Lectio Divina

DOMINGO XX DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

1ra. Lectura (Jer 38,4-6.8-10):

            Para entender este fragmento de la profecía de Jeremías hay que recordar que Jerusalén se encontraba bajo la inminente amenaza de ser conquistada por los babilonios. El rey Sedecías estaba a favor de la resistencia, a la espera de la ayuda de Egipto. En cambio, Jeremías invitaba a la rendición para salvar la ciudad de su destrucción total. Esta prédica del profeta molestó a las autoridades, quienes lo ponen a Jeremías bajo custodia aludiendo que sus palabras desmoralizaban a los soldados. No contentos con esto, quieren matarlo, como leemos en el texto de este domingo. Por ello lo arrojan en una cisterna para que muera allí. Después interviene un servidor del rey quien intercede para que lo liberen.

            Este texto nos presenta la persecución real y concreta que sufre Jeremías por su fidelidad en el anuncio de la Palabra de Dios. No buscó alagar los oídos de sus oyentes con palabras que sabía que caerían bien; sino que fue fiel a la Palabra recibida de parte de Dios. Y sufrió las consecuencias: el rechazo, la prisión y hasta la tentativa de asesinato. Salvo algunos momentos, la mayor parte de la vida de Jeremías transcurrió siendo un signo de contradicción. Nos han quedado sus dolorosas «confesiones» donde abre su alma y nos cuenta el dolor que siente ante el rechazo de su propio pueblo y hasta de su propia familia. Justamente algunos estudiosos, como L. Alonso Schökel, consideran que cuando Jeremías se hundía en el barro del fondo del pozo es muy posible que haya dicho la última de sus confesiones (Jer 20,7-14), oración de queja y súplica y, al verse liberado, añadió los últimos tres versículos como agradecimiento a Dios.

            La actualidad de Jeremías es patente, como nos lo recuerda el Card. Martini: «Jeremías es una figura moderna porque es el profeta de la soledad apostólica, un profeta que habla en una sociedad que no escucha, una sociedad como la nuestra»[1].

Evangelio (Lc 12, 49-53):

«Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!

Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!» (Lc 12,49-50).

Jesús tiene clara conciencia de ser enviado por el Padre, de tener una misión que cumplir («Yo he venido»). Esta misión la describe con las metáforas del fuego y del bautismo. La imagen del fuego es la más complicada y las interpretaciones son muy variadas y todas con fundamento bíblico. La opción es difícil pero necesaria para interpretar correctamente la misión de Jesús. En su mayoría las referencias del AT insisten en el fuego como imagen del juicio de Dios, sea como castigo, sea como purificación. Por su parte en Lucas el fuego aparece unido al bautismo para describir la misión de Jesús en boca de Juan el Bautista:  «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego» (Lc 3,16).

            Aquí la vinculación del fuego al Espíritu Santo remite a Pentecostés (He 2,3-4) donde el Espíritu se manifiesta como lenguas de fuego. Sin embargo, no excluye el elemento de juicio tal como aparece en 3,17. Las otras dos referencias al fuego son claramente de juicio:

Lc 9,54: Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» y Lc 17,29: Pero el día en que Lot salió de Sodoma, cayó del cielo una lluvia de fuego y de azufre que los hizo morir a todos.

  1. Bovon[2], aún reteniendo cómo válida la referencia al juicio, piensa que se trata delfuegode la Buena Noticia y del Espíritu Santo. De modo semejante piensa L. Rivas para quien «las dos frases sobre el fuego y sobre el bautismo significan la misma cosa: Jesús ha venido para inundar el mundo con el fuego del Espíritu Santo, y está lleno de ansiedad esperando el momento en que esto esté plenamente cumplido»[3]. L. Sabourin[4], por su parte, entiende que la misión de Jesús es encender un fuego para que arda con la doble función de juicio e iluminación. C. Evans[5] considera que están unidos los dos aspectos, el del fuego como juicio y como Espíritu Santo. A. Rodríguez Carmona[6] ve como sentido metafórico del fuego su dimensión purificadora y por ello dice que Jesús “ha venido a purificar y desea ardientemente que ya esté todo purificado”. Pienso que lo que sigue del texto nos orientará en la elección de una respuesta.

También la misión de Jesús es presentada en Lc 3,16 como la de quien viene a «sumergir» (sentido etimológico de bautizar) a los hombres en el Espíritu y el fuego. Esta «efusión del Espíritu» la alcanza Jesús para todos los hombres después de su muerte, resurrección y ascensión, pues estando ya glorificado junto al Padre derrama el Espíritu sobre todos en el día de Pentecostés (He 2,32-36). Ahora bien, la glorificación de Jesús por parte de Dios constituyó un juicio divino que confirmó su misión. Por tanto, Jesús anhela vivamente su pasión y glorificación porque sólo entonces estará en condiciones de derramar el Espíritu a los hombres. Pero ya en el presente la palabra y la acción de Jesús entre los hombres anticipa el juicio de Dios por cuanto los pone en situación de optar. Ante esta definitiva manifestación de Dios en Cristo no puede haber indiferencia ni tibieza. Hay que elegir por él o contra él. Ya se lo había dicho el anciano Simeón a María cuando llevó a Jesús al templo: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos» (Lc 2,34-35).

