Lectio Divina

DOMINGO XXVI DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

1ra. Lectura (Am 6,1.4-7):

           Este texto, al igual que otros de la misma sección del libro de Amós, comienza con un ‘Ay’ (cf. 5,7.18), a modo de lamento y de signo del juicio divino sobre esas personas.

¿Qué condena Dios a través de su profeta? En primer lugar, el considerar que están seguros por el sólo hecho de vivir en Sión, o sea en Jerusalén, la ciudad de Dios. A esto le sigue la búsqueda del bienestar con un lujo y una vida ostentosa. Y a esta actitud de disfrute se le suma la despreocupación «por la ruina de José». Al parecer el profeta denuncia a los habitantes ricos de las capitales: Jerusalén (capital del Reino del Sur) y Samaría (Reino del Norte) por su total despreocupación ante la ruina que se avecina sobre el país. Mientras ellos la pasan muy bien, desentendiéndose de todo problema y dedicados al disfrute de su vida cómoda, no perciben la catástrofe que se avecina, no reaccionan obrando la justicia. Mientras ellos piensan estar a salvo de toda desgracia, Amós les asegura que irán al destierro en primera fila.

Evangelio (Lc 16, 19-31):

            La parábola del domingo pasado estaba dirigida a los discípulos; ésta, en cambio, a los fariseos. El cambio de auditorio es lógico si notamos que al final del texto del domingo pasado Lucas añade este comentario (que no fue leído): «Los fariseos, que eran amigos del dinero, escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús» (Lc 16,14).

            Entonces, para estos fariseos, amigos del dinero y burlones, Jesús cuenta esta parábola, que “propone un ejemplo concreto de una persona que no supo hacerse «amigos para el futuro» con sus bienes, como enseña la parábola anterior”[1].

Esta parábola se divide en dos partes. En la primera (16,19-22) se contrapone la situación y el estilo de vida de dos hombres: un rico – sin nombre – que banqueteaba diariamente (de aquí el título que se le ha dado de Epulón, que en latín significa «el que da banquetes») y que vestía ostentosamente; y un pobre, de nombre Lázaro, cubierto de llagas y que estaba tirado en la puerta de la casa del rico y que no recibía ni siquiera las migas del banquete. El rico estaría rodeado de gente en los banquetes, a Lázaro sólo los perros se le acercan para lamer sus llagas.

Tan distintos en su forma de vivir, la muerte los sorprende a ambos, igualándolos ante el destino común de todos los mortales. Pero lo que sucede es que después de la muerte se los vuelve a distinguir: el pobre es llevado por los ángeles al seno de Abraham, «figura con la que los judíos representaban la compañía de los santos, gozando de su intimidad y de su afecto»; mientras que el rico es, simplemente, sepultado, «cayó en los tormentos del mundo de los muertos, representado por un pozo de fuego. La parábola crea una incógnita para los lectores, porque no se ha dicho que Lázaro y el rico hayan sido merecedores de esta distinta suerte por haber sido uno más bueno o más malo que el otro»[2].

Dejando bien en claro que no está aquí el mensaje de la parábola y que sólo se expresa una visión de la escatología popular de aquel tiempo, podemos aclarar lo que es el Hades (ᾅδης) de que habla el texto griego en 16,23.

Al respecto dice A. Rodríguez Carmona[3]: “La parábola alude a representaciones del Más Allá en la época intertestamentaria. En el AT todos los muertos sin distinción van al šeol o hades o inferus, lo que está abajo. Cuando se empieza a esperar una retribución al final de los tiempos, los justos un premio eterno gozoso y los impíos un castigo eterno, la estancia en el šeol se divide en zonas positivas o negativas según el difunto espere premio o castigo. En la parábola el pobre va a una zona positiva, al seno de Abrahán, es decir, donde está el patriarca, a su derecha o en intimidad con él; el rico, en cambio, a una zona de tormento, a la que se denomina hades, desde donde puede ver, pero muy lejos, al pobre. No hay posible paso entre ambas zonas. La sepultura es la entrada natural al šeol.”

Comienza entonces la segunda parte (16,23-31) donde también se contrapone la situación de ambos después de la muerte. Ahora el rico sufre tormentos mientras Lázaro descansa en el seno de Abraham. Es evidente la inversión de las situaciones.

