Lectio Divina

DOMINGO XVI DURANTE EL AÑO – CICLO “C”

1ra. Lectura (Gn 18,1-10):

            El versículo 18,1 da al lector la clave de lectura de este texto pues anuncia una aparición de Dios a Abraham en la encina de Mambré, pero porque lo que sigue es la aparición de tres misteriosos personajes que se llegan hasta la tienda de Abraham. Éste los recibe según las reglas de la hospitalidad, especie de mandamiento fundamental de los nómades del desierto.

La ley de hospitalidad es una necesidad de la vida del desierto, que se convierte en virtud. El hombre que recorre estepas interminables sin una gota de agua ni poblados donde comprar provisiones está expuesto a la muerte por sed o inanición. Cuando llega a un campamento de pastores, no es un intruso ni un enemigo. Es un huésped digno de atención y respeto, que puede gozar de la hospitalidad durante tres días; y cuando se marcha, todavía se le debe protección durante otros tres días (unos 150 kilómetros). A la hospitalidad de Abraham sigue la promesa de un hijo de Sara, su mujer, estéril y anciana.

El misterio de los visitantes a quienes recibe Abraham se disipa más adelante porque es claro que uno de ellos es el mismo Dios quien permanece con Abraham (18,22); mientras que los otros dos son identificados en 19,1 como ángeles.

En fin, “la liturgia ha elegido esta perícopa para llamar la atención acerca de la visita de Jesús a las dos hermanas. En ambas imágenes es Dios el que visita a sus hijos y Dios con rostro humano”[1].

Evangelio (Lc 10,38-42):

      Se trata de un relato breve, con un alcance narrativo, por cuanto nos cuenta una historia de Jesús, y con un alcance normativo, por cuanto Jesús hace un juicio de valor frente a dos actitudes representadas por las dos hermanas.

Podemos distinguir en este relato tres momentos:

  1. Jesús es recibido por Marta en su casa (v. 38)
  2. Descripción de las acciones de María y de Marta (vv. 39-40a)
  3. La queja de Marta y la réplica de Jesús (vv. 40b-42).

             La narración comienza con la referencia al camino hacia Jerusalén que están realizando Jesús y sus discípulos, eje de toda esta sección del evangelio (Lc 9,51-19,28), y que importa tener en cuenta para vincularlo con lo que antecede y lo que sigue.

            Jesús entra en un pueblo y una mujer llamada Marta lo recibe en su casa. El texto, de ahora en más, deja en la penumbra a los discípulos y concentra su atención sólo en Jesús y en su vinculación con las dos hermanas. El verbo griego upodéjomai implica recibir y dar hospitalidad en la propia casa. Con el mismo verbo se indican la recepción que hace Zaqueo de Jesús (Lc 19,9); Jasón de Pablo y sus compañeros (He 17,7) y Rahab de los exploradores en la referencia a Josué 2 que encontramos en Stgo 2,25. El hecho de que sea Marta quien da el hospedaje a Jesús indicaría que es ella la hermana mayor y quien tiene la autoridad en la casa. Incluso etimológicamente el nombre Marta significa “la que domina”, “dueña”.

Enseguida el relato hace la presentación de la otra protagonista, María, hermana de Marta, “que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra“.

La actitud de sentarse a los pies del Maestro es la propia del discípulo. En He 22,3 Pablo dice que fue instruido “a los pies de Gamaliel”, indicando así que fue discípulo de este maestro de Israel.

            La “escucha de la Palabra” de Jesús es la actitud propia de sus discípulos o alumnos y, cómo nos dice el mismo Lucas, escuchando a Jesús se escucha la Palabra de Dios (cf. Lc 5,1: “la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios”).

            A esta “actividad” de María se contrapone enseguida la de su hermana Marta: ocupada, inquieta, distraída y “sacada” (matices posibles del verbo griego perispáomai) por el mucho servicio (diakonía en griego). Por tanto, la acción de Marta descrita con el verboperispáomai implica cierto grado de tensión, inquietud o distracción a causa de la mucha actividad. Como bien dice F. Bovon[2]: “Si hay un matiz peyorativo en este verbo es que ese desbordamiento de actividades, comprensible pero desproporcionado, impide a Marta vivir lo esencial del instante presente”.

