Lectio Divina

DOMINGO XXII DURANTE EL AÑO – CICLO “C”

1ra. Lectura (Eclo 3,17-18.20.28-29):

            El libro del Eclesiástico o Sirácide es muy cercano al Nuevo Testamento, tanto por su fecha de composición (se piensa en el S. II a.C.) como por algunas de sus enseñanzas. Justamente el texto de este domingo sorprende por su parentesco espiritual con el Evangelio.

            El autor asume el rol de maestro o sabio y transmite su sabiduría a sus discípulos como un padre que da su legado a sus hijos. Por ello su tono es muy personal y afectivo: “Hijo mío”.

            Su primer consejo es obrar siempre con modestia, dulzura o mansedumbre. De hecho utiliza el término griegoprautes (prau?/thj) que tiene todos estos sentidos y proviene de la misma raíz que praeis (praei/j) que son los mansos de la tercera (o segunda) bienaventuranza (Mt 5,4 ó 5) y del Sal 37. La motivación de esta conducta está en la recompensa que se recibe pero es algo diversa al evangelio pues mientras el Eclesiástico la premia con el amor o respeto de los que agradan a Dios, Jesús promete heredar la tierra, figura del Reino futuro.

            Al igual que en las bienaventuranzas, no es posible separar la mansedumbre o modestia de la humildad. Por eso el sabio insiste en que cuando más grande sea uno, más debe “humillarse a sí mismo” (traducción literal del tapei,nou seauto,n). Aquí la motivación es puramente teológica: “obtener el favor de Dios y glorificarlo”.

Más adelante este sabio volverá sobre el tema en Eclo 10,28: “Hijo mío, gloríate con la debida modestia (prau?/thj) y estímate según tu justo valor”. En este texto el consejo suena más equilibrado, propio para situaciones normales. Pero cuando la situación es de grandeza o elevación, como en la lectura de hoy, lo propio del sabio es abajarse y humillarse porque el peligro o tentación de la soberbia es mucho mayor.

            Justamente, como buen maestro, el sabio enseña también con los ejemplos negativos, con la otra cara de la moneda. En contraposición a todos los bienes que siguen a una actitud modesta y humilde; está el mal sin remedio del orgulloso. Ha echado raíces en su corazón una planta maligna, y malos serán todos sus frutos. Por ello el diagnóstico es lapidario: no tiene cura, no hay remedio.

            Como mejor es prevenir que curar, termina señalando que el camino para la modestia y la humildad, el camino para el corazón sensato y sabio, no es otro que el de tener un oído que escuche, un oído atento.

Evangelio (Lc 14, 1.7-14):

            Jesús sigue de camino a Jerusalén y aprovecha toda ocasión para enseñar a sus discípulos. En este caso la ocasión es una comida en casa de uno de los jefes de los fariseos. Estos miran con suspicacia a Jesús, pero él también observa su comportamiento y nota cómo buscan los primeros puestos en la mesa. Esta observación le da pie para contar dos parábolas, en el sentido amplio de relato en lenguaje figurado o indirecto.

            La primera va dirigida a todos los invitados. En ella sugiere que es más prudente no elegir los primeros y mejores lugares, sino ubicarse en los últimos. La motivación que da luego Jesús podrá parecernos poco espiritual, pero no nos olvidemos que se trata de un simple ejemplo que hace recurso de la sabiduría humana y que tiene un sentido figurado o indirecto; o sea que el mensaje profundo está más allá de esto. Como dice L. Sabourin[1]: “Exponiendo un aspecto de la sabiduría mundana, estos versículos preparan al auditorio para la verdadera enseñanza: la verdadera situación del hombre es aquella que tiene ante Dios y no aquella que él puede ganarse por sus esfuerzos de autopromoción”. Por tanto, no se trata sólo de una lección de protocolo o de comportamiento en sociedad. Más bien es una manera gráfica de describir el principio evangélico con que cierra los ejemplos: “Porque todo el que se eleva a sí mismo será humillado, y el que se humilla a sí mismo será elevado” (14,11). Dado que los segundos verbos de cada miembro están en voz pasiva, algunos los interpretan como “pasivos teológicos”, o sea con Dios como sujeto, y la traducción según su sentido sería: “Dios humillará a todo el que se engrandece a sí mismo, y engrandecerá al que se humilla” (BIA)[2].

