Lectio Divina

DOMINGO XV DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

1ra. Lectura (Dt 30,9-14):

            Este texto integra una unidad literaria mayor que abarca Dt 30,1-14 y sólo en este contexto puede comprenderse bien. En breve: el resto de Israel se encuentra en el exilio y se siente abandonado, lejos de su Dios. Entonces se le anuncia la cercanía-proximidad de Dios, quien lo invita a volverse a Él (el verbo shûb está muy presente en toda la sección de 30,1-14). Pero para que sea posible el regreso a Dios y a la tierra (30,2-5), es necesario una transformación o circuncisión del corazón (Dt 30,6: «Yahveh tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tu descendencia, a fin de que ames a Yahveh tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, para que vivas»). Este corazón purificado y capaz de amar, será entonces un corazón que escuche la voz del Señor y la ponga en práctica (30,8).

Sigue el texto de este domingo que comienza con la promesa divina de volver a bendecir a su pueblo con toda clase de frutos. Interesa notar que cuando dice «Porque el Señor volverá a complacerse en tu prosperidad» está utilizando el verbo hebreo (shûb) que tiene también un sentido ético, de conversión, de volverse hacia. Por tanto, Dios se vuelvefavorablemente hacia su pueblo y pide al pueblo que se vuelva (shûb) favorablemente hacia Él con todo el corazón y con toda su alma, escuchando y cumpliendo sus mandamientos. No vale la excusa de la imposibilidad de cumplirlos, sea por falta de fuerzas, sea por desconocimiento. Al contrario, Dios le recuerda a su pueblo que se le ha revelado como cercano, que ha puesto Su palabra en los labios y el corazón de su pueblo. Ya en Dt 29,28 había dicho: «Las cosas secretas pertenecen a Yahvé nuestro Dios, pero las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que pongamos en práctica todas las palabras de esta Ley.». Así como en Dt 4,7 Dios se presentaba como cercano a su pueblo («¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahveh nuestro Dios siempre que le invocamos?»), aquí se presenta Su Palabra como muy cercana.

Evangelio (Lc 10,25-37):

            El texto comienza con un diálogo entre Jesús y un doctor de la ley. Éste lo inicia preguntando sobre lo que hay que hacer para heredar la vida eterna. Jesús lo remite a la Ley o Torá. El legista le responde citando dos textos de la misma (Dt 6,5 y Lev 19,18): «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo». Jesús aprueba la respuesta del doctor de la Ley y lo exhorta a cumplir estos dos mandamientos esenciales para alcanzar la vida eterna: «obra así y alcanzarás la vida».

Entonces el doctor de la Ley vuelve a preguntar para justificarse: «¿Y quién es mi prójimo?» La cuestión de fondo es determinar hasta dónde alguien es prójimo por cuanto estrictamente “prójimo” significa próximo, cercano, vecino. De hecho, el término hebreo utilizado por Lev 19,18 que se traduce por “prójimo” tiene el matiz de amigo o compañero. Pues bien, según la interpretación rabínica más común el “prójimo” al que hay que amar es alguien que pertenece al mismo pueblo de Israel. Otros, más amplios, lo extienden a los extranjeros que habitan la tierra (cf. Lev 19,33-34); mientras que otros, más estrictos, lo restringían sólo a los israelitas piadosos y observantes.

            En este contexto hay que entender la parábola del buen samaritano mediante la cual Jesús responde a la pregunta del doctor de la ley: «¿quién es mi prójimo?». Esta parábola es tan rica de contenido que merecería un detallado análisis, pero por razones de brevedad nos focalizaremos en los elementos claves de la misma[1].