            Ahora que la está pasando mal, el rico se acuerda de la existencia del pobre Lázaro y es él quien suspira por una migaja, o más precisamente, por unas gotas de agua. El rico implora piedad para con él, pero ya es demasiado tarde pues no es posible cambiar de destino después de la muerte. Abraham le recuerda que había recibido sus bienes en vida. ¿Y de quién los recibió? Al parecer, según la clásica mentalidad bíblica, podemos decir que había recibido los bienes de parte de Dios. Por lo cual el pecado no está en haber tenido muchos bienes, que son dones de Dios, sino en haberlos gozado de modo egoísta y ostentoso, sin preocuparse de los demás, en especial del pobre-prójimo Lázaro. Aquí se da la razón del diferente trato que reciben después de la muerte el rico y el pobre Lázaro.

A la luz de esta parábola puede entenderse mejor el dicho de Jesús que escuchamos el domingo pasado: «Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas» (Lc 16,9). Y como también enseñaba Jesús allí, los hombres somos administradores de los bienes que recibimos, no dueños absolutos para usar de ellos sin tener en cuenta a los demás.

            Dando por perdida su causa personal, el rico se preocupa por sus hermanos que viven en situación similar a la suya y no quiere que terminen igual que él. Vuelve a pedir a Abraham que utilice a Lázaro de emisario, pero ahora para prevenir a sus hermanos. La respuesta de Abraham es una negativa indirecta: «tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen». Sabemos que en la Torá y en los profetas abundan las prescripciones sobre la ayuda al pobre, al huérfano y a las viudas; junto con la condena al uso egoísta de los bienes.

El rico persiste en que si se les aparece un muerto se convertirán (verbo metanoeō). La respuesta de Abraham es lapidaria: «Si no escuchan a Moisés y los profetas, aunque un muerto resucite, no se persuadirán». Pero al mismo tiempo esta respuesta es muy instructiva pues la ficción de la parábola quiere dejar este importante mensaje para los que estamos «vivos»: hay que leer las Escrituras, hay que escuchar la voz de Dios para que se nos cambie el corazón y aprendamos a compartir lo que tenemos, lo que se nos ha dado como administradores en esta vida.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            Ante todo, no hay que «perder el tiempo» elucubrando sobre la situación del hombre después de la muerte en base a esta parábola. Jesús se hace eco de la concepción escatológica popular de su época, por lo cual no esperemos que esta parábola nos aporte datos precisos al respecto. Esto ha sido señalado por la mayoría de los estudiosos; y a esta opinión se pliega Joseph Ratzinger en su libro Jesús de Nazaret[4]. Lo que debemos retener es la certeza en el juicio de Dios y su modo de retribuir a cada uno según lo que ha recibido y según sus obras.

            En segundo lugar, importa señalar que el mensaje original de la parábola está puesto en la segunda parte, o sea en el diálogo entre el rico y Abraham. Es decir: «Jesús no quiere tomar partido frente al problema de ricos y pobres, tampoco quiere dar una enseñanza sobre la vida después de la muerte, sino que narra la parábola para advertir de la catástrofe inminente a hombres que se parecen al rico y a sus hermanos […] Los hermanos supervivientes son hombres de este mundo, como su hermano difunto. Como éste, viven en un egoísmo sin corazón, sordos a la palabra de Dios […] Jesús quisiera abrirles los ojos, pero cumplir su petición no sería el buen camino. Un milagro no tendría sentido; aun el mayor milagro, una resurrección de entre los muertos, sería en vano. Pues quien no se inclina ante la palabra de Dios, tampoco será llamado a la conversión por un milagro»[5].

            Tal vez habría que matizar un poco este comentario de J. Jeremías, pero es inobjetable que la intención principal de la parábola es la de advertir a los hombres que viven como el rico de la parábolaEs una llamada a la conversión mediante la escucha de la Palabra de Dios, antes de que sea demasiado tarde; pues si no se convierten terminarán muy mal.

Así también la interpreta Benedicto XVI en su encíclica «Dios es amor» nº 15: «El rico epulón (cf. Lc 16, 19-31) suplica desde el lugar de los condenados que se advierta a sus hermanos de lo que sucede a quien ha ignorado frívolamente al pobre necesitado. Jesús, por decirlo así, acoge este grito de ayuda y se hace eco de él para ponernos en guardia, para hacernos volver al recto camino».

