Lectio Divina

DOMINGO XVII DURANTE EL AÑO – CICLO “C”

1ra. Lectura (Gn 18,20-21.23-32):

Al comienzo del relato Dios se hace eco de una denuncia contra la ciudad de Sodoma por la gravedad de su pecado, pero todavía no hay sentencia ni castigo, sino que la investigación está en curso. Dios, como justo juez, no juzga tan sólo de oídas, sino que baja para ver personalmente la gravedad de este pecado. Sodoma es aquí para Israel el ejemplo de la comunidad humana sobre la que se vuelve la mirada de Dios para juzgarla.

Como en todo proceso judicial la primera cuestión es determinar si Sodoma es culpable o inocente. La denuncia o querella planteada en 20-21 se supone cierta, y será confirmada por la narración siguiente (19,1-29). La segunda cuestión es más delicada y Abraham se la plantea directamente a Dios en cuanto Juez: “¿Así que vas a exterminar al justo con el culpable?” (v. 23). En este planteo se expresa una reflexión teológica importante acerca del peso o valor que pueda tener ante la justicia divina una minoría inocente. El sentido de la pregunta de Abraham sería: ¿qué es lo más determinante en el juicio de Dios, la maldad de la mayoría o la inocencia de unos pocos?; o bien: ¿no podrá una pequeña minoría inocente ser tan importante para Dios como para suspender el castigo que amenaza a toda la comunidad? Podemos considerar esta reflexión teológica como un intento de superar la concepción corporativa del pecado para ingresar en el terreno de la responsabilidad personal. Incluso va más allá de la justicia distributiva individual pues no se trata sólo de separar a los justos de los injustos, sino de perdonar a todos teniendo en cuenta los méritos de unos pocos justos. Hay un paso hacia la solidaridad vicaria que supone una nueva concepción de la justicia divina, pues busca salvar a todos apoyándose en unos pocos justos.

Esta cuestión Abraham se la plantea a Dios a través de un diálogo cargado de respeto y de sentimiento de indignidad por parte del patriarca. Como dice el P. Cantalamessa[1]: “el rasgo que más llama la atención es que Dios y el hombre están frente a frente como dos personas: hablan y discuten familiarmente. Un hombre vivo, un hombre verdadero encuentra al Dios vivo y verdadero”. A lo largo del diálogo se observa un crecimiento de la misericordia de Dios a la par del decreciente número de justos que Abraham, en su atrevimiento, pone ante Dios como razón para suspender el castigo. Queda claro que en Dios prevalece la voluntad de salvar sobre la de destruir.

            En el contexto del ciclo de Abraham este diálogo con Dios supone un crecimiento notable en la relación del patriarca con Dios. Justamente la amistad y confianza con Dios le permite al patriarca asumir ahora una oración de intercesión que lo lleva a los límites del atrevimiento y la audacia[2]. Pero notemos también que “Dios se hace compañero del hombre y peregrina con él; Dios le abre el corazón a sus amigos. Dios escucha las súplicas de sus servidores. Dios no monologa sino que dialoga. Dios está dispuesto a cambiar sus decisiones a favor de la propuesta del que ora”[3].

Podemos decir que la petición de Abraham encuentra respuesta definitiva en Jesús, quien siendo el único justo se entregó por la salvación de todos los pecadores. Y esto debería continuarse en la Iglesia si quiere permanecer fiel a su identidad misionera: “Los discípulos de Jesús son pocos. Pero igual que Jesús siendo “uno” se entregó a favor de los muchos, así es también su encargo, a saber, que los discípulos tienen como misión ofrecerse por “los muchos”; no estar en contra de ellos, sino a favor de ellos”[4].

