Lectio Divina

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DEL SEÑOR CICLO «C»

Primera lectura (Gn 14,18-20):

            Podemos considerar como una figura remota de la Eucaristía la presentación del pan y del vino que hace Melquisidec, denominado sacerdote del Dios altísimo.

Segunda Lectura: 1Cor 11,23-26

Este texto forma parte de una subsección (1Cor 11,17-34) donde la argumentación tiene tres partes o momentos: en los vv. 17-22 se describe la situación comunitaria negativa; en los vv. 23-26 se remite al origen y significado de la cena del Señor; y en los vv. 27-34 se dan las indicaciones prácticas para superar la situación.

El problema de la comunidad de Corinto que Pablo busca corregir aquí son las divisiones que se daban al celebrar la cena del Señor porque cuando se reúnen no comparten, sino que cada uno come lo propio quedando de manifiesto las diferencias sociales. De este modo han perdido la dimensión trascendente y fraterna de la Cena del Señor.

Al parecer, con el crecimiento de la comunidad surgió la necesidad de buscar un lugar lo suficientemente amplio como para recibir a todos. La opción fue reunirse en las grandes casas de los miembros ricos de la comunidad (cf. 1Cor 1,11.16; Rom 16,5; Col 4,15). Estas casas, tal como muestra la arqueología, constaban de un triclinium o comedor con capacidad para 10 personas y reservado a los invitados de la misma clase social; y un atrium o patio con mayor capacidad (unas 40 personas) para los huéspedes de segundo nivel[1]. Por la descripción de la carta sabemos que la celebración Eucarística era precedida por una comida, y era justamente en ella donde se producían las diferenciaciones por nivel social. Esto molesta tanto a Pablo que llega a decirles que en realidad no están celebrando la «cena del Señor» sino «su propia cena«.

Ante esta situación deplorable san Pablo se remite a los orígenes de la Cena del Señor, esto es, a la última cena de Jesús con sus discípulos. Como Pablo no estuvo presente allí, se remite a la Tradición o transmisión auténtica que ha recibido de los mismos Apóstoles, testigos oculares de lo hecho por el Señor en la última cena. En efecto, las palabras «recibí» y «transmití» que utiliza aquí son términos técnicos, tanto en el rabinismo como en la Iglesia apostólica, para comunicar una tradición sagrada (Cf. 1Cor 15,3 dónde usa los mismos términos). La referencia al Señor indica que esta tradición se remonta a Jesús mismo. En refuerzo de esto está la clara referencia de la narración al acontecimiento histórico por cuanto da el nombre del protagonista («el Señor Jesús») y una indicación cronológica («la noche en que iba a ser entregado»). Por tanto, Pablo invita a remontarse a la última Cena, a los gestos y palabras de Jesús, para descubrir el verdadero significado de la celebración eucarística.

            Comparándola con los relatos de la institución que traen los sinópticos la versión paulina está más cercana a Lc 22,15-20 con quien comparte algunas particularidades: el «por ustedes«; la expresión «la nueva alianza sellada con mi sangre«; y la indicación del memorial (doble en 1Cor 11, 24.25).

            El “por ustedes” sería una transformación cultual del “por muchos” presente en la tradición de Mc/Mt, que sería la original y que haría referencia al cántico del siervo de Is 53,11-12. La referencia a la “nueva alianza” remite a Jer 31,31-34. En cuanto a la expresión completa que califica al cáliz «la nueva alianza en mi sangre» evoca claramente el rito de la alianza que se sellaba con el derramamiento de sangre.

El mandato «hagan esto en memoria mía» nos remite al mandato de repetir la pascua de Ex 12,26. Este «hacer memoria» desde la perspectiva bíblica implica no sólo el recuerdo de un acontecimiento del pasado sino también el traer al presente aquello que se conmemora. Así como Yahvé hizo la gesta salvífica sacando a Israel de la esclavitud y llevándolos a una tierra de libertad; esto mismo sucede cada vez que el pueblo celebra la pascua. La celebración anual de la Pascua es la celebración de Yahvé que sigue comprometido con la historia de su pueblo garantizando su libertad. Por tanto, este «hacer memoria» tiene la capacidad de actualización de un hecho del pasado obrado por Dios.

