Lectio Divina

DOMINGO XIII DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

Breve introducción: «Si consideramos pedagógico marcar unas etapas dentro del ritmo de la lectura continua del evangelio y, en consecuencia, dentro de la predicación homilética, está claro que este domingo es comienzo de una nueva etapa. El camino de Jerusalén«[1]. Consideramos válida esta recomendación pues a partir de este domingo 13 – y hasta el domingo 31 – la liturgia nos ofrece la lectura continua del camino de Jesús a Jerusalén según el evangelio de Lucas (9,51-19,28) cuyo tema principal es el discipulado. Valga, entonces, la sugerencia para proyectar las homilías de estos domingos respetando las etapas que nos irá señalando el mismo Evangelio y evitar así la tentación de querer decirlo todo a la vez.

1ra. Lectura (1Re 19,16.19-21):

Elías ha recibido de parte de Dios en el Horeb la misión de ungir a Eliseo como su sucesor («como profeta en lugar de ti»). Y realiza esta unción, no derramando aceite sobre la cabeza del elegido (cf. 2Re 9,3), sino poniendo su manto sobre Eliseo. Notemos que «según la simbología bíblica, el manto es símbolo de la persona, expresión de su dignidad (cf. Is 3,6; 6,3). Cuando Elías echa su manto sobre los hombros de Eliseo, convierte al que ha elegido en discípulo, lo nombra profeta»[2]. Así, cubrir a alguien con el manto implicaba un derecho sobre la persona, como lo señalan Ez 16,8 y Rt 3,9.-

            En esta narración de corte deuteronomista el manto simboliza también el poder, como el cayado o bastón de Moisés (cf. Ex 4,2-4; 7, 8-12). De hecho, más adelante, con su manto Elías golpeará las aguas del Jordán y se dividirán para que él pueda pasar en seco (2Re 2,8). Luego de la «ascensión» de Elías, Eliseo recogerá este mismo manto, con el cual repetirá el mismo prodigio de dividir las aguas del Jordán (2Re 2,13-14).

            El texto dice que Eliseo estaba arando con 12 yuntas de bueyes. Esto parece una exageración, pero es clara la indicación de que era un propietario rico, con servidores.

Eliseo se pone inmediatamente a disposición de Elías («dejó sus bueyes, corrió detrás de Elías»); pero pide, antes de seguirlo, autorización para despedirse de sus padres y Elías se lo concede. Entonces, con prisa, allí mismo inmola los bueyes con los que estaba arando, renunciando así, públicamente, a su trabajo y a su vida de agricultor. Luego, junto con su gente, celebra una comida de despedida y «se levantó, siguió a Elías y le servía».

El Antiguo Testamento no tiene un término específico para referirse al discípulo ni un concepto claro del discipulado. El caso de Elías-Eliseo es un hecho más bien aislado. Flavio Josefo considera a Eliseo como discípulo de Elías. Esta denominación se hizo luego frecuente en los escritos patrísticos de Oriente y Occidente, a las que se sumó las de heredero e hijo de Elías. Por ejemplo San Juan Crisóstomo escribe: «Eliseo es al mismo tiempo el que es llamado (el hijo), el que escucha y sirve (el discípulo, el servidor) y el que recibe así el doble espíritu de Elías (el heredero, el segundo Elías)»[3].

Evangelio (Lc 9, 51-62):

            Por lo dicho al comienzo, es importante ubicarnos primero en el sentido de este viaje de Jesús a Jerusalén acompañado por sus discípulos que es “un camino geográfico-teológico”.

* Tal como lo sugiere A. George[4], la construcción del viaje nos revela una intencionalidad principalmente cristológica. ¿Cuál es el sentido de este viaje? Ante todo, como nos dice 9,51: «Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén», se trata del viaje de Jesús hacia su pasión, hacia su muerte; y al mismo tiempo hacia su elevación o glorificación.

* Pero la perspectiva cristológica no agota el sentido del viaje, pues es evidente también la perspectiva eclesiológica reflejada en las abundantes lecciones que da Jesús a sus discípulos sobre la oración, la renuncia, el peligro del dinero, etc. Hay una clara intención didáctica en el caminar de y con Jesús. Así, este viaje asume una dimensión eclesial: sin perder su dimensión histórica, llega a prefigurar con claridad el camino pospascual de la Iglesia, del cristiano en el mundo. Por esto Lucas lo comienza con tres escenas de llamada al seguimiento de Jesús (9,57-62; con diversa colocación en Mt 8,18-22). El camino de Jesús, sus actitudes, se convierten en el camino de cada discípulo, para ‘cada día’ (añadido lucano a la invitación de Jesús a seguirlo llevando cada uno su cruz en 9,23).

