Lectio Divina

DOMINGO XXIV DURANTE EL AÑO – CICLO “C”

1ra. Lectura (Ex 32,7-11.13-14):

            El texto de la primera lectura de hoy forma parte de una unidad literaria integrada por los capítulos 32-34 del libro del Éxodo.Esta sección nos narra cómo Israel en lugar de respetar las tablas de la ley con el mandato principal de no tener otros dioses, se fabricó un becerro de oro, considerado como una divinidad rival de Yavé (cf. Ex 20,3; 32,1.8). Y con esta acción provocó una grave crisis que puso en peligro la misma existencia de Israel como pueblo de Dios. Una cuestión domina estos capítulos: después del episodio del becerro de oro, ¿continuará Yavé a habitar en medio de su pueblo y a guiarlo en el desierto? La gravedad del pecado cometido por el pueblo justificaba la “retirada” de Yavé; pero Moisés intercede y finalmente Yavé cede, perdona, tiene misericordia (Ex 32,13-14; 33,14.17).

            El Antiguo Testamento, en varias oportunidades, habla de la cólera de Dios. Incluso más, atribuye a esta irritación de Dios muchas de las desgracias o calamidades que sufre el pueblo (cf. Nm 11,1-33; 25,3.9; Jos 7; Jue 2,14.20; 3,8; 2Sam 15,26; 24,1-15). Ahora bien, la cólera divina es la reacción de Yavé ante el pecado de los hombres, no se trata de una mera explosión de mal humor o de una reacción caprichosa. Hay que vincularla con la justicia divina, como hacen algunos textos proféticos (por ej.: Miq 5,14; Jer 11,20; Ez 25,12-14).

Vale decir que en nuestro texto la ira de Dios está justificada por el grave pecado del pueblo (“se han apartado rápidamente del camino”). Ahora bien, el hecho de que Yavé le cuente su plan de castigo a Moisés supone que deja la puerta abierta para la intercesión[1]. Y esta termina siendo eficaz pues “el Señor se arrepintió del mal con que había amenazado a su pueblo”.

La misericordia y el perdón triunfan sobre la justicia, la cual no es anulada sino mitigada. Esta es la suprema experiencia de Dios que tiene Moisés cuando vuelve a subir al monte: “El Señor pasó delante de él y exclamó: “El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad. El mantiene su amor a lo largo de mil generaciones y perdona la culpa, la rebeldía y el pecado; sin embargo, no los deja impunes (Ex 34,6-7).

Segunda Lectura (1Tim 1,12-17):

            Esta carta de la tradición paulina muestra a San Pablo ya anciano y maduro, quien recorre con la mirada su pasado y, descubriéndose pecador, reconoce cómo sobreabundó la gracia y la misericordia de Dios en su vida.

Evangelio (Lc 15, 1-32):

            Las parábolas del capítulo 15 de San Lucas tenían como intención original hacer comprender a los fariseos y escribas su error al criticar a Jesús y murmurar contra él porque se juntaba con los pecadores (cf. Lc 15,1). En respuesta a esta crítica Jesús narra entonces estas tres parábolas. Las dos primeras, la oveja perdida y la moneda extraviada, reciben al final una clara transposición al orden de la fe insistiendo en la alegría de Dios (el cielo; los ángeles) por la conversión de los pecadores (Lc 15,7.10). La parábola del hijo pródigo permanece sin aplicación directa, pero por el contexto es fácil deducir que el padre representa a Dios, el hijo menor a los pecadores y el hijo mayor a los fariseos y escribas que se creían justos.

Acerca de esta última parábola, la más extensa de las tres, debemos señalar que el centro o hilo conductor de la misma es la relación del Padre con sus dos hijos. Con esta narración Jesús intenta hacerles descubrir a los fariseos que la actitud de Dios para con los pecadores es como la de un padre que sale gozoso al encuentro del hijo rebelde que se había marchado de casa tiempo atrás y a quien lo daba por muerto. Aquí estaría el mensaje central de la parábola:

Lc 15,20-24: Entonces (el hijo) partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus servidores: “Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado”. Y comenzó la fiesta.

