Lectio Divina

DOMINGO XXIX DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

1ra. Lectura (Ex 17,8-13):

            A nivel exegético hay muchos detalles de este texto que se prestan a discusión, pero en su consideración global tanto la tradición judía como cristiana han descubierto aquí una clara enseñanza sobre el poder de la oración. Y en la misma línea corre la lectura litúrgica del mismo.

            En el campo de batalla los israelitas conducidos por Josué libran el combate contra los amalecitas, pero el resultado de la misma depende de la elevación de las manos de Moisés. Este gesto es el signo de la elevación del alma y del corazón a Dios, signo de la oración y la súplica. Cuando los brazos de Moisés están en alto, Israel vence; o mejor, siguiendo el texto hebreo, Israel se hace fuerte. Cuando el cansancio lleva a Moisés a bajar sus brazos, Amalec se vuelve fuerte y vence a Israel. Entonces Moisés es «sostenido» para que continúe con sus manos alzadas hasta la caída del sol, consiguiendo así la victoria final para Israel.

            El contexto nos da más luz sobre este texto pues sigue a la murmuración del pueblo en Masá y Meribá, cuando claman a Moisés por agua en medio de la sed abrasadora del desierto. Moisés, a su vez, clama a Yavé, quien le manda hacer brotar agua de la Roca para apagar la sed del pueblo. Yavé respondió dándoles agua, pero queda registrada la falta de confianza del pueblo en Su presencia activa en medio de ellos: «Aquel lugar recibió el nombre de Masá -que significa «Provocación»- y de Meribá -que significa «Querella»- a causa de la acusación de los israelitas, y porque ellos provocaron al Señor, diciendo: «¿El Señor está realmente entre nosotros, o no?» (Ex 17,7).

            El texto de hoy sigue inmediatamente a esta pregunta y es, de algún modo, una respuesta a la misma. Dios lucha a favor de su pueblo contra los amalecitas, los hace fuertes gracias a la intercesión de Moisés y les concede la victoria con la valiente obediencia de Josué. Moisés y Josué actúan, colaboran, aportan. Uno con su oración, otro con su acción. Pero en definitiva la victoria depende de Dios.

Evangelio (Lc 18, 1-8):

            La finalidad o mensaje de la parábola es clara por cuanto el evangelista nos lo revela desde el comienzo: «Después les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse».

            Sobre la tentación del desánimo podemos suponer que era fuerte en la segunda o tercera generación cristiana a la que se dirige el evangelista Lucas (cf. Lc 1,1-4). De hecho, la invitación a no desanimarse o desfallecer utilizando el verbo egkakein (egkakein) la encontramos en Gal 6,9; 2Cor 4,1.16; Ef 3,13; 2Tes 3,13.- También es frecuente en los escritos de esta época la exhortación a «orar sin cesar» (cf. 1Tes 5,17; Rom 12,12; Flp 4,6; Col 4,2; Ef 6,18; 1Tim 2,1-2).

            Los personajes de la parábola están bien caracterizados. En primer lugar, tenemos un juez que tiene todo el poder pero que carece de la más elemental conciencia moral. Dice el texto que «no teme a Dios ni tiene respeto por los hombres»; o sea que ignora los dos mandamientos principales: el amor a Dios y al prójimo. O también, como dice B. Malina[1]: “carece de vergüenza; no tiene sensibilidad para pensar cómo percibirá sus acciones la comunidad o el alcance que puedan tener (cf. Jr. 8,12). Una tradición conservada en la Misná nos cuenta que Hillel dijo: «Un patán no puede temer al pecado…» (m.’Abot 2,5).

            Luego tenemos a una viuda que vive en la misma ciudad. Para la Biblia la viuda, junto con el huérfano, son un símbolo de las personas que se encuentran solas, desprotegidas, pues al no tener marido o padre no tienen quien las defienda y proteja. Además, la mujer no tenía derecho a la herencia, por tanto si el marido fallecía sus bienes quedaban en poder de la familia del esposo y ella debía regresar a su casa paterna. Y si no tenía familiares, quedaba merced de la ayuda de sus conocidos o de la limosna de la gente[2]. Y en este caso particular de la viuda descrita en la parábola: “Como las mujeres no hacían acto de presencia normalmente en los tribunales públicos, hemos de deducir que esta viuda no tenía en su familia ningún miembro masculino que pudiese presentarse en su lugar. Está sola”[3]. Y por esto mismo Dios se ocupa preferencialmente de ellos y manda hacer lo mismo (Cf. Ex 22,21; Dt 10,18; Jer 22,3). En el evangelio de Lucas particularmente se presta atención a las viudas como objeto de atención y también como modelos de religiosidad y generosidad (cf. Lc 2,37; 4,25; 7,12-13).

