Lectio Divina

DOMINGO XXV DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

1ra. Lectura (Am 8,4-7):

            La predicación profética es una Palabra de Dios dirigida a una situación histórica concreta, por eso es necesario conocer el contexto en que fue proclamada para poderla comprender mejor. En el caso del profeta Amós nos encontramos en la primera mitad del siglo VIII a.C., cuando Israel vive un período de expansión y seguridad territorial acompañado por una gran prosperidad económica. La arqueología confirma los dichos de Amós acerca del lujo y el bienestar de cierto estrato de la población (cf. Am 3,13-15). Se observa una mayor densidad de población, edificios espléndidos y lujosos, aumento de los recursos agrícolas, progreso de la industria textil y del tinte. Ahora bien, este bienestar económico oculta una seria descomposición social. Hay un fuerte contraste entre ricos-poderosos que oprimen y se abusan de los pobres-débiles. Junto a esto encontramos un cierto grado de corrupción religiosa. Elsincretismo ha contaminado la pureza de la religión israelita y una falsa seguridad basada en un culto ritualista presupone una desfigurada imagen de Dios. La alianza con Yavé se había vuelto letra muerta.

            Justamente en esta situación concreta resuena la voz del profeta para recordar a su pueblo que el carácter distintivo de la religión de Israel es la relación Dios-prójimo en base a la Alianza y, según esta, el pueblo sólo puede mantenerse en una verdadera relación con Dios cuando observa una conducta justa para con todos sus miembros. Por esto, la denuncia de las injusticias que violan este orden social atañe a Dios y a su profeta. Así, Amós ataca fuertemente a los ricos y poderosos que oprimen y se enriquecen a costa de los pobres y débiles (cf. 2,7; 4,1; 5,7.11.24; 8,4-6). Es tan grande la ambición de riqueza que esperan ansiosos que pasen las fiestas litúrgicas (novilunio y sábado) para seguir lucrando injustamente. No caben dudas de que el dinero ocupa para ellos el lugar que corresponde a Dios, por ello son condenados duramente por el profeta, portavoz del Dios verdadero.

Dado que los tiempos cambian mucho, pero los hombres no tanto, pensamos que este mensaje es válido también hoy,invitándonos a no separar la fe de la vida ni el culto de la caridad que supera la justicia.

Evangelio (Lc 16, 1-13):

            El evangelio de este domingo incluye una parábola (Lc 16,1-9) seguida de unos dichos de Jesús que prolongan el tema de la misma (Lc 16,10-13).

            La introducción de la perícopa deja en claro que se trata de una enseñanza dada por Jesús a sus discípulos (16,1), en el mismo contexto que las anteriores del capítulo 15 (cf. 16,14 donde menciona a los fariseos como amigos del dinero y su reacción ante la parábola).

            El relato comienza presentando a los dos personajes principales: un hombre rico y su administrador, quien es acusado de «despilfarrar» los bienes de su señor (notamos que se utiliza el mismo verbo diaskorpi,zw que se usó en Lc 15,13 para describir lo que hizo el hijo menor con la herencia que recibió de su padre). La reacción del hombre rico ante esta acusación es pedirle al administrador un “informe de gestión” o “rendición de las cuentas” porque no seguirá más en el cargo.

            A partir de entonces el administrador entra en una gran actividad (mental) buscando ante todo asegurarse el futuro (ser recibido en la casa de sus clientes). Consciente de sus limitaciones (no tiene fuerzas para cavar y le da vergüenza pedir) decide llamar a cada uno de los deudores y hacerles una quita en la deuda para ganarse el favor de ellos. Al final, el señor o dueño termina por alabar la astucia con que obró el administrador.

            La interpretación de esta parábola no es nada sencilla y se ha prestado a múltiples opiniones. Lo que más confunde es que el dueño o patrón alabe al administrador corrupto por la manera en que encontró una solución para asegurarse el futuro.

            Un intento de superar esta dificultad es suponer que el administrador no hizo más que renunciar en favor de los deudores al porcentaje que le correspondía por su trabajo. Es decir, algunos sostienen que la ganancia del administrador estaba incluida en la deuda, por tanto éste renuncia astutamente a su parte buscando ganarse el favor de los deudores de su señor. De hecho hay documentos antiguos que avalarían esta interpretación al demostrar la existencia de esta forma de arreglo económico entre un dueño o propietario y su administrador[1].