El verbo griego (splagcni,zomai) que expresa los sentimientos del padre cuando ve volver al hijo (15,20) indica una conmoción visceral, una repercusión en las ‘entrañas’. Este verbo Lucas lo utilizó ya antes para referirse a los sentimientos de Jesús ante una madre viuda que ha perdido a su hijo único (7,13), y a los del buen samaritano ante el hombre herido (10,33). Junto a este amor compasivo, es de notar que el padre es fiel a su paternidad siendo fiel al amor por su hijo rebelde; un amor que se transforma en misericordia cuando supera la norma precisa de la justicia.

Por tanto, nos queda claro que la parábola del hijo pródigo busca revelar la predisposición de Dios para con los pecadores y, de este modo, justificar la actitud de Jesús para con ellos pues no hace más que ‘encarnar’ los sentimientos del Padre.

No podemos olvidar que la parábola nos presenta también la relación del Padre con el hijo mayor, la que nos revela, por contraste, un aspecto esencial de la condición de hijos de Dios: no basta el mero pertenecer al pueblo elegido ni el mero cumplimiento externo de los mandamientos para estar en comunión con el Padre. Quedarse en esto sería seguir el camino erróneo de los fariseos. El hijo mayor se había conformado con una pertenencia meramente externa a la casa paterna sin estar en comunión con los sentimientos del padre. Por eso no tiene compasión de su hermano y asume el rol de juez. Hay que reconocer nuestra filiación divina como un don gratuito del amor paterno y gozarse en ello. Entonces podremos aceptar la gratuidad del perdón Divino al pecador arrepentido. Y esto es clave porque no podemos ser hijos si no aceptamos ser hermanos de todos los otros hijos del padre. W. Marchel llama a esto la ley fundamental de la revelación neotestamentaria: “Nadie puede tener a Dios por padre, si no tiene al prójimo por hermano”[2].

ALGUNAS REFLEXIONES:

La parábola del Hijo pródigo ya fue proclamada en el cuarto domingo de cuaresma de este ciclo, en el contexto de la llamada a la conversión y a la reconciliación propia de ese tiempo litúrgico. Hoy la leemos desde la perspectiva del discipulado que marca todo el camino de Jesús hacia Jerusalén y nos orienta en su aplicación.

Recordemos que los evangelios de los últimos tres domingos nos han presentado las serias exigencias del seguimiento de Cristo: pasar por la puerta estrecha, buscar el último lugar y el cargar con la cruz renunciando a todo. La dureza de estas exigencias pueden hacernos volver a la cuestión del comienzo, no ya como pregunta sino como afirmación: ¡son pocos los que se salvan! Todo parece tan difícil y exigente; y nosotros nos sentimos tan flojos, que puede cundir el desánimo. Por esto es muy oportuno detenerse un tiempo en esta especie de oasis en el camino a Jerusalén que es el capítulo 15 de Lucas: “En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón” (Francisco, M. V. n°9)

            La invitación es a dirigir la mirada a Dios para descubrir su corazón de padre. Nadie quiere tanto la salvación de los hombres como Él. Por eso Jesús compara a Dios con el pastor que sale en búsqueda de la oveja perdida y se llena de alegría al encontrarla. Y lo mismo con la mujer que perdió su moneda. “Les aseguro que de la misma manera se alegran los cielos y los ángeles (o sea Dios) por un solo pecador que se convierte”.

Cada persona, individualmente, es muy valiosa para Dios y Él desea que entre al Reino, que alcance la salvación prometida. Las dos primeras parábolas, con la limitación propia de este lenguaje figurado que no puede ni quiere decirlo todo, si bien dejan en la sombra la respuesta libre del hombre, acentúan el amor decidido de Dios de llevar de vuelta a los perdidos a su casa. Pero a veces los hombres no somos tan dóciles como las ovejas o las monedas.

La respuesta libre del hombre sí aparece claramente en la parábola del hijo pródigo. Es él quien toma la decisión de volver. Sin duda motivada por las miserables circunstancias en las que vino a terminar su vida licenciosa; pero decisión libre al fin.

Lo extraordinario y emocionante es la actitud del Padre quien lo estaba esperando y lo recibe con un abrazo y como a un hijo. El amor del Padre superó la imagen que el hijo menor se había forjado del mismo en sus reflexiones. Fue sorprendido por un amor misericordioso y siempre fiel.

