Lectio Divina

DOMINGO XIV DURANTE EL AÑO – CICLO “C”

1ra. Lectura (Is 66,10-14):

            Este texto forma parte del capítulo final del libro del profeta Isaías que contiene un mensaje de consolación y de esperanza para Jerusalén y sus habitantes. En la lectura de hoy, al comienzo, Jerusalén es presentada como una madre llena de gozo porque puede recibir ahora a sus hijos que son invitados a acudir a ella para ser alimentados, más precisamente, amamantados.

Pero hay un sentido simbólico en el alimento y la bebida. “El alimento ofrecido por Jerusalén consiste en esparcir la alegría de la fe sobre quienes buscan al Señor por la senda de la conversión. Además del gozo reflejado en el rostro de los convertidos, el Señor derramará sobre Jerusalén la paz”[1].

La paz (shalom) es presentada frecuentemente como fruto de la justicia, es decir, de la realización por parte de los hombres de la voluntad de Dios. Por apartarse de la voluntad de Dios manifestada en los mandamientos, por obrar la injusticia, Jerusalén perdió la paz y la gloria que vienen de Dios. Ahora Dios se las regala gratuitamente, y para siempre.

Al final del texto es Dios mismo quien se autopresenta como una madre cariñosa que consuela a sus hijos en Jerusalén, quienes por ello se llenarán de gozo. La mano de Dios será ahora, para sus hijos, como la de una madre que los acaricia.

Evangelio (Lc 10,1-12.17-20):

            El evangelio de hoy nos narra cómo Jesús, después de haber presentado claramente las exigencias de la vida apostólica (evangelio del domingo pasado), “designó a otros setenta y dos, además de los doce, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir”.

El número setenta y dos tiene un valor simbólico de universalidad, por cuanto en Gn 10 (en la versión griega) se dice que los descendientes de Noé que repueblan la tierra forman un macrocosmos de 72 pueblos. De aquí la idea, propia de aquella época, de que las naciones que poblaban la tierra eran 72. Por tanto se insiste en la universalidad del envío y también de los enviados, pues “Jesús no envía sólo a los doce sino a todo el pueblo de Dios”[2].

            Jesús los envía de dos en dos. Puede verse aquí una necesidad en función de la validez del testimonio que exigía que fuera afirmado por, al menos, dos personas (cfr. Dt 19,15). Pero podría verse también, en una lectura teológica, como una necesidad para la credibilidad del testimonio que se funda en la caridad. Es decir, se necesitan dos para manifestar la caridad, el amor de Dios que une a los discípulos.

            Son enviados (verbo apostellō, de donde deriva apóstol) para preceder y preparar la venida de Jesús. No van en nombre propio, sino de Jesús, a quien en el fondo deben recibir los destinatarios.

Sigue una serie de recomendaciones, semejantes a las que ya recibieron los “doce” en Lc 9,1-5. Lo primero que les pide Jesús es que recen para que haya operarios para la mies. Queda claro que el “Señor de la mies” es Dios, quien debe enviar a los operarios-misioneros para que la trabajen. La obra es de Dios, por eso lo primero es ponerse en actitud de oración, de pedirle a Él que haya muchos enviados para la misión.

Luego está en envío en imperativo: “¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos” (10,3). Como “ovejas” sería un símbolo de la mansedumbre en medio de un ambiente hostil.

Se trata de partir, pero ¿qué deben llevar para el camino? Justamente porque la obra es de Dios, el modo de la misma será “a lo divino” y no “a lo humano”. Por eso las recomendaciones que siguen acentúan la pobreza de medios de los misioneros: “no lleven dinero, ni provisiones, ni calzado…”. Con la prohibición de llevar ni siquiera lo mínimo indispensable para el viaje se quiere poner de manifiesto la dependencia del misionero en relación al Señor y a los destinatarios[3].

La urgencia del envío es puesta de relieve en la prohibición saludar por el camino. Nada puede distraer o demorar la misión.

Los misioneros son enviados a las “casas” de la ciudad, lugar para el primer encuentro y el primer anuncio, indicando la importancia de los vínculos personales para transmitir el mensaje. Más adelante está también la referencia a la “ciudad” como lugar del anuncio público de la cercanía del Reino, precedido por la curación de los enfermos, signo de la presencia soberana de Dios.

