Lectio Divina

DOMINGO XVIII DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

1ra. Lectura (Eclesiatés 1,2; 2,21-23):

            «¡Vanidad, pura vanidad!, dice el sabio Cohélet. ¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!»

          Esta proverbial frase con que comienza el libro del Eclesiastés o Qohelet es tan conocida como mal entendida. La causa de esto último tal vez se deba al sentido peyorativo y con carga moral que le damos habitualmente al términovanidad, que traduce el hebel hebreo[1]. El diccionario de la Real Academia Española ofrece los siguientes significados del vocablo vanidad: 1. f. Cualidad de vano (falto de realidad; hueco, vacío); 2. f. Arrogancia, presunción, envanecimiento; 3. f. Caducidad de las cosas de este mundo; 4. f. Palabra inútil o vana e insustancial; 5. f. Vana representación, ilusión o ficción de la fantasía.

            En general para nosotros el término vanidad evoca el segundo sentido: arrogancia, presunción o envanecimiento. Así al vanidoso lo vinculamos con el orgulloso, con el que hace ostentación. Pero no es este el sentido que tiene en el Qohelet, sino más bien el tercero: caducidad. Así nos lo explican los especialistas a quien debemos prestar atención al respecto:

«¿Cuál es el significado exacto de esta palabra tan qohelética que se ha convertido casi en un emblema suyo? La respuesta no es fácil porque el término remite a una realidad fluida e inconsistente como la niebla del alba disuelta por el sol o como una nubecilla barrida por el viento, o también como una gota de rocío que se evapora con el primer calor o todavía como la huella espumante de la quilla de una nave en el mar, inmediatamente aquietado»[2].

Teniendo en cuenta que el espectro de significados en hebreo y arameo antiguos abarca desde soplo caliente, vapor, humo a aliento y nada, G. Ravasi opta finalmente por traducir el término hébel por «vacío». Otros prefieren soplo, nada, caducidad, inutilidad.

La discusión no es banal porque esta expresión es como una síntesis del mensaje de este escrito datado probablemente en el siglo III a. C. El autor, sabio y anciano, hace una especie de balance de su amplia experiencia de vida y descubre que al final, ante la proximidad de la muerte, todo pasa y nada queda. No sólo las realidades materiales, sino también los esfuerzos y las muchas angustias que conlleva la vida se desdibujan hacia el final, pierden su peso y su consistencia. No se trata de nihilismo ni de ácido escepticismo. Más bien de relativizar todo, salvo los pequeños goces de la vida (cf. Qo 8,15). Importa recordar que estamos aún en el Antiguo Testamento y no ha aparecido todavía en el horizonte la esperanza de la vida eterna. Aceptando esta limitación propia de este momento de la Revelación Divina, igualmente puede ayudarnos pues su visión de la realidad no deja de ser «real»: por más que nos esforcemos por aferrarnos a la vida, esta fluye en nosotros y ante nosotros en un inevitable recorrido hacia la muerte. No podemos detener para siempre el paso del tiempo. Aceptar esto es de sabios, seamos ancianos o no tanto. Al mismo tiempo, por contraste, podemos valorar más nuestra fe en la resurrección que da un peso eterno aún a los actos más pequeños e insignificantes de la vida, si son hechos con amor y por amor.

Evangelio (Lc 12,13-21):

El texto comienza con el pedido que «alguien, uno» de entre la multitud le hace a Jesús para que actúe de árbitro en una disputa familiar acerca de la herencia. Nos informa A. Rodríguez Carmona[3] que los maestros de la ley o rabinos, por su conocimiento de la legislación bíblica, eran considerados competentes para resolver estos asuntos de herencia. Por tanto, el pedido no es “desubicado”; sin embargo Jesús no acepta este rol de juez o repartidor de herencias y rechaza el requerimiento del hombre dando por terminado así el asunto. Pero a continuación aprovecha esta intervención de «alguien» para hacer una «catequesis ocasional» dirigida ahora a sus discípulos en sentido amplio («les dijo»).

            En primer lugar, Jesús hace una advertencia de tono sapiencial invitando a cuidarse o preservarse de la avaricia o codicia. El término griego pleonexía (pleonexi,a) señala el deseo de tener más que los demás, sea en posesiones o privilegios, y también el deseo de usurpar y la sed de dominar. El mismo aparece con frecuencia en la lista de vicios del epistolario neotestamentario (cf. Mc 7,21; 1Cor 6,9; Gal 5,19; Ef 4,19; 5,3; Col 3,5; 1Tes 2,5; 2Pe 2,3.14). Es muy interesante el texto de Col 3,5 (segunda lectura de hoy); donde se afirma que “la avaricia es una forma de idolatría” (πλεονεξίαν, ἥτις ἐστὶν εἰδωλολατρία). Ahora bien, visto que es deseo desordenado no sólo de bienes materiales, sino de poder y dominio, su sentido es entonces más bien de «codicia» que de «avaricia»[4].

