Lectio Divina

DOMINGO XVII DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera Lectura (2Re 4,42-44):

Rofé[1] ha propuesto para clasificar adecuadamente estas narraciones proféticas el concepto de ‘legenda profética’ donde el término latino legenda se extrapola y compara con las historias surgidas en ambientes piadosos de la Iglesia católica en la edad media sobre hombres santos, muy virtuosos o mártires (por ejemplo las florecillas de S. Francisco).

En el ciclo de Eliseo tenemos varios relatos breves como este; y todas estas historias tienen en común que cuentan un simple milagro con sus circunstancias inmediatas. Comienzan con una descripción de los hechos que muestran la necesidad del milagro; siguen con la presentación de un momento de desesperación (¡nada se puede hacer!) y terminan con una solución satisfactoria traída por el milagro. El profeta aparece como un hombre venerado, con gran capacidad o poder y se lo llama ‘hombre de Dios’.

La liturgia de hoy ha elegido este texto por sus semejanzas con la multiplicación de los panes del evangelio. Pero mientras este relato termina en el milagro de Eliseo, en el evangelio el milagro de Jesús es sólo el comienzo o disparador de una revelación más profunda.

Evangelio (Jn 6,1-15):

A partir de este domingo 17 y hasta domingo 21 inclusive se leerá el capítulo 6 del evangelio de Juan. Es importante tenerlo en cuenta ya que por 5 domingos consecutivos el evangelio hará referencia al tema de Jesús como verdadero pan de vida y a la Eucaristía, por lo que conviene ir siguiendo las acentuaciones propias de cada perícopa para evitar repeticiones. Proponemos para este domingo comenzar con una visión global de Jn 6 para luego señalar lo propio de la perícopa de Jn 6,1-15.

En el evangelio según San Juan tenemos 5 capítulos dedicados a la última cena (Jn 13-17), pero no aparece allí ninguna mención explícita de la institución de la Eucaristía. Pero este silencio sobre la institución no es silencio sobre la Eucaristía ya que nos regala una profunda catequesis mistagógica sobre la misma en el capítulo sexto.

Este capítulo comienza narrando la multiplicación de los panes y peces (6,1-15); relato que está presente también en los tres sinópticos (Mt 14,13-21; Mc 6,30-44; Lc 9,10-17). Sigue luego otro milagro: Jesús camina sobre las aguas (6,16-21). Después de un breve intermedio narrativo que sitúa a Jesús y a la multitud en Cafarnaúm (6,22-24), tenemos una larga sección dialógico-narrativa (6,25-71) que alterna discursos de Jesús con diálogos con los judíos y con sus discípulos.

 En cuanto al mensaje de esta unidad literario-teológica S. Muñoz León[2] destaca las siguientes dimensiones:

            Þ Dimensión cristológica: es la principal y presenta a Jesús como pan bajado del cielo (Encarnación); pan de la vida (Salvador-Redentor); el que da su carne como alimento por la vida del mundo (Muerte redentora); el hijo del hombre que sube donde estaba antes (Resurrección-Ascensión); el Santo de Dios.

            Þ Dimensión soteriológica: aparece en las expresiones vida, vida eterna, no tener hambre, no tener sed. Jesús aparece como dador de la verdadera vida cuya fuente es Dios.

            Þ Dimensión antropológica (teológica): se insiste en la necesidad y naturaleza de la fe como obra de Dios que el hombre debe recibir con Don-Gracia y elegir con libertad.

            Þ Dimensión sacramental: está presente en toda la sección de modo progresivo por cuanto comienza a vislumbrarse en el signo de la multiplicación de los panes para terminar con la presentación de la carne y sangre de Jesús como verdadero alimento y verdadera bebida.

            Þ Dimensión eclesiológica: insinuada en las doce canastas sobrantes de pan y patente en la confesión de fe de Pedro en nombre de los doce apóstoles.

En síntesis: “El conjunto del capítulo es una invitación urgente a la fe y al sacramento: a la fe en la persona de Cristo y a la comunión con El por el sacramento eucarístico”.

En 6,1-4 se nos ofrece una clara “composición de lugar, de actores y de tiempo”. O también, como sugiere F. Moloney[3], se responde a las clásicas preguntas: “¿dónde? ¿cuándo? ¿quién? y ¿por qué?”. El escenario (dónde) se desarrolla la narración es la orilla del mar de Galilea o Tiberíades; hay una multitud que sigue a Jesús atraída por los “signos” que obró con los enfermos (por que); Jesús y sus discípulos están sobre un monte (quienes); está cerca la Pascua, la fiesta de los judíos (cuándo).