El sustantivo diakonía – servicio –, al igual que el verbo diakonéó – servir –, tienen siempre una valoración positiva en el Nuevo Testamento indicando los trabajos o ministerios realizados muchas veces por el Reino de Dios y en favor de los demás. Por tanto, no se juzga a Marta por “lo que” realiza, que es un valioso servicio, aunque sí habría cierta crítica implícita por el “modo como lo realiza” y por los efectos que tiene esto sobre su estado de ánimo.

            Comienza ahora el diálogo entre Marta y Jesús (María permanece siempre en silencio, a la escucha) con la queja de Marta: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude”. Esta queja es por demás de comprensible pues está sola con todo el noble servicio de brindar hospitalidad a los huéspedes, por eso pide al Señor que le haga tomar conciencia a María de que necesita su ayuda. Pero al mismo tiempo hay cierto reclamo dirigido al mismo Jesús considerándolo responsable de la situación al permitir que María esté a sus pies escuchándolo como una discípula más.

Importa tener en cuenta aquí que, en la sociedad israelita de aquel tiempo, las mujeres estaban excluidas del aprendizaje de la Torá o Ley de Dios; no podían ser discípulas de ningún rabino o maestro de Israel. Según esto, María está realizando una actividad y ocupando un lugar reservado hasta entonces sólo a los varones; está asumiendo la posición de discípula del Señor. Vale decir que, según las normas culturales de aquel tiempo, su lugar debería ser en la “cocina” con su hermana Marta y no con los discípulos escuchando a Jesús[3].

Al respecto comenta B. Malina[4], especialista en la cultura mediterránea del siglo I: “En las antiguas sociedades mediterráneas, los hombres y las mujeres estaban rigurosamente divididos por espacios, roles y expectativas. Sus mundos estaban más separados que cualquier cosa que conozcamos en nuestra sociedad moderna. El mundo privado, la familia, era el ámbito de las mujeres […] Las mujeres tenían poco o ningún contacto con hombres fuera de su grupo de parentesco […] Como el honor y la reputación de una mujer dependían de su capacidad de gobernar una familia, la queja de Marta era culturalmente legítima. Más aún, al sentarse a escuchar al maestro, ¡María se comporta como un hombre!”

            En cuanto a la respuesta de Jesús a este reclamo, el evangelista precisa que la da “el Señor”, título que se aplica a Jesús Resucitado y glorificado, con lo cual da a sus palabras un alcance normativo mayor.

            La respuesta de Jesús comienza con una repetición del nombre (Marta, Marta…) que indica afecto y familiaridad (cf. Lc 6,46; He 9,4). Luego sigue un reproche dirigido no tanto a la actividad o servicio que realiza, sino al modo en que lo realiza. Esto se describe con dos verbos muy cargados de sentido. En primer lugar, μεριμνάω merimnaōinquietarse, angustiarse, preocuparse. En el Sermón del Monte se critica con este mismo verbo la preocupación o angustia por la dimensión material de la vida (alimento, vestido, futuro) como contraria a la fe-confianza en la Providencia de Dios (cf. Mt 6,25.27.28.31.34 y Lc 12,22.25.26). Con este mismo verbo se indica que los cristianos no deben preocuparse por preparar su defensa cuando sean llevados ante un tribunal por causa su fe (cf. Lc 12,11). En 1Cor 7 san Pablo argumenta a favor de la virginidad por cuanto libera de las preocupaciones o angustias de los que se casan. En Flp 4,5 San Pablo invita a no inquietarse por nada y a presentar en la oración las peticiones a Dios.

            El otro verbo, θορυβάζω thorubazōagitarse, aparece sólo aquí en el NT, por lo que no es fácil precisar su sentido. No obstante, tiene en su raíz un término cuyo sentido es “ruido fuerte que confunde, aturde” (cf. He 17,5; Mt 9,23; Mc 5,39), por lo que bien podríamos traducirlo por “aturdirse”. Es decir, Marta está como “aturdida” por la mucha actividad.

