Lectio Divina

DOMINGO XXI DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

Es bueno comenzar tomando nota de una sugerencia de P. Tenna quien considera que a partir de este domingo 21 y hasta el domingo 27 entramos en la segunda etapa del camino a Jerusalén, una etapa sapiencial que contiene principalmente enseñanzas sobre la vida cristiana[1]. Esta división, según algunos comentaristas, responde al mismo evangelio de San Lucas. Por ejemplo L. Sabourin[2] también piensa que con el evangelio de este domingo comienza la segunda parte del viaje de Jesús a Jerusalén.

1ra. Lectura (Is 66,18-21):

Este texto perteneciente al último capítulo de Isaías sorprende por su apertura universalista pues, de algún modo, abre los dones salvíficos propios de Israel a todas las naciones. Tan sorprendente es que algunos comentaristas se inclinan por considerar que en realidad se está refiriendo exclusivamente a los deportados israelitas que se encuentran dispersos por las naciones. La fundamentación de esta postura está en la relación de esta perícopa con el resto del libro de Isaías y, en particular, con este último capítulo centrado en el retorno de la diáspora[3]. En cambio, la opinión tradicional, tal vez influenciada por la visión cristiana, reconoce una verdadera apertura universalista e incluso un ánimo misionero. Es decir, “la admisión de extranjeros en Sión no es sólo una cuestión del orden de la comunidad, sino también de la voluntad divina para la integración del mundo de las naciones. Si estos pueblos se ponen en camino hacia Jerusalén, traerán consigo a los judíos de la diáspora que todavía viven entre ellos”[4].

La lectura litúrgica nos inclina por esta segunda opinión, pues nos prepara para lo que escucharemos al final del evangelio de hoy. Incluso, más allá de estas opiniones, es claro que se trata de una inversión de situaciones por cuanto los que están lejos son llamados a acercarse para ver la gloria de Dios; y los que no pueden ser sacerdotes ni levitas (por no pertenecer a la tribu sacerdotal de Leví) serán consagrados. Se trata de algo nuevo que hará Dios al final de los tiempos, como dice justamente a continuación en el versículo 22 que no se lee hoy («Como el cielo nuevo y la tierra nueva que voy a crear…»).

Evangelio (Lc 13, 22-30):

En primer lugar, Lucas nos vuelve a recordar que Jesús va camino a Jerusalén con sus discípulos y que «de camino» se dedica a la enseñanza. Jesús Maestro suele enseñar respondiendo a preguntas y cuestiones que le plantean. La pregunta de hoy es: «¿son pocos los que se salvan?»

Al parecer esta pregunta no apunta tanto a la cuestión de la cantidad, sino que encierra una preocupación más subjetiva como es la cuestión de la salvación personal. Esta es la opinión de F. Bovon[5]: «Como da a entender la respuesta de Jesús, lo que inquieta al oyente anónimo no es tanto la cuestión objetiva de la cantidad, sino su preocupación subjetiva de estar en ese número. Con su respuesta, Jesús confirmará la inquietud del oyente: a la cuestión del pequeño número, opondrá la constatación del número de los que no pueden. El interlocutor y Jesús están de acuerdo en este punto: pocos salvados y muchos perdidos. Por tanto, la amenaza es grande».

La respuesta de Jesús va más allá de todo cálculo, no se detiene en cuántos se salvan sino en cómo se salvan; por lo cual exhorta a «luchar» para entrar por la puerta estrecha. De hecho, el evangelio utiliza el verbo agonízomai(agwni,zomai) que tiene el sentido de lucha o esfuerzo permanente. Lo encontramos con este sentido, por ejemplo, en 1Tim 6,12: «Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesión delante de muchos testigos»; y en 2Tim 4,7: «he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe».

