastor, quien nos hace partícipes de sus propios sentimientos y de su propia visión de la realidad. En otras palabras: la compasión auténtica brota de una contemplación verdadera. Al respecto dice Benedicto XVI en “Dios es amor” nº 7: “Impresiona particularmente la interpretación que da el Papa Gregorio Magno de esta visión (la escala de Jacob) en su Regla pastoral. El pastor bueno, dice, debe estar anclado en la contemplación. En efecto, sólo de este modo le será posible captar las necesidades de los demás en lo más profundo de su ser, para hacerlas suyas: «per pietatis viscera in se infirmitatem caeterorum transferat» (que por sus entrañas de misericordia lleve en sí las debilidades de todos los demás). En este contexto, san Gregorio menciona a san Pablo, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, hasta los más grandes misterios de Dios y, precisamente por eso, al descender, es capaz de hacerse todo para todos (cf. 2 Cor 12, 2-4; 1 Cor 9, 22). También pone el ejemplo de Moisés, que entra y sale del tabernáculo, en diálogo con Dios, para poder de este modo, partiendo de Él, estar a disposición de su pueblo. «Dentro [del tabernáculo] se extasía en la contemplación, fuera [del tabernáculo] se ve apremiado por los asuntos de los afligidos: intus in contemplationem rapitur, foris infirmantium negotiis urgetur» (el que en el interior es arrebatado en la contemplación, afuera siente la urgencia de los problemas de los débiles)”.

La escucha atenta, discipular, de las palabras de Jesús son las que provocan el cambio de corazón que nos lleva a ver la necesidad de Dios en los hombres y nos moviliza para tratar de remediarla. Sólo un “corazón que escucha” puede llegar a ser un “corazón que ve”.

De este corazón de buen pastor, lleno de misericordia o compasión, brota el anuncio de la Verdad de Dios como forma eminente de la Caridad de Dios. Lo expresa muy bien el Card. Vanhoye[3]: “Vemos en Marcos 6,34 que para Jesús la enseñanza, es decir, la comunicación de la palabra de Dios, es un acto de misericordia y de amor […] Jesús enseña porque se ha conmovido viendo la situación de la gente. El verbo en griego habla de las vísceras y corresponde a lo que nosotros llamamos el corazón. Este aspecto afectivo se afirma de Jesús, como surgente de su actividad de enseñanza, de comunicación de la palabra de Dios. Entonces, no se puede comunicar la palabra de Dios sino en unión con el corazón, con la compasión de Jesús, con su misericordia sacerdotal. Cuando al final del evangelio Jesús dice: “Vayan y hagan discípulos a todas las naciones… enseñándoles”, llama a sus apóstoles – y también a los presbíteros actuales – a comunicar la palabra de Dios con el corazón y no solamente con los labios. Lo que se comunica sólo con los labios no es una verdadera comunicación, no puede producir fruto. La unión con el corazón de Jesús es indispensable para poder enseñar la palabra de Dios”.

En fin, ojalá sepamos escuchar y obedecer al Señor Jesús, nuestro buen Pastor, cuando nos invita a descansar con Él, suspendiendo momentáneamente la atención al pueblo de Dios. Como decía san Bernardo “También tú, como los otros, bebes agua de tu pozo. Acuérdate, por tanto – no digo siempre, ni tampoco a menudo, pero sí al menos de vez en cuando -, de restituirte a ti mismo”[4].

Pero como bien nota E. Bianchi[5]: “el descanso de quien anuncia el Reino es tan necesario como incierto, de modo que el discípulo debe contar con que sus proyectos pueden verse frustrados y ejercitarse en el arte de aceptar los imprevistos. Sí, el descanso tendrá lugar en el tiempo escatológico, en el sábado eterno (cf. Heb 4,9-11; Ap 14,13), pero en la tierra siempre es aleatorio”.

Y pidamos al Señor tener su misma mirada para ver la necesidad de la gente, sus carencias; tener su mismo sentimiento de compasión, que nos duela adentro esta necesidad. Y, al igual que Jesús, que estos sentimientos se traduzcan en acciones concretas, en renuncia a la propia comodidad para entregarse a paliar o subsanar la situación de carencia de la gente. El evangelio de hoy nos señala que esta carencia es de guía en el conocimiento de Dios, por ello la misión pastoral se traduce en enseñar a vivir con Dios y según Dios. No está de más, ante los diferentes reclamos que recibe la Iglesia hoy de parte de la sociedad, resaltar la primacía de esta misión espiritual de anunciar el Evangelio como camino hacia Dios; y de guiar y acompañar a los hombres por este camino.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

 Hoy quiero reunirme contigo, Señor

Hoy quiero reunirme contigo y contarte
Todo lo que hicimos por tu Reino
Cuanto de nuestra miseria se puso en evidencia
Cuantas veces nos ganaron los miedos.

El abrazo tuyo calmará el desaliento!
Y a pesar de todo siempre estaremos cansados
Y hambrientos…
Porque es necesario que no alcancen las fuerzas
Es preciso quebrarnos en el intento.

Pero también es necesario tomar distancia
Hacer un espacio en este tiempo
Para mirar de lejos la obra tuya
Saber qué todo, todo es tu mérito.

Y aún más necesario para cada uno
Es buscarte en el desierto
Detenernos en tu Palabra
Penetrar en tu Misterio.

Danos esa fuerza que calma la ansiedad
La capacidad de dejar todo en tus manos
Y descansar en tu corazón que sana
Reconstruye y fortalece
Que nos hace nuevos. Amén.

[1] Cf. A. Weiser, Geremia Capitoli 1-25,14 (Paideia; Brescia 1987) 366-367.
[2] Marcos (Verbo Divino; Estella 2006) 243.
[3] Conferencia dictada en el Colegio Sacerdotal Argentino de Roma el 14 de Febrero de 2007 (tr. G. Söding).
[4] La considerazione I, V, 6, Roma 1984, 773; citado en G. Zevini – P. G. Cabra, Lectio Divina para la vida diaria 7. El evangelio de Marcos (Verbo Divino, Estella 2005) 208.
[5] Escuchad al Hijo amado, en él se cumple la Escritura (Sígueme, Salamanca 2011) 136.

 

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