             Otros estudiosos optan por aceptar que el administrador cometió un nuevo acto de corrupción falsificando los documentos opagarés y reduciendo la deuda con la intención de ganarse para el futuro el favor de los deudores[2]. B. Malina[3], por su parte, si bien reconoce que era común en aquel tiempo que los propietarios ricos contraten los servicios de un administrador al que daban autoridad para alquilar propiedades, hacer préstamos y liquidar deudas en nombre del dueño; afirma que “no hay nada que justifique la frecuente idea, basada en este texto, de que un agente podía exigir como comisión el 50 por ciento del valor del contrato. Si éste hubiera sido el caso, el propietario pronto se habría enterado del malestar de los campesinos y habría evitado cualquier ulterior relación entre agente y deudores en los términos que aquél pretendía. De otro modo, si el propietario lo consentía, se habría visto implicado en la extorsión. No es éste el caso de nuestra historia”.

            Más allá de esta diversidad de opiniones creo que el punto central de la parábola es el ingenio y rapidez del administrador en la toma de decisiones en función de un futuro incierto. Y esto es propiamente lo que alaba el dueño o propietario. No se trata de una aprobación absoluta de su obrar, pues lo llama «administrador deshonesto o injusto» (v. 8), utilizando el mismo término adikía (avdiki,a) que en Lc 13,27 calificaba a los que quedaron fuera y no entraron por la puerta estrecha. Por tanto, se alaba su sagacidad o inteligencia para salir de una situación complicada y asegurarse el futuro; pero no se alaba su deshonestidad.

            El término utilizado para describir la actitud ingeniosa o astuta es fronímos (froni,mwj) que es la forma adverbial del adjetivo que se repite en el mismo versículo 8 para calificar a los hijos de este mundo como más astutos (φρονιμώτεροιs) que los hijos de la luz. Este mismo adjetivo califica al hombre prudente que construye su casa sobre roca en Mt 7,28; a los discípulos que al ser enviados deben ser prudentes como serpientes (Mt 10,16); al administrador fiel y prudente que reparte la ración a su tiempo (Lc 12, 42; Mt 24,45); a las cinco vírgenes prudentes que hicieron provisión de aceite (Mt 25,2.4.8.9).

Como puede verse en estos ejemplos se trata de una actitud positiva y muy valorada por Jesús en el evangelio y que consiste en pensar bien las cosas que se van a hacer, siendo previsor de cara al futuro y cumpliendo responsablemente con lo encomendado. Salvo en nuestro texto, la traducción más común es prudente. Los diccionarios griegos hablan de sensato, prudente, juicioso, inteligente, sagaz. Se trata por tanto de sabiduría práctica.

            La prudencia es la virtud que nos hace elegir los medios más aptos para alcanzar el fin. En este contexto podemos decir que el administrador obró mal porque obró deshonestamente, sin lugar a dudas; pero debemos reconocer que fue prudente por cuanto eligió rápidamente los medios en orden a su fin que era asegurarse un futuro de bienestar.

            Esta es la actitud valorada por el propietario de la parábola; y también por Jesús al reconocerla en la manera cómo los hijos de este mundo se manejan con habilidad buscando su propio provecho y bienestar.

            Ahora bien, Jesús quisiera que sus discípulos tengan esta capacidad para tomar decisiones rápidas y creativas cuando se trata de las cosas del Reino, que son las definitivas y las propias de ellos. Si el fin es entrar en el Reino, ser recibidos en las moradas eternas (16,9), hay que obrar con la misma sagacidad e ingenio que utilizó el administrador para ser recibido en las casas de los deudores (16,4).

            Todavía, para despejar cualquier duda sobre la interpretación de la parábola en el sentido de aprobación de la deshonestidad o infidelidad del administrador, se añaden unos dichos exhortando a la fidelidad, incluso en las cosas pequeñas. Aquí fiel (pisto,j) aparece en contraposición de injusto, deshonesto o corrupto (a;diko,j), que es la calificación que recibió el  administrador de la parábola.

            Sigue luego una advertencia sobre el peligro que tiene la atracción por el dinero, al punto de convertirse en idolatría, o sea un falso dios a quien se sirve. De hecho, el texto original en 16,11 para decir «dinero injusto» utiliza el término «Mamona» (avdi,kw| mamwna/|) que es el nombre de una divinidad pagana. De aquí la llamada de atención en 16,13 para los discípulos: no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero (mamwna/|).