            Focalizándonos ya en el evangelio de este domingo vemos que se compone de un relato de misión (9,51-56) y de tres escenas de seguimiento (9,57-61).

            Þ El primer relato comienza diciendo que, como comenzaron a cumplirse los días de su asunción, Jesús tomó la firme decisión de ir hacia Jerusalén. Este viaje es el comienzo de la consumación (symplerousthai), de la fase final de la obra de Jesús que culminará en Jerusalén con su “asunción” (analempsis). Lucas habla de asunción más que de ascensión para resaltar que Jesús es “asumido” al cielo por el Padre, protagonista final del camino y de la obra de Jesús[5].

En cuanto a la decisión de Jesús, el texto griego puede traducirse literalmente por: «con determinación, afirmó su rostro para ir a Jerusalén» o bien, como sugiere el Card. Martini: «endureció el semblante» (to prósopon estérisen), quien aclara que «el verbo estérisen (puso firme, estableció irrevocablemente) indica la dirección precisa de un camino y, por lo tanto, el tránsito a una fase más radical de su designio»[6]. Algo así como cuando uno aprieta fuerte los dientes y pone fija su mirada hacia la meta, con determinación. Esto hace Jesús orientado a Jerusalén, sabiendo lo que allí le esperaba.

            Es sabida la enemistad entre judíos y samaritanos, lo que explica la negativa que reciben los discípulos por parte de estos últimos de alojar a quien se dirige a Jerusalén. El texto deja en claro que el rechazo es a Jesús (“no lo recibieron a él”), no a sus discípulos; y el motivo es porque se dirige a Jerusalén. Dado que todavía Jesús se encuentra en Galilea y no llegará a Samaría hasta 17,11, A. Rodríguez Carmona dice que “Lucas ha colocado esta perícopa en este contexto por una razón doctrinal, no cronológica, porque quiere comenzar con el tema del rechazo”[7].

Lo desproporcionado es la reacción de Santiago y Juan, quienes al igual que Elías en 2Re 1,10.12, quieren que les caiga del cielo a esos pobladores fuego como castigo. Esta actitud no responde ni al espíritu ni a las enseñanzas de Jesús; y por eso los reprende, utilizando la misma expresión (ἐπετίμησεν) que para los demonios (cf. 4,35.41; 9,42); la fiebre (4,39) y el viento impetuoso (8,24). Podemos notar que Jesús no sólo es rechazado por los samaritanos, sino que también es incomprendido por sus propios discípulos. Esta primera escena, de rechazo del Maestro y Señor, crea el clima apropiado para las tres siguientes porque el discípulo de Jesús debe saber que también le espera el rechazo de los hombres.

            Siguen, pues, las tres escenas de seguimiento que son ocasión para dejar en claro las condiciones para hacerse discípulo de Jesús y anunciar el Reino. En realidad, como bien nota el Card. Martini, se trata de «tres formas impropias de seguimiento» por cuanto manifiestan obstáculos o apegos que les impiden seguir verdadera y realmente a Jesús.

En la primera escena Jesús le responde a «uno» que quiere seguirlo a dondequiera que vaya: «el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». El seguimiento evangélico implica vivir en las mismas condiciones en que vive Jesús, en este caso de desarraigo y pobreza. Como bien nota U. H. von Balthasar[8]: “Jesús ya no tiene casa propia. Ni siquiera la casa donde ha crecido, la casa de su madre, cuenta ya. No mira atrás. Es más pobre en esto que los animales, vive en una inseguridad total. No posee más que su misión”. Para R. Guardini se trata también de la soledad afectiva de Jesús por cuanto la expresión «no tiene dónde reclinar la cabeza» tendría el valor simbólico de lo que hoy llamaríamos «falta de contención afectiva», la carencia de apoyos humanos, de seguridad. En la misma línea C. Martini[9] interpreta las imágenes de la madriguera y del nido como los lugares de refugio, seguridad, protección y calor de los afectos, que en el lenguaje psicológico actual se expresa como el deseo de permanecer en el seno materno.