            La segunda parte de la frase de 12,15 da razón del peligro de la codicia y contiene el mensaje central del texto: «aun en medio de la abundancia la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas». Por tanto, Jesús va a la raíz, a lo que motiva la actitud codiciosa. Bien lo nota F. Bovon: «Detrás de la pleonexi,a, «codicia», se esconde un miedo que nos hace acumular más de lo que tienen otros y más de lo que se necesita para vivir. Y tras este miedo, hay una convicción errónea: a saber, que el ser depende del tener y, más grave todavía, que la vida se mantiene y desafía a la muerte, por la voluntad de referirlo todo a nosotros mismos. Como si nuestra vida no encontrase y recobrase su aliento más que en nuestros bienes»[5].

Esta enseñanza es ejemplificada a continuación con una parábola que narra la actitud de un hombre rico y afortunado pero necio. Sus campos dieron mucho fruto y los graneros les quedaban chicos, por lo que decidió construir otros más grandes. Importa notar que la forma en que obtuvo la riqueza este hombre no parece ser condenable y se trataría de ganancias legítimas. Por tanto, lo condenable es su actitud de vida que aparece reflejada en su monólogo interior: «Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida». Se trata de un proyecto egoísta y hedonista de la vidaJustamente la intervención de Dios en la parábola condena esta actitud como insensata por cuanto el hombre piensa que su vida está garantizada por los muchos bienes que tiene, olvidándose de la «caducidad» de la misma. Al confrontar esta actitud con la inmediatez de la muerte aparece lo equivocado de esta actitud pues no podrá disfrutar indefinidamente de sus bienes, que quedarán para otro. En otras palabras, las muchas riquezas no dan un sentido trascendente a la vida, por lo que no pueden ser la motivación fundamental de una existencia; no pueden ser el apoyo firme donde descanse la vida de una persona.

El comentario final de Jesús refuerza este juicio al poner el acento en la condena de «acumular riquezas para sí». Sólo pensó en sí, de modo egocéntrico, y no tuvo en cuenta la relación con Dios, el único que puede ser el apoyo seguro y permanente de la vida humana. Por eso se le contrapone lo que hubiera sido la actitud correcta: «ser rico para con Dios». Esta última expresión la explicará Lucas a continuación y lo veremos el próximo domingo.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            Una primera y necesaria observación es la amplitud del tema, el cual se continuará y completará con el evangelio del próximo domingo, que nos presentará más claramente el sentido del uso cristiano de los bienes. Teniendo en cuenta esto es mejor ceñirse en este domingo al tema de la vanidad de las riquezas y la caducidad de la vida del hombre en este mundo, que nos sugiere la primera lectura de hoy. En otras palabras, este domingo centrarse en la advertencia/denuncia de Jesús sobre el peligro de la codicia y su consecuente insensatez; dejando para el próximo el anuncio sobre cómo llegar a ser rico a los ojos de Dios y ser sabio con la sabiduría del evangelio.

La codicia suele definirse como el deseo desmesurado de acumular bienes materiales. Sobre la peligrosidad de la avaricia nos advierte Evagrio Póntico: «La avaricia es la raíz de todos los males y nutre como malignos arbustos a las demás pasiones y no permite que se sequen aquellas que florecen de ésta. Quien desea hacer retroceder a las pasiones, que extirpe la raíz; si efectivamente podas para el bien las ramas pero la avaricia permanece, no te servirá de nada, porque éstas, a pesar de que se hayan reducido, rápidamente florecen. El mar jamás se llena del todo a pesar de recibir la gran masa de agua de los ríos, de la misma manera el deseo de riquezas del avaro jamás se sacia, él las duplica e inmediatamente desea cuadruplicarlas y no cesa jamás esta multiplicación, hasta que la muerte no pone fin a tal interminable premura.»