¿Cuál es el contenido del anuncio? La paz; el don de la paz. Para la Biblia, la paz indica el conjunto de los bienes mesiánicos esperados para la era escatológica. Llega incluso a identificarse con la salvación (cf. He 10,36). La presencia de Jesús es la presencia de la paz (cf. Lc 24,36: el saludo de Jesús resucitado a los discípulos); recibir a Jesús es recibir la paz de Dios. Como bien dice W. Foerster: “esta paz no es un deseo, es un don, y tan real que si es rechazado retorna a los discípulos”.[4] Para recibir esta paz de Dios se requiere una disposición, estar abiertos a recibirla, ser “hijo de la paz” como dice literalmente Lc 10,6.- En estrecha vinculación con la paz está el anuncio de la llegada del Reino de Dios, que trae la verdadera paz. Al mismo tiempo la paz, junto con la curación de los enfermos, pasa a ser el signo de la llegada del Reino a una persona y a una familia o casa (10,9).

No sólo el mensaje fundamental es de paz, también la actitud de los misioneros debe ser pacífica. Ya al comienzo les dice que son enviados como ovejas en medio de lobos (10,3). Luego cuando les presenta la posibilidad del rechazo, ante lo cual la reacción no debe ser violenta, como la de Santiago y Juan que querían pedir que le caiga fuego del cielo a los habitantes de un pueblo de Samaría porque no los recibieron (cf. Lc 9,54). Aquí se manda hacer un signo (sacudirse el polvo pegado a las sandalias) para dejar en claro la responsabilidad asumida por los que rechazan a los mensajeros, quienes no quieren llevarse nada de ellos, dando por terminada la misión (10,10-11)[5]. El juicio pertenece sólo de Dios.

Se insiste también en que los misioneros deben aceptar la hospitalidad de quien los reciba, pero sin volverse itinerantes ni pretenciosos. Puede parecernos extraña la insistencia en un detalle menor como la comida, pero como bien nota A. Vanhoye, debemos recordar que los judíos tienen unas reglas alimentarias muy rígidas que constituyen un obstáculo para las relaciones con los otros pueblos. Por eso Jesús pide dejar de lados estas reglas que no ayudan a relacionarse con los demás; por el contrario, “los mensajeros del evangelio deben ser abiertos y conciliadores, deben buscar siempre lo que une a las personas, no aceptar lo que crea separaciones”[6].

Los enviados regresan gozosos y cuentan a Jesús su exitosa experiencia misionera, entendida en términos de victoria sobre los poderes del mal. Jesús confirma esta victoria, pero insiste en poner el gozo del corazón, no en el éxito apostólico o en el poder concedido, sino en la garantía de estar del lado de Dios para siempre. “Decir que nuestros nombres están inscriptos en los cielos (o en el libro de la vida: Ap 3,5), es creer que sólo la memoria de Dios asegura la continuidad de nuestra vida hasta la eternidad”[7].

ALGUNAS REFLEXIONES:

            La Iglesia está llamada hoy a redescubrir su identidad misionera, pues existe para evangelizar. Y la misión se fundamenta, en primer lugar, en el mandato de Jesús que envía; que nos envía a todos los cristianos que somos esencialmente discípulos misioneros.

“La Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del Pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este Continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Esto conlleva seguirlo, vivir en intimidad con Él, imitar su ejemplo y dar testimonio. Todo bautizado recibe de Cristo, como los Apóstoles, el mandato de la misión: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará” (Mc 16,15). Pues ser discípulos y misioneros de Jesucristo y buscar la vida “en Él” supone estar profundamente enraizados en Él” (Discurso de Benedicto XVI en la inauguración de la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida).

            El Papa Francisco, por su parte, en el mensaje para la jornada mundial de las misiones de este año nos dice: “Es un mandato que nos toca de cerca: yo soy siempre una misión; tú eres siempre una misión; todo bautizado y bautizada es una misión. Quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida. Para el amor de Dios nadie es inútil e insignificante. Cada uno de nosotros es una misión en el mundo porque es fruto del amor de Dios”

            La claridad del mandato misionero no debe quedar opacada por la dificultad de cumplir “a la letra” las indicaciones dadas por Jesús a los enviados. El mismo Lucas en los Hechos de los Apóstoles presenta la obra de los misioneros con una modalidad algo distinta de la aquí descrita. Y lo mismo podemos decir si tenemos en cuenta las cartas de San Pablo y la práctica de la primitiva Iglesia. Por esto nos parece interesante retener “las constantes de la proclamación del evangelio” que presenta F. Bovon[8]:

” –    es el Señor el que envía (v. 1);

–        la misión es una etapa de la historia de la salvación (v.2);

–        la misión va acompañada del sufrimiento (v.3);

–        en la evangelización hay intercambio y no sólo don (v. 7);

–        el gesto acompaña la palabra (v. 9);

–        la casa sirve de hogar a la primera comunidad (v. 5-7);

–        se impone una reflexión sobre los medios que hay que limitar o conservar; es decir, se plantea la cuestión de la formación de los misioneros, así como la de su práctica;

–        el Señor Dios y el Señor Jesús que envían no se quedan inactivos; tanto si los destinatarios lo aceptan como si lo rechazan, el Reino no cesa de venir”.