            Además, en el contexto del evangelio es claro que el banquete de bodas es figura del Reino y que la actitud de abajamiento o humildad es la puerta estrecha para entrar en él. De hecho, nos dice Lucas que así lo entendió, al menos uno de los invitados, quien al final del discurso de Jesús exclamo: “¡Feliz el que se siente a la mesa en el Reino de Dios!” (en Lc 14,15 versículo siguiente al texto de este domingo).

La enseñanza de Jesús es que todo verdadero discípulo debe seguir el camino de la humildad. En efecto, el discípulo debe reflejar con su vida las enseñanzas del Maestro. Un auténtico discípulo de Jesús no puede estar luchando por los primeros puestos como solían hacer los escribas y fariseos. Más adelante Jesús condenará ya directamente esta actitud arribista pidiendo a sus discípulos que se guarden o cuiden de la misma: “Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje y quieren ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes” (Lc 20,46).

 Ahora bien, recorrer el camino de la humildad no es algo que nos salga espontáneamente; más bien sentiremos lo contrario. Pero no debemos asustarnos de sentir esta “inclinación hacia arriba, hacia el honor”. Los apóstoles, llevados por su tendencia natural – la misma que tenemos todos nosotros – buscaron los primeros puestos o lugares. Y el Señor claramente les dijo: “Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve.” (Lc 22,26).

            La segunda parábola ya no se dirige a los invitados, sino al que invita, al anfitrión, y lo que dice es algo desconcertante: no invitar a familiares ni amigos ni vecinos ricos; sino a los pobres, lisiados, inválidos y ciegos. Pero debemos tener en cuenta que el acento de la misma está puesto en la recompensa y la motivación de las buenas obras que hacemos. Como nota L. Rivas[3]: “Por medio de esta parábola el Señor enseña a sus discípulos que deben ser desinteresados y que jamás deben hacer el bien con la mirada puesta en la retribución que esperan recibir. El que comparte lo suyo sin buscar recompensa en este mundo, la recibirá de manos de Dios, quien es generoso en grado infinito”. Por tanto, también el que invita debe optar por la humildad y por la generosidad desinteresada, en su caso, haciéndose amigo de los pobres y esperando la recompensa sólo de Dios.

En síntesis, nos parece muy bueno el comentario final del Card. Vanhoye[4]:

“Todos tenemos sed de honor y de gloria, pero, si queremos obtenerlos por nosotros mismos, asumimos una actitud egoísta, soberbia, que nos rebaja. Jesús quiere que asumamos, más bien, una actitud humilde, porque la humildad manifiesta una disposición de ánimo muy hermosa, una disposición que nos abre al amor. Los peores obstáculos para el amor son precisamente la soberbia y el orgullo, que quieren tener los honores para sí. La humildad, en cambio, nos ayuda muchísimo a progresar en el amor. Jesús nos invita, por tanto, a renunciar a la búsqueda directa de los honores, porque esta búsqueda manifiesta una actitud posesiva, negativa. El que busca directamente los honores, no los merece. En cambio, el que se contenta con el último lugar, o con un lugar modesto, manifiesta una actitud positiva de generosidad, de apertura al verdadero amor”.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            Con el evangelio de este domingo comienzan las precisiones sobre la puerta estrecha que nos permite entrar en el discipulado de Jesús. Pues bien, hoy se nos dice que esta puerta, además de estrecha es bajay por ella sólo entrarán los pequeños, los humildes. Los que se creen grandes no pueden entrar por ella. Al contrario, irán por la puerta amplia y espaciosa que lleva a la perdición (cf. Mt 7,14-15).

Podemos decir, entonces, que la primera condición para ser discípulo de Cristo es la humildad. Es paradójico que esta virtud tan fundamental por cuanto es el humus de la vida cristiana sea tan poco bien comprendida y vivida. Al respecto comenta H. U. von Balthasar[5]: “Es difícil definir la humildad como virtud. En realidad no se debe aspirar a ella, porque entonces se querría ser algo; no se la puede ejercitar, porque entonces se querría llegar a algo. Los que la poseen no pueden saber ni constatar que la tienen. Simplemente se puede decir negativamente: el hombre no debe pretender nada para sí mismo”.