Por tanto “Jesús no responde directamente sino que exhorta vehementemente a la conversión, pues estamos en el plazo gratuitamente concedido para ello (cf. 13,8s). Hay que esforzarse seriamente por entrar por la puerta que conduce a la salvación, pues es estrecha.”[6]

El texto paralelo de Mt 7,13-14 clarifica mejor el sentido del entrar por la «puerta estrecha»: «Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran». Hay aquí dos puertas, una que conduce a la salvación y es estrecha; y otra que lleva a la perdición y es ancha. La versión de Lucas es más radical: hay un único camino que lleva a la salvación y cuya puerta de ingreso es estrecha, vale decir que no es cómodo ni masivo el ingreso por la misma, por lo que muchos pretenderán entrar, pero no podrán. En Lucas las opciones son la «puerta estrecha» o la «puerta cerrada»; con lo cual invita más dramáticamente a tomar ya la decisión correcta por el Reino.

La parábola que sigue desarrolla esta posición por cuanto dice que en cierto momento la puerta se cerrará y ya no se podrá entrar más. Y aunque los que quedaron afuera reclamen por entrar alegando haber conocido al Señor, ya será demasiado tarde. Al parecer Jesús toma la imagen de las puertas de las ciudades amuralladas que se cerraban al caer la tarde.

Este breve relato pone el acento en la sinceridad de la decisión por Cristo, pues no alcanza con haberlo visto, escuchado y luego dejado pasar. Era necesario haberlo seguido, comprometer la vida por Él.

Lo que sigue del evangelio nos sugiere que en su sentido original esta parábola era una crítica a los israelitas quienes pensaban tener asegurada la salvación por la sola pertenencia al pueblo elegido. Jesús les dice que, al no haber optado por Dios, por su Mesías y por la conversión, quedarán fuera del banquete del Reino. Y una vez cerrada la puerta, no habrá lugar para reclamos.

En cuanto a la sentencia final, es interesante compararla con Mt 8,11-12 donde sólo se indican dos direcciones: Oriente y Occidente. Al Oriente está Babilonia, el lugar del destierro; y a Occidente Egipto, el lugar de la esclavitud. Los cuatro puntos cardinales que trae Lucas son signo de la apertura universal y misionera propia de este evangelio.

La frase final «pues hay últimos que serán primeros y hay primeros que serán últimos», repetida en el evangelio, hace alusión a la inversión de situación que se dará en el juicio de Dios. Hay últimos – pecadores y paganos – que por haberse convertido y entrado por la puerta estrecha serán primeros; y hay primeros – judíos y los que se creen justos – que serán últimos por no convertirse. Mediante esta sentencia Jesús advierte a sus compatriotas para que no se sientan seguros por lo que piensan que son, el pueblo elegido por Dios, pues si no hay respuesta concreta, de vida, de nada les vale. Y Lucas lo hace extensible a los cristianos que se han dormido o dejado estar.

Como bien dice L. Sabourin[7] el texto de hoy tiene como tema fundamental el ingreso en el Reino y acentúa en particular dos ideas: la urgencia de hacer lo necesario para ser admitido en el Reino antes de que sea demasiado tarde; y el verdadero arrepentimiento como condición indispensable de admisión.

ALGUNAS REFLEXIONES:

En el evangelio se nos habla mucho de entrar en el Reino de Dios para encontrar la salvación. Entonces es lógico que nos preguntemos cómo entrar en el Reino; o, en otras palabras, qué tal es la puerta para entrar, ancha o estrecha.

Jesús nos dice en primer lugar que la puerta está abierta a todos, vale decir que todos somos invitados a entrar por ella; nadie debe sentirse excluido del amor del Padre que quiere darnos el Reino.

Pero también nos dice Jesús que la puerta es estrecha, lo cual quiere decir que no es fácil entrar, hay que desprenderse de muchas cosas poder pasar. De este modo nos advierte y recuerda la necesidad de la conversión. Es bueno recordar entonces que la conversión cristiana conlleva muchas veces no seguir el camino de la mayoría. Al respecto decía el entonces Card. Ratzinger: «La palabra griega para decir «convertirse» significa: cambiar de mentalidad, poner en tela de juicio el propio modo de vivir y el modo común de vivir, dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida, no juzgar ya simplemente según las opiniones corrientes. Por consiguiente, convertirse significa dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados en actos dudosos, ambiguos, malos, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; por tanto, tratar de hacer el bien, aunque sea incómodo; no estar pendientes del juicio de la mayoría, de los demás, sino del juicio de Dios. En otras palabras, buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva»[8].