Evangelio (Lc 11,1-13):

            Este texto del evangelio según San Lucas tiene un claro paralelo en el evangelio según San Mateo, en el sermón del monte (Mt 6,7-15), donde encontramos la versión del padrenuestro que rezamos habitualmente los cristianos. Este paralelo nos permite descubrir que en la versión de Lucas falta la tercera petición de alabanza por lo cual se rompe la presentación simétrica de Mateo. Además, la invocación inicial se reduce al sólo “Padre” y la última petición tiene una más formulación breve. En cuanto al tema de la oración, la comparación nos permite notar que mientras en Mateo Jesús enseña sólo cómo debían rezar los cristianos pues su auditorio, mayoritariamente proveniente del judaísmo, ya tenía el hábito de rezar; Lucas insiste mucho en la necesidad de rezar (11,1-13; 18,1-8; 21,36) e incluso le gusta presentar a Jesús orando (3,21; 5,16; 6,12; 9,18.28-29; 11,1; 23,34) para dar ejemplo.

            Por su parte, la versión de Lucas se enmarca en el contexto literario del viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén (9,51-19,27) que simboliza el camino del aprendizaje discipular con reiteradas instrucciones de Jesús a sus discípulos a lo largo del mismo. Pues bien, entre todas ellas hay dos dedicadas a la oración. En Lc 18,1-14 se enseña que la oración del cristiano debe ser perseverante y humilde. Pero la catequesis inicial sobre la oración la encontramos en Lc 11,1-13 (nuestro texto de hoy) que incluye al inicio el Padrenuestro.

Por tanto, el hecho de ocupar el Padrenuestro un puesto central en la catequesis fundamental de Jesús sobre la oración nos habla de la importancia de su contenido doctrinal. Además, su inserción dentro de una catequesis básica sobre la oración nos revela su carácter modélico para los cristianos.

En realidad, Jesús mismo es presentado como modelo de orante por cuanto el texto de hoy comienza diciendo que “estaba orando”. Y no se trata de un caso aislado pues los evangelios nos presentan con frecuencia a Jesús orando, retirándose a la soledad para rezar (Lc 5,16); e incluso a veces pasa la noche entera en oración como cuando tiene que tomar la importante decisión de elegir a los doce apóstoles (cf. Lc 6,12-13). La oración de Jesús es lugar privilegiado para la revelación de su identidad, como en el bautismo (3,21) y la transfiguración (9,28-29). Incluso Jesús ora ante de afrontar la pasión en Getsemaní (Lc 22,41.42) y muere orando al Padre (Lc 23,46).

Es justamente la actitud orante de Jesús la que despierta en sus discípulos el deseo de aprender a orar: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). A este deseo de los discípulos responde Jesús enseñándoles el Padrenuestro.

El contexto del padrenuestro, tanto en Mt como en Lc, deja en claro que esta oración es un privilegio de los discípulos[5]. Son ellos quienes han aceptado el Reinado de Dios anunciado por Jesús y entonces para ellos Dios es fundamentalmente ‘el Padre’.

Las fórmulas del Padrenuestro ofrecen, en pocas palabras, un programa completo de oración filial pues “en el Padrenuestro Jesús da poderes a sus discípulos para que repitan ‘Abba’ con Él. Les hace participar de su posición de Hijo, autorizándoles, como a discípulos suyos que son, para que hablen con su Padre celestial con tanta confianza como el niño pequeño con el suyo de la tierra”[6].

El Padrenuestro se puede dividir en una introducción y dos partes principales:

  1. Invocación introductoria: Padre
  2. Tres peticiones en segunda persona singular:

            tu nombre

            tu reino

            tu voluntad (falta en Lucas)

  1. Tres peticiones en primera persona plural:

            nuestro pan…dánosle (cada día en Lucas) …

            nuestras deudas…nuestros deudores…

            no nos dejes caer en la tentación…sino líbranos… (falta en Lucas).

            Jesús quiere que recemos a Dios llamándolo Padre, como él mismo lo hiciera en su oración (cf. Mc 14,36; Mt 11,25-27; Lc 23,34.46). La oración es relación personal con Dios, por eso particularmente en la oración Dios se manifiesta personalmente como Padre y el orante como hijo.