Esta referencia a la Pascua de los judíos, más el cruce a la otra orilla y el ascenso de  Jesús al monte, son una invitación a leer el relato que sigue en el trasfondo de la narración del éxodo. Todo esto se confirmará luego con la multiplicación de los panes y el caminar de Jesús sobre las aguas, más las referencias explícitas en el discurso a Moisés y al maná.

En 6,5-9 tenemos un diálogo de Jesús con Felipe y Andrés, dos de los apóstoles, que nos descubre la situación de carencia que requerirá del milagro de Jesús para ser salvada. A diferencia de los relatos paralelos en los sinópticos, aquí es Jesús quien, viendo la multitud, se percata de la necesidad de alimentar a la gente y de la escasez de recursos. En cuanto a esto último Felipe calcula el dinero que necesitarían (200 denarios) y Andrés declara lo que tienen en concreto: una donación hecha por un niño (5 panes de cebada y 2 pescados). La conclusión es evidente: “¿qué es esto para tanta gente?”.

En 6,10-11, a pesar de la desproporción entre la necesidad y los recursos, Jesús entra rápidamente en acción. Hace sentar a la gente y se precisa que son cinco mil hombres y que había mucha hierba verde en el lugar, lo que puede ser una referencia al Sal 23,2 (“en verdes praderas me hace recostar”). Luego Jesús “toma” el pan, “da gracias” y “lo entrega” a la gente. Estos gestos de Jesús, en particular el “dar gracias” nos remiten a la Cena Pascual judía y también a la celebración eucarística cristiana.

En 6,12-13, por indicación de Jesús, entran en acción los discípulos a quienes toca recoger lo sobrante. Notemos que no sólo alcanzó para todos, quienes se “llenaron” bien, sino que también sobró mucho. Con todo esto se resalta la abundancia de la comida y se haría referencia al Sal 23,1: “el Señor es mi pastor, nada me falta”. En cuanto al número de canastos que se llenaron con los pedazos sobrantes, doce, es difícil no ver una relación con el grupo apostólico identificado con este número más adelante (cf. Jn 6,67.70.71).

En 6,14-15 tenemos la reacción de la gente ante el “signo” de la multiplicación de los panes. En primer lugar dicen: “Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.” Hay aquí una clara referencia a Dt 18,15.18, texto mesiánico por cuanto anuncia la venida de un profeta como Moisés. Esto es sumamente significativo por cuanto “el contexto fundamental en que se sitúa todo el capítulo es la comparación entre Moisés y Jesús: Jesús es el Moisés definitivo y más grande, el «profeta» que Moisés anunció a las puertas de la tierra santa (Dt 18,18)”[4].

En segundo lugar se narra que “querían apoderarse de él para hacerlo rey”. También aquí hay una expectativa mesiánica de tipo temporal-terrenal en referencia al sucesor de David que vendría a liberar al pueblo de sus males y devolverle la gloria a Israel. Según L. H. Rivas[5], puesto que no se trata de reconocerlo como rey que venía de Dios, sino de “hacerlo rey“, “esto equivaldría a colocarlo como cabecilla de una revolución tendiente a expulsar a los romanos y a restaurar el reino de Israel […] El evangelista deja claro que Jesús no se involucró en el mesianismo político terrenal. Su reino no tenía su origen ni su fuerza en este mundo. Era importante dejar claros estos conceptos en la época en que se escribió el evangelio, cuando el cristianismo incipiente podía ser confundido con alguno de los movimientos sediciosos nacionalistas de los judíos”.

La sección termina señalando que Jesús volvió-huyó al monte, esta vez solo.

Como bien dice G. Zevini[6]: “Cuando el hombre no deja sitio para la búsqueda sincera del don de Dios, no consigue leer el acontecimiento como palabra de salvación y no se abre a la fe. Ante este grave equívoco de mesianismo, a Jesús no le queda más remedio que retirarse a la soledad del monte para orar, para huir de la gente que quiere apoderarse de él a fin de convertirlo en un rey terreno. Aquí es donde comienza aquella progresiva deserción de la gente que se narra en este capítulo, hasta que Jesús se queda sólo con los Doce”.