            Þ En la segunda escena es Jesús quien toma la iniciativa e invita a «otro» a seguirlo; pero este pide ir primero a enterrar a su padre. Para C. Martini[10] la metáfora del padre incluye toda la tradición ancestral, las costumbres familiares que se graban como principios de la vida inconsciente tal como, por ejemplo, el principio del honor, de no perder fama, de no tener deudas con nadie, de no manifestar la pobreza, etc. La respuesta de Jesús suena muy dura: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios». Enterrar a los padres era un deber exigido por el cuarto mandamiento y una importante obra de misericordia en la piedad judía (cf. Ex 20,12; Dt 5,16; Tob 4,3). La respuesta de Jesús no deja de ser algo enigmática por la referencia a unos “muertos” que enterrarán a sus muertos. La frase invita a una lectura metafórica  y “la opinión más común es entender muertos en sentido espiritual, los que están fuera de la esfera de los intereses del reino”[11]. Lo cierto es el mensaje: el seguimiento de Jesús no admite dilación alguna; ni siquiera por parte de un vínculo tan originario y fundamental como es la relación con el padre y con todo el mundo de los valores y tradiciones ancestrales.

           Þ En la tercera escena la iniciativa es de «otro» que desea seguirlo, quien pone como condición previa poder despedirse antes de los suyos, de su casa. Según C. Martini[12] el símbolo de la casa incluye el culto de la propia historia personal, las amistades, las relaciones, las vivencias, los éxitos. La respuesta de Jesús vuelve a ser dura: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios». Según F. Bovon[13]»la idea central es la siguiente: el que mira hacia atrás, hacia el trabajo ya hecho, y no hacia delante y a lo que queda por hacer, no traza bien el surco que está abriendo. No va derecho a la meta. Así pues, la sentencia aconseja concentrarse en el objetivo y critica las lamentaciones por lo que se va quedando atrás». Ante este ofrecimiento condicionado, la respuesta de Jesús es negativa y demuestra una exigencia mayor que Elías, quien permitió a Eliseo despedirse de los suyos (1ª lectura).

            Podríamos seguir analizando los textos, pero como bien dice el Card. Martini[14]: «la mera lectio de este pasaje evangélico pone en evidencia cómo el verdadero seguimiento de Cristo no admite ninguna demora, ningún apego al propio yo, a las personas, a las cosas, porque busca una total obediencia a Dios y a su palabra». En síntesis: «Las condiciones son tres: a) optar por tener a Jesús como única fuente de verdad y vida (9,57-58); b) optar por no subordinar el encargo misionero a intereses filiales (9,59-60), y c) optar por no responder a intereses familiares en la tarea evangelizadora (9,61-62)» [15].

Vemos que Jesús se nos presenta aquí muy exigente y bien podemos preguntarnos «¿por qué se muestra Jesús tan exigente?» Y la respuesta es:»Porque es consciente de la importancia radical, absoluta, de su propia misión […] La exigencia de Jesús es una exigencia inspirada en el amor, no en la severidad. En efecto, de este modo manifiesta plenamente su propia identidad divina […] Si Jesús no se mostrara exigente con nosotros, eso significaría que nuestra relación con él no es diferente de la que podamos tener con cualquier otro amigo o pariente. Nuestra relación con Jesús, sin embargo, es completamente distinta, porque él es el Hijo de Dios, Jesús fue enviado por el Padre para salvar al mundo, y su misión es de una importancia suprema»[16].

Par terminar notemos – y esta es la dimensión eclesial del relato – que los discípulos están presentes cuando Jesús tiene estos diálogos con estos hombres y deben tomar nota de las exigencias reales de su propio seguimiento de Jesús.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            Es claro que el tema de este domingo es el discipulado como seguimiento de Jesús y las exigencias que conllevaY la principal condición que exige Jesús es la disponibilidad total para cumplir la voluntad de Dios. Esto supone, obviamente, un permanente ejercicio de la renuncia a sí mismo, a los propios vínculos, a la propia historia. En este sentido dice bien H. U. von Balthasar que la santidad es ante todo un vaciamiento de sí mismo y una identificación con la misión que Dios nos ha encomendado.