Ahora bien, en la raíz de la codicia está el miedo y la inseguridad, que es lo que nos impulsa a buscar en los bienes materiales esa seguridad que la vida no brinda. Y todo miedo es, en última instancia, miedo a la muerte. Y contra la muerte no hay seguro total. La vida humana está herida de muerte y es propio de quien quiere vivir una existencia auténtica asumir esta realidad. Sin lugar a dudas no es nada agradable el pensar en esto; pero nos guste o no, es la realidad. Más cercana o más lejana, la muerte siempre aletea en el horizonte de la vida humana. Puedo negarla, intentar huir de ella; pero antes o después tendré que enfrentarme con ella. Según J. Tolentino Mendonça[6] es el “dolor de la sed” lo que nos hace escapar hacia el consumismo, el cual termina matando el mismo deseo. En su opinión, “nuestras sociedades, que imponen el consumo como norma de felicidad, transforman el deseo en una trampa. El deseo tiene las dimensiones de un escaparate y promete una satisfacción plena e inmediata que, obviamente, no puede cumplir. Vemos un objeto iluminado en una vitrina, y en ese momento nos parece que contiene el brillo del astro distante que tanto ansiamos. Incluso en ese mismo astro vamos pensando a medida que avanzamos hacia la caja registradora, extasiados con semejante acto de satisfacción simbólica. Pero, una vez adquirido, el objeto no parece el mismo, ha perdido algo que considerábamos irresistible, no encierra ya la consistencia de la promesa, como si poseerlo implicara una devaluación. Y con ello crece en nosotros un vacío que nos hace volver, una y otra vez, al punto de partida. La desilusión nos arrastra al circuito insomne del consumo, donde nuestro dolorido deseo se convierte en deseo de nada, pura metonimia de nuestra carencia. El objeto de nuestro deseo es un ente ausente, un objeto que echamos siempre en falta. Asediados por el «trance» comercial, deseamos tanto que ya no somos capaces de desear. Sin embargo, el Señor no deja de decirnos: “El que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida”.

Por eso, lo mejor es tratar de estar preparados, en la medida de lo posible. Nada de lo humano puede garantizarme la vida indefinida ni darme la esperanza de lo eterno. En este sentido, y desde esta perspectiva, es bien cierta la afirmación del Qohelet: todo es vanidad, soplo, caducidad, vacío. La herencia de este sabio es que el pensamiento de la muerte debe ayudarnos a vivir mejor; a valorar más nuestras opciones de vida, a distribuir mejor nuestros tiempos.

            Esta intuición se plenifica con la fe cristiana en la Encarnación del Hijo de Dios, pues por medio de ella Dios ha redimido el tiempo, lo ha abierto a la eternidad. Así, el tiempo adquiere con la Encarnación del Verbo un sentido sacramental en cuanto se abre a aquel que es Eterno: a Dios. Por la Encarnación, nuestro tiempo y nuestra historia están ahora llenos de Dios. Cada instante y cada momento son como un sacramento que nos permiten entrar en comunión conAquel que es eterno y, de este modo, plenificar y dar sentido a nuestra vida con una dimensión trascendente. Con esta apertura a Dios mediante la comunión con Cristo, el hombre es santificado y a su vez santifica el tiempo. De modo objetivo esto lo vive la Iglesia cuando, al celebrar la liturgia a lo largo del año, actualiza en la historia el misterio de la Encarnación y Redención convirtiendo en ‘plenitud de los tiempos’ el calendario civil.

En cuanto a la parábola del evangelio de hoy, recordemos que pone en evidencia la insensatez a la que lleva la codicia de los bienes pues hace olvidar la finitud y caducidad de la vida humana. Las muchas riquezas no pueden asegurar absolutamente una larga y buena vida; y mucho menos la vida eterna. Justamente porque la seguridad que brinda la riqueza es tan fácilmente absolutizable la carta a los Colosenses, en la segunda lectura de hoy, nos dice que la codicia es una forma de idolatría (Col 3,5). A esta actitud idolátrica se le contrapone la verdadera fe que hace de Dios el único apoyo sólido de la vida del hombre. En efecto, en hebreo el verbo he’min que traducimos por creer en su raíz significa apoyarse en algo sólido y, por tanto, seguro y confiable. Incluso el adjetivo derivado ne’eman significa sólido, firme, digno de confianza. De aquí deriva justamente nuestro «amén» que significa ¡es firme, es sólido, es verdadero, es creíble![7]

Tiene razón H. U. Von Balthasar[8] cuando afirma que “Jesús distingue en el evangelio entre ser y tener. El ser es la vida y la existencia del hombre; el tener son la posesiones grandes o pequeñas que le permiten seguir viviendo. La advertencia de Jesús consiste simplemente en que el hombre no debe convertir el medio en el fin, ni identificar el significado de su ser con el aumento de sus medios”.