En síntesis: teniendo en cuenta que este relato tiene como trasfondo dos narraciones del Antiguo Testamento: la multiplicación de los panes por parte del profeta Eliseo (2Re 4,42-44) y el don del maná en el desierto (Ex 16,13-35), el mensaje es que Jesús posee la autoridad y el poder de los antiguos profetas y hombres de Dios como Moisés y Eliseo. Sí, pero es mucho más que ellos, pues tiene más para dar a los hombres: otro pan y otra vida…

ALGUNAS REFLEXIONES:

Para comprender el mensaje del evangelio de este domingo tenemos que introducirnos en el universo simbólico del evangelio de Juan. En primer lugar hay que comprender el valor y la función del signo (semeion). En el evangelio de san Juan el signo es algo que hace Jesús en el presente, especialmente milagros. En los mismos hay una realidad inmediatamente perceptible, visible, pero esta realidad significa algo más profundo que se revela por la fe. Como bien señala el Card. Martini[7]: “la fe, tal como Juan nos la describe, no logra su objetivo sino por medio de testimonio o de signos; por eso, ella realiza, en su estructura esencial, dos condiciones: capacidad de interpretar correctamente los signos como tales, y capacidad de ir más allá de los signos”. En el evangelio  de san Juan los signos tienen un significado cristológico por cuanto nos revelan quién es Jesús y cuál es su obra salvadora.

En cuanto al pan, este tiene un valor simbólico universal que es asumido por el evangelista. Dado que la comida y la bebida son necesidades vitales, el pan simboliza la vida. De la tradición bíblica toma la idea de que el pan es don de Dios para la vida del hombre. La comida como don de Dios ya aparecía en Gn 1,29-30 donde Dios daba la hierba como alimento tanto a los hombres como a los animales. El hecho de necesitar comer para vivir indica que la vida del hombre está sujeta a alimentarse día tras día, y con algo exterior a sí mismo. Por tanto, el hombre no tiene la vida en sí mismo sino que es un ser creatural, dependiente y no autónomo. En breve, recibir el alimento de Dios indica que es Dios mismo quien mantiene en la vida a los seres vivos que creó, es Providente.

Uniendo estos dos aspectos, notamos que Jesús considera la multiplicación de los panes como un signo(6,14.26.30); es decir un hecho que no es fin en sí mismo sino que nos debe llevar al conocimiento de otra realidad más profunda, lo significado, que es lo definitivo o auténtico. Es decir, el pan material que Jesús les dio en abundancia es en sí algo perecedero (6,27) y es signo de otro pan, de otro alimento que el Padre ofrece y que permanece hasta la vida eterna. En el discurso siguiente quedará claro que Jesús mismo es el Pan de Vida.

Ahora bien, pienso que es importante asumir también la pedagogía o camino de fe que nos señala el evangelio en este capítulo sexto (y presente también en el capítulo cuarto). Para ello deberíamos centrarnos en considerar nuestra fe como la interpretación correcta de los signos de Dios y nuestra capacidad de ir más allá de los signos a la realidad significada. De hecho es aquí donde fallan los comensales de la multiplicación de los panes pues interpretan incorrectamente el signo quedándose en el  hecho de haberse llenado la panza milagrosamente. En el fondo quedaron encerrados en sus expectativas mesiánicas de orden terrenal. Como bien nota E. Bianchi[8] “precisamente en este nivel aparece la diferencia entre la muchedumbre y Jesús, y a pesar de que él se ha mostrado acogedor y compasivo con la gente hasta el punto de saciar su hambre, se consuma la ruptura: cuando Jesús comprobó que el signo que acaba de realizar no había suscitado fe en su persona, sino que únicamente había servido para fomentar esperanzas mesiánicas mundanas, decidió  «retirarse de nuevo al monte, él solo».

Traduciendo esto a nuestro lenguaje actual sería oportuno preguntarse cuáles son nuestras expectativas con respecto a Jesús. ¿Qué esperamos de él? ¿Por qué lo buscamos? En otras palabras: ¿de qué orden es nuestra hambre de Dios? No se trata en absoluto de minimizar nuestra necesidad de comida y bebida; de salud, afecto, contención, trabajo, éxito; pero ¿todas nuestras búsquedas y deseos se reducen a eso? Y nuestra búsqueda de Dios, ¿también puede quedar reducida a esto? Por ello es tan importante preguntarnos por nuestros deseos, ya que según A. Cencini[9]: “El concepto de deseo es considerado como el índice del proceso de formación permanente. Deseo como contenido (la calidad del deseo) y como dinamismo (la capacidad y libertad para desear)”.

La recuperación del deseo de Dios es algo vital, pero hoy choca con la cultura de la gratificación inmediata, que a fuerza de dar satisfacción a nuestros deseos primarios termina por adormecer nuestros deseos profundos, nuestra hambre de Dios.