            Indudablemente nos encontramos con las palabras más duras o exigentes de Jesús en todo el evangelio, las cuales nos pueden provocar un cierto rechazo; especialmente si tenemos en cuenta que las «condiciones» que ponían los «candidatos» a discípulos en el evangelio de hoy son por demás de razonables. Nada tiene de malo querer enterrar a su padre o despedirse de los de su casa. Igualmente, el primero de los «aspirantes» a discípulo manifestó una gran disposición al seguimiento de Jesús. La intención de Jesús con su respuesta es provocarle una auténtica «crisis de realismo» para que no se engañe a sí mismo, pues hace falta algo más que entusiasmo para ser su discípulo. Y lo mismo vale para el rechazo por parte de Jesús de las otras dos «razonables» peticiones de demora en la respuesta.

            No sería auténtico relativizar las exigencias o diluirlas; pero sí es legítimo contextualizarlas en el momento de la vida de Jesús y sus discípulos que nos relata el evangelio. Nos encontramos en la segunda parte del mismo, en camino hacia Jerusalén, a la pasión y muerte. Y los discípulos deben estar dispuestos a seguirlo también hasta allí. Es una especie de segunda llamada, llamada a seguirlo renunciando a sí mismo y cargando con la cruz de cada día (9,23). Pero sin olvidar que los discípulos habían compartido previamente con Jesús otros momentos favorables durante su ministerio en Galilea donde lo vieron hacer muchos milagros y anunciar palabras con autoridad y sabiduría. Esta vivencia los arraigó en la fe y en la confianza en Él. Ahora les pide algo más, dejar todo obstáculo y aceptar también ellos el camino de la cruz.

En fin, Jesús pide una renuncia «radical» para el que quiera seguirlo, pero esta renuncia es el medio para lograr una mayor libertad y madurez en nuestra respuesta de fe, como bien señala también el mismo Card. Martini[17]: «Resumiendo, podemos decir: Jesús nos ha presentado tres tentaciones de huida de la radicalidad de la fe. Tres modos que exigen, como reverso, una triple libertad evangélica; la libertad de la madre, del seno materno, de la madriguera y del nido; la libertad del padre, de las tradiciones ancestrales; la libertad de sí mismo, o sea, de la propia historia, de la necesidad de coherencia humana. Esta triple libertad que hay que alcanzar es trabajo de toda la vida, es compromiso por la madurez, todo hombre debe vivirla, y el cristiano debe vivirla también frente a la radicalidad de la fe».

            Esta vocación a la libertad la «grita» San Pablo en la segunda lectura de hoy, confesando ante todo que la misma es un “don” pues hemos sido liberados por Cristo. Esta libertad es un Don del Espíritu Santo, y para conservarla debemos obrar según este mismo Espíritu.

Por tanto, para seguir con realismo a Jesús hay que estar dispuesto a renunciar a todo. Pero dejamos todo por algo, o mejor, por Alguien. La ruptura de cualquier vínculo es siempre una experiencia de muerte. En este sentido Jesús nos pide morir. Pero para vivir en Él. Se trata de un proceso verdaderamente pascual, paso de la muerte a la vida. Jesús quiere formar en nosotros un hombre nuevo, con vínculos renovados; lo cual exige que el hombre viejo y sus vínculos mueran.

Y no olvidemos que la respuesta total y extrema en el seguimiento de Jesús es consecuencia directa de la experiencia del amor extremo y primero por parte del Señor. Como decía Benedicto XVI en su Discurso Inaugural a la Conferencia de Aparecida: «Cuando el discípulo llega a la comprensión de este amor de Cristo «hasta el extremo», no puede dejar de responder a este amor sino es con un amor semejante: «Te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9,57)».

Consolados por su amor podremos superar todos los apegos que nos detienen o demoran: la búsqueda de seguridad y comodidad; el apego al propio yo, a las personas, a las cosas; y la nostalgia por el pasado.

Al respecto nos dice el Papa Francisco en Cristo Vive 289-290: “El regalo de la vocación será sin duda un regalo exigente. Los regalos de Dios son inte­ractivos y para gozarlos hay que poner mucho en juego, hay que arriesgar. Pero no será la exigencia de un deber impuesto por otro desde afuera, sino algo que te estimulará a crecer y a optar para que ese regalo madure y se convierta en don para los demás. Cuando el Señor suscita una vocación no sólo piensa en lo que eres sino en todo lo que junto a Él y a los demás podrás llegar a ser… Antes de toda ley y de todo deber, lo que Jesús nos propone para elegir es un seguimiento como el de los amigos que se siguen y se buscan y se encuentran por pura amistad. Todo lo demás viene después, y hasta los fracasos de la vida podrán ser una inestimable ex­periencia de esa amistad que nunca se rompe”.

