Lectio Divina

DOMINGO XXVII DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

1ra. Lectura (Hab 1,2-3; 2,2-4):

Ante todo, notemos que el libro de Habacuc, dentro del género profético, aporta la novedad de una profecía convertida en diálogo entre el profeta y Dios. Así, la primera sección del mismo (1,2-2,4, de la cual la liturgia nos hace leer sólo los versículos iniciales y finales) está estructurada como un diálogo entre el profeta que pregunta y Dios que le responde.

En 1,2-3 tenemos el primer lamento del profeta donde se queja a Dios porque ante la violencia y la injusticia reinante parece ser un espectador desinteresado y no interviene. Hay un triple reproche: ¡no escuchas, no salvas, no juzgas!

En 2,2-4 tenemos la respuesta de Dios ante la segunda queja o lamento del profeta (1,12-17). Aquí hay primero una introducción del profeta que prepara la solemne recepción del mensaje de Dios, el cual debe ser puesto por escrito para verificar su cumplimiento y cuyo núcleo es: el que permanece fiel a Dios se salvará del castigo reservado a los malvados.

En síntesis, el profeta debe superar una serie de obstáculos en su camino de fe. Primero se cuestiona por qué Dios no interviene contra las injusticias eliminando el mal. La respuesta de Dios es que El interviene cuándo y cómo quiere. Esto suscita un nuevo interrogante: ¿es justo que el castigo abarque a buenos y malos sin distinción? La respuesta de Dios es tan importante que se debe escribir para poder verificarla después: “el inocente, por fiarse, vivirá” (2,2-4). La frase de 2,3-4 en la versión de la LXX habla de fe en vez de confianza y, por ello, la toma San Pablo dándole un sentido más profundo para fundamentar la justificación por la fe en contraposición a las obras de la ley (cf. Rm 1,17; Gal 3,11).

En fin, ante la situación de injusticia no se encuentra una solución teórica, pero se la supera con una actitud de fe en Dios quien castigará toda forma de opresión. Así, el Señor es la única fuente de fortaleza y de confianza, a pesar de las circunstancias históricas. Tal vez su mejor mensaje no se encuentre en el contenido sino en su actitud vital de diálogo con Dios.

Evangelio (Lc 17,3b-10):

            En 17, 1a se nos informa que Jesús vuelve a hablar ahora a sus discípulos. Lo que sigue (17,1b-10) son una serie de enseñanzas sin aparente conexión entre las mismas: los escándalos, el perdón, la fe y el espíritu de servicio. Pero hay una coherencia entre los mismos pues «en ellos se trata de la vida comunitaria, con las responsabilidades personales y los deberes ministeriales que implica»[1].

            El texto litúrgico comienza con el tema del perdón ejemplificado con dos casos (3b-4). En el primero se trata de alguien que peca y debe ser reprendido; y si se arrepiente (verbo metanoéō), debe ser perdonado. En el segundo caso hay una triple diferencia con respecto al primero: peca siete veces en un día, contra ti y no hay reprensión. Se trata, por tanto, de una reiterada ofensa recibida personalmente a la que sigue un arrepentimiento (verbo metanoéō) o pedido de disculpas personal, también reiterado. Ante esto hay que perdonar las siete veces diarias, o sea, siempre; pues se trata de una forma hebrea de expresarse.

            Sigue luego una súplica de los apóstoles al Señor: «Auméntanos la fe». Esta petición surgiría de la toma de conciencia de los discípulos ante la magnitud del perdón que exige el Señor. Hay que entenderla como un pedido de ayuda, pues hace falta mucha fe para perdonar siempre. Lo que piden es un aumento o renovación de la confianza (fe) en la Palabra del Señor como para poder aceptar esta exigencia del perdón.

            Jesús responde en 17,6 con una comparación a través de la cuál quiere enseñar que basta una fe pequeña para obrar maravillas, como que un árbol se arranque y se plante en el mar a pedido del creyente. «Se entiende que Jesús no capacita a sus discípulos para que realicen a la letra esta clase de cosas, que sólo servirían para entretenimiento en un teatro o un circo. Con esta figura el Señor quiere decir que la fe permite hacer cosas sorprendentes. En este caso, el que tiene fe podrá perdonar siempre»[2].