Pero esta paradoja tiene su razón de ser. Se trata de una virtud, en cierto modo, exclusivamente cristiana o religiosa, por cuanto es la conciencia de la propia realidad a la luz de DiosEs la mirada sobre uno mismo desde la mirada de Dios.

Por esto puede coexistir con la firmeza de carácter y con un espíritu de fuerte liderazgo. Un buen ejemplo lo tenemos en Moisés, líder indiscutible y sin embargo muy humilde: “Moisés era un hombre muy humilde (prau>j), más que hombre alguno sobre la faz de la tierra” (Nm 12,3).

El mismo libro del Eclesiástico le reconoce esta actitud a Moisés: “Por su fidelidad y humildad (prau?/thj) lo santificó, lo eligió de entre todos los vivientes” (Eclo 45,4).

            En el Nuevo Testamento brilla por su humildad la Santísima Virgen. Ella no teme afirmar que Dios obró cosas grandes en ella, que recibió una misión increíble de parte de Dios. Pero no por ello se repliega de modo narcisista sobre estos grandes dones, todo lo refería naturalmente al Señor, quien miró la humillación de su esclava. Esta es la verdadera humildad.

            Como ya dijimos, el camino de la humildad ha sido el camino de Jesús en este mundo, en quien tenemos el modelo perfecto. Baste citar el himno de la carta a los Filipenses que nos describe con dos acciones: ‘se vació de sí mismo’ y ‘se humilló’ el anonadamiento supremo por el cual el que era igual a Dios tomó la condición de esclavo (cf.Flp 2,6-11).

            El beato Charles De Foucault solía repetir la frase: “Jesús ha tomado de tal manera el ultimo lugar que nunca nadie se lo ha podido arrebatar”.

            Podríamos, incluso, hablar de la humildad de Dios, como hacía San Francisco de Asís[6]. O tal vez mejor de la “discreción de Dios” de la que habla el teólogo Bernard Rey[7].

Este es el camino de la humildad. Es único, no hay otro que nos lleve hasta Dios. Por eso se ha considerado a esta virtud junto a la fe, esperanza y caridad, casi como una cuarta virtud teologal.

            Es importante tomar conciencia de que a todos nos gusta que nos reconozcan; que consciente o inconscientemente aspiramos a los primeros puestos. El gran problema es que el honor y el poder ejercen en nosotros un efecto semejante a las drogas: nos sacan de la realidad. Así nos evadimos de lo que verdaderamente somos y valemos. Pues nuestro verdadero valor y nuestra realidad profunda y verdadera es lo que somos ante Dios. Este es el sentido de la frase de Sta. Teresa: “humildad es andar en verdad”. Por eso la humildad nos mantiene en la realidad. Lo cual implica no negar todo lo bueno y valioso que tenemos, sino referirlo siempre a su origen y fuente: Dios. Nos lo enseña con claridad San Pablo: “Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?” (1Cor 4,7).

            Y los frutos de la humildad son muchos: “El alma humilde conoce una gran paz, mientras que el alma soberbia se atormenta a sí misma. El orgulloso no conoce el amor de Dios y se encuentra alejado de Él. Se ensoberbece porque es rico, sabio o famoso, pero ignora la profundidad de su pobreza y de su ruina, porque no ha conocido a Dios. Para que puedas ser salvado, es necesario que te vuelvas humilde, puesto que, aunque se trasladara por la fuerza un hombre soberbio al paraíso, tampoco allí encontraría paz ni se sentiría satisfecho, y diría: “¿Por qué no estoy en el primer puesto?” Sin embargo, el alma humilde está llena de amor y no busca los primeros puestos, sino que desea el bien para todos y se contenta con cualquier condición. En virtud del amor, el alma desea para cada hombre un bien mayor que para sí misma, y goza cuando ve que los otros son más afortunados que ella, y se aflige cuando ve que se encuentran en el sufrimiento”[8].

Ya en el siglo IV autores como San Juan Clímaco con su Santa Escala y San Benito en su regla enseñan que el ascenso a Dios es más bien un descenso por la escalera de la humildad. Al respecto comenta A. Louf: “La cima de esta escala coincide con la cima de la humildad y la exaltación que puede aportar en el futuro no se alcanza más que por medio de la humildad en la vida presente”[9].

