Lectio Divina

DOMINGO XIX DURANTE EL AÑO – CICLO “C”

1ra. Lectura (Sabiduría 18,5-9):

            Este texto se ubica en el contexto mayor de la sección que abarca Sab 10,1-19,21 cuyo tema es la justicia de Dios que se revela en la historia. En concreto, se trata de la manifestación del juicio de Dios castigando al opresor – Egipto – y liberando al oprimido – Israel como pueblo elegido –. El desarrollo literario de este juicio se da a través de siete dípticos o antítesis basados en el relato del Éxodo que muestran cómo Dios, en su sabiduría, al mismo tiempo que castiga a los egipcios favorece a los israelitas (cf. Sab 11,5)[1].

La primera lectura de este domingo forma parte del sexto díptico o antítesis entre egipcios e israelitas, donde se trata de la muerte de los primogénitos egipcios y la liberación de Israel (Sab 18,5-25). Se hace mención de la memorable noche del éxodo, de la primera pascua, noche de liberación para los israelitas y de castigo para los egipcios. Noche preanunciada por los padres (18,6); noche de vigilia para Israel a la espera del Paso de Dios como juez y liberador (18,7-8). Noche de comunión entre los miembros del pueblo donde se establece, mediante la participación en un mismo sacrificio, que “los santos compartirían igualmente los mismos bienes y los mismos peligros” (18,9). De este modo el autor interpreta el éxodo como un juicio de Dios sobre toda la humanidad. Y el juicio de Dios en la historia confunde, con su sabiduría, los poderes del mundo. Egipto tiene, en apariencia, todo el poder y la fuerza de sus carros y de sus ejércitos. Son los dominadores y opresores de los débiles, de los sin poder. Los israelitas no tienen poder, o mejor, tienen el poder de la oración y del culto, celebrado en lo oculto, en el interior de las casas. Israel es débil, pobre de medios; pero tiene la Promesa que mantiene viva la Esperanza en el juicio de Dios. La oración y el sacrificio atraen sobre Israel la salvación de Dios; mientras que Egipto con todo su poder no logrará evitar el castigo divino[2].

Evangelio (Lc 12, 32-48):

            La interpretación de esta perícopa no se ve favorecida por el corte que necesariamente ha tenido que hacer la liturgia para su lectura. Así, el versículo inicial está en clara relación con el párrafo anterior (12,21-31) que no se lee este domingo. Allí Jesús exhortaba a sus discípulos a buscar ante todo el Reino de Dios, que lo demás vendrá por añadidura (12,31). Esta búsqueda es luego estimulada con la afirmación de que el Padre quiere verdaderamente darles el Reino (aquí comienza el texto de este domingo). Se trata, entonces, de una invitación a la búsqueda confiada del Reino de Dios que venza todo temor Y el temor puede que brote del hecho de ser pocos los que buscan y esperan de verdad el Reino de Dios. De aquí la alusión a un rebaño doblemente pequeño ya que se utilizan el adjetivo “pequeño” y el diminutivo de “rebaño” (“μικρὸν ποίμνιον, pequeño rebañito” sería la traducción más literal). Es decir, al igual que el Israel del desierto (cf. Is 41,14 LXX), la esperanza de recibir el Reino se funda en la voluntad del Padre que quiere dárselo a la pequeña y pobre comunidad de discípulos de Jesús; y no en la grandeza o poder de los mismos.

            Sigue la invitación a la generosidad: “Vendan sus bienes y denlos como limosna…”. Retoma aquí el tema anunciado antes de “ser rico a los ojos de Dios” (12,21), es decir del sentido cristiano de los bienes. Como bien nota F. Bovon[3]: “En vez de prohibir el enriquecimiento, Lucas impone la prodigalidad. Como es sabido, las comunidades lucanas cuentan en su seno con una parte de personas de buena posición. A lo largo de toda su obra, Lucas expresa la conciencia de que hay injusticias sociales y muestra su deseo de repararlas, al menos en el seno de la Iglesia. Está convencido ciertamente de que el mal no es inherente a los mismos bienes, sino al corazón que se apega a ellos”.