Luego notamos que la contraposición entre  y nos-nuestro indica que las dos primeras peticiones se refieren directamente al Padre como súplicas de anhelo por algo que le es propio: la santidad de su nombre y la venida de su reino. En este sentido son súplicas de alabanza. Las otras tres se relacionan con las necesidades de los hijos: el pan cotidiano; el perdón de las ofensas y el pedido de no sucumbir en la tentación. Son súplicas de petición.

De esta estructura literaria se deduce que las súplicas de alabanza al Padre son prioritarias pues se encuentran en primer lugar. Le siguen las súplicas de petición. Podría decirse que los hijos piden al Padre los dones necesarios para seguir alabándole en reconocimiento por los dones recibidos. “Orar, para Jesús, es pedir siempre. Y si mi oración se convierte en alabanza o acción de gracias será porque recibí aquello que esperaba encontrar”[7]. Puede concluirse de esto que el Padrenuestro, aunque compuesto de peticiones, es fundamentalmente una oración de alabanza[8].

Después del contenido fundamental de la oración del discípulo que es el Padrenuestro; Jesús completa la formación en la oración con dos ejemplos acerca del modo de orar, o más precisamente, de pedir a Dios. El primer lugar pone el ejemplo de un amigo inoportuno, desubicado diríamos nosotros, pero muy persistente y que gracias a esta insistencia termina por conseguir lo que pide. Por tanto, así debe ser nuestra oración, como la petición de un amigo “cargoso”. Jesús mismo extrae una prolija exhortación del ejemplo: “pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá” (Lc 11,9-10). Sabemos que los judíos evitaban nombrar a Dios directamente y por ello recurrían a formas pasivas o elípticas. Según esto es claro que el sujeto de los verbos ubicados en segundo lugar es Dios mismo, o sea que el Padre les dará lo que pidan, les hará encontrar lo que buscan y les abrirá cuando llamen.

El segundo ejemplo se basa en la relación entre un hijo que pide algo a un padre que nunca le responderá dándole algo malo. Para el desarrollo de su argumentación Jesús se vale de un procedimiento rabínico llamado en hebreo qal wa-homer que consiste en aplicar el principio de superioridad, es decir, comparando dos realidades del mismo orden, pero desiguales, lo que se predica de la inferior es verdadero en mayor grado de la superior (la retórica habla de argumento a fortiori o a minore ad maius) y se distingue por el uso de la expresión ¡cuanto más! Si los padres humanos hacen esto, cuanto más el Padre Dios dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan. Este ejemplo es una exhortación a la oración confiada que al mismo tiempo orienta el contenido de las peticiones al sumo bien que debemos pedirle siempre a Dios Padre: el Espíritu Santo.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            El domingo pasado el evangelio nos ofrecía como mensaje principal la centralidad de la escucha de la Palabra en la vida del discípulo, del cristiano. Es decir, el discípulo debe aprender en primer lugar a ponerse a la escucha del Padre que nos habla en Jesús. Y luego debe aprender a hablarle a Dios llamándolo Padre y pidiéndole con confianza y con insistencia. Esto último es la gran enseñanza de este domingo. Se trata, por tanto, de aprender a orar, o mejor, de dejar que el Señor nos enseñe a orar. Y la oración consiste fundamentalmente en dialogar con Dios, lo cual implica este doble movimiento de escuchar y de hablar. Así, salvando siempre la primacía del escuchar, no debemos olvidar el hablar, el decirle a Dios lo que pensamos y deseamos. Como decía el Sto. Cura de Ars: “el hombre es un mendigo que necesita pedirlo todo a Dios”.

            Justamente la primera petición de los discípulos a Jesús fue que les enseñe a orar. Para aprender a orar entonces hay que comenzar pidiendo el don de la oración. Por esto al final del texto Jesús les dice a sus discípulos que hay que pedir el Espíritu Santo porque Él es el Maestro Interior, quien se une a nuestro espíritu y nos hace orar al Padre (cf. Gal 4,6; Rom 8,5). Para San Pablo los cristianos son hijos de Dios como fruto de la redención obrada por el Hijo, quien les otorga una participación en su espíritu filial. Esta condición de hijos, al igual que en Jesús, se pone de manifiesto y se ejercita en nosotros especialmente en la oración.