ALGUNAS REFLEXIONES:

            Como siempre, aceptamos la sugerencia de P. Tena quien nos invita a tener en cuenta las lecturas del próximo domingo (otro texto de Amós y la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro) para evitar repeticiones en las homilías[4].

            La parábola de hoy, con la consiguiente e inmediata exhortación de Jesús, nos dice que debemos aprender de los hombres de mundo, de los hombres de negocios, a saber tomar decisiones rápidas e ingeniosas para alcanzar el fin de la vida cristiana.

            Es una invitación a recuperar la virtud de la prudencia en su original sentido humano y cristiano.

Según Aristóteles la prudencia es una virtud intelectual, es la disposición que permite discernir correctamente lo que es bueno o malo para el hombre y actuar en consecuencia[5].

Santo Tomás, por su parte, enseña que de las cuatro virtudes cardinales, la prudencia es la que debe dirigir a las demás. Sin ella, la templanza, la fortaleza y la justicia no sabrían qué hacer ni cómo; serían virtudes ciegas e indeterminadas. La prudencia se pone al servicio de fines que no son los suyos y sólo se ocupa, por sí misma, de la elección de los medios.

Para Cicerón prudentia deriva de providere que significa tanto prever como proveer. Es la virtud que sabe elegir ante un porvenir incierto en el momento justo y oportuno.

Para San Agustín la prudencia es un amor que elige con sagacidad. No elige el objeto sino los medios para alcanzarlo.

            Volviendo al tema del evangelio, vemos que el fin es claro: entrar al Reino de Dios por la puerta estrecha. Esto supone poner a Dios en primer lugar en nuestra vida y reordenar todo en función de esta opción fundamental. Y luego, ser fiel en las cosas pequeñas, que con el tiempo se vuelven grandes.

            Un peligro real sería perder de vista el verdadero fin de la vida, cosa que sucede cuando el afán de riqueza se adueña de nosotros y terminamos orientándonos hacia el dinero como a nuestro dios, haciendo del mismo nuestro sentido último de la vida.

Es cierto que «la riqueza no es algo maldito en sí misma, sino un servicio y un don a los hermanos que el Señor nos da, una voluntad de compartir con ellos. Ahora bien, la riqueza puede ser asimismo un riesgo permanente. Una vez que la sed de riquezas se apodera de nosotros, ya no nos suelta. Tiende a someternos y a hacerse con todo nuestro interés. De este modo, poco a poco, Dios acaba por convertirse en algo secundario o, peor aún, acaba por convertirse en un adversario peligroso que es preciso eliminar absolutamente de nuestra propia vida»[6].

En conclusión, «el que ama al dinero y se pone a su servicio como si fuera un dios termina haciendo toda clase de males para acumular mayor riqueza: destruye a los demás y se destruye a sí mismo. El discípulo de Jesús debe tener siempre presente que el dinero es un instrumento del que se debe servir para alcanzar mayor perfección, y ayudar a los hermanos más pobres y débiles para que vivan de la manera que corresponde a los hijos de Dios»[7].

El Papa Francisco decía en el ángelus del 18 de setiembre de 2016: “Hoy Jesús nos lleva a reflexionar sobre dos estilos de vida contrapuestos: el mundano y el del Evangelio. El espíritu del mundo no es el espíritu de Jesús… Y la mundanidad, ¿cómo se manifiesta? La mundanidad se manifiesta con actitudes de corrupción, de engaño, de abuso, y supone el camino más equivocado, el camino del pecado, ¡porque uno te lleva al otro! Es como una cadena, aunque sí —es verdad— es el camino más cómodo de recorrer generalmente.

En cambio el espíritu del Evangelio requiere un estilo de vida serio —¡serio pero alegre, lleno de alegría!—, serio y de duro trabajo, basado en la honestidad, en la certeza, en el respeto de los demás y su dignidad, en el sentido del deber. Y ¡esta es la astucia cristiana! El recorrido de la vida necesariamente conlleva una elección entre dos caminos: entre la honestidad y deshonestidad, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y mal. No se puede oscilar entre el uno y el otro, porque se mueven en lógicas distintas y contrastantes”.