            Aceptado esto, podemos señalar con J. Ratzinger otro aspecto de la parábola: «en realidad, con este relato el Señor nos quiere introducir en ese proceso del «despertar» que los Salmos describen […] Así, aunque no aparezca en el texto, a partir de los Salmos podemos decir que el rico de vida licenciosa era ya en este mundo un hombre de corazón fatuo, que con su despilfarro quería ahogar el vacío en que se encontraba: en el más allá aparece sólo la verdad que ya existía en este mundo. Naturalmente, esta parábola, al despertarnos, es al mismo tiempo una exhortación al amor a los pobres y a la responsabilidad que debemos tener respecto de ellos, tanto a gran escala, en la sociedad mundial, como en el ámbito más reducido de nuestra vida diaria«[6].

            Ha llamado la atención de algunos estudiosos la total falta de comunicación entre el rico y Lázaro, que se continúa todavía en el otro mundo[7]. Como notamos, recién después de la muerte, cuando está sufriendo, el rico «ve» al pobre Lázaro. Por tanto, al rico le faltó compasión y caridad, porque le faltó, ante todo, un corazón que ve. Queda patente que uno de los peores peligros de la riqueza es que causa ceguera hacia Dios y sus mandamientos; y hacia el prójimo necesitado. Hoy diríamos insensibilidad del corazón.

Bien podemos considerar como la actitud positiva y diametralmente opuesta a la del rico epulón la del buen samaritano, que «vio y se conmovió«. Aquí está lo que constituye el programa de Jesús y del cristiano en relación a la construcción de un mundo más justo. Así nos lo dice Benedicto XVI: «A un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible, independientemente de estrategias y programas de partido. El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia. Obviamente, cuando la actividad caritativa es asumida por la Iglesia como iniciativa comunitaria, a la espontaneidad del individuo debe añadirse también la programación, la previsión, la colaboración con otras instituciones similares» (Dios es Amor, nº 31b).

            A modo de síntesis podemos señalar lo siguiente:

Þ En primer lugar, que sólo podemos tener un «corazón que ve» si tenemos primero «un corazón que escucha» la Palabra de Dios. Era la primera respuesta del padre Abraham: escuchar la Palabra para convertir nuestro corazón.

Þ A la escucha de la Palabra respondemos con la fe, con su aceptación en nuestro corazón. Pues bien, «la fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás. En este sentido, la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8,9)» (Benedicto XVI, discurso inaugural de la Conferencia de Aparecida).

Þ La fe nos invita a mirar lo que no nos gusta porque nos hace sufrir, nos hace mal, como es el mundo de la pobreza y la marginación. Nos invita a reconocer a Cristo en los rostros sufrientes de los pobres: «Si esta opción (por los pobres) está implícita en la fe cristológica, los cristianos como discípulos y misioneros estamos llamados a contemplar en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: “Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo”. Ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40). Juan Pablo II destacó que este texto bíblico “ilumina el misterio de Cristo”. Porque en Cristo el Grande se hizo pequeño, el Fuerte se hizo frágil, el Rico se hizo pobre» (Documento de Aparecida nº 393).

Þ Esta mirada de fe sobre la realidad de la pobreza es una llamada a la acción social, que interpela a la misma Iglesia universal: «En muchos países pobres persiste, y amenaza con acentuarse, la extrema inseguridad de vida a causa de la falta de alimentación: el hambre causa todavía muchas víctimas entre tantos Lázaros a los que no se les consiente sentarse a la mesa del rico epulón, como en cambio Pablo VI deseaba. Dar de comer a los hambrientos (cf. Mt 25,35.37.42) es un imperativo ético para la Iglesia universal, que responde a las enseñanzas de su Fundador, el Señor Jesús, sobre la solidaridad y el compartir» (Benedicto XVI, Caritas in Veritate nº 27).

Este imperativo ético para la Iglesia Universal, reclama también nuestro compromiso, ahora particular y ajustado a nuestras posibilidades concretas y a nuestra vocación personal.