En conclusión, todos y siempre tenemos necesidad de revisar nuestra disponibilidad para el seguimiento de Cristo. Sea que estemos empezando el camino a Jerusalén, sea que llevemos años transitando por él. Pidamos al Señor que nos muestre la grandeza de su amor para que podamos discernir lo que nos impiden seguirlo con una disponibilidad total y tengamos la confianza y el valor para dejarnos purificar por Él, hasta la raíz; a fin de renacer a una vida regida por la Caridad.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

 Cuando se cumplen tus tiempos…

Cuando el tiempo Inexorable pasa a nuestro lado

Y nos envuelve en el vértigo de los días y las noches

Sabiéndonos finitos y frágiles, estás allí Señor, Presente.

Cercano en los signos y los gestos, sin reproches.

Decidido a formar parte de nuestra vida

Envías a tus mensajeros para preparar el lugar, una cita,

Un espacio entre las horas de nuestro andar en el vértigo…

¿Encontrarás donde alojarte, Dios nuestro?

No hay fuerza divina ni humana que impida al hombre

Negarse a aceptar el lugar de delicias

Misteriosos los motivos y complejas las razones

Es más difícil creer que pronunciar tu Nombre.

La Luz del Candelero reclama su derecho

Urge salir a los pueblos, a iluminar a otros

Desata pues Señor, estos lazos, líbranos de temor

Para sacrificarlo todo, para morir por Amor.

El Reino tiene toda su fuerza en un pedazo de pan

Y si velado estás en tu trono, allí nos podemos llegar

Sin esfuerzo para el hombre, tan Digno y Sencillo

Nos sales a buscar, a Corazón abierto de par en par.

Venza el hombre la voluntad herida por su pecar

Y confíe en tanta ternura expuesta en el altar

Crucificado para alimento del mundo entero

Señor y Dios nuestro: Bebida y Comida de Eternidad. Amén.

[1] P. Tena, El leccionario de Lucas. Guía homilética para el ciclo C (CPL; Barcelona 1991) 90.
[2] L. Monloubou, «El profeta Eliseo en la Biblia», en AA.VV., Eliseo o el manto de Elías (Monte Carmelo; Burgos 2000) 16.
[3] Las referencias son de Sor Eliane OCD, «Eliseo, discípulo de Elías, en los Padres de la Iglesia», en AA.VV., Eliseo o el manto de Elías (Monte Carmelo; Burgos 2000) 26-31.
[4] “La construcción del tercer Evangelio”, en Selecciones de Teología 33 (1970) 65. F. Matera, “Jesus’ Journey to Jerusalem (Luke 9.51-19,46)”, JSNT 51 (1993) 58, también llama la atención sobre la escasez de indicaciones geográficas y cronológicas de este viaje; cosa extraña al estilo de Lucas, especialmente si se lo compara con la descripción lucana de los viajes de Pablo en Hechos, cuyo itinerario bien puede seguirse en un mapa, cosa que no es fácil en el recorrido de Jesús a Jerusalén.
[5] Cf. A. Rodríguez Carmona, Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 195-196.
[6] La radicalidad de la fe (Verbo Divino; Estella 1992) 23. Es importante también el tema del rostro (prósopon) pues aparece en el v. 52 cuando dice que mandó mensajeros delante de sí (literalmente dice «de su rostro»). Lo encontramos también en el v. 53 donde literalmente dice que no lo recibieron porque «su rostro estaba orientado, yendo hacia Jerusalén».
[7] Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 195.
[8] Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 267.
[9] La radicalidad de la fe, 27.
[10] La radicalidad de la fe, 30-31.
[11] Dice A. Rodríguez Carmona, Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 199, siguiendo a J. Fitzmyer.
[12] La radicalidad de la fe, 32.
[13] El Evangelio según San Lucas II (Sígueme, Salamanca 2002) 56.
[14] La radicalidad de la fe (Verbo Divino; Estella 1992) 30.
[15] S. Silva Retamales, Discípulo de Jesús y discipulado según la obra de Lucas (CELAM-San Pablo; Bs. As.  2006) 35.
[16] Card. A. Vanhoye, Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo C (Mensajero; Bilbao 2009) 234-235.
[17] La radicalidad de la fe, 34.
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