Lectio Divina

DOMINGO XXVIII DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

Nos dice P. Tena que a partir de este domingo 28 entramos en la tercera etapa del camino a Jerusalén. La integran cuatro domingos cuyos temas pueden esquematizarse así[1]:

Domingo 28: Aprender a dar gracias por la salvación.

Domingo 29: La plegaria constante en tiempos difíciles.

Domingo 30: La plegaria de los pobres pecadores, camino de salvación.

Domingo 31: La salvación de la casa de Zaqueo.

1ra. Lectura (2Re 5,10.14-17):

El ciclo literario de Eliseo abarca 2 Re 2,1-9,13; 13,14-21. Sigue a continuación del ciclo de Elías de quien es claramente su sucesor (1 Re 19,15-19), con la misión de continuar la campaña de retorno a la fe israelita comenzada por aquel. La lectura de hoy forma parte de este ciclo de Eliseo y nos narra el encuentro del general sirio Naamán con el profeta Eliseo. Por un lado, tenemos a Naamán, enfermo de lepra que se llega al profeta para pedir la curación. Por otro a Eliseo, quien le manda bañarse siete veces en el río Jordán. Naamán obedece, obra conforme a la Palabra del hombre de Dios. Va, se baña y queda curado. Al volver junto al profeta Eliseo, confiesa al Dios de Israel como el único Dios. Retengamos de esta narración principalmente el camino o proceso: de la curación física a la profesión de fe en Dios.

Evangelio (Lc 17, 11-19):

            Jesús va camino a Jerusalén y antes de entrar en un poblado le salen al encuentro diez leprosos. Estos se quedan a distancia y alzan su voz. Sucede que según las leyes del AT el leproso era considerado impuro y debía vivir fuera de la comunidad. Más aún, no debía acercarse a ningún hombre sano por el peligro de contagio. Es decir, la enfermedad de la lepra tenía una dimensión o consideración religiosa al punto que ser leproso es un signo claro de ser un hombre alejado de Dios y apartado de la comunidad de salvación. Así lo establecía la Ley de Israel:

Lev 13,45-46: La persona afectada de lepra llevará la ropa desgarrada y los cabellos sueltos; se cubrirá hasta la boca e irá gritando: «¡Impuro, impuro!» Será impuro mientras dure su afección. Por ser impuro, vivirá apartado y su morada estará fuera del campamento.

            El grito de ayuda de los leprosos a Jesús, «ten misericordia de nosotros», recuerda la invocación de los Salmos dirigida a Dios (por ej. Sal 40,5; 50,3-4).

            La respuesta de Jesús es una mirada compasiva y una orden: «Vayan a mostrarse al sacerdote». Sucede que esta enfermedad al provocar la impureza cultual tenía que ser diagnosticada por el sacerdote. E igualmente correspondía a los sacerdotes confirmar su curación y permitir el reingreso a la comunidad declarando puro al leproso curado. Así está establecido en la ley de Israel:

Lev 14,2-3.8: Cuando haya que declarar puro a un leproso, se aplicará el siguiente ritual: La persona será presentada al sacerdote. 3 Este saldrá fuera del campamento, y si ve que el leproso está realmente curado de su afección, 4 mandará traer, para la persona que va a ser purificada, dos pájaros vivos puros […] 8 El que se purifica lavará su ropa, se afeitará todo el pelo, se bañará con agua, y quedará puro. Después de esto podrá entrar en el campamento, pero tendrá que permanecer siete días fuera de su carpa.

Según esto, queda claro que la orden de Jesús era que se presenten al sacerdote para que certifique la curación de su lepra. Los diez se ponen en camino, por lo que han demostrado tener fe en la Palabra de Jesús. Y en el camino quedan curados, «purificados» (verbo katharizō), los diez.

            Ahora bien, de los diez sólo uno regresa (upostrefō) a Jesús y éste es declarado «salvado» por su fe. Notemos que «el verbo u-postre,fw (upostrefō) tiene un sentido local: el leproso curado vuelve sobre sus pasos. Pero este verbo, vinculado a la alegría y la alabanza, sugiere también una realidad espiritual: el leproso interioriza su curación, intensifica su confianza inicial, profunda de su fe y culmina su conversión»[2].