Þ Por último, se resalta el mandamiento del amor a los pobres que no es una mera exigencia, sino que es posible y es mandado porque antes es dado (cf. Dios es Amor, nº 14). De Dios Amor nos viene el Amor-caridad para amar preferencialmente a los pobres, viendo a Cristo en ellos. A esta opción preferencial por los pobres, necesitados o marginados le ha dedicado numerosos párrafos el Papa Francisco en Evangelii Gaudium:

“¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano” (n° 58).

 “Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo” (n° 187).

            Por último, hay otro aspecto de la parábola que nos señala el Papa Francisco en su homilía del 25 de setiembre de 2016: “En la parábola vemos otro aspecto, un contraste. La vida de este hombre sin nombre se describe como opulenta y presuntuosa: es una continua reivindicación de necesidades y derechos. Incluso después de la muerte insiste para que lo ayuden y pretende su interés. La pobreza de Lázaro, sin embargo, se manifiesta con gran dignidad: de su boca no salen lamentos, protestas o palabras despectivas. Es una valiosa lección: como servidores de la palabra de Jesús, estamos llamados a no hacer alarde de apariencia y a no buscar la gloria; ni tampoco podemos estar tristes y disgustados. No somos profetas de desgracias que se complacen en denunciar peligros o extravíos; no somos personas que se atrincheran en su ambiente, lanzando juicios amargos contra la sociedad, la Iglesia, contra todo y todos, contaminando el mundo de negatividad. El escepticismo quejoso no es propio de quien tiene familiaridad con la Palabra de Dios. El que proclama la esperanza de Jesús es portador de alegría y sabe ver más lejos, tiene horizontes, no tiene un muro que lo encierra; ve más lejos porque sabe mirar más allá del mal y de los problemas. Al mismo tiempo, ve bien de cerca, pues está atento al prójimo y a sus necesidades. El Señor nos lo pide hoy: ante los muchos Lázaros que vemos, estamos llamados a inquietarnos, a buscar caminos para encontrar y ayudar, sin delegar siempre en otros o decir: «Te ayudaré mañana, hoy no tengo tiempo, te ayudaré mañana». Y esto es un pecado. El tiempo para ayudar es tiempo regalado a Jesús, es amor que permanece: es nuestro tesoro en el cielo, que nos ganamos aquí en la tierra”.

            Dejemos para el cierre las palabras de un testigo, de un santo que vivió hasta el heroísmo su amor a los pobres, San Vicente de Paúl: «Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que con frecuencia son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre. Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó como evangelizador de los pobres: Me envió a evangelizar a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos en estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos, apoyándolos» (L. H. Oficio de Lectura de la memoria de San Vicente de Paúl).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Señor Jesús, Dios mío, Amigo y Compañero

Enséñame la Fe.

Te ruego, escucha mi súplica porque tú lo sabes todo

Mi fragilidad y mi miseria, mis pecados y mis tendencias.

Un abismo nos separa de la tierra prometida

Ampliamos la distancia, el tiempo perdido…

Entre este mundo que pasa y el Don de tu Gracia.

En pobreza pedimos nos encuentres,

Los pies sobre la tierra y la cruz a cuestas

Solo Tú eres la realidad primera.

Vivo para siempre y resucitado

Eres el Verbo, más que la voz en el desierto

Presente en el Sagrario, abriéndonos al Misterio.

Los muertos no te alaban, el olvido sepultó su recuerdo

En la esperanza de aquel día, frente a tu rostro sereno

Rendidos en eterno Culto, entraremos en tu Reino. Amén.

[1] A. Rodríguez Carmona, Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 288.
[2] L. H. Rivas, La obra de Lucas. I. El Evangelio (Ágape; Buenos Aires 2012) 159-160.
[3] Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 290.
[4] «En la descripción del más allá que sigue después en la parábola, Jesús se atiene a las ideas corrientes en el judaísmo de su tiempo. En este sentido no se puede forzar esta parte del texto: Jesús toma representaciones ya existentes sin por ello incorporarlas formalmente a su doctrina sobre el más allá», Jesús de Nazareth (Planeta; Buenos Aires 2007) 257-258.
[5] J. Jeremías, Las parábolas de Jesús (Verbo Divino; Estella 1986) 227.
[6] Jesús de Nazareth (Planeta; Buenos Aires 2007) 257.
[7] Cf. L. Sabourin, L’Evangile de Luc, 287.
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