Por tanto, con esta respuesta Jesús les quiere decir que, más que un añadido o suplemento de fe, lo que necesitan es una fe viva, convencida y convincente. Se trata de la calidad de la fe teologal más que de la cantidad.

Jesús continúa con otro tema. En 17,7-9 les evoca la figura de un señor dueño de un campo y su servidor. Éste último al volver a la casa después de trabajar en el campo, todavía tiene que preparar la cena a su señor. Y haciendo esto está cumpliendo con su deber, con el trabajo acordado y mandado (verbo διατάσσω – diatassō); y el amo no tiene que manifestarle una especial gratitud por ello. Luego aplica esta comparación a la vida de los apóstoles: cumpliendo su ministerio, su servicio apostólico, están cumpliendo con su deber. Para F. Bovon gran parte del vocabulario utilizado aquí tiene claras resonancias con la vida eclesial, por tanto «Lucas espera de los responsables de la Iglesia que cumplan su tarea con celo y fidelidad, sin esperar felicitaciones o recompensa especial alguna. Dios tiene necesidad de hombres y de mujeres, pero juzga inútiles a los que se creen particularmente indispensables»[3]. Es decir, el Señor les pide que no se consideren importantes o imprescindibles en el Reino, sino servidores del único Señor que «realiza todo en todos» (1Cor 12,6).

ALGUNAS REFLEXIONES:

            La lectura litúrgica de los textos de este domingo nos invita a priorizar el tema de la fe. En efecto, de la fe se habla explícitamente en la primera lectura del profeta Habacuc, señalándonos así que sobre este mismo tema tenemos que centrarnos en el evangelio de hoy.

Comencemos por la primera lectura que nos plantea crudamente los interrogantes. Ante la presencia del mal en forma de violencia e injusticia y la «aparente» inacción de Dios, el profeta siente tambalear su fe: ¿dónde está Dios? Y si está; ¿por qué no interviene eliminando el mal y haciendo justicia? Es una cuestión de ayer, hoy y siempre.

Lo positivo de la actitud del profeta es que no se evade ni se queda encerrado en su amargura; sino que abre su corazón alterado y confundido a Dios en la oración. Y Dios le responde. El hecho mismo de que Dios responda es ya una gran consolación pues nos confirma que está presente y «comprende» nuestra aflicción. ¿Y cuál es su respuesta? Una invitación a perseverar en la fe, a esperar confiando en Dios. Es decir que en esta fe-confianza-abandono en Dios está la razón para seguir viviendo, para seguir esperando. Muy posiblemente no sepamos dar la razón de por qué tanto mal en el mundo. Pero la mirada de fe nos impulsa a reconocer la presencia de Dios que sigue obrando en nuestra historia y nuestro mundo. Y por eso esperamos.

            Tenemos aquí una presentación de la fe en su más pura concepción bíblica: apoyarse en Dios como en la única roca segura que puede sostener una vida, que puede darle sentido por encima de todas las contrariedades que percibimos en el mundo.

Al respecto decía el joven J. Ratzinger: «La fe es un sujetarse a Dios, en quien tiene el hombre un firme apoyo para toda su vida. La fe se describe, pues, como un agarrarse firmemente, como un permanecer en pie confiadamente sobre el suelo de la Palabra de Dios […] Creer cristianamente significa confiarse a la inteligencia que me lleva a mí y al mundo, considerarla como el fundamento firme sobre el que puedo permanecer sin miedo alguno […] La fe es, pues, encontrar un tú que me sostiene y que en la imposibilidad de realizar un movimiento humano da la promesa de un amor indestructible que no sólo solicita la eternidad, sino que la otorga. La fe cristiana vive de esto: de que no existe la pura inteligencia, sino la inteligencia que me conoce y me ama, de que puedo confiarme a ella con la seguridad de un niño que en el tú de su madre ve resueltos todos sus problemas. Por eso la fe, la confianza y el amor son, a fin de cuentas, una misma cosa…»[4].

            La búsqueda en la noche del profeta nos recuerda un luminoso párrafo de Lumen Fidei, el nº 57: «La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para darnos luz. Cristo es aquel que, habiendo soportado el dolor, «inició y completa nuestra fe» (Hb 12,2)».

Pasando al evangelio tenemos también que rescatar (e imitar) la actitud de los discípulos: concientes de su fragilidad natural ante las exigencias de Jesús, le piden al Señor un aumento de fe. Ellos, al igual que Habacuc, recurren también a la oración para superar su sentimiento de impotencia ante las exigencias evangélicas que ponían en crisis su fe.

