Lectio Divina

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD CICLO “C”

Evangelio: Jn 16,12-15

En su largo discurso de despedida (Jn 13-17) Jesús hizo muchas revelaciones, pero ahora les dice a sus discípulos que tendría muchas más cosas que comunicarles pero que ellos no las pueden comprender en este momento. Los discípulos no están todavía preparados para comprender lo que va a suceder con Jesús, su pasión, muerte y resurrección.

Entonces les anuncia que vendrá el “Espíritu de la Verdad” que será quien los lleve a la plenitud de la verdad. La expresión “Espíritu de la Verdad” aparece tres veces en el evangelio de Juan y siempre en el contexto del discurso de despedida (Jn 14, 17; 15, 26 y 16, 13). El Espíritu de la Verdad se identifica con el Paráclito. El Paráclito es “el que ha sido llamado para estar junto a” y cumple la función de enseñar y recordar (cfr. Jn 14, 26).

En estos versículos que hemos leído (Jn 16,12-15) se describe la quinta promesa sobre misión del Espíritu de la Verdad como maestro interior y como guía para los discípulos hacia la verdad completa.

Como bien nota G. Zevini, “el texto, de excepcional valor teológico, se desarrolla en tres partes paralelas que concluyen cada una de ellas con la misma fórmula en el griego original: «Os lo manifestará» (v.13, 14,15) y con una progresión temática doctrinal sobre las tres personas divinas: el Espíritu, Cristo, el Padre”[1].

La misión del Espíritu de Verdad en relación a los discípulos se describe como referida al pasado y al futuro. Al pasado, por cuanto les traerá a la memoria lo revelado por las palabras de Jesús acerca del misterio de Dios para que tengan una comprensión más profunda de las mismas; y al futuro porque los conducirá a la verdad plena, completa; al punto que podrán conocer el misterio de Dios y del mundo tal como lo conoce Jesús resucitado y glorificado. Y también en cuanto a su acción futura podemos ver aquí la asistencia del Espíritu a la Iglesia para mantenerse fiel a la verdad y actualizarla en los tiempos y realidades futuros. De este modo el Espíritu revelará la gloria del Hijo, lo glorificará, y su comunión con el Padre. El texto remite al Padre como la fuente de toda verdad y de toda gloria, que comparte con el Hijo, con Cristo, y que el Espíritu de la Verdad comunicará a los discípulos. Y de este modo revela íntima comunión de las tres divinas personas, con sus misiones propias.

En fin, el Espíritu de la Verdad es el compañero de camino de los discípulos en su marcha por la historia. El Espíritu de la Verdad se despliega en la historia por los múltiples caminos por aquellos que se abren en el amor a la fe de un Dios generador de vida en la Paternidad y en la Filiación.

Algunas reflexiones:

Hoy vivimos en una cultura donde, en general, no se acepta que podamos llegar a conocer la verdad. Y ante tantas opiniones, falsedades y engaños, terminamos por renunciar a la búsqueda de la verdad. Sin embargo, es fundamental en la propia vida llegar a conocer la verdad sobre Dios, sobre nosotros mismos, sobre el sentido de la historia y del mundo.

Jesús en el evangelio nos alienta a continuar o reemprender esta búsqueda de la Verdad ya que nos promete darnos el Espíritu de la Verdad, el Espíritu Santo, que nos guiará hasta encontrarla y disfrutarla.

Al hablar de “conocer la Verdad”, tengamos en cuenta que en el evangelio de Juan se trata de un conocimiento que brota del Amor y se orienta al Amor. Brota del Amor “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5). Y está orientado al amor que es la plenitud del conocimiento de Dios. En efecto, como bien señala H. U. von Balthasar[2] “el conocimiento cristiano (y, por tanto, la teología) no apunta al mayor conocimiento de las cosas divinas, superando los conocimientos religiosos del mundo, ni al hombre que, como ser personal y social y a través de la revelación y la salvación, vuelve sobre sí mismo, sino que apunta únicamente a la glorificación del amor divino”.

Como todas las cosas en la vida, el camino hacia la Verdad completa es largo y, a veces. difícil. No hay atajos ni saltos mágicos en este camino y se trata de un proceso; pero hoy Jesús nos alienta a seguir porque con el Espíritu Santo se nos asegura llegar a conocer “las tres grandes ver­dades que todos necesitamos escuchar siempre, una y otra vez”, pues son las verdades que nos permiten construir sobre ellas una vida plena y alegre.

Como dice el Papa Francisco en “Cristo vive” n° 131: “En estas tres verdades –Dios te ama, Cristo es tu salvador, Él vive– aparece el Padre Dios y aparece Jesús. Donde están el Padre y Jesucristo, también está el Espíritu Santo. Es Él quien está de­trás, es Él quien prepara y abre los corazones para que reciban ese anuncio, es Él quien mantiene viva esa experiencia de salvación, es Él quien te ayudará a crecer en esa alegría si lo dejas actuar. El Espíritu Santo llena el corazón de Cristo resucitado y desde allí se derrama en tu vida como un manantial. Y cuando lo recibes, el Espíritu Santo te hace entrar cada vez más en el corazón de Cristo para que te lle­nes siempre más de su amor, de su luz y de su fuerza”.