Conservando este sentido bíblico del «hacer memoria» como actualización, en las palabras de Jesús encontramos una notable diferencia pues lo que se recuerda es la persona y no sólo la obra salvífica. Es decir, se supone que el Señor Jesús es el anfitrión de la cena y está realmente presente en la celebración de su obra redentora. En otras palabras, es Jesús mismo quien actualiza, hace presente su entrega salvífica por nosotros. Y esta presencia de Jesús sólo es posible en virtud de su Resurrección, que aparece entonces en Pablo intrínsecamente vinculada a la Eucaristía, como lo está en Lucas (cf. Lc 24,30-35).

            El v. 26 no forma parte de la tradición recibida por Pablo. Más bien es una recapitulación del Apóstol sobre el sentido global del rito. Aquí es de resaltar cómo se unen las tres dimensiones temporales: la referencia a la muerte de Jesús (pasado); la repetición de la celebración (presente); y la expectación de la parusía de Jesús (futuro).

Evangelio: Lc 9,11b-17

            Lucas ubica el relato de la multiplicación de los panes luego del regreso de los Doce de su misión (cfr. Lc 9, 1-6). Al llegar, los apóstoles le refieren a Jesús todo lo que habían hecho y Jesús, por su parte, los lleva a un lugar retirado, a Betsaida, pero la gente se entera y los siguen hasta allí (Lc 9,10-11a). Entonces Jesús recibe a la multitud, les habla del Reino y cura a los enfermos.

            Como se iba haciendo de noche, los Doce apóstoles, con sentido común, le sugieren a Jesús que despida a la gente para que vaya a los poblados vecinos a proveerse de alimento y alojamiento. La mención del lugar donde están como un «desierto» puede ser una alusión a Ex 16, 8-15 donde se narra que Dios alimentó a su pueblo en el desierto.

            La respuesta de Jesús a sus discípulos los sorprende sobremanera: «Denles de comer ustedes mismos». Por eso reaccionan haciéndole notar a Jesús la desproporción existente entre la gran cantidad de gente y los magros alimentos que tienen a disposición: cinco panes y dos pescados. Se trata de un pedido humanamente imposible, de una situación sin salida.

            El diálogo queda interrumpido aquí como si Jesús sólo hubiera querido probar a sus discípulos. De hecho, Jesús asume enseguida un gran protagonismo: comienza a dar indicaciones y a realizar acciones. Son para resaltar las acciones de: «tomar los panes y los peces», «levantar los ojos al cielo», «pronunciar la bendición» sobre ellos y «partirlos». La distribución corre por cuenta de sus discípulos. Notamos que las acciones de «tomar el pan, bendecirlo y partirlo» son las mismas que realizará durante la última cena (cf. Lc 24,30). Esto indica que hay una clara referencia a la Eucaristía en esta narración de la multiplicación de los panes y los peces. En efecto, “el relato presenta la satisfacción de una necesidad material del pueblo como signo de la Eucaristía. Realmente ambas realidades están unidas y son inseparables”[2].

            Lo propio de esta narración es señalar el poder de Jesús que multiplica la comida y su generosidad pues da en abundancia, todos se sacian y todavía sobra. Como bien nota F. Bovon[3]: «El que nunca ha pasado hambre no puede sentir toda la fuerza de este verbo tan elemental, «comer», ni el gozo de «sentirse harto». Comer entonces era sobrevivir, alegrarse por ello y sentirse comunidad. El texto quiere darnos la impresión de abundancia: cinco mil personas que comen, cinco mil que se sienten saciados, y la cantidad de restos que se recogen». Esta es una característica del evangelio de Lucas donde el ministerio de Jesús se realiza bajo el signo de la gracia, del don gratuito y generoso.

El significativo que hayan sobrado doce canastas, una para cada apóstol, de modo que ellos puedan continuar repartiendo el “pan de Jesús”.