            Por tanto, la primera parte del evangelio de hoy continúa el tema del domingo pasado: el uso y el sentido de los bienes materiales. Más en concreto, nos explica el sentido de la expresión: “ser ricos a los ojos de Dios”. Y lo son quienes comparten sus bienes, los dan como limosna a los pobres y entonces “acumulan un tesoro inagotable en el cielo”. Por tanto, mientras las riquezas en esta vida ofrecen una falsa seguridad pues son pasajeras, caducas y vanas; este tesoro es duradero, no puede ser robado ni se desgasta. En otras palabras, mientras la codicia de los bienes, el aferrarse egoístamente a los mismos, no puede garantizarnos la vida eterna; la limosna, las obras de misericordia que nos abren a la necesidad de los demás, también nos abren las puertas de la vida futura en Dios. La frase final es importante (“dónde está tesoro de ustedes allí está corazón de ustedes” 12,34) porque nos enseña que lo esencial es dónde se pone el corazón, o sea los deseos, las intenciones; el sentido de la vida: o en el Reino de Dios o en los bienes materiales.

            La segunda parte del evangelio está centrada en el tema de la vigilancia cristiana, tema que se desarrolla con tres parábolas con diferentes protagonistas: los criados, el dueño de la casa y el administrador. Se trata de estar alerta, a la espera del Señor que vendrá. Según A. Rodríguez Carmona[4] “el tema tiene relación con el anterior, en cuanto que es necesario permanecer vigilantes para hacer en cada momento la voluntad del Señor, que debe ser el centro de la vida del discípulo. La vigilancia y la fidelidad es un componente esencial del discípulo de Jesús”.

            La expresión “Estén ceñidos vuestros lomos”, que el leccionario traduce por “Estén preparados, ceñidas las vestiduras”, remite a la salida del Éxodo en la noche de pascua. Igualmente, la recomendación de tener encendidas las lámparas obliga a pensar en la noche pascual. Aquí descubrimos la relación del evangelio con la primera lectura de hoy. Se trata de una invitación a un estado de vigilia, de permanecer despiertos y atentos para una pronta respuesta, como lo aclara la comparación o parábola que sigue (12,36-38). Aquí es muy llamativa la bienaventuranza del servidor atento y vigilante (12,37.38), pues afirma que el mismo Señor tomará la actitud de esclavo y el servidor será servido por el amo[5].

            El segundo ejemplo o parábola (12,39) refuerza la actitud de vigilancia y atención por cuanto el momento de la venida del Señor es tan imprevisible como la llegada de un ladrón. Se trata de ser concientes de no saber el momento de la parusía, lo cual es una invitación a estar siempre expectantes.

            Sigue una pregunta de Pedro a la que Jesús responde indirectamente con el tercer ejemplo o parábola (12,42-48) que pone de relieve dos actitudes posibles ante la demora o retraso de la parusía, una buena y una mala, y las consecuencias de cada una de ellas. El administrador fiel y perseverante en su trabajo tendrá una gran recompensa pues se ha ganado la confianza de su señor. En cambio, el que se aprovecha de la ausencia y demora del Señor para abusar de su autoridad y llevar una vida desordenada, será sorprendido inesperadamente y tendrá un severo castigo corriendo la suerte de los infieles.

            El tema del juicio de Dios y el principio de retribución (dará a cada uno según sus obras) domina esta última parte. Ahora bien, el texto termina resaltando que el juicio de Dios, su requerimiento, es proporcional a los dones recibidos. Es decir, a quien más ha recibido dones y tareas de parte del Señor, más se le pedirá cuentas de lo que haya hecho con ellas.

Las dos bienaventuranzas sobre aquellos criados o esclavos (“μακάριοι οἱ δοῦλοι ἐκεῖνοι” 12,37.43) sintetizan el mensaje al ser una invitación a vigilar y obrar bien (fidelidad).