            Notemos que en el evangelio de Lucas la concepción de la fe tiene un matiz propio. La fe (pistis en griego) es ante todo la confianza en que Jesús puede obrar más allá de las posibilidades humanasEs una confianza activa, que mueve a obrar, a pedir y a esperar de parte del Señor (cf. Lc 5,20; 7,9.50; 8,47; 17,19; 18,42). Y lo que esta fe o confianza alcanza de parte de Jesús es la salvación, el perdón, que sólo Dios puede dar (la expresión: «Tú fe te ha salvado» la dice Jesús 4 veces en Lucas). Lo contrario de la fe es el miedo que bloquea, que genera desesperación (Lc 8,25).

            Por tanto, los apóstoles piden un aumento de fe, esto es, poder confiar más en la Palabra de Dios que en su propia visión de la realidad y que en sus propias capacidades. Son conscientes que esta fe es un don de Dios y que deben pedirlo en la oración. Si relacionamos este pedido con las exigencias del perdón que Jesús les terminaba de presentar, la reacción de los apóstoles es bien sensata. Para perdonar siempre se requiere la fe, no basta la razón. Los razonamientos nos pueden motivar el perdón alguna vez, pero no siempre. La fe nos introduce en el modo de ver y de vivir de Dios, quien perdona siempre a los que se arrepienten. Sólo viviendo en la fe podremos estar dispuestos a perdonar siempre superando las resistencias de nuestra afectividad y las objeciones de nuestros razonamientos.

La respuesta de Jesús es que un poco de esta fe, pequeña como un grano de mostaza, puede obtener de Dios lo imposible para los hombres. Y si recordamos el sentido de la fe en Lucas podremos decir que una fe viva puede obtenernos la salvación de Dios, algo imposible de obtener para el hombre por sí mismo.

Al respecto decía el Papa Francisco en su homilía del 2 de octubre de 2016: “«Auméntanos la fe» (Lc 17,6). Es una hermosa súplica, una oración que también nosotros podríamos dirigir a Dios cada día. Pero la respuesta divina es sorprendente, y también en este caso da la vuelta a la petición: «Si tuvierais fe…». Es él quien nos pide a nosotros que tengamos fe. Porque la fe, que es un don de Dios y hay que pedirla siempre, también requiere que nosotros la cultivemos. No es una fuerza mágica que baja del cielo, no es una «dote» que se recibe de una vez para siempre, ni tampoco un superpoder que sirve para resolver los problemas de la vida. Porque una fe concebida para satisfacer nuestras necesidades sería una fe egoísta, totalmente centrada en nosotros mismos. No hay que confundir la fe con el estar bien o sentirse bien, con el ser consolados para que tengamos un poco de paz en el corazón. La fe es un hilo de oro que nos une al Señor, la alegría pura de estar con él, de estar unidos a él; es un don que vale la vida entera, pero que fructifica si nosotros ponemos nuestra parte”.

            La enseñanza de Jesús que sigue sobre el servicio podemos relacionarla con lo anterior como sugiere L. H. Rivas[5]: «Si nos sentimos enriquecidos por la fe y nos damos cuenta de que gracias a ella podemos realizar cosas que de otra manera eran irrealizables, es lógico que experimentemos la tentación de creernos más de lo que somos. No hay nada peor que la arrogancia de quien se cree virtuoso. Todos tenemos ejemplos de lo desagradable que resulta aquella persona que hace ostentación de su religiosidad. Por eso Jesús continúa hablando por medio de comparaciones, y después de haber dicho lo que puede hacer el hombre gracias a la fe, nos explica que todo eso se debe vivir con un espíritu de profunda humildad».

Como dice el P. Molinié: «No somos importantes, somos amados».

Podemos todavía dar un paso más pues la fe nos revela nuestra condición de criaturas, de siervos, de servidores. No estamos en condiciones de exigirle nada a Dios. Esta es nuestra verdad, esta es la humildad. Sin embargo, el Señor nos dará gratuitamente lo que le pidamos. Basta tener fe: ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlo» (Lc 12,37).