El Espíritu Santo, espíritu de la verdad, nos ayudará a atravesar la puerta de la fe para que ingresemos en un mundo nuevo, maravilloso, el universo de la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cristo, el Hijo de Dios, es la puerta que nos lleva al Padre, a quien descubrimos y confesamos como el Creador del cielo y de la tierra. Y también Cristo nos lleva al Espíritu Santo, a quien confesamos también como Dios, Señor y Dador de vida.

Surge así el nuevo “nombre” que los cristianos dieron a Dios: la Santísima Trinidad. Este es el nombre más propio del Dios de los cristianos, aunque como tal no aparece nunca en la Biblia. Su origen se remonta a los cristianos del s. II y III quienes se vieron en la necesidad de crearlo para poder expresar sintéticamente lo que la fe cristiana tiene de nuevo y original con respecto a Dios: creemos en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y creemos porque las Personas Divinas, como un solo y único Dios, obran la historia de la Salvación.

Y el Espíritu Santo también nos guiará para que descubramos la verdad sobre nosotros mismos: somos imagen y semejanza de Dios, de Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Sí, somos imagen de Dios Trinidad, de Dios que en su intimidad es COMUNIÓN DE PERSONAS. Y en la Trinidad cada persona se define por relación a las demás, su ser personal está en la donación de sí misma. Es claro entonces que alcanzaremos nuestra mayor realización como personas en la medida que vivamos la comunión y la entrega sincera de nosotros mismos a los demás por amor.

Al respecto decía el Papa Francisco en el ángelus del 22 de mayo de 2016: “Nuestro ser creados a imagen y semejanza de Dios-comunión nos llama a comprendernos a nosotros mismo como ser-en-relación y a vivir las relaciones interpersonales en la solidaridad y en el amor mutuo. Tales relaciones se juegan, sobre todo, en el ámbito de nuestras comunidades eclesiales, para que se cada vez más evidente la imagen de la Iglesia icono de la Trinidad. Pero se juegan en cada relación social, de la familia a las amistades y al ambiente de trabajo, todo: son ocasiones concretas que se nos ofrecen para construir relaciones cada vez más ricas humanamente, capaces de respeto recíproco y de amor desinteresado.  La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a comprometernos en los acontecimientos cotidianos para ser levadura de comunión, de consolación y de misericordia.”

            Por último, recordemos que por el Bautismo la Trinidad habita en nosotros. Pero también nosotros habitamos en la Trinidad ya que hemos sido bautizados/sumergidos en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, como nos dice el evangelio de hoy.

            Por tanto, Dios en su misterio de vida Trinitaria es al mismo tiempo lo más trascendente como lo más cercano a nosotros. Y tenemos acceso a esta cercanía de Dios porque encontramos la imagen de Dios Trinidad en la familia. Sobre esto ha insistido mucho el Papa Francisco en Amoris Aletita:

“La relación fecunda de la pareja se vuelve una imagen para descubrir y describir el misterio de Dios, fundamental en la visión cristiana de la Trinidad que contempla en Dios al Padre, al Hijo y al Espíritu de amor. El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente” (n° 11).

«La Sagrada Escritura y la Tradición nos revelan la Trinidad con características familiares. La familia es imagen de Dios, que […] es comunión de personas. En el bautismo, la voz del Padre llamó a Jesús Hijo amado, y en este amor podemos reconocer al Espíritu Santo (cf. Mc 1,10-11). Jesús, que reconcilió en sí cada cosa y ha redimido al hombre del pecado, no sólo volvió a llevar el matrimonio y la familia a su forma original, sino que también elevó el matrimonio a signo sacramental de su amor por la Iglesia (cf. Mt 19,1-12; Mc 10,1-12; Ef 5,21-32). En la familia humana, reunida en Cristo, está restaurada la “imagen y semejanza” de la Santísima Trinidad (cf. Gn 1,26), misterio del que brota todo amor verdadero. De Cristo, mediante la Iglesia, el matrimonio y la familia reciben la gracia necesaria para testimoniar el Evangelio del amor de Dios» (n° 71).

En breve, la Santísima Trinidad, Misterio de Dios Amor es al mismo tiempo comunión y misión.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Esperanza Trinitaria

Para el pueblo amado, te hiciste anuncio Divino,

Andando errante sigue tus huellas

Y ruega le envíes tu Santo Espíritu.

Él es la dulzura del Padre amoroso

Y es puro aliento del Hijo hecho hombre

Caminante, uno más entre nosotros.

Suceda eternamente tal como nos dices

Cálmenos con su paz, su calidez,

Susurre al corazón el Amor puro y sublime.

Glorificado en ti, la Resurrección y la Vida

Derrámese sobre todos y cada uno

Sea fuente nuestra de inagotable Sabiduría.

Habitemos por fin en la casa paterna y,

De regreso con el Hijo para dejarte las penas,

El Espíritu nos colme de alegría verdadera. Amén.

[1] Evangelio según san Juan, Sígueme, Salamanca, 1995, pág. 397.

[2] Solo el amor es digno de fe (Sígueme; Salamanca 1990) 10.

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