            El relato comienza describiendo lo sucedido a un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó y es atacado por ladrones quienes lo despojan de todo, lo golpean y lo dejan tirado y   medio muerto. Notemos que este «hombre» permanece del todo anónimo, sólo se habla de él por pronombres. Además, por el hecho de haber sido despojado de todo, no es posible atribuirle ningún tipo de identificación social, étnica o religiosa. Es simplemente un hombre; y es también, en cierto modo, todo hombre. Sólo importa su situación: quedó despojado, herido y medio muerto. Está en estado de extrema necesidad. Necesita imperiosamente de la ayuda de los demás para poder sobrevivir.

Aparece entonces en escena un sacerdote que volvía de Jerusalén, posiblemente después de cumplir sus funciones litúrgicas en el templo. Dos verbos describen su actitud: lo ve (ἰδὼν) y se cruza al otro lado del camino (ἀντιπαρῆλθεν). O sea, pasa de largo, no lo ayuda.

            Luego pasa un levita, que era un clérigo de rango inferior. Los mismos verbos describen su actitud: mira y se cruza al otro lado del camino. O sea que también pasa de largo y no socorre.

            Para gran sorpresa de los oyentes judíos, el tercer personaje de la parábola es un samaritano, que para los judíos era considerado miembro de una comunidad despreciada, enemiga; alguien impuro y no ciertamente «prójimo». F. Bovon[2] hace un agudo comentario: «El bien es practicado por aquel a quien se asociaba con el mal». También dos verbos para describir su actitud: el primero es común con los otros dos personajes (viendo); el segundo hace la gran diferencia: se conmovió, tuvo entrañas de compasión. Este último verbo (splagjnizomai) se utiliza en los evangelios de modo particular para expresar la actitud compasiva y misericordiosa de Jesús ante el hombre que sufre o que está desorientado (cf. Mt 9,36; 14,14; 15,32; 20:34; Mc 1,41; 6,34; 9,22). En Lucas aparece, además de aquí, expresando los sentimientos de Jesús ante una viuda que ha perdido a su único hijo (Lc 7,13) y los del padre de la parábola ante el regreso del hijo pródigo (Lc 15,20).

            Todas las acciones que siguen describen las consecuencias prácticas de la compasiónmisericordia del samaritano: se acercó, vendó sus heridas ungiéndolas con vino y aceite; lo cargó en su montura, lo llevó a una posada donde lo cuidó y al dejarlo pagó al posadero para que lo sigan cuidando.

Terminada la parábola, Jesús invita al doctor de la ley a tomar posición ante la misma mediante la pregunta: «¿Cuál de los tres te parece que fue prójimo del hombre asaltado por los ladrones?». Notemos que Jesús hace una inversión en el sentido del término prójimo en comparación con la utilización del mismo que hizo el letrado en su pregunta pues ya no se trata de delimitar quién debe ser considerado prójimo parar ayudarlo (sentido pasivo) sino de saber quién se hizo prójimo para socorrer al necesitado (sentido activo). Este cambio de sentido es posible por cuanto el «ser prójimo» es una «relación», supone dos personas que se acercan, que se avecinan. Así Jesús, manteniendo la realidad de la relación de «projimidad» desplaza el foco de atención y de valoración al sujeto que busca hacerse “prójimo” al acercarse al necesitado.

Así, en este texto no sólo se presenta la misericordia como exigencia del mandamiento del amor al prójimo; sino que el alcance de este amor misericordioso se amplía hasta coincidir con la misma misericordia de Dios que socorre al necesitado y perdona al pecador no porque se lo merezca sino porque lo necesita.

La respuesta dada por el letrado es la correcta: «El que practicó la misericordia (ἔλεος) con él». Entonces Jesús cierra el debate con la invitación a obrar así: «Ve, y procede tú de la misma manera».

            La estrategia de la parábola utilizada por Jesús tenía por intención llevar al doctor de la ley a ponerse en el lugar del hombre necesitado de ayuda y a descubrir, desde allí, lo que significa ser prójimoYa no se trata de una categoría pasiva y reducida a un grupo o etnia, sino activa y universalse trata de hacerse prójimo, o sea próximo o cercano, para ayudar a todo hombre que lo necesite.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            Se descubre un tema común entre la primera lectura y el evangelio de hoy: la cercanía o proximidad. El libro del Deuteronomio nos revela a un Dios cercano que habla a su pueblo y cuya Palabra no está fuera del alcance del hombre que busca obedecerla, cumplirla.