            Sigue luego una contraposición entre “las muchas cosas” (περὶ πολλά) y la “única cosa necesaria” (ἑνὸς δέ ἐστιν χρεία·). Si bien hay “variantes” del texto que se reflejan en las distintas traducciones, compartimos la opinión de F. Bovon para quien el sentido de la frase es justamente contraponer el estado de dispersión en que ha caído Marta por la multiplicidad de su atención, con la concentración de María en la única cosa indispensable: estar con Jesús y escuchar su Palabra.

Esta contraposición se complementa a continuación con el juicio de valor, normativo, que realiza Jesús sobre la opción practicada por María: “ha elegido la parte buena, que no le será quitada”. La expresión “la parte buena” (τὴν ἀγαθὴν μερίδα) evoca la suerte de los levitas quienes en la repartición de la tierra no reciben nada del territorio, sino que el Señor pasa a ser su heredad, su lote. Así reza, por ejemplo, el Sal 73,26.28: “Aunque mi corazón y mi carne se consuman, Dios es mi herencia para siempre y la Roca de mi corazón. Mi dicha es estar cerca de Dios: yo he puesto mi refugio en ti, Señor, para proclamar todas tus acciones”. Tenemos también el Salmo 16,5-6: “El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz, ¡tú decides mi suerte!  Me ha tocado un lugar de delicias, estoy contento con mi herencia”.

            Por tanto, Jesús considera como la parte buena, mejor, la atención exclusiva a su Persona y a la escucha de su Palabra; incluso por encima del servicio de hospitalidad que Marta le brinda.

            Esta línea de interpretación se refuerza si tenemos en cuenta el texto que precede a nuestro evangelio que es la parábola sobre el buen samaritano. Allí se desarrollaba el tema del amor al prójimo, con la nueva interpretación que hace Jesús del “segundo” mandamiento. Ahora, con la narración de Marta y María, se desarrolla el “primer” mandamiento, el del amor a Dios, resaltando su primacía absoluta. Notemos también que a nuestro evangelio le sigue la catequesis de Jesús sobre la oración, donde enseña el Padrenuestro a sus discípulos, en la cual encontramos también una clara escala de valores en consonancia con el evangelio de hoy.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            Este evangelio nos presenta una toma de posición de Jesús, una enseñanza normativa, que establece una novedad para la escala de valores de los discípulos, de ayer, hoy y siempre.

            En primer lugar, tenemos la apertura del discipulado a la mujer. Lo que María es y lo que hace es aprobado por Jesús. Ocupa un legítimo lugar entre los discípulos de Jesús.

            En segundo lugar, lo que caracteriza al discípulo de Jesús, lo más importante y lo único necesario para serlo, es la escucha de la Palabra de Dios. En este sentido bien podemos hablar de un primado de la contemplación sobre la acción; que no es más que consecuencia del primado de la Gracia, del obrar de Dios sobre el obrar del hombre.

En orden a esto último, hay que recuperar el sentido auténtico de la contemplación, que no es para nada sinónimo ni de evasión ni de inactividad. Al contrario, es la suprema actividad del amor. La describía muy bien el Papa Pablo VI: “El esfuerzo por fijar en El (Dios) la mirada y el corazón, que nosotros llamamos contemplación, se convierte en el acto más alto y más pleno del espíritu, el acto que hoy todavía puede y debe coronar la inmensa pirámide de la actividad humana”[5].

Además, teniendo en cuenta que Lucas coloca este evangelio a continuación de la parábola del buen samaritano, podemos ver en esto un intento de ordenar jerárquicamente los mandamientos del amor al prójimo y del amor o atención exclusiva a Dios. Y también como un intento de fundamentación del amor al prójimo por cuanto la compasión auténtica brota de una contemplación verdadera. La escucha atenta, discipular, de las palabras de Jesús son las que provocan el cambio de corazón que nos llevará a ver las necesidades del prójimo, de todo próximo, a sentir compasión y a obrar en consecuencia. Por tanto, sólo un corazón que escucha puede llegar a ser un corazón que ve y se compadece.