Esta actitud filial es fundamental para la oración cristiana. Es el clima afectivo de la misma. Al respecto decía el Papa Francisco el 24 de julio de 2016: “«Cuando oréis, decid: “Padre…”» (v. 2). Esta palabra es el «secreto» de la oración de Jesús, es la llave que él mismo nos da para que podamos entrar también en esa relación de diálogo confidencial con el Padre que le ha acompañado y sostenido toda su vida.”

Al clima filial debemos sumarle el clima comunitario, de familia, ya que Jesús nos enseña a pedirle a Dios para “nosotros”, no para uno mismo solamente. Las peticiones no son individuales sino comunitarias. En el Padrenuestro está el “Tú” de Dios y el “nosotros” de los hermanos; pero no encontramos el yo individualista.

Supuesto esto, tenemos en el Padre Nuestro una enseñanza sobre el contenido fundamental de la oración cristiana. Ya Tertuliano, el exegeta más antiguo del Padrenuestro, decía que era como “una síntesis de todo el evangelio” (“breviarium totius Evangelii”) y S. Cipriano, por su parte, decía: “¡Cuántos y cuán grandes son los misterios que se encierran en la oración del Señor! Están reunidos en unas pocas palabras, pero su eficacia espiritual es de una gran riqueza. No falta en ella absolutamente nada de lo que debe constituir nuestra oración y nuestra súplica; nada hay que no esté comprendido en este verdadero compendio de la doctrina celestial”. Es tan así que el Papa Francisco, en su encíclica Lumen Fidei, considera al Padrenuestro como uno de los elementos esenciales en la transmisión fiel de la memoria de la Iglesia pues “en ella, el cristiano aprende a compartir la misma experiencia espiritual de Cristo y comienza a ver con los ojos de Cristo. A partir de aquel que es luz de luz, del Hijo Unigénito del Padre, también nosotros conocemos a Dios y podemos encender en los demás el deseo de acercarse a él” (nº 46).

Junto a la centralidad y carácter modélico del Padrenuestro, los textos de hoy ponen de relieve la importancia y la necesidad de la oración de petición, que no es una forma menor de oración. Como bien señala el Papa Francisco: “Son tres peticiones que expresan nuestras necesidades fundamentales: el panel perdón y la ayuda ante las tentaciones (cf. vv. 3-4). No se puede vivir sin pan, no se puede vivir sin perdón y no se puede vivir sin la ayuda de Dios ante las tentaciones”.

Al respecto dice un maestro espiritual: “Petición, alabanza y acción de gracias son las formas fundamentales de la oración bíblica, que no se contraponen, sino que se complementan. La petición prepara y anticipa la acción de gracias, y en sí misma es ya una alabanza, pues confiesa que Dios es bueno y fuente de todo bien. Y la acción de gracias brota del corazón creyente, que pide a Dios y que recibe todo bien como don de Dios. No menospreciemos, pues, la oración de súplica, como si fuera un género inferior de oración, que, después de todo, el Padrenuestro, la oración que nos enseñó Jesús, se compone de siete peticiones. Pero eso sí, pidamos bien”[9].

            También es de notar en el evangelio de hoy que Jesús elige para enseñarnos el modo de orar dos ejemplos o parábolas de fuerte connotación afectiva: la relación de amistad y la paterno-filial. De este modo el Padre viene identificado con un amigo fiel y con un padre bondadoso. Es para resaltar la imagen o rostro de Dios que Jesús nos revela en este evangelio: Dios es ante todo Padre, un padre más bondadoso que el más bondadoso de los padres humanos (¡cuánto más!). Y Dios es un amigo fiel que sabe ceder ante la insistente petición del que le pide. La fe en estos “rostros de Dios” es fundamental para despertar la confianza insistente en la oración: “La confianza no se opone a la insistencia, ni siquiera a la insistencia que inoportuna; al contrario, la insistencia es expresión de la confianza que no decae… La eficacia que se promete a la oración no se limita a ningún género de bienes. Pero en los bienes hay un orden de valores. Al que pide primero el Reino de Dios, todo lo demás se le dará por añadidura”[10].