            Volviendo a la parábola notemos que la viuda toma la iniciativa de pedir justicia al juez de modo reiterado o iterativo (esto se deduce del verbo en imperfecto). El pedido de «hazme justicia» incluye tanto el castigo del culpable como la reparación del daño ocasionado.

            El juez durante mucho tiempo «no quiso» (ouk éthelen) hacerle justicia. Sin motivos ni causa se desentendió totalmente de ella. Pero luego reflexionó, se «dijo a sí mismo» que era mejor atender al reclamo de la viuda para que no siga “molestándolo”. En el texto se trata de algo más fuerte que una mera molestia o incomodidad pues el verbo utilizado “hypopiazein, tomado de la terminología del boxeo, significa «herir en el pómulo» (debajo de los ojos, en la cara). Cf. 1 Cor 9,27: hypópiazo mou to sorna («golpeo mi cuerpo»). Pero el verbo tiene también sentido figurado: «poner negro a alguien», es decir, «exasperarle», o también: «dejar exhausto, agotado, extenuado»”[4]. Lo cierto es que se deja en claro que su motivación es puramente egoísta, pero al final hace justicia. Y así termina la parábola presuponiendo un final feliz para la narración donde la viuda recibe lo que con insistencia pedía al juez.

            Retengamos que más allá de las cuestiones jurídicas de la época y de la motivación del juez, el nudo del relato está en que, ante tanta insistencia de la viuda, éste juez injusto termina por hacerle justicia.

            El comentario de Jesús al final precisa claramente el alcance de este ejemplo o parábola: si un juez injusto termina por hacer justicia ante tanta insistencia de la viuda, cuanto más Dios, que es bueno y sumamente justo, hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche. Aquí Jesús aplica un principio conocido en la interpretación rabínica que se fundamenta en la comparación y superación del ejemplo puesto: ¡cuánto más!

            La traducción del v. 7 es difícil. La del leccionario y de la Biblia del Pueblo de Dios se apoya en el contexto del evangelio de Lucas y su respuesta ante la demora de la parusía: «Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar?».

La Biblia de Jerusalén, por su parte, traduce el segundo miembro de la oración en la misma línea del primero, o sea como una interrogación: «pues, ¿no hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará esperar

Según F. Bovon[5] es mejor la primera traducción, la del leccionario, si tenemos en cuenta el contexto de todo el evangelio de Lucas y el versículo siguiente (8a). En efecto, el material de tradición que utiliza Lucas precisaba: la retribución vendrá «en seguida» (8a). Lucas rectifica: no, el Señor vendrá, ciertamente, para juzgar «en seguida», pero de momento «tarda». El evangelista le otorga al v. 8a el sentido, no de inminente, sino de «en un instante», «en un momento», como algo fulgurante y rápido (cf. Lc 17,24; 21,28-32). El leccionario traduce en este sentido con la expresión «en un abrir y cerrar de ojos». De este modo Lucas corrige la ansiosa expectativa de los que aguardan una inminente intervención de Dios para hacer justicia. Dios se tarda, pero existe la oración y ésta debe ser incesante para que no desfallezca la fe pues Dios es fiel y su intervención final es segura. Este es el mensaje para la comunidad cristiana, para los elegidos, que son comparados con una viuda por cuanto viven desprotegidos ante los poderosos. Esta espera orante supone fe, «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (18,8b).

Por tanto, para San Lucas, al igual que para San Pablo, el deseo de la intervención final de Dios en la historia (la escatología) es una motivación para la oración cotidiana y perseverante.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            Los temas de la fe y la oración de súplica, con su estrechísima relación, me parece que son los dominantes en las lecturas de este domingo.

La primera lectura, leída desde la tradición de los Padres de la Iglesia, nos enseña que lo determinante en todas las batallas de la vida es la acción de Dios. Sólo en Él y con Él podemos ser fuertes y salir victoriosos. Ahora bien, Dios subordina o condiciona su ayuda, de algún modo, a la súplica perseverante del creyente y a su valentía en la acción.

            El cansancio que nos hace bajar los brazos forma parte de nuestra condición humana. Necesitamos de la comunión de los santos, de la ayuda de los hermanos creyentes, de la oración de toda la Iglesia, para sostener nuestra súplica.