Esta misma idea la encontramos en “Dios es Amor” nº 7 al comentar el Papa Benedicto la interpretación de San Gregorio Magno sobre la visión en sueños de Jacob (cf. Gn 28,12): “Impresiona particularmente la interpretación que da el Papa Gregorio Magno de esta visión en su Regla pastoral. El pastor bueno, dice, debe estar anclado en la contemplación. En efecto, sólo de este modo le será posible captar las necesidades de los demás en lo más profundo de su ser, para hacerlas suyas: «por sus entrañas de misericordia lleve en sí las debilidades de todos los demás». En este contexto, san Gregorio menciona a san Pablo, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, hasta los más grandes misterios de Dios y, precisamente por eso, al descender, es capaz de hacerse todo para todos (cf. 2 Co 12, 2-4; 1 Co 9, 22). También pone el ejemplo de Moisés, que entra y sale del tabernáculo, en diálogo con Dios, para poder de este modo, partiendo de Él, estar a disposición de su pueblo. «Dentro [del tabernáculo] se extasía en la contemplación, fuera [del tabernáculo] se ve apremiado por los asuntos de los afligidos»“.

Por último, faltaría insistir en que el texto no está contraponiendo dos actitudes como si la de Marta fuera mala y la de María buena. Tampoco contrapone contemplación y acción. Más bien se trata de escala de valores o prioridades: lo mejor y necesario es más importante que lo bueno. De hecho, Marta es quien recibe a Jesús en su casa y quien se esfuerza por atender bien la visita poniendo en práctica la hospitalidad, virtud muy valorada por la Biblia. Pero, es aquí donde Jesús establece una novedad con su declaración normativa sobre lo que Dios aprueba más, lo que vale más para Él, que es justamente la dedicación de María a lo esencial. Así opina también F. Bovon: “La inquietud de Marta se debe al aislamiento en que la han dejado: se siente abandonada por su hermana y mal comprendida por Jesús. Éste último no duda ni un instante de su deseo de servir, ni de la necesidad de las tareas domésticas. Le propone simplemente una jerarquía doctrinal de los valores y los gestos. La prioridad corresponde a la escucha de la Palabra de Dios, a la distensión, al gesto de sentarse; consiste en no querer ir por delante del Señor, en aceptar ser servida antes de servir. Eso es lo único necesario, que responde a la necesidad de cada uno. Esa es la parte buena, que corresponde al deseo de todos. María, la silenciosa, la inmóvil María encarna y simboliza esta atención y esta fe prioritarias”[6].

Es decir, Jesús le reprocha a Marta su agitación porque “en un estado de ánimo así, Marta no es capaz de escuchar la palabra y, por tanto, tampoco de acogerla, aunque esté tan atareada por servir al Verbo de Dios. Es como si esta agitación vaciara a Marta incluso de su hospitalidad”[7].

Al respecto decía el Papa Francisco en el Ángelus del 17 de julio de 2016: “En su obrar hacendoso y de trabajo, Marta corre el riesgo de olvidar —y este es el problema— lo más importante, es decir, la presencia del huésped. Y al huésped no se le sirve, nutre y atiende de cualquier manera. Es necesario, sobre todo, que se le escuche. Recuerden bien esta palabra: escuchar. Porque al huésped se le acoge como persona, con su historia, su corazón rico de sentimientos y pensamientos, de modo que pueda sentirse verdaderamente en familia. Pero si tú acoges a un huésped en tu casa y continúas haciendo cosas, le haces sentarse ahí, mudo él y mudo tú, es como si fuera de piedra: el huésped de piedra. No. Al huésped se le escucha. Ciertamente, la respuesta que Jesús da a Marta —cuando le dice que una sola es la cosa de la que tiene necesidad— encuentra su pleno significado en referencia a la escucha de la palabra de Jesús mismo, esa palabra que ilumina y sostiene todo lo que somos y hacemos. Si nosotros vamos a rezar —por ejemplo— ante el Crucifijo, y hablamos, hablamos, hablamos y después nos vamos, no escuchamos a Jesús. No dejamos que Él hable a nuestro corazón. Escuchar: esta es la palabra clave”

Una vez aceptada la primacía de la “escucha de la Palabra” y de la gracia, podemos ir más a la cuestión de fondo y decir con M. Rupnik que “lo que se deriva de este fragmento es que el discipulado tiene como fundamento la amistad con Cristo, un amor que consigue que se abra toda la persona a él y que le de toda la precedencia, de modo que, acogiendo su carácter absoluto, participe en la vida eterna”[8].