            Sería bueno recordar el llamado a la Nueva Evangelización, nueva en su ardor, en su método y en su expresión. Esta novedad supone creatividad, supone la actitud ingeniosa del administrador de la parábola. Sin duda que la Gracia de Dios es lo primero y fundamental. Pero el Señor quiere valerse también de nuestro ingenio y sagacidad para llegar a los demás. Pongamos, entonces, nuestros talentos al servicio de la evangelización tal como nos lo pide, en varias oportunidades, el Documento de Aparecida:

«La renovación misionera de las parroquias se impone tanto en la evangelización de las grandes ciudades como del mundo rural de nuestro continente, que nos está exigiendo imaginación y creatividad para llegar a las multitudes que anhelan el Evangelio de Jesucristo. Particularmente en el mundo urbano se plantea la creación de nuevas estructuras pastorales, puesto que muchas de ellas nacieron en otras épocas para responder a las necesidades del ámbito rural» (nº 173).

«Esto constituye un gran desafío que cuestiona a fondo la manera como estamos educando en la fe y como estamos alimentando la vivencia cristiana; un desafío que debemos afrontar con decisión, con valentía y creatividad, ya que en muchas partes la iniciación cristiana ha sido pobre o fragmentada» (nº 287).

También el Papa Francisco en Evangelii Gaudium 11 invita a la audacia evangelizadora y a la creatividad pastoral para llegar a la necesaria conversión pastoral:

“Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre «nueva»”.

EG 33: “La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así». Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades. Una postulación de los fines sin una adecuada búsqueda comunitaria de los medios para alcanzarlos está condenada a convertirse en mera fantasía. Exhorto a todos a aplicar con generosidad y valentía las orientaciones de este documento, sin prohibiciones ni miedos. Lo importante es no caminar solos, contar siempre con los hermanos y especialmente con la guía de los obispos, en un sabio y realista discernimiento pastoral”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Haznos tu Alabanza de Gloria

Señor mío y Dios mío,

Ilumina a tu administrador, infiel te ha sido.

Muchos de tus dones en sus manos se han perdido

Y ha quedado fuera de tu casa, mal herido.

Recibió todo de tu generosidad sin límites

y no ha sabido valorar lo que le diste.

Hay dolor y cansancio en su andar,

y una falta de voluntad que persiste.

Es esclavo por su propia debilidad y

Ha comprado con lo tuyo:  libertad.

Otra vez cae atado, para volverse,

Te vea en la cruz colgado y lo puedas desatar.

Hasta la raíz de una intención oculta,

Es preciso llegar, para no andar a oscuras.

Si no es tu Voluntad la inspiración primera

Veremos la consecuencia en nuestra conducta.

 

La fidelidad del administrador no es de un instante

Es construcción de la morada eterna en tu Memoria.

Nos llevará nuestro tiempo dejarte, entonces

Hacer de nuestra vida tu Alabanza de Gloria. Amén.

 

[1] En esta línea va el comentario de este evangelio en Un Dios rico en Misericordia. Orientaciones para las homilías desde el domingo XXI hasta el domingo XXVII durante el año (CEA; Buenos Aires 1998) 78. De la misma opinión es A. Rodríguez Carmona, Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid, 2014) 282-284: “El dueño de las fincas solía pagar al administrador cediéndole los intereses con que se cargaba la deuda, normalmente exagerados […] les rebaja sensiblemente la deuda a base de renunciar a sus intereses…Esto explica que el amo alabe el comportamiento del administrador por la astucia que manifiesta de cara al futuro, aunque esto haya supuesto pérdidas al administrador”.
[2] Es la opinión por la que optan F. Bovon, El Evangelio según San Lucas III (Sígueme; Salamanca 2004) 103; L. Sabourin, L’Evangile de Luc, 281 y L. H. Rivas, Jesús habla a su pueblo 7, 177 y La obra de Lucas. I. Evangelio (Ágape; Buenos Aires 2012) 155-156: «Mediante esta parábola del administrador astuto, el Señor muestra la picardía y astucia que utiliza la gente de este mundo cuando trata de asegurarse el bienestar. El administrador injusto no es elogiado porque se comporta de manera deshonesta (16,8), sino porque actúa con astucia».
[3] Los Evangelios Sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I (Verbo Divino; Estella 1996) 284.
[4] Pere Tena, El Leccionario de Lucas. Guía homilética para el ciclo C, 122.
[5] Esta referencia y las que siguen están tomadas de A. Comte-Sponville, Pequeño tratado de las grandes virtudes (Andrés Bello; Buenos Aires 2003) 37- 43.
[6] G. Zevini – P. G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 15 (Verbo Divino; Estella 2006) 242.
[7] L. H. Rivas, La obra de Lucas. I. Evangelio (Ágape; Buenos Aires 2012) 157.
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