ALGUNAS REFLEXIONES:

            La primera idea que brota del evangelio es la presentación del grupo de los discípulos como un “pequeño rebañito”. Es importante esta valoración que hace Jesús para que el hecho de ser pocos no sea motivo de desaliento sino impulso para la nueva evangelización. Ya lo notaba Juan Pablo II en Novo Millennio Ineunte nº 35: “En muchas regiones los cristianos son, o lo están siendo, un «pequeño rebaño» (Lc 12,32). Esto les pone ante el reto de testimoniar con mayor fuerza, a menudo en condiciones de soledad y dificultad, los aspectos específicos de su propia identidad.”

            Y lo ha vuelto a proponer el Papa Francisco en EG n° 92: “Precisamente en esta época, y también allí donde son un «pequeño rebaño» (Lc 12,32), los discípulos del Señor son llamados a vivir como comunidad que sea sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-16). Son llamados a dar testimonio de una pertenencia evangelizadora de manera siempre nueva”.

Para entender correctamente el mensaje central del evangelio de este domingo resulta imprescindible tener en cuenta el lugar desde el cual Jesús mira y juzga la realidad; y mirar desde allí nosotros también puesto esto es tener fe (la fe tal como la describe Heb 11,1 en la segunda lectura de hoy). La fe es ver la realidad con los ojos de Jesús, es participar de su propia mirada. Y Jesús mira y juzga la realidad desde la eternidad, la trascendencia, el Reino de Dios que llega y el juicio final que le sigue. En efecto, Jesús nos presenta ante todo y en primer lugar el Reino que el Padre se complace en darnos, en ofrecernos, y este Reino es la realidad definitiva, el fin último de la vida del hombre. Por eso, quien se abre al Reino de Dios con la cierta esperanza de recibirlo; quien mira y juzga la realidad desde la perspectiva del Reino de Dios comprende el sentido de los bienes terrenales y los orienta hacia la posesión del Reino definitivo. De este modo se descubre el valor de la limosna, del compartir los bienes con los necesitados, de “empobrecerse” materialmente para “enriquecerse” espiritualmente. Como dice el Papa Francisco en EG 58: “¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano.”

También desde esta mirada de fe se comprende que hay que procurarse los bienes necesarios para vivir y que es legítimo disfrutar de los mismos; pero que no se puede hacer de ellos el “tesoro” de la vida; no se puede poner el corazón en ellos por cuanto son caducos, no pueden darnos la vida eterna.

También desde esta perspectiva y con esta mirada de fe se descubre que somos peregrinos en esta vida y que las actitudes propias del creyente mientras espera lo definitivo son la vigilancia y el servicio fiel, que son los temas preponderantes de este domingo[6]. En lenguaje más actual podríamos hablar de lucidez y responsabilidad.

La vigilancia o lucidez es ante todo una actitud espiritual, de atención a Dios y a su Reino. Lo contrario sería la tibieza, o sea tener una vida cristiana adormecida. Esta vigilancia nos ayuda a no perder de vista que hemos recibido una misión en esta vida y debemos dedicarnos a ella con un servicio fiel y responsable “hasta que el Señor venga”.

Sobre este evangelio decía el Papa Francisco en el ángelus del 7 de agosto de 2016: “Jesús habla a sus discípulos del comportamiento a seguir en vista del encuentro final con Él, y explica cómo la espera de este encuentro debe impulsarnos a llevar una vida rica de obras buenas. Entre otras cosas dice «Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni destruye la polilla» (v. 33). Es una invitación a dar valor a la limosna como obra de misericordia, a no depositar nuestra confianza en los bienes efímeros, a usar las cosas sin apego y egoísmo sino según la lógica de Dios, la lógica de la atención a los demás, la lógica del amor. Nosotros podemos estar muy pegados al dinero, tener muchas cosas, pero al final no las podemos llevar con nosotros…. Jesús nos recuerda hoy que la espera de la beatitud eterna no nos dispensa del compromiso de hacer más justo y más habitable el mundo. Es más, justamente nuestra esperanza de poseer el Reino en la eternidad nos impulsa a trabajar para mejorar las condiciones de la vida terrena, especialmente de los hermanos más débiles”.