En la misma línea y con su gran sencillez interpreta Sta. Teresita este evangelio: “…un alma abrazada de amor no puede permanecer inactiva, Es cierto que María…permanece a los pies de Jesús, escuchando sus palabras dulces e inflamadas. Parece que no da nada, pero da mucho más que Marta que anda inquieta y nerviosa con muchas cosas y quisiera que su hermana la imitase. Lo que Jesús censura no son los trabajos de Marta. A trabajos como ésos se sometió humildemente su divina Madre durante toda su vida, pues tenía que preparar la comida de la Sagrada Familia. Lo único que Jesús quisiera corregir es la inquietud de su ardiente anfitriona. Así lo entendieron todos los santos y más especialmente los que han llenado el universo con la luz de la doctrina evangélica. ¿No fue en la oración donde San Pablo, San Agustín, San Juan de la Cruz, Santo Tomás de Aquino San Francisco, Santo Domingo y tantos otros amigos ilustres de Dios bebieron aquella ciencia divina que cautivaba a los más grandes genios? ….” Del Manuscrito “C” de Teresa de Lisieux.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Elige la mejor parte…

Orar en los tiempos de Dios, te pido Señor

Primero saberte Dueño y luego caer de rodillas adorador.

Tan ocupados nos entretiene la tentación

Y solo necesaria dice el Santo, es tu Presencia

Sumergirse lentamente en el Santuario de tu Corazón.

En lo profundo de esta noche inexplicable

Ajetreo y afanes invaden el espacio pequeño de nuestra acción

Sin encontrar un responsable para la culpa y el desgano

Nos sorprende el desencanto, un espejo en donde mirarnos

Y un rostro envejecido y arrugado, un extraño.

Pero entre las luces y el ruido: un llamado lejano.

Puede hacerse cercano si lacera el cuerpo, la mente, el espíritu.

Caemos de pronto en la cuenta de lo necesario, de lo imprescindible

De lo que realmente buscamos, sencillo y terriblemente complejo

Maduros peregrinos, ¡ay de ti!, ay de ti! -Y eres lo Suficiente.

Tan abundante que se rinden el vacío y la herida degradante.

La fe tiene su precio en el vértigo de cada errante

Pero Tú, llamas sin cansarte, tierno, brazos abiertos, anhelante

¡No te quedes esperando respuestas! ¡Dame de esa Fuerza Orante!

Espérame a la vera de un camino, como lo hizo tu Padre. Amén.

[1] Comisión Episcopal para el gran Jubileo, ¡Fuego he venido a traer a la tierra! Orientaciones para las homilías desde el domingo XIV hasta el domingo XX durante el año (CEA; Buenos Aires 1998) 45.-

[2] El Evangelio según San Lucas II (Sígueme; Salamanca 2002) 138-139.

[3] Cf. G. Napole, “¡Oh mujer, grande es tu fe! (Mt 15,28). Discípulas de Jesús según los evangelios”, Revista Bíblica 2006/1-2, 12-13.

[4] Los Evangelios Sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I (Verbo Divino; Estella 1996) 365 y 263.

[5] Pablo VI, Discurso del 7.12.1965.-

[6] F. Bovon, El Evangelio según San Lucas II (Sígueme; Salamanca 2002) 138-139.149.-

[7] M. I. Rupnik, Jesús en la Mesa de Betania (Monte Carmelo; Burgos 2008) 60.

[8] Jesús en la Mesa de Betania (Monte Carmelo; Burgos 2008) 67.

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