Una presentación equilibrada de estos temas la encontramos en el Documento Conclusivo de Aparecida: “La vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar y de aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio, y todas las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero. Podemos encontrar al Señor en medio de las alegrías de nuestra limitada existencia, y así brota una gratitud sincera. Pero el consumismo hedonista e individualista, que pone la vida humana en función de un placer inmediato y sin límites, oscurece el sentido de la vida y la degrada. La vitalidad que Cristo ofrece nos invita a ampliar nuestros horizontes, y a reconocer que abrazando la cruz cotidiana entramos en las dimensiones más profundas de la existencia. El Señor que nos invita a valorar las cosas y a progresar, también nos previene sobre la obsesión por acumular: “No amontonen tesoros en esta tierra” (Mt 6, 19). “¿De qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si pierde su vida?” (Mt 16, 26). Jesucristo nos ofrece mucho, incluso mucho más de lo que esperamos. A la samaritana le da más que el agua del pozo, a la multitud hambrienta le ofrece más que el alivio del hambre. Se entrega Él mismo como la vida en abundancia. La vida nueva en Cristo es participación en la vida de amor del Dios Uno y Trino. Comienza en el bautismo y llega a su plenitud en la resurrección final” (nros. 356-357).

En síntesis, a lo largo del camino discipular que nos presenta el evangelio de san Lucas, ninguna dimensión de la vida humana puede quedar fuera de este seguimiento. Todo, absolutamente todo debe pasar por Jesús, por el Evangelio. Así como el domingo pasado Jesús nos enseñaba a relacionarnos con Dios como nuestro Padre; hoy nos enseña a vincularnos con los bienes materiales. Sobre este tema hoy Jesús nos advierte sobre el peligro de la codicia y sobre lo insensato de poner toda nuestra seguridad en las riquezas. Si bien Jesús acepta que tenemos necesidad de los bienes materiales para vivir una vida digna, vale su advertencia pues como dice el Papa Francisco “el afán de poder y de tener no conoce límites” (EG 56). La codicia y la idolatría del dinero es algo malo no sólo para el hombre individual sino para toda la sociedad, como lo remarca también el Papa Francisco: “Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo” (EG 55).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN DOS ORANTES):

Atesora…

Atesora Señor, nuestra ansiedad, nuestra angustia, nuestra pobreza

Solo eso tenemos, hazlo Tú:  riqueza.

Sin saberlo e inconscientes, nos aferramos a esta tierra

Buscamos confundidos la Vida Verdadera.

A tientas entre las sombras y aún, a ciegas

Guardamos muchas cosas, grandes, pequeñas

De distinto valor, antiguas y nuevas.

La huella del pecado se encargó de hacer, y

Dispersos del instante único, nos negamos a crecer.

¡Ah! ¡Hermosura que el alma anhela!

¡Si buscáramos tu Rostro!

Al menos el deseo de los bienes pasajeros

Se esfumaría como el humo entre las cenizas

Y el presente sería nuestro para el diálogo eterno.

Los graneros están repletos del deseo de ti

Pero también están los miedos, a perder, a morir…

Maestro, explícanos de nuevo

La bienaventuranza de los santos aquellos

Pues vano es este mundo y escaso nuestro tiempo. Amén.

[1] Los estudiosos piensan que el matiz moral de hebel se introdujo ya en la traducción griega del AT (LXX), que al traducirlo por mataios piensa tanto en la insuficiencia creatural como en la moral. Le sigue después la traducción cristiana de la Vulgata que lo vuelca al latín vanitas, cf. J. Vilchez, Eclesiastés o Qohelet (Verbo Divino; Estella 1994) 435.

[2] G. Ravasi, Qohélet (Paulinas; Bogotá 1991) 17. A. González Núñez, por su parte, no excluye totalmente el matiz moral de desengaño o decepción, pero dependiente del esencial u ontológico: «Si al valor de una cosa se le resta lo que costó, el provecho es nulo; lo que queda es hebel, soplo, viento, vapor, en el sentido de inconsistencia y de vanidad, de engaño y decepción. Un juicio no sólo moral, sino esencial y ontológico»,Qohelet, el sabio desengañado (EGA; Bilbao 1996) 67. Para J. Crenshaw el término hebel en el Eclesiastés muestra dos matices: uno temporal (algo efímero) y otro existencial (fútil o absurdo). Para este autor ambos deben mantenerse, aunque predomina el segundo matiz y traduce Ecl 1,2: «Utter futility! Says Qohelet, Utter futility! Everything is futile!»; Eclesiastés. A commentary (SCM Press; London 1988) 57.

[3] Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 242.

[4] Cf. F. Bovon, El Evangelio según San Lucas II (Sígueme; Salamanca 2002) 344.

[5] F. Bovon, El Evangelio según San Lucas II (Sígueme; Salamanca 2002) 345.

[6] Elelogio de la sed (Sal Terrae; Argentina 2018) 41-42.

[7] Cf. Y. Congar, La fe y la teología (Herder; Barcelona 1981) 112.

[8] Luz de la Palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 274.

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