Si, como sugiere el vocabulario, este servicio se refiere al ministerio de los apóstoles, a su tarea evangelizadora, Jesús está proponiendo una madurez en su ejercicio. En efecto, podemos decir del apostolado lo que F. Nemeck y M. Coombs[6] dicen de la oración: que en los comienzos se vive como un deber, una obligación; luego casi como un placer, con entusiasmo y consolación; y por fin, luego de un período de purificaciones y aridez, en la madurez, como una necesidad interior, vital.            Así vivió San Pablo su misión evangelizadora: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no predico el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado» (1Cor 9,16-17). Vale decir que Pablo ha llegado a la madurez de reconocer que todo lo ha recibido de Dios por Jesús y, por ello, ninguna motivación externa lo mueve a predicar esa buena noticia que le ha cambiado su vida. Su vida se ha identificado con su misiónVive de fe.

Y a esta madurez estamos llamados todos los cristianos, tal como enseñaba el beato Card. H. Newman y nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI en la homilía de la misa de su beatificación: «Newman nos ayuda a entender en qué consiste esto para nuestra vida cotidiana: nos dice que nuestro divino Maestro nos ha asignado una tarea específica a cada uno de nosotros, un “servicio concreto”, confiado de manera única a cada persona concreta: «Tengo mi misión», escribe, «soy un eslabón en una cadena, un vínculo de unión entre personas. No me ha creado para la nada. Haré el bien, haré su trabajo; seré un ángel de paz, un predicador de la verdad en el lugar que me es propio… si lo hago, me mantendré en sus mandamientos y le serviré a Él en mis quehaceres» (Meditación y Devoción, 301-2)”.

Al respecto decía el Papa Francisco en su homilía del 2 de octubre de 2016: “Por tanto, no estamos llamados a servir sólo para tener una recompensa, sino para imitar a Dios, que se hizo siervo por amor nuestro. Y no estamos llamados a servir de vez en cuando, sino a vivir sirviendo. El servicio es un estilo de vida, más aún, resume en sí todo el estilo de vida cristiana: servir a Dios en la adoración y la oración; estar abiertos y disponibles; amar concretamente al prójimo; trabajar con entusiasmo por el bien común”.

En síntesis, el evangelio va más allá de la primera lectura donde la fe es un esperar confiando en que Dios actuará. Jesús dice que la fe nos mueve a obrar, incluso acciones que nos superan humanamente, porque el Señor obrará en nosotros y por medio de nosotros. Por eso la obra del hombre es un servicio, un ministerio, una misión o tarea encomendada; y nosotros somos solo humildes servidores en la viña del Señor.

          Se trata, en el fondo, de no buscarse a sí mismo en los servicios que se prestan a Dios; y para llegar a esto hay que pedir un aumento de fe; y también de caridad.

En fin, en este mes misionero extraordinario, pidamos al Señor para todos los bautizados un aumento de fe para para ser testigos de la misma ante el mundo; y la humildad necesaria para vivir con responsabilidad la misión que el Señor nos ha encomendado.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Tu Deber

Cuando haya hecho lo que me mandes

Y venga cansado de la faena

En tu Mesa encuentre servido Banquete

Digno del Rey de reyes.

Inmerecida paga para un siervo

Con tan poca destreza:

Apenas dejarse llevar por su amo

Para arrojar unas semillas en la tierra.

Ni mirar lo sembrado ni velar por la cosecha

Solo a esperar ser llamado

Para ofrecer lo que no es suyo

Lo que le fue donado por herencia.

“¡Sin pretensiones!”, nos enseñas.

Un siervo o un rey, no hay diferencia.

En el peregrinar humano somos todos obreros

Y Tú el dueño de nuestra pobreza.

En el corazón llevemos tu Deber,

La Fuerza de tu Espíritu

La Luz de tu Palabra

Y la FE. Amén

[1] F. Bovon, El evangelio según san Lucas III (Sígueme; Salamanca 2004) 169.
[2] L. H. Rivas, La obra de Lucas. I. El Evangelio (Ágape; Buenos Aires 2012) 164.
[3] El evangelio según san Lucas III (Sígueme; Salamanca 2004) 180.
[4] J. Ratzinger, Introducción al cristianismo (Sígueme; Salamanca 1982) 48.52.57-58.
[5]  Jesús habla a su pueblo. Ciclo C (CEA; Buenos Aires 2000) 192.
[6] Cf. Nuestra trayectoria espiritual (EDE; Madrid 1988) 56-57.
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