      Al respecto decía el Papa Francisco en una de sus primeras intervenciones públicas el 17 de marzo de 2013: “¡Oh, hermanos y hermanas, el rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia! ¿Habéis pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de nosotros? ¡Eh, esa es su misericordia! Siempre tiene paciencia: tiene paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a Él con el corazón contrito. Grande es la misericordia del Señor”. Y en su homilía para el II Domingo de Pascua de ese mismo año decía: “Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos. A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del Padre misericordioso, me impresiona porque me infunde siempre una gran esperanza. Pensad en aquel hijo menor que estaba en la casa del Padre, era amado; y aun así quiere su parte de la herencia; y se va, lo gasta todo, llega al nivel más bajo, muy lejos del Padre; y cuando ha tocado fondo, siente la nostalgia del calor de la casa paterna y vuelve. ¿Y el Padre? ¿Había olvidado al Hijo? No, nunca. Está allí, lo ve desde lejos, lo estaba esperando cada día, cada momento: ha estado siempre en su corazón como hijo, incluso cuando lo había abandonado, incluso cuando había dilapidado todo el patrimonio, es decir su libertad; el Padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en él, y en cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche: Ha vuelto. Y esta es la alegría del padre. En ese abrazo al hijo está toda esta alegría: ¡Ha vuelto! Dios siempre nos espera, no se cansa. Jesús nos muestra esta paciencia misericordiosa de Dios para que recobremos la confianza, la esperanza, siempre”.

Por tanto, importa insistir en que el amor del Padre es más fuerte que nuestro pecado y, por eso mismo, nos devuelve la condición de hijos. Una conciencia formada en la estricta justicia puede tener serias dificultades para aceptar el perdón del Padre pues lo considera algo inmerecido, que no le corresponde. Posiblemente se quede encerrada en su culpa esperando el castigo y, de este modo, se niegue al abrazo del Padre. Ante esta actitud, el mensaje evangélico nos recuerda que la misericordia triunfa sobre el juicio y que el perdón de Dios es un gran regalo que se debe aceptar y valorar. Importa más atender al deseo y a la alegría del Padre por la vuelta del hijo, que al remordimiento del hijo por haberle fallado al Padre.

Sería oportuno también recordar, a partir de las actitudes del hijo mayor, que los “convertidos” también tenemos necesidad de conversión. Es real la tentación de refugiarnos en el caparazón de nuestros méritos eclesiásticos y del cumplimiento externo de nuestras prácticas piadosas, y perdernos el gozo del amor entrañable del Padre.

            Dijimos que el núcleo de la parábola está en la relación del padre con los dos hijos. Y justamente esta relación con el Padre Dios y con el otro como hermano es el núcleo de la existencia humana y cristiana. Al respecto dice M. Rupnik[3]: “Parece que el pecado ha dañado tan trágicamente la verdad del hombre, desfigurando la imagen de Dios como Padre, que prácticamente la vida del hombre se puede ver como ese difícil camino de descubrimiento de la propia verdad de hijo, a la luz de la verdad de Dios como Padre. Si miramos la Sagrada Escritura, vemos que toda ella converge hacia el nombre de Dios pronunciado por el Hijo en Getsemaní: Abbá. Al mismo tiempo, toda la Biblia nos hace ver el drama humano, transmitido de generación en generación, causado por el hecho de que el hombre no se ve como hijo. Y nos muestra que la salvación consiste en que el verdadero Hijo de Dios, no creado sino generado del Padre, se hace hombre para vivir como hijo y en él se abre a los hombres el camino de la filiación. Se puede ver toda la Biblia como un lento, progresivo y dramático paso de la esclavitud a la libertad, de ser siervos a ser hijos. Todavía hoy en la Iglesia se diría que para nosotros la dificultad mayor está en descubrir y vivir la libertad de los hijos de Dios […] El hijo menor ha pasado de la vergüenza, del fracaso, de la destrucción al abrazo del padre. Encontrarse vivo tras la muerte significa sentirse acogido por Aquel que nos perdona lo que nosotros mismos hemos combinado con nuestra voluntad y que ha constituido nuestra ruina, nuestra humillación y nuestra muerte. El hijo mayor de la parábola no pasa por esa experiencia. Por eso está anclado en sus juicios sobre situaciones y personas. Quien desea hacer el bien pero no ha experimentado nunca la propia fragilidad, el propio pecado y el perdón gratuito, puede tropezar con facilidad, porque le resulta difícil llegar a ser una persona auténtica de fe, de apertura real y de humildad”.