Faltarían añadir a esta lista algunos elementos más en función de las lecturas de hoy.

En primer lugar, y teniendo en cuenta la primera lectura, el contenido del anuncio que es: gozo, consuelo, paz de parte de Dios. Por esto mismo el evangelio es una Buena Noticia. Nos lo señalan dos comentarios:

“El contenido doctrinal coherente con la línea del leccionario es la presentación de la misión cristiana como “el evangelio de la paz”. Aquí entra directamente el concepto bíblico de paz como plenitud de los bienes mesiánicos. Él es nuestra paz (Ef 2, 14-18)” [9].

“La Iglesia tiene por misión abrir el corazón de los hombres a la paz de Cristo. Para eso salen los misioneros, a anunciar y hacer descender la paz en el mundo”[10].

En segundo lugar, la dimensión eclesial de la misión. En efecto, en la descripción de Jerusalén que hace la primera lectura y en la cual abundan los dones de Dios, vemos la imagen de la Iglesia como madre. Ahora es la Iglesia la que invita a sus hijos a encontrar a Dios y sus dones en ella.

            Esta dimensión eclesial de la misión se concretiza en el cultivo de los vínculos personales. Al respecto nos dicen nuestros obispos en su “Carta pastoral con ocasión de la Misión continental” (20/08/09): “La misión lleva al encuentro personal para transmitir a Cristo. La misión es relación, es vínculo. No hay misión si no me relaciono con el prójimo. La misión necesita de la cercanía cordial. Y el desafío, desde esta cercanía, es llegar a todos sin excluir a nadie” (nº 19).

Además, importa mucho resaltar, a la luz de Aparecida, que la misión es más que una acción, es una actitud permanente: “La Misión que propone Aparecida no está limitada en el tiempo, sino pensada de forma tal que después que se inicie continúe, que sea una misión permanente. No se trata de programar una serie de acciones, aunque no lo descarta, sino el comienzo de algo conproyección indeterminada” (nº 7).

            Por últimoel resultado de la misión, porque está siempre la posibilidad del rechazo por parte de los hombres. Jesús no oculta esta posibilidad que surge justamente de la libertad humana. “Hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”, dicen eufóricos los misioneros al volver junto a Jesús. Sí, los demonios se les someten, pero los hombres no, pueden rechazarlos, no querer recibir ni a Dios ni a sus dones. Esto es un gran misterio. Lo que queda claro en estos casos es que no es el éxito ni el motivo ni la motivación del envío. Por eso la posibilidad del rechazo no anula ni el envío ni la misión. El apóstol cumple con su misión de anunciar. El destinatario tiene su propia responsabilidad ante el anuncio de la cercanía del Reino de Dios, de la cual dará cuentas al mismo Dios.

            La llamada y envío a la misión es también un signo de los tiempos, una renovada invitación que el Señor nos hace, de modo muy intenso del Papa Juan Pablo II al Papa Francisco: “Juan Pablo II nos invitó a reconocer que «es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio» a los que están alejados de Cristo, «porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia». La actividad misionera «representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia» y «la causa misionera debe ser la primera». ¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia. En esta línea, los Obispos latinoamericanos afirmaron que ya «no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos» y que hace falta pasar «de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera». Esta tarea sigue siendo la fuente de las mayores alegrías para la Iglesia: «Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc15,7)” (EG 13).

            En fin, pienso que todos podemos apropiarnos la invitación a ser “valientes misioneros” que el Papa Francisco les dirige particularmente a los jóvenes en “Cristo Vive”:

  1. 175. “Enamorados de Cristo, los jóvenes están llamados a dar testimonio del Evangelio en todas partes, con su propia vida. San Alberto Hurtado decía que «ser apóstoles no significa llevar una in­signia en el ojal de la chaqueta; no significa hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, trans­formarse en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz […]. El Evangelio […] más que una lección es un ejemplo. El mensaje convertido en vida viviente».
  2. El valor del testimonio no significa que se deba callar la palabra. ¿Por qué no hablar de Je­sús, por qué no contarles a los demás que Él nos da fuerzas para vivir, que es bueno conversar con Él, que nos hace bien meditar sus palabras? Jóvenes, no dejen que el mundo los arrastre a compartir sólo las cosas malas o superficiales. Ustedes sean capa­ces de ir contracorriente y sepan compartir a Jesús, comuniquen la fe que Él les regaló. Ojalá puedan sentir en el corazón el mismo impulso irresistible que movía a san Pablo cuando decía: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co9,16).
  3. «¿Adónde nos envía Jesús? No hay fron­teras, no hay límites: nos envía a todos. El Evange­lio no es para algunos sino para todos. No es sólo para los que nos parecen más cercanos, más recep­tivos, más acogedores. Es para todos. No tengan miedo de ir y llevar a Cristo a cualquier ambiente, hasta las periferias existenciales, también a quien parece más lejano, más indiferente. El Señor bus­ca a todos, quiere que todos sientan el calor de su misericordia y de su amor». Y nos invita a ir sin miedo con el anuncio misionero, allí donde nos en­contremos y con quien estemos, en el barrio, en el estudio, en el deporte, en las salidas con los amigos, en el voluntariado o en el trabajo, siempre es bue­no y oportuno compartir la alegría del Evangelio. Así es como el Señor se va acercando a todos. Y a ustedes, jóvenes, los quiere como sus instrumentos para derramar luz y esperanza, porque quiere con­tar con vuestra valentía, frescura y entusiasmo.
  4. No cabe esperar que la misión sea fácil y cómoda. Algunos jóvenes dieron su vida con tal de no frenar su impulso misionero. Los Obispos de Corea expresaron: «Esperamos que podamos ser granos de trigo e instrumentos para la salvación de la humanidad, siguiendo el ejemplo de los mártires. Aunque nuestra fe es tan pequeña como una semilla de mostaza, Dios le dará crecimiento y la utilizará como un instrumento para su obra de salvación». Amigos, no esperen a mañana para colaborar en la transformación del mundo con su energía, su au­dacia y su creatividad. La vida de ustedes no es un “mientras tanto”. Ustedes son elahora de Dios, que los quiere fecundos. Porque «es dando como se recibe», y la mejor manera de preparar un buen futuro es vivir bien el presente con entrega y gene­rosidad”.

Que el Señor nos permita experimentar su consuelo; el gozo y la alegría de habernos encontrado con Él en la Iglesia y de recibir la paz del Reino. Entonces, y sólo entonces, estaremos en condiciones de ser sus testigos y misioneros ante los demás, porque esto es lo más importante que tenemos para llevar. Los medios pueden ayudar, tanto para cuanto, pero no podrán suplir nunca la obra de la Gracia. Por eso lo primero que se pide al enviado es que rece, es la oración.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN DOS ORANTES):

De dos en dos…

…Y un par de ellos avanzó hacia la aventura

La misión demandaba amar, pero con locura.

Los guió su corazón embravecido, contaban

Sin pensarlo demasiado, estaban en camino.

Ella con su alforja, el con su callado

Varón y mujer unidos en la voluntad del Santo

Pasaban noches de angustia y soledad

Con temor a los asaltos, pero unidos en hermandad.

Llevar a Jesús: desafío era enorme

Atravesando el gran ruido, penetrando en el silencio de los rincones…

¡No dos túnicas, solo una, hay demasiados pobres!

De lo que les daban, tomaban. Humildes, mujer y hombre.

Expulsados fueron un día, hoy traen esperanza

A eso ha venido el Hijo del hombre

A escribir los nombres, de todos

En la tierra con cielos nuevos: ¡la Trinidad Santa! Amén

[1] F. Ramis, Isaías (PPC; Madrid 2004) 168.

[2] A. Rodríguez Carmona, Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 202.

[3] Cf. F. Bovon, El Evangelio según San Lucas II (Sígueme; Salamanca 2002) 73.

[4] W. Foerster, “eirēnē in the NT”, en G. Kittel (ed), Theological Diccionary of the New Testament. Vol. II, Grand Rapids, Michigan, Eerdmans 1991; 413.

[5] Nos informa B. Malina que “cuando los israelitas regresaban de sus viajes por el extranjero, al llegar a la tierra santa sacudían el polvo de sus pies. No desear entrar en contacto con lo que ha tocado a otros era ciertamente una seria afrenta”, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I (Verbo Divino; Estella 1996) 261.

[6] A. Vanhoye, Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo C (Mensajero; Bilbao) 240.

[7] F. Bovon, El Evangelio según San Lucas II (Sígueme; Salamanca 2002) 81.

[8] F. Bovon, El Evangelio según San Lucas II (Sígueme; Salamanca 2002) 86.

[9] P. Tena, El leccionario de Lucas. Guía homilética para el ciclo C (CPL; Barcelona 1991) 93-94.

[10]  Comisión Episcopal para el gran Jubileo, ¡Fuego he venido a traer a la tierra! Orientaciones para las homilías desde el domingo XIV hasta el domingo XX durante el año (CEA; Buenos Aires 1998) 17.

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