            Luego el texto de hoy nos refiere las divisiones que en el seno de una misma familia se producirán a causa de Jesús. No se trata en absoluto que Jesús instigue a la división o ruptura de las familias. Pero la opción por él debe ser tan radical que se antepone incluso a los vínculos familiares; por eso como consecuencia de esta opción pueden llegar a romperse. Se trata de una consecuencia no buscada ni querida, pero a veces inevitable. Este sería el sentido del fuego como juicio en cuanto saca a la luz la opción de cada persona ante Jesús.

A la luz de esto puede comprenderse la expresión de Jesús en el evangelio de hoy: “¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división”.

            Este dicho contradice otros muchos del evangelio donde Jesús afirma que su misión es traer la paz de Dios a los hombres. Desde el canto de los ángeles ante su nacimiento (Lc 2,14), pasando por la misión dada a los apóstoles (10,5-6) hasta su aparición a los mismos ya resucitado (Lc 24,36).

            A la luz del Antiguo Testamento la contradicción se revela sólo como aparente pues es un lugar común entre los profetas la distinción entre la verdadera y la falsa paz. Veamos sólo un ejemplo entre muchos posibles: «Porque ellos (los falsos profetas) extraviaron a mi pueblo, anunciando: «¡Paz!», cuando en realidad no había paz, y mientras mi pueblo se construía una pared inconsistente, ellos la recubrían con cal” (Ez 13,10).

Es decir, no cualquier paz es la paz de Dios. Jesús no vino a anunciar una falsa paz que se apoya en el engaño y en el deseo de quedar bien con todos. Vino para anunciar la Verdad sobre Dios y sobre el hombre, lo que exige una opción que conlleva muchas luchas y sufrimientos, pero que nos permite alcanzar la verdadera paz.

En síntesis: «La paz auténtica aparecerá después del juicio (fuego). Paradójicamente se trabaja por la paz (auténtica) estando en lucha con los criterios del mal. No es la paz de Jesús la que nos hace vivir en paz con un mundo pecador»[7].

ALGUNAS REFLEXIONES:

            En los dos domingos precedentes los evangelios hacían referencia al juicio de Dios al final de la vida de cada persona. Como dice el Catecismo n° 682: “Cristo glorioso, al venir al final de los tiempos a juzgar a vivos y muertos, revelará la disposición secreta de los corazones y retribuirá a cada hombre según sus obras y según su aceptación o su rechazo de la gracia”, con clara referencia a Lc 12,1-3.  Ahora bien, también nos dice el Catecismo n° 1041: “El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación» (2 Co 6, 2)”. En cierto modo, como nos dice Jn 3,17-21 y nos sugiereel evangelio de hoy, el juicio de Dios ya está obrando entre los hombres, ya ha comenzado porque Jesús lo ha hecho presente mediante el anuncio del Evangelio y su pasión-muerte-resurrección; que nos invitan a decidirnos y comprometernos ahora, ya. Y juicio significa separación, selección, división, poner aparte.  Por tanto, Jesús anunció e hizo presente el Reino de Dios entre los hombres:

Quienes lo aceptan y creen en él serán purificados por el fuego, recibirán las primicias del Espíritu Santo y el don de la verdadera paz.

Quienes lo rechazan corren el serio riesgo de vivir replegados sobre sí mismos y esclavos de sus pecados. Y para acallar los reclamos de la conciencia, buscarán autoconvencerse de que todo está bien, que todo es relativo, que no es para tanto, que no hay que exagerar. Esta es la falsa paz que predican los falsos profetas. Pero antes o después la verdad va a seguir molestando. Esto puede generar como mecanismo de defensa la «proyección», que «constituye un modo muy primitivo de liberarse de la propia culpa cargándola sobre los demás»[8]. Así, estas personas pueden volverse muy crítica e intolerante con los demás, en especial con los que toman en serio el evangelio y tratan de ser buenos cristianos. Surgen entonces las divisiones en la comunidad. Así lo explica H. U. von Balthasar[9]: “El fuego que según el evangelio Jesús ha venido a prender en el mundo, es el fuego del amor divino que debe alcanzar a todos los hombres. A partir de la cruz, su terrible bautismo, comenzará a arder. Pero no todos se dejarán inflamar por la exigencia absoluta e incondicional de este fuego, de manera que aquel amor, que querría y podría conducir a los hombres a la unidad, los divide a causa de su resistencia”.

            Jesús tomó muy en serio su misión y por eso deseaba ardientemente cumplirla, aunque implique el paso por la cruz. Seguir a Jesús por este camino requiere una actitud de conversión sostenida, como la entiende J. Ratzinger:»Convertirse quiere decir: aceptar los sufrimientos de la verdad. La conversión exige que la verdad, la fe y el amor lleguen a ser más importantes que nuestra vida biológica, que el bienestar, el éxito, el prestigio y la tranquilidad de nuestra existencia; y esto no sólo de una manera abstracta, sino en nuestra realidad cotidiana y en las cosas más insignificantes»[10].