Al respecto decía el Papa Francisco en el ángelus del 21 de agosto de 2016: “¿Por qué dice que es estrecha? Es una puerta estrecha no porque sea opresiva; sino porque nos exige restringir y contener nuestro orgullo y nuestro miedo, para abrirnos con el corazón humilde y confiado a Él, reconociéndonos pecadores, necesitados de su perdón. Por eso es estrecha: para contener nuestro orgullo, que nos hincha. La puerta de la misericordia de Dios es estrecha, pero ¡siempre abierta de par en par para todos! Dios no tiene preferencias, sino que acoge siempre a todos, sin distinción… Quisiera haceros una propuesta. Pensemos ahora, en silencio, por un momento, en las cosas que tenemos dentro de nosotros y que nos impiden atravesar la puerta: mi orgullo, mi soberbia, mis pecados. Y luego, pensemos en la otra puerta, aquella abierta de par en par por la misericordia de Dios que al otro lado nos espera para darnos su perdón”.

Además, en el contexto de todo el evangelio y más aún en el de Lucas, no podemos olvidar la voluntad salvífica universal de Dios. Dios quiere a todos los hombres en su Reino, por eso lo ofrece a todos en la Persona de Jesús. Al hombre toca recibirlo creyendo en él y viviendo según él; y, de esta manera, comienza a hacerse presente el Reino de Dios entre los hombres. Por tanto, en torno a la salvación de los hombres habrá siempre una tensión que se resuelve, en parte, a nivel personal ya que lo que falta para que el Reino se haga presente es la respuesta humana, la fe y la conversión. O sea, entrar por la puerta estrecha.

Los textos que siguen a este evangelio de hoy (y que leeremos los próximos domingos) nos mostrarán claramente las exigencias concretas de la vida del discípulo de Cristo y son la mejor explicación de lo que implica la puerta estrecha. Baste, para este domingo, la insistencia en la importancia y necesidad de una clara decisión para ingresar al Reino de Dios. No alcanza la pasividad ni el haber escuchado hablar de Cristo. Hay que optar claramente por él con la vida. Y no debe asustarnos que sean pocos los que verdaderamente hacen esta opción. Más que de los números y de la cantidad, importa esforzarse por entrar por esta puerta estrecha, pues no hay otra.

Lo otro que nos dice Jesús es que esta puerta en un momento se va a cerrar y ya no se podrá entrar. A primera vista el texto del evangelio de hoy puede parecer duro pues el Señor los deja afuera gritando y no les abre. Notemos primero que son palabras de advertencia o aviso, para evitar que se queden afuera. Y también notemos que la misericordia de Dios no está reñida con la exigencia, ni su Amor con la verdad y el juicio. Su misericordia no se identifica con una tolerancia sin límites, que no pide ni exige nada. Es la Bondad y el Amor de un Padre que sabe exigir y corregir. Nos ayuda aquí el ejemplo de la segunda lectura de hoy. Justamente porque es Padre y nos ama, nos corrige y nos exige.Sobre esto nos dice el Papa Francisco “Pero si Dios es bueno y nos ama, ¿por qué llegará el momento en que cerrará la puerta? Porque nuestra vida no es un videojuego o una telenovela; nuestra vida es seria y el objetivo que hay que alcanzar es importante: la salvación eterna”.