            El texto señala que esta “vuelta” estuvo motivada por un “ver” diferente al de los demás: “Uno de ellos, viéndose (ἰδὼν) curado” (Lc 17,15) y que está en paralelo con el ver de Jesús a los leprosos: “Al verlos (ἰδὼν), Jesús les dijo…” de Lc 17,14. Sobre esto dice A. Rodriguez Carmona[3]: “todos experimentaron la curación, pero el ver de este hombre tuvo un carácter trascendente, en cuanto que le hizo ir más allá, reconociendo en esta curación un favor que Dios le había hecho por medio de Jesús, su enviado”.

A los otros nueve la fe inicial en Jesús los llevó sólo hasta obtener la curación-purificación, pero no les alcanzó para la salvación. Como bien dice F. Bovon: “Si la fe no va acompañada de gratitud no es verdadera fe. Continúa ligada al milagro, y no se eleva hasta la salvación”[4].

            La anotación de que el leproso curado era un samaritano sirve para indicar la misericordia de Dios que va más allá de la elección de Israel con una apertura universalista.

            La frase final de Jesús es muy importante porque pone prácticamente como sinónimos el dar gracias con el dar gloria a Dios: “¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?». Y de aquí se puede deducir que dando gracias a Jesús se está glorificando a Dios: se trata de una confesión de fe en la divinidad de Jesús.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            El evangelio del domingo pasado nos invitaba a pedir un aumento de fe, para creer más y mejor. Hoy se nos muestra el proceso de la fe, sus etapas o pasos.

Tanto Naamán, en la primera lectura, como los diez leprosos del evangelio se acercan a Dios, sea por medio del profeta Eliseo o de Jesús, buscando una gracia, una salida ante una situación dolorosa y desesperada que los margina. Como dijimos, el enfermo de lepra es el símbolo del hombre separado de Dios (no puede darle culto ni participar de la asamblea religiosa) y segregado por los hombres (debe vivir fuera de la ciudad y no puede acercarse a ningún sano).

Todos creen en la Palabra, todos obedecen a la orden recibida. Naamán baja al río Jordán a bañarse siete veces y los diez leprosos se ponen en camino para ver al sacerdote. Esto es realmente un acto de fe. Un primer e importante acto de fe. Y todos reciben la curación de parte de Dios. Obtienen lo que habían buscado y pedido. Los nueve leprosos se quedaron aquí. Sólo fueron curados.

            Naamán regresa ante el profeta para agradecer y confesar su fe en Yavé como único Dios. Su fe creció, llegó hasta la confesión de Dios y la intención de rendir culto a Yavé.

            El leproso samaritano del evangelio toma conciencia de su curación, reconoce el don recibido de Dios y lo alaba: «Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz, y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias» (Lc 17,15).

Los diez fueron curados, pero sólo uno tomó plena conciencia de que se trataba de un don recibido: «viéndose curado». Por eso enseguida pega la vuelta y alaba a Dios, se olvida un poco de sí y se vuelve a Dios quien ha tenido compasión de él. Esto es justamente la alabanza.

            Según el Card. Martini este alabar a Dios con reverencia, recoge un aspecto fundamental de la espiritualidad bíblica, y es la respuesta humana a la acción de Dios, es la reacción del hombre que recibe la palabra de Dios [5].

Ahora bien, el leproso curado no va al templo ni busca al sacerdote del Antiguo Testamento, sino que reconoce la acción de Dios en Jesús. Por eso se postra ante Él y le agradece. Naamán confiesa a Yavé como Dios, el leproso samaritano reconoce a Dios presente y operante en Jesús. La fe teológica se ha vuelto cristológica y eucarística por cuanto agradece a Jesús por la curación recibida.