            Y teniendo en cuenta la primera lectura de hoy descubrimos también la importancia y la necesidad de esa oración de petición inspirada por la caridad que es la intercesión; esto es, pedir por los demás, pedir para los otros. Al respecto decía el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “Hay una forma de oración que nos estimula particularmente a la entrega evangelizadora y nos motiva a buscar el bien de los demás: es la intercesión” (n° 281).

“Los grandes hombres y mujeres de Dios fueron grandes intercesores. La intercesión es como «levadura» en el seno de la Trinidad. Es un adentrarnos en el Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las situaciones concretas y las cambian. Podemos decir que el corazón de Dios se conmueve por la intercesión, pero en realidad Él siempre nos gana de mano, y lo que posibilitamos con nuestra intercesión es que su poder, su amor y su lealtad se manifiesten con mayor nitidez en el pueblo” (n° 283).

            En fin, pidamos al Señor como niños insistentes. Pidamos que nos enseñe a rezarle al Padre. Pidamos que ore en nosotros al Padre. Pidamos que nos haga participar de su oración al Padre. Pero ante todo, pidamos el Espíritu Santo que es el que nos dará todo esto y mucho más.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Señor y maestro, Amigo mío.

Señor Jesús, Amigo mío.

Enséñanos a orar… por favor!

Así como Tú lo hacías, apartado de la gente y de las voces

Para escuchar los acordes

De quien te ama desde siempre y pronunció tu Nombre.

Pero Señor, no te demores!

Aquí estamos solos, gritando y gimiendo,

Haciéndonos sordos, indiferentes al dolor

Errando los caminos

Los que nos llevan a ti: Amor de los amores.

Pedimos y rogamos

También por los amigos, los que están cerca y los lejanos

Los que nos hirieron, los que se hicieron hermanos

En una pasión sin límites

En el lazo divino de tu Espíritu Santo.

Y danos tu seguridad

Una conciencia que no vacila, persevera y se fortalece

Se hace violencia, se vence, se vuelve tenaz

Para que el Padre nos mire

Y borre en nosotros toda maldad. Amén.

[1] Orar en Espíritu y en Verdad. La oración según la Biblia (Bonum; Buenos Aires 2011) 16.

[2] La tradición bíblica recoge esta intimidad al considerarlo “el amigo de Dios” (Is 41,8; 2Cr 20,7; Dn 3,35+).

[3] Comisión Episcopal para el gran Jubileo, ¡Fuego he venido a traer a la tierra! Orientaciones para las homilías desde el domingo XIV hasta el domingo XX durante el año (CEA; Buenos Aires 1998) 56.

[4] J. Ratzinger, La fraternidad de los cristianos (Sígueme; Salamanca 2005) 106.

[5] Esta peculiaridad estaba presente en la praxis de la Iglesia antigua donde el padrenuestro se le confiaba solemnemente al bautizando sólo poco antes del bautismo para que lo pueda recitar después del mismo. Además, desde el s. III estuvo sometido durante un período a la disciplina del arcano. Al respecto decía S. Ambrosio: “Guardaos de descubrir por imprudencia el secreto de la profesión de fe o del Padrenuestro”, en Cain et Abel I, 9, 37; citado por U. Luz, El evangelio según San Mateo, vol I, 472.

[6] J. Jeremías, Palabras de Jesús (Madrid 1970) 143.

[7] Comisión Episcopal para el gran Jubileo, ¡Fuego he venido a traer a la tierra!, 67.

[8] Cf. S. Sabugal, ABBA’. La oración del Señor, 171-172. Este autor recuerda la expresión de S. Agustín que resumiría bellamente todo esto: “Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”, Confesiones X 29,40; 31,45.

[9] J. Rivera – J. M. Iraburu, Síntesis de espiritualidad católica (Pamplona 1988) 397.

[10] A. González, La oración en la Biblia (Cristiandad; Madrid 1968) 192.

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