En síntesis, Jesús no contesta a la pregunta sobre la cantidad (¿cuántos se salvan?) sino que su respuesta se enfoca en el cómo salvarse. No obstante, el tema de la «cantidad», del número – muchos o pocos – es algo que preocupa y cuestiona permanentemente nuestra pastoral. La luz que nos ofrece el evangelio de hoy – y a mi entender todo el evangelio – sobre esta cuestión es que la llamada es universal, se invita a todos; pero la respuesta es personal, particular. Por tanto, el número o la cantidad de los que se salven no depende de la Voluntad de Dios «porque él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (Tit 2,4); sino de la respuesta de los hombres quienes por comodidad o por otro motivo no se esfuerzan por entrar por la puerta estrecha. Como bien nota el Card. Vanhoye[9]: “plantearse preguntas teóricas puede ser útil, pero es algo secundario en la vida, en la que necesitamos tomar decisiones. Jesús se preocupa de llevarnos a tomar decisiones válidas, que vayan en la dirección adecuada. Él nos dice: «Esforzaos por entrar…». Esto es lo que debemos hacer, mejor que preguntarnos si son muchos o pocos los que se salvarán”.

Hay que aceptar que la puerta es estrecha y no sería honesto pretender agrandar la puerta, no es nuestra misión. Sí podemos pedir al Señor que todos tengamos la fortaleza necesaria para entrar por la puerta estrecha. Y sí es nuestra misión que la puerta permanezca abierta en este tiempo de la misericordia, y no cerrarla antes de tiempo. En efecto, «La Iglesia no nace aislada, nace universal, una y católica, con una identidad precisa pero abierta a todos, no cerrada, una identidad que abraza al mundo entero, sin excluir a nadie. La madre Iglesia no le cierra a nadie la puerta en la cara. A nadie, ni siquiera al más pecador, a nadie, y esto por la gracia y la fuerza del Espíritu Santo. La madre Iglesia abre sus puertas a todos porque es madre.» (Homilía de S.S. Francisco, 24 de mayo de 2015).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

La vida verdadera

Esa puerta pequeña, de bajo dintel y gruesa madera

Está a la vista de todos sin ser descubierta.

Pasan unos pocos, conocen donde está y nos lo muestran

A una hora y un lugar, ella se abre y luego de un tiempo, se cierra.

Si no estamos atentos quedamos impotentes del lado de afuera

Volver a esperar una jornada entera,

Sobreponerse a la propia voluntad y disponerse sin tardar:

Inclinarse y callar, puede ser una manera.

Sin una casa donde morar, un hogar para aliviar

El ritmo de este mundo alocado y tentador…

¡Si es tan bello el despertar del Señor, tan dulce el recibimiento!

Rechinarán los dientes de aquellos que nunca serán primeros.

¡Golpea la puerta una y otra vez!: el Dueño descansa en su lecho

Sueña y espera en el silencio del Amor: ¡Vamos!

O llorarán lo perdido por derrochar vanos esfuerzos

Sin escuchar que su yugo es suave y liviano su peso.

¡No esperes hermano! Ve a golpear la puerta estrecha

Detrás, está tu verdadero hogar, tu casa,

Una familia trinitaria y divina, te abrazará y celebrará

Gustarás de aquí en más, esa vida interminable y verdadera. Amén

[1] P. Tenna, El leccionario de Lucas. Guía homilética para el ciclo C (CPL; Barcelona 1991) 112.
[2] L’ Évangile de Luc (PUG; Roma 1992) 263.
[3] Por ejemplo J. S. Croato insiste en que «hay que intentar comprender la unidad 66:18-24 desde la perspectiva de la diáspora Judea en todo el mundo. Las naciones, tantas veces mencionadas, no intervienen como tales, sino siempre en relación con la presencia de israelitas en medio de ellas. A partir de este enfoque inicial, los textos son más coherentes de lo que la crítica bíblica ha pensado y sigue pensando», Imaginar el futuro. Estructura retórica y querigma del Tercer Isaías (Lumen; Buenos Aires 2001) 480.
[4] U. Berges, Isaías. El profeta y el libro (Verbo Divino; Estella 2011) 127.
[5] F. Bovon, El evangelio según san Lucas II, 523.
[6] A. Rodríguez Carmona, Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 259.
[7] L’ Évangile de Luc (PUG; Roma 1992) 263.
[8] Card. J. Ratzinger, La Nueva Evangelización. Conferencia dictada en el Jubileo de los Catequistas, 10 de diciembre de 2000, Roma.
[9] Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo C (Mensajero; Bilbao 2009) 267.
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