            Ya no como historia ficticia, sino como experiencia concreta, tenemos la confesión de San Pablo en la segunda lectura quien agradece a Dios no haberle tenido en cuenta sus pecados y haber confiado en él. Y sobretodo, la explícita manifestación de la voluntad salvífica de Dios: “Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores”.

            Tanto el evangelio como la carta a Timoteo nos revelan a Dios como “rico en misericordia” para con nosotros, lo cual debe despertar en nuestros corazones una gran confianza. Pero, recordando la intención original de las tres parábolas, tenemos que considerarlas también como una invitación a ser misericordiosos. Es decir, así como Jesús “encarnó” con sus actitudes el amor misericordioso del Padre, le dio un rostro humano, igualmente los cristianos estamos llamados, nada más y nada menos, que a esto mismo: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36).

En conclusión, escuchemos lo dijo el Papa Francisco en el Ángelus del 11 de setiembre de 2016: “Con estas tres parábolas, Jesús nos presenta el verdadero rostro de Dios, un Padre con los brazos abiertos, que trata a los pecadores con ternura y compasión. La parábola que más conmueve —conmueve a todos—, porque manifiesta el infinito amor de Dios, es la del padre que estrecha, que abraza al hijo encontrado. Y lo que llama la atención no es tanto la triste historia de un joven que precipita en la degradación, sino sus palabras decisivas: «Me levantaré, iré a mi padre» (v. 18). El camino de vuelta a casa es el camino de la esperanza y de la vida nueva.

Dios espera siempre nuestro reanudar el viaje, nos espera con paciencia, nos ve cuando todavía estamos lejos, sale a nuestro encuentro, nos abraza, nos besa, nos perdona. ¡Así es Dios! ¡Así es nuestro Padre! Y su perdón borra el pasado y nos regenera en el amor. Olvida el pasado: ésta es la debilidad de Dios. Cuando nos abraza y nos perdona, pierde la memoria, ¡no tiene memoria! Olvida el pasado. Cuando nosotros pecadores nos convertimos y dejamos que nos encuentre Dios, no nos esperan reproches y asperezas, porque Dios salva, nos vuelve a acoger en casa con alegría y lo celebra. Jesús mismo en el Evangelio de hoy dice así: «habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión» (Lc 15, 7)”.

Por tanto, el que se siente amado por Dios comprende que las exigencias de Cristo a sus discípulos están motivadas por su gran amor y que, si bien la puerta es estrecha, del otro lado nos esperan los brazos del Padre. O mejor aún, que Jesús mismo ha pasado por ella para venir a buscarnos y llevarnos al Padre.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

El domingo del encuentro

Tu Señor, Pastor atento, velando incansable durante estos oscuros tiempos

Cuando a veces nos alejamos de casa, atraídos por efímeros momentos

Míranos con ternura como el Padre a su niño pequeño

A veces es preciso valorar tu Amor Inmenso

Y eso nos cuesta la vida, morir se nos hace necesario…

Así fuiste al calvario, cargado de nuestro oprobio

Dispuesto a pagarlo todo, incluso el abandono más cruel

De aquellos que fueron tus hijos, tus preferidos cercanos

Sin embargo, nos sales al encuentro por los caminos

Porque todo Tú puedes hacerlo: ¡Resucitado!

Y así mismo el día sagrado, cuando preparas la fiesta del Reino

¡Tan ocupados, tan distraídos y dispersos estamos!

¡Dios nos espera hermanos! No es cualquiera, es Cristo el Señor

Que se anonadó por nosotros y se hizo uno de tantos

Y vuelve a quedarse solo, de aquellos a quienes ha amado.

Su corazón nos habla en lo profundo, porque así es el amor de un padre

Atento eternamente a la voz de la sangre

En este mundo pasajero, o en el eterno transitar de las almas

Permanece vivo el lazo del que engendró, de quien nos llamó

Para la dignidad de la plena filiación.

La Gloria de Dios Padre tiene nombre de celebración, de traje de gala

de Ágape Divino, de alegría única y verdadera

La libertad viene del Hijo vuelto a la vida que camina a nuestro lado

Y la fuerza arrolladora del Amor Verdadero

Nos viene del Don Sagrado: el Espíritu Santo. Amén

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