Algunas reflexiones:

            Dentro de los diversos aspectos del misterio eucarístico, el evangelio de este ciclo se concentra en su dimensión de alimento que sacia en abundancia. La primera y la segunda lectura refuerzan esta dimensión de alimento y de bebida por su referencia al pan y al vino.

            Pero no se trata de alimento a secas, sino de banquete, de comida festiva y comunitaria a la que somos invitados a participar y en la que, en cierto modo, comemos «de arriba», gratis, pues todo es puro don del Señor.

            Importa recordar que en Israel, no sólo en tiempos remotos sino también en los tiempos de la predicación de Jesucristo, las comidas se celebran dentro de un marco religioso. Por tanto, hhay algo más que el saciar el hambre y el compartir con los demás. En el «banquete eucarístico» se trata de una comida que nos hace entrar en comunión con el misterio de Dios, más aún, con el misterio pascual de Jesús. Recibimos, al participar en este banquete sagrado, al mismo Jesús y a los frutos de su obra redentora. Tal vez sea bueno no separar demasiado la Persona de Jesús de su “acción redentora” ya que Él mismo es nuestra salvación.

            En efecto, al entregarse personalmente a nosotros en la Eucaristía nos salva, pues la salvación es la comunión de vida con Él. El alimento material que se da permanece distinto del que lo dona. En la Eucaristía Jesús se hace alimento. Don y donante son lo mismo. Como dice el P. Cantalamessa[4]: «¿Por qué Jesús partió el pan? ¿Sólo para darle un trozo a cada uno de sus discípulos, es decir, sólo por consideración a ellos? Es evidente que no. Aquel gesto, ante todo, tenía un significado sacrificial que se consumaba entre Jesús y el Padre, no indicaba solamente repartición, sino también inmolación. El pan es el propio Jesús; al partir el pan, se «partía» a sí mismo, en el sentido con el que Isaías había hablado del Siervo de Yahvé. Ha sido molido (attritus) por nuestras culpas (cfr. Is 53,3)».

            Es lo que nos decía el Papa Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis nº 7: «En la Eucaristía, Jesús no da “algo”, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros.»

            Así, el fruto principal del misterio Eucarístico es la comunión vital con Jesús, donde está nuestra salvación. Sí, porque es su entrega personal, su amor hasta el extremo de dar la vida por nosotros, lo que nos salva. Nos salva su amor. Esta es la salvación en esta vida: recibirlo a Él que se nos entrega con infinito AmorY al recibirlo, al comerlo, nos transforma en Él, como decía San León Magno: «Nuestra participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos en aquello que comemos»[5].

Al comulgar la liturgia nos invita a conjugar en nuestro corazón un doble sentimiento: la felicidad y la indignidad. Cuando se nos muestra la hostia consagrada el sacerdote nos invita a sentirnos «felices de ser invitados a la cena del Señor». Es un sentimiento para cultivar siempre: la felicidad de ser invitados a Tal banquete por Tan gran Señor. Jesús mismo nos invita a unirnos a Él y esta es nuestra gran felicidad. Y tan grande felicidad nos lleva a ser un poco «atrevidos» pues aceptamos la invitación sintiéndonos «indignos» de ella. Es cierto que no somos ni seremos nunca por nosotros mismos dignos de tan gran Don: recibir al mismo Jesús. Pero su Palabra nos limpia, nos purifica, nos sana. Sólo una sola Palabra suya nos basta. Y nos la dice: quiero, queda purificado. O mejor aún: quiero, te quiero, te invito, ven a mí.

            San Juan María Vianney amaba decir a sus parroquianos: «Venid a la comunión… Es verdad que no sois dignos de ella, pero la necesitáis»[6].

              Al respecto dice el Papa Francisco en “Cristo vive” n° 120: “Sola­mente lo que se abraza puede ser transformado. El amor del Señor es más grande que todas nuestras contradicciones, que todas nuestras fragilidades y que todas nuestras pequeñeces”.

            La Eucaristía es el abrazo de amor del Señor que nos transforma.