Por tanto, es bueno que la Palabra de Dios nos «queme» un poco, nos inquiete y cuestione. Los discípulos de Jesús debemos aprender a no jugar con la misión, a ser fieles y creativos con la Palabra encomendada; a vencer la tentación de diluir el evangelio para tener aceptación. Al respecto decía el Papa Francisco en el Ángelus del 14 de agosto de 2016: “Cumpliendo su misión en el mundo, la Iglesia —es decir, todos los que somos la Iglesia— necesita la ayuda del Espíritu Santo para no ser paralizada por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarse a caminar dentro de confines seguros. Estas dos actitudes llevan a la Iglesia a ser una Iglesia funcional, que nunca arriesga. En cambio, la valentía apostólica que el Espíritu Santo enciende en nosotros como un fuego nos ayuda a superar los muros y las barreras, nos hace creativos y nos impulsa a ponernos en marcha para caminar incluso por vías inexploradas o incómodas, dando esperanzas a cuantos encontramos. Con este fuego del Espíritu Santo estamos llamados a convertirnos cada vez más en una comunidad de personas guiadas y transformadas, llenas de comprensión, personas con el corazón abierto y el rostro alegre. Hoy más que nunca se necesitan sacerdotes, consagrados y fieles laicos, con la atenta mirada del apóstol, para conmoverse y detenerse ante las minusvalías y la pobreza material y espiritual, caracterizando así el camino de la evangelización y de la misión con el ritmo sanador de la proximidad”.

            Jesús va camino a Jerusalén a cumplir con su misión, la que el Padre le ha encomendado; y es tal su pasión por cumplirla que siente la urgencia y el ardor interior por llevarla a término. Y nos invita a vivir también apasionadamente nuestra fe, no de modo «licuado», sino vivo, como un fuego de amor. En efecto, «hay una pasión nuestra que debe crecer desde la fe, que debe transformarse en el fuego de la caridad. Jesús nos ha dicho: He venido para echar fuego a la tierra y como querría que ya estuviese encendido. Orígenes nos ha transmitido una palabra del Señor: «Quien está cerca de mí está cerca del fuego». El cristiano no debe ser tibio. El Apocalipsis nos dice que este es el mayor peligro del cristiano: que no diga no, sino un sí muy tibio. Esta tibieza desacredita al cristianismo. La fe tiene que ser en nosotros llama del amor, una llama que realmente encienda mi ser, que sea una gran pasión de mí ser, y así encienda al prójimo. Este es el modo de la evangelización: «Accéndat ardor próximos», que la verdad se vuelva en mí caridad y la caridad encienda como fuego también al otro. Sólo con este encender al otro por medio de la llama de nuestra caridad crece realmente la evangelización, la presencia del Evangelio, que ya no es sólo palabra, sino también realidad vivida. (Benedicto XVI, 9 de octubre de 2012).

En fin, se trata de ser evangelizadores con Espíritu, como nos pide el Papa Francisco:

EG 261: ¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa! Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora.

EG 266: “El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Fuego y división

Jesús,

Un fuego prometiste a estos fríos corazones, arder apasionados por tu Nombre

Llama que quema silenciosa y le da su acabado a la obra de tus manos.

Será preciso dejarnos hacer, dividir para reconstruir desde la esencia

la verdadera naturaleza.

Pesebre, dolor y cruz partieron la historia

De todos, y de cada uno.

Alzado reinas cuando anonadado penetras

En lo más profundo del hombre…

Esperar tus tiempos de Alfarero Divino

Ese es el preciado secreto

Cuando renovados volvemos a unirnos

En torno al infinito Misterio.

La división es necesaria para darte espacio, Maestro

Renuevas los vínculos y los tornas perfectos

El Amor va madurando detrás de tu Sombra

Borra el egoísmo y busca el centro.

Pues la paz siempre llega después de la lucha,

Un nuevo bautismo borra la angustia y el Espíritu vuelve a recordarnos al Padre

Como hijos en el Hijo sentimos su mirada …

Y se inflama el corazón de la verdadera esperanza. Amén

El Amor que me divide

[1] C. M. Martini, Una voz profética en la ciudad (PPC; Madrid 1995) 123.
[2] El evangelio según san Lucas II, 428.
[3] Jesús habla a su pueblo. Domingos durante el año. Ciclo C (CEA; Buenos Aires 2000) 136.
[4] L’ Évangile de Luc (PUG; Roma 1992) 255.
[5] Saint Luke (NTC; London 1990) 539.
[6] Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 250.
[7] Sociedad Argentina de Teología (ed.), Religión, justicia y paz (San Benito; Buenos Aires 2003) 67.
[8] A. Cencini, Vivir reconciliados (Paulinas; Buenos Aires 1997) 23.
[9] La luz de la palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro, Madrid, 1998) 277.
[10] J. Ratzinger, El camino pascual, BAC, Madrid 1990, 25-28.
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