            El Espíritu Santo nos ayudará a vencer el miedo, o el complejo de ser pocos, de no ser mayoría, transformando la queja y el desaliento en motivación para la misión. Pero importa asumir que los caminos y medios de Dios no son los del mundo. En efecto, “la Iglesia debe aceptar la cruz de ser siempre de nuevo “pusillus grex” (pequeño rebaño), la cruz de la pobreza de riquezas, de poder, de mucha eficiencia. Debe aceptar la cruz de ser “siervo inútil”, que no puede pretender ser “diverso y superior al amo”. Debe aceptar la cruz de ofrecerse en servicio de la humanidad, de curar todo género de “lepra”, sin pretender el reconocimiento de los beneficiados. Por eso hay que pasar de una pastoral de poder y de defensa a una pastoral de servicio. Podemos repetir con Von Balthasar: “Propondremos una Iglesia pobre y sierva, que es la única que puede garantizar el contacto con el mundo, no para la búsqueda del éxito, sino por cumplimiento de la misión”[7].

              Es también el deseo del Papa Francisco: “quiero una Iglesia pobre para los pobres.” (EG 198).

            A modo de conclusión, nos parece muy buena la síntesis de H. U. von Balthasar[8]: “Todos los textos de esta celebración nos exigen vivir en tensión, en movimiento (éxodo), desinstalados, en estado de peregrinación, en una palabra: vivir en vela, en vela en razón de la fe, en razón de la promesa de Dios, en razón de las cuentas que habremos de rendir pronto”.

            ¡Ojalá que el Señor nos encuentre velando y trabajando para su mayor gloria!

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

¿Cuál es el administrador fiel y previsor, Señor?

Fidelidad a la causa del Reino, al Amor Eterno que nos redimió

Enséñanos Señor! A esperarte con el corazón endeudado de tu ternura

A despilfarrar sin medida tus bienes y regalos

Para quienes serán nuestros testigos a la hora del llamado.

Un tesoro buscamos, y tus nos pides empobrecernos de bienes

Desgastamos la Vida en comodidad y placeres

En controlar patrimonios y seres… ¡Insensatos!

El tiempo es tuyo y Tú, el Señor, quien todo lo puede.

Previsión es reservar para el futuro y lo que se viene

Así convocas a la mesa del Reino a todos tus fieles

Les infundes tu Espíritu, los alientas y sostienes

Y les pides frutos, donarse y darse para siempre.

Atentos a tu llegada, abramos la puerta, diligentes

Dios de la caridad exigente, celoso de sus creaturas

Cuidadoso y tierno Padre de todos los vivientes.

Danos conocer tu Voluntad y alcanzar la libertad,

Experimentar el cansancio de servirte plenamente

Y sentirnos hijos del Padre, por siempre Providente. Amén.

[1] Cf. J. Vilchez, Sabiduría (Verbo Divino; Estella 1990) 309-313.
[2] D. Barsotti, Meditazione sul libro Della Sapienza (Queriniana; Brescia 1985) 223-224.
[3] El Evangelio según San Lucas II (Sígueme; Salamanca 2002) 383.
[4] Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 245.
[5] Nos informa A. Rodríguez Carmona que “la noche duraba de seis de la tarde a seis de la mañana. Lucas parece seguir la división romana de la noche en cuatro vigilias de tres horas cada una, pues los judíos y los griegos la dividían en tres vigilias de cuatro horas”, Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 248-249.
[6] “En la lectura evangélica el fragmento más significativo es el central, que apela a la vigilancia. Los textos iniciales y finales son considerados como menos importantes para el contexto litúrgico”, P. Tena, El leccionario de Lucas. Guía homilética para el ciclo C, 106.
[7] “Pastoral del misterio de la cruz”, en B. Ahern y otros, Sabiduría de la Cruz (Narcea; Madrid 1981) 108.
[8] La luz de la Palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 275.
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