También es una invitación a tener una mirada de fe para ir más allá de los signos en  nuestra vida concreta. Aquí descubriremos que toda la realidad es en cierto modo un signo, una escalera hacia Dios. Así, por ejemplo, puedo levantarme y concentrarme en mis actividades directamente. O bien, puedo tomar conciencia, gracias a la fe, de que cada día es un regalo de Dios, que estoy vivo y gracias a Él puedo hacer muchas cosas a lo largo del día. Puedo simplemente disfrutar de una comida; pero con la fe puedo, además, darle gracias al Señor por el don de la comida. Y así con todas las cosas de mi vida: todo es signo de su presencia y de su amor. Sólo nos falta la fe para descubrirlo y vivirlo.

Por último, consideremos la generosidad del joven que aportó lo que tenía y gracias a eso Jesús realizó el milagro de la  multiplicación. “Seguramente tenemos alguna hora de tiempo, algún talento, alguna competencia… ¿Quién de nosotros no tiene sus «cinco panes y dos peces»? ¡Todos los tenemos! Si estamos dispuestos a ponerlos en las manos del Señor, bastarían para que en el mundo haya un poco más de amor, de paz, de justicia y, sobre todo, de alegría. ¡Cuán necesaria es la alegría en el mundo! Dios es capaz de multiplicar nuestros pequeños gestos de solidaridad y hacernos partícipes de su don” (Papa Francisco, Ángelus del  domingo 26 de julio de 2015).

En síntesis: la pedagogía de Jesús en el evangelio de Juan comienza por “anclar” la fe en la experiencia humana, en este caso concreto en nuestra necesidad de alimento, de pan para poder vivir. Luego con el signo de la multiplicación de los panes Jesús demuestra su capacidad para saciar sobreabundantemente, pero también sólo momentáneamente, el hambre de pan de todos los hombres presentes. De este modo permite confiar en él, creer en él. Pero luego invita a elevarse, por la fe, a dimensiones más profundas pero no por ello menos auténticamente humanas. Por tanto el signo tiene una función provocadora, nos invita a reflexionar sobre aquello sobre lo que fundamentamos nuestra vida, sobre los objetos de nuestros deseos y aspiraciones cotidianas. Nos invita a darles el justo valor, pero al mismo tiempo a abrirnos a lo trascendente, a lo más que Dios quiere darnos.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Sin provisiones

Señor,
¡Cuántos signos! ¡Curaciones y milagros!
¡Entre la multitud andamos, ocultos y curiosos!
Admirados.

Salimos tras de ti sin pensarlo
Y nos sorprendió el camino, la altura de la montaña
Sin alimento ni provisiones para el descanso.

Solo previó la necesidad, un niño pequeño
Que apenas traía un canasto.
Y te lo dio todo, sin dudarlo.

Y vos lo multiplicaste para darnos una lección
De cuán despreocupados andamos
Olvidados de lo importante, de alimentarnos…

Y entonces te hiciste alimento
Para estar gratuitamente entregado,
Vivo en el pan y en el vino hasta el final de los tiempos.

Y también para enseñarnos,
Pues tu Palabra se escucha primero
Y el manjar se va preparando.

Así un nuevo pueblo se va formando
Son los renacidos por la Buena Nueva, Alianza de Amor
Constituida hace más de dos mil años.

Por ti, Dios del Amor, bajado del cielo
Resucitan los muertos,
Como lo hiciste vos mismo antaño.

Ten compasión de nosotros,
Tu pueblo hambriento,
Terco y desorientado.

Tu sangre fue su precio tan caro
De infinito valor las vidas que has comprado
Para Gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

[1] “The Classification of the Prophetical Stories”, JBL 89 (1970) 427-440.
[2] Predicación del Evangelio de Juan (Comisión Episcopal del Clero; Madrid 1988) 307-308.
[3] El evangelio de Juan (Verbo Divino; Estella 2005) 218.
[4] J. Ratzinger, Jesús de Nazaret. Primera parte (Planeta; Buenos Aires 2007) 312.
[5] El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2006) 213-214.
[6] G. Zevini, Evangelio según san Juan, Salamanca, 1995., 179.
[7] El Evangelio de San Juan. Ejercicios espirituales sobre San Juan (Paulinas; Bogotá 1986) 92.
[8] E. Bianchi, Escuchad al Hijo amado, en él se cumple la Escritura, Salamanca, 2011.,139.
[9]A. Cencini, La formación permanente (San Pablo; Madrid 2002) 188.
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