            El leproso samaritano es imagen del creyente completo pues no sólo fue sanado sino también salvado. ¿Cuál es la diferencia? Que la salvación incluye la relación personal con Jesús y, por medio de Él, con el Padre. Como señala el Card. Vanhoye[6]: «Los otros nueve leprosos se aprovecharon materialmente de la curación, obtuvieron la salud física. El samaritano, sin embargo, además de ésta, obtuvo la relación de fe con Jesús, mediante la cual se salvó de verdad, de manera completa, en cuerpo y alma. Desde ese momento en adelante pudo vivir en esta relación con Jesús, una relación que se estableció gracias a la curación».

En síntesis, a lo largo del relato se describen las cuatro formas básicas de oración en una gradualidad creciente: pedir perdón (piedad) y pedir gracias (curación); dar gracias; alabar.

            Esta es la fe madura, la que salva de verdad. “Porque la fe, que es un don de Dios y hay que pedirla siempre, también requiere que nosotros la cultivemos. No es una fuerza mágica que baja del cielo, no es una «dote» que se recibe de una vez para siempre, ni tampoco un superpoder que sirve para resolver los problemas de la vida. Porque una fe concebida para satisfacer nuestras necesidades sería una fe egoísta, totalmente centrada en nosotros mismos. No hay que confundir la fe con el estar bien o sentirse bien, con el ser consolados para que tengamos un poco de paz en el corazón. La fe es un hilo de oro que nos une al Señor, la alegría pura de estar con él, de estar unidos a él; es un don que vale la vida entera, pero que fructifica si nosotros ponemos nuestra parte. Y, ¿cuál es nuestra parte? Jesús nos hace comprender que es el servicio.” (Francisco, homilía del 2 de octubre de 2016).

            Sobre la salvación mediante la fe leemos en Lumen Fidei nº 19: «La salvación comienza con la apertura a algo que nos precede, a un don originario que afirma la vida y protege la existencia. Sólo abriéndonos a este origen y reconociéndolo, es posible ser transformados, dejando que la salvación obre en nosotros y haga fecunda la vida, llena de buenos frutos. La salvación mediante la fe consiste en reconocer el primado del don de Dios, como bien resume san Pablo: «En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios […] La fe en Cristo nos salva porque en él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros y con nosotros». Es decir, la salvación es abrir el corazón al amor de Dios manifestado en Cristo, reconocer este don y agradecerlo (cf. LF 15).

Es de notar también la sentida queja de Jesús, en forma de preguntas sin respuesta, que cierra el relato (cf. Lc 17, 17-18). Estas preguntas nos revelan a Jesús sensible ante la ingratitud de los hombres. Tuvo compasión de ellos, les concedió la gracia pedida, la curación, pero sólo uno respondió correctamente. Y era justamente un extranjero, un samaritano.

            Vemos, entonces, tres temas fundamentales en las lecturas de hoy:

  1. La fe como proceso que debe llegar a su plenitud en el encuentro personal con Jesús.
  2. La apertura universal de la salvación que trae Jesús.
  3. La gratitud como necesaria respuesta del hombre ante el Don de Dios.

Hablemos un poco más de esto último, que tiene una especial importancia. En efecto, es tan importante la “gratitud” que “el Nuevo Testamento llega a sugerir que quienes no son agradecidos no se salvan. Los acharistoi son los desagradecidos y son rechazados (2Tm 3,2), mientras que los eucharistoi dan gracias y son salvados (Col 3,15). A la luz de estas reflexiones, el prefacio de la segunda plegaria eucarística de la Misa adquiere un mayor sentido teológico: «Padre, es nuestro deber y salvación (subrayado añadido) darte gracias siempre y en todo lugar». Como cristianos, no sólo damos gracias a Dios porque sea bueno para nosotros, sino porque es nuestra salvación. Son palabras asombrosas: ¡nuestra salvación es dar gracias!”[7].

Al respecto dice A. Vanhoye: «Después de la adhesión de fe y amor a la persona de Cristo, ¿qué es lo más importante en la vida espiritual? La fe nos hace hijos de Dios, en Cristo y con Cristo. ¿Cuál es la primera característica de la vida filial? ¿Acaso la docilidad filial, la generosidad al servicio de Dios, el ofrecimiento de nosotros mismos para glorificar a Dios? No, la fundamental actitud filial es la del amor agradecido: gustar la bondad de Dios, y dar gracias a Dios por su bondad… Dios nos da su amor gratuito, su gracia. Lo primero que hay que hacer es dar gracias por este amor gratuito. Dios concede la gracia, y nosotros le damos las gracias […] la forma de nuestro amor a Dios tiene que ser en primer lugar el agradecimiento, el amor agradecido»[8].