            En la misma línea Jesús en el evangelio interpreta el mandamiento de amar al prójimo como la exigencia, fruto del amor, de hacerse cercanoprójimo, del necesitado. Además, en una visión más amplia, podemos tener en cuenta la interpretación cristológica de la parábola que hacen muchos Padres de la Iglesia viendo en las actitudes y gestos del buen samaritano a Jesús que se hace cercano al hombre herido por el pecado y lo cura. Según los Santos Padres, nada pueden hacer por él la ley y el culto antiguo; sólo Jesús puede salvar al hombre. Al respecto comenta H. U von Balthasar[3]: «La parábola del buen samaritano es aparentemente una historia donde Jesús no aparece. Y sin embargo lleva claramente su marca, nadie más que él podía contarla en estos términos […] Sólo Jesús puede contar esto así, pero no por sus sentimientos humanitarios, sino porque lo que hace el extranjero con el malherido, él mismo lo ha hecho por todos más allá de toda medida».

La misma liturgia se hace eco de esta interpretación patrística en el hermoso prefacio común VIII, que sería muy recomendable utilizar en este domingo.

En el contexto del evangelio de Lucas y atendiendo al uso del verbo compadecerse (splagjnizomai) que este evangelista atribuye las otras veces a Jesús y a Dios Padre, esta lectura cristológica es válida y muy fecunda. Incluso más, tal vez por aquí habría que empezar la reflexión a fin de tomar conciencia del amor misericordioso, compasivo y activo con que Dios nos ama en Cristo a nosotros, caminantes heridos por el pecado. Pero no para quedarse allí; sino para este amor recibido abra nuestro corazón a la compasión que nos permitirá hacernos prójimos de los más necesitados.

            Jesús en la parábola del buen samaritano nos presenta un gran avance en la concepción del prójimo en relación al Antiguo Testamento. En efecto, Jesús le da una interpretación nueva al perenne mandamiento de amar al prójimo según la cual la cuestión fundamental no es saber quién es mi prójimo para amarlo, sino amar haciéndose prójimo de cualquier hombre que lo necesite.

Al respecto decía el Papa Francisco en el Ángelus del 10 de julio de 2016: “¡Hermosa lección! Y lo repite a cada uno de nosotros: «Ve, y procede tú de la misma manera», hazte prójimo del hermano y de la hermana que ves en dificultad. «Ve, y procede tú de la misma manera». Hacer obras buenas, no decir sólo palabras que van al viento. Me viene en mente aquella canción: «Palabras, palabras, palabras». No. Hacer, hacer. Y mediante las obras buenas, que cumplimos con amor y con alegría hacia el prójimo, nuestra fe brota y da fruto”.

Ahora bien, importa ir más allá de las acciones concretas (necesarias, por cierto) a la actitud fundamental que Jesús nos pide tener. Y la parábola es clara al respecto: los tres caminantes vieron la misma realidad, a un hombre malherido, medio muerto y, por tanto, necesitado de ayuda. Pero sólo se hizo prójimo el que tuvo compasión. Por tanto, la verdadera «projimidad» o proximidad no brota de la mera visión o reflexión intelectual sobre la realidad, a veces teñida de ideología, sino desde una actitud compasiva. Sólo desde un corazón que tiene compasión se puede comprender la noción cristiana de prójimo. Es decir, para ver al necesitado como prójimo tengo que tener primero el amor de Dios en mi corazón. Y será este amor el que me impulse a ayudarlo, a socorrerlo sin importarme la «categoría» de persona que sea. Desde una mirada que brota de un «corazón que ve» o «amor que conoce» surge un concepto distinto del «prójimo», universal y concreto al mismo tiempo.