            En conclusión, la humildad fue el camino de Jesús, de María y de Moisés. Es también el nuestro. En algún momento nos tocará descender hasta nuestro propio infierno o abismo y allí aceptar nuestra condición pecadora y la necesidad que tenemos de la redención de Cristo. Y es justamente allí, en lo más profundo, donde la misericordia de Dios y la miseria del hombre se encuentran cara a cara y se besan, allí surge la humildad del corazón. Como dice el Papa Francisco, se trata de “utilizar como receptáculo de la misericordia nuestro propio pecado”.

            De esta forma se responde a la invitación del Señor a la conversión y a la humildad. Como bien nota el P. Ballestrero[10]: “¿Basta con estar convencidos de la misericordia de un Dios que perdona y de nuestra condición personal de pecadores para que se lleve a cabo la reconciliación? No. Falta aún una disposición, un valor que es nuestro o, al menos, es nuestro en cuanto debemos aceptar una invitación interior que viene de Dios […] Sin conversión no hay reconciliación. La conversión del corazón, entendida como movimiento del hombre que se dirige hacia Dios, que se convierte, es decir, que se mueve hacia Dios con la conciencia de haberse alejado de Dios”.

Y la segunda parábola del hoy debe ayudarnos a purificar nuestras motivaciones a la hora de hacer las obras de misericordia. Jesús nos invita a ayudar a los que no pueden devolvernos el favor, o sea a ser desinteresados y esperar la recompensa sólo de Dios (“bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia”). Vemos aquí la opción preferencial por los pobres que nos ha recordado Francisco en EG n° 48: “Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que «no tienen con qué recompensarte» (Lc 14,14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, «los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio», y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos”.

            Y terminemos señalando la conexión entre los dos temas principales de las parábolas: la humildad y el servicio desinteresado. Sólo el humilde, el que no se busca a sí mismo, tiene lugar en su corazón para amar y servir desinteresadamente al necesitado. No hace las obras de misericordia para figurar, sino por compasión; y con el corazón lleno por la recompensa que el mismo Señor le ha dado y que quiere compartir con los demás.

En fin, como dijo el Papa Francisco en el ángelus del 28 de agosto de 2016: “Pidamos a la Virgen María que nos guíe cada día por la senda de la humildad, Ella que fue humilde toda su vida, y nos haga capaces de gestos gratuitos de acogida y solidaridad hacia los marginados, para ser dignos de la recompensa divina”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Será un sábado

Hermano mío, no te coloques en el primer lugar

Deja que te busque el Señor, entre la gente, entre la multitud…

Su mirada tierna, llena de deseo, posará sobre ti

Y el calor de su Presencia te recorrerá.

Si otros van primero, ¿qué más da?

Fuiste el elegido para estar a su lado, y ocupar ese lugar

Ese espacio privilegiado donde descansar

Y como el novio en las bodas, te invitará a bailar.

Desde el último lugar serás iluminado

Y en medio de la oscuridad brillarás con su luz

Transfigurado como él y opaco a la mirada humana

Será tu alma enamorada, elevada y extasiada.

El brinco en tu interior será una invitación

Un llamado al Amor y abrirás tu corazón, sin medir

Invitarás a tantos otros, podrás compartir lo mucho y lo poco

Serás feliz de dar sin recibir, y alabarás la Gloria de Dios: volverás a Vivir. Amén.

[1] L’ Évangile de Luc (PUG; Roma 1992) 268.
[2] De esta opinión es también A. Rodríguez Carmona, Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 266.
[3]  La obra de Lucas. I. El Evangelio (Ágape; Buenos Aires 2012) 142.
[4] Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo C (Mensajero; Bilbao 2009) 272.
[5] Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 280.
[6] “Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones (Sal 61,9); humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por él (cf. 1 Pe 5,6; Sant 4,10)”, Carta a toda la Orden, nº 28.
[7] La discreción de Dios (Sal Térrea; Santander 1998).
[8] Archimandrita Sofronio, Silvano del Monte Athos, Turín 1973, 274; citado por G. Zevini – P. G. Cabra, La lectio divina para cada día del año vol. 15, 290-291.
[9] A merced de su gracia (Nancea; Madrid 1991) 86.
[10] Citado en G. Zevini – P. G. Cabra, Lectio Divina para cada día del año 15 (Verbo Divino; Estella 2006) 215.
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