Nuestra nueva vida se basa en un don gratuito, inmerecido, que nos hace gustar la bondad de Dios. Esto es lo primero y fundamental: el amor de Dios y su donación gratuita a nosotros. Nos ha dado la vida, la redención, el perdón de los pecados, la vida eterna… En Jesús nos ha dado todo, y gratuitamente. Por eso lo segundo (o lo primero para nosotros) es la gratitud. No es la renuncia, sería como rechazar el don, como no tener en cuenta el regalo y Quien lo regala. Al contrario, por la fe acepto y recibo el don. La fundamental actitud filial es el amor agradecido. Para ello hay que darse cuenta, tomar conciencia de los dones recibidos. Y agradecer todo y agradecer siempre. Un cristiano sabe que todo viene del Señor, que todos los dones son expresión de su amor por nosotros.

Al respecto dice el Papa Francisco en su homilía del 9 de octubre de 2016: “El Evangelio de este domingo nos invita a reconocer con admiración y gratitud los dones de Dios…Qué importante es saber agradecer al Señor, saber alabarlo por todo lo que hace por nosotros. Y así, nos podemos preguntar: ¿Somos capaces de saber decir gracias? ¿Cuántas veces nos decimos gracias en familia, en la comunidad, en la Iglesia? ¿Cuántas veces damos gracias a quien nos ayuda, a quien está cerca de nosotros, a quien nos acompaña en la vida? Con frecuencia damos todo por descontado. Y lo mismo hacemos también con Dios. Es fácil ir al Señor para pedirle algo, pero regresar a darle las gracias… Por eso Jesús remarca con fuerza la negligencia de los nueve leprosos desagradecidos”.

Una persona agradecida es una persona que reconoce el “don” y por eso lo agradece. Es todo lo contrario del orgulloso que se atribuye todo a sí mismo y termina por negar la obra de Dios. En el fondo el agradecido es el humilde, el pobre evangélico, que reconoce su necesidad y que la misma se ve colmada gratuitamente por Dios. Por eso le agradece y le alaba. Y es salvado por esta actitud.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Solo hazme a tu manera

Señor,

Andando por estos caminos, te vi sanando los males

De tantos y cuántos heridos

Salidos de sus tumbas, almas en pena

Buscando migajas y mendigando miseria.

Dios hecho hombre se conmovió por su presencia.

Ignorados del resto del mundo,

Despreciados y culpados por sus propias carencias

Vienen detrás nuestro y esperan…

Tú, y solo tú los aceptas. También los puedes curar

Y esperar un gesto de amor

Por la compasión entregada y la vida plena

Una misión para cada uno… y uno: vuelva.

Se encuentra corriendo limpio y libre de su condena

Adonde ir, si ahora se siente desnudo

Desarmado por la Misericordia

Y buscando con gozo el Rostro que lo engendra.

Y si hoy también me siento extranjero agradecido

En estas tus propias tierras

No te asombres, Señor mío, Dueño mío,

Solo hazme a tu manera. Amén.

[1] P. Tena, El leccionario de Lucas. Guía homilética para el ciclo C (CPL; Barcelona 1991) 129.
[2] F. Bovon, El evangelio según San Lucas III (Sígueme; Salamanca 2004) 193.
[3] Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 296.
[4] F. Bovon, El evangelio según San Lucas III (Sígueme; Salamanca 2004) 192.
[5] C. M. Martini, Samuel. Profeta religioso y civil (Santander 1991) 53ss.
[6] Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo C (Mensajero; Bilbao 2009) 303.
[7] Stephen Rossetti, “De la ira a la gratitud. Llegar a ser personas eucarísticas: el itinerario de la formación humana”, Pastores 47 – abril 2010, 66
[8] A. Vanhoye, Pedro y Pablo (PPC; Madrid 1998) 52-53.
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