            Además, en el evangelio se presenta la misericordia no sólo como exigencia del mandamiento del amor al prójimo; sino que el alcance de este amor misericordioso se amplía hasta coincidir con la misma misericordia de Dios, quien socorre al necesitado y perdona al pecador no porque se lo merezca sino porque lo necesita.

Notemos también el carácter activo, operativo, de la misericordia pues se trata de “obrar la misericordia”; de “hacerse prójimo del necesitado”, de ayudar, socorrer, perdonar. Y todo esto sin hacerse tantas preguntas ni cuestiones. Estas podrán venir después, pero aquí y ahora hay que ayudar, socorrer o perdonar tomando la iniciativa. En el Nuevo Testamento es muy clara la iniciativa de Jesús de ir a buscar a los perdidos y de ofrecer el perdón de Dios a los pecadores. En este sentido nos parece muy iluminador el “contrario” de la misericordia que denuncia el Papa Francisco: la indiferencia. No preocuparme ni ocuparme ni involucrarme con el mal ajeno. Encerrarse para no ver ni sentir lo que le pasa al otro.

            Ahora bien, para “obrar la misericordia” como la obra el Padre es necesario tener un cambio de mirada ante el mal ajeno (y propio). Y esta mirada nueva sólo puede brotar de un corazón que se compadece; de alguien que tiene entrañas de misericordia. Al respecto tenemos la hermosa expresión del Papa Benedicto XVI: «El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia» (Dios es Amor, nº 31).

            Siguiendo esta propuesta el Papa Francisco habla de la necesidad de ser una “Iglesia Samaritana”, en el sentido de una Iglesia en salida para socorrer las necesidades de los hombres. En efecto, “la credibilidad de la Iglesia pasa también de manera convincente a través de vuestro servicio a los niños abandonados, los enfermos, los pobres sin comida ni trabajo, los ancianos, los sintecho, los prisioneros, los refugiados y los emigrantes, así como a todos aquellos que han sido golpeados por las catástrofes naturales… En definitiva, dondequiera que haya una petición de auxilio, allí llega vuestro testimonio activo y desinteresado.” (Papa Francisco, 3 de setiembre de 2016).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Un samaritano quiero ser

Un samaritano Señor, un samaritano quiero ser yo

Una vocación con Espíritu Divino, una llamada del Amor.

Viniste a detenerte en tu camino, sin prisa, sin urgencias

Sin nuestro pasar distraído…

Te acercaste conmovido al pobre, abandonado,

Lo encontraste dolido en su soledad, temblando de frío.

Y me enseñaste a gastar, sin miramientos,

Sin calcular mis apreciados recursos, mi tiempo…

Y prometiste que, a tu vuelta, me devolverías lo que gaste

Lo que haya puesto de más: si todo es tuyo, nada yo tengo.

Y me acercaste al Tesoro, el verdadero ahorro

El que hace presente el Reino,

Te vi en el desamparado, y te pedí, y te lo di todo.

¡Me alegró tanto ver tu rostro, el rostro de mi Maestro!

Fui por fin tu esclavo, tu servidor

Con mis límites, con mis errores… un pobre pecador.

Por eso te ruego, con todas mis fuerzas, en todo momento

Aumenta este deseo profundo, Señor:

Un samaritano, un samaritano quiero ser yo

Una vocación con Espíritu Divino, una llamada del Amor. Amén.

[1] Un excelente y jugoso estudio lo encontramos en Comisión Episcopal para el gran Jubileo, ¡Fuego he venido a traer a la tierra! Orientaciones para las homilías desde el domingo XIV hasta el domingo XX durante el año (CEA; Buenos Aires 1998) 25-37. Lo seguiremos de cerca.
[2] El Evangelio según San Lucas II (Sígueme; Salamanca 2002) 118.
[3]  Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 270.
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