La Eucaristía es alimento vivificante, nos da fuerzas para vivir como Jesús vivió, esto es, considerando su vida como una misión y motivado por una exquisita solidaridad. El dinamismo propio de la Eucaristía donde el Señor se “parte” y se entrega por nosotros nos mueve, desde dentro, a “partirnos” y entregarnos a nuestros hermanos, especialmente a los pobres y más necesitados. Es el impulso a la misión y a la solidaridad, al compartir el alimento y la fe, como lo remarcaba el Papa Francisco en su homilía de Corpus del año 2016: “Partir: esta es la otra palabra que explica el significado del «haced esto en memoria mía». Jesús se ha dejado «partir», se parte por nosotros. Y pide que nos demos, que nos dejemos partir por los demás. Precisamente este «partir el pan» se ha convertido en el icono, en el signo de identidad de Cristo y de los cristianos. Recordemos Emaús: lo reconocieron «al partir el pan» (Lc 24,35). Recordemos la primera comunidad de Jerusalén: «Perseveraban […] en la fracción del pan» (Hch 2,42). Se trata de la Eucaristía, que desde el comienzo ha sido el centro y la forma de la vida de la Iglesia. Pero recordemos también a todos los santos y santas –famosos o anónimos–, que se han dejado «partir» a sí mismos, sus propias vidas, para «alimentar a los hermanos». Cuántas madres, cuántos papás, junto con el pan de cada día, cortado en la mesa de casa, se parten el pecho para criar a sus hijos, y criarlos bien. Cuántos cristianos, en cuantos ciudadanos responsables, se han desvivido para defender la dignidad de todos, especialmente de los más pobres, marginados y discriminados. ¿Dónde encuentran la fuerza para hacer todo esto? Precisamente en la Eucaristía: en el poder del amor del Señor resucitado, que también hoy parte el pan para nosotros y repite: «Haced esto en memoria mía».”

En efecto, “la tierra nueva nace de la Eucaristía a través del hombre nuevo, porque la gracia sólo puede transformar el mundo a través del corazón humano transformado. Pero la verdadera transformación del corazón se manifiesta en las relaciones humanas. Lo primero que produce la Eucaristía, a partir de los corazones que reciben su gracia, es la comunión fraterna, la vida compartida y los bienes repartidos”[7].

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Milagro

Dios Padre generoso, derrochador de tu riqueza a manos llenas

Sin pensar en tantas penas respondes en esta tierra

A cuanto pobre te necesita y se acerca.

No importa cuál sea su problema

Tu tienes una solución para cada uno

La única y accesible manera de ganar la vida eterna.

Porque un Hijo nos ha sido dado, como semilla y como pan

Se ha anonadado para servirte hasta el final

Y ahora multiplicado en alimento para saciar

¡Qué más podría pedir el hombre, Abbá!

¡Si lo tienen todo cada día en el Altar!

Y sin embargo la miseria nuestra puede mucho más.

Tanta indiferencia duela como aquel entonces

Porque también eso se hizo Memorial

¡Misericordia Padre, de nosotros ten piedad!

Llegarán los días nuevos, no dejemos de esperar

Cuando en el monte, juntos, Tú nos hagas sentar

Y tus obreros nos sacien de tan Sagrado Manjar.

No habrá duda de la abundancia, del origen de ese Pan

Será Él mismo Jesús dándose a comulgar

Y los ojos del alma pura, por fin se abrirán.

Entenderemos tantas cosas que Él nos dirá

No más invitados, solo seremos familia, en ti Padre

Con Él y el Espíritu amoroso, en la Trinidad. Amén

[1] Estos datos los sacamos de J. Kodell, The Eucharist in the New Testament (Collegeville 1988) 75.

[2] A. Rodríguez Carmona, Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 176.

[3] El evangelio según san Lucas. Vol I (Sígueme; Salamanca 1995) 665.

[4] La Eucaristía, nuestra santificación (EDICEP; Valencia 2000) 22-

[5] Serm. 63,7:PL, 54, 357.

[6] Bernad Nodet, Le curé d’Ars. Sa pensée – Son coeur, editorial Xavier Mappus, París 1995, p. 119.

[7] CEA, «Denles ustedes de comer». X° Congreso Eucarístico Nacional. Texto para la preparación pastoral, 58.

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