            Vale decir que el combate de la fe se juega, en última instancia, en la oración y en la comunión eclesial. Quien persevera en la oración, persevera en la fe. Quien abandona la oración, antes o después, sentirá un debilitamiento de su fe. Y lo mismo vale para la comunión eclesial: sin el acompañamiento de la Iglesia es difícil perseverar en la fe, más aún, no es posible creer tal como enseña el Papa Francisco en Lumen Fidei nº 39: «Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el «yo» del fiel y el «Tú» divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al «nosotros», se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia».

            Lo dicho hasta aquí puede darnos razón del mandato de Jesús para que oremos siempre y sin desfallecer, unos por otros. La viuda de la parábola insiste a pesar de la falta de respuesta. Nuestra súplica debe ser perseverante a pesar de la demora en la respuesta, a pesar del silencio de Dios.

            Sabemos que la oración es un arte más que una ciencia teórica. Vale decir que se aprende a orar, orando, y no tanto leyendo libros sobre la oración. Y saben de oración los que rezan, aunque no sepan escribir sobre la misma. J. Lafrance, sacerdote francés, sabe de oración porque reza; y sabe también escribir sobre la oración. Justamente él dice en su último libro que el versículo de Lc 18,7 que leímos hoy («¿no hará justicia Dios a sus elegidos, que claman a él día y noche?») es la frase de Jesús que mejor expresa el secreto de su vida. Hasta un punto tal que manifiesta su deseo de que esta frase se escriba en el reverso del recordatorio de su muerte[6]. Muerte que le llegó el 14 de marzo de 1991 después de una fatigosa y prolongada lucha contra una enfermedad. J. Lafrance comenta así este versículo donde reconoce verdaderamente su rostro, como quien al menos ha deseado clamar a Dios día y noche: «Nosotros clamamos a Dios día y noche en la duración y en el tiempo; él responde en el instante, que es equivalentemente la eternidad. Ahí está la prueba y el combate de la oración. Por eso Dios quiere que oremos sin cesar y sin desfallecer nunca… Si hay que orar siempre sin cansarse, no es tanto para obtener lo que ya hemos recibido como para mantener la llama, igual que el aceite alimenta la lámpara… La fe es el único combate de la vida: seguir creyendo que el Padre nos escucha y nos atiende cuando no se ve ningún resultado. Y entonces es cuando se recurre a la fe de la Iglesia. Pienso en esta hermosa plegaria de la eucaristía justamente antes de pedir la paz. No mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia; y, conforme a tu palabra concédenos la paz. Cuando la oración resulta ardua e imposible, se acoge uno a la oración de la Iglesia, pues sabemos que la Iglesia es la depositaria de esta oración poderosa e incesante. Pienso en la oración de los monjes, los ermitaños y de todos esos hombres de oración ignorados que se dedican a arrancarle a Dios la salvación de sus hermanos»[7].

Por su parte el Papa Francisco en su homilía del 16 de octubre de 2016 comenta este mismo versículo diciendo: “Este es el misterio de la oración: gritarno cansarse y, si te cansas, pide ayuda para mantener las manos levantadas. Esta es la oración que Jesús nos ha revelado y nos ha dado a través del Espíritu Santo. Orar no es refugiarse en un mundo ideal, no es evadir a una falsa quietud. Por el contrario, orar y luchar, y dejar que también el Espíritu Santo ore en nosotros. Es el Espíritu Santo quien nos enseña a rezar, quien nos guía en la oración y nos hace orar como hijos”.

  1. Lafrance, para explicar quién le enseñó a orar sin desfallecer cuenta la historia de un joven griego que se retiró al desierto sólo para realizar las palabras de Jesús: «Hay que orar siempre sin desfallecer». Se pasaba el día rezando serenamente, pero al llegar la noche lo invade el miedo y entonces recurre más fuertemente a la oración. Luego le asalta el hambre y la sed y comienza a rezar pidiendo el alimento de cada día, al tiempo que sale a buscarlo. También es asaltado con frecuencia por tentaciones de todo tipo, por lo que se sumerge más intensamente en la oración de Jesús. Al cabo de 14 años unos amigos van a verlo y comprueban que está siempre orando. Entonces le preguntan: ¿quién te ha enseñado la oración continua? Y el joven responde: «Sencillamente, los demonios». En palabras del mismo Lafrance: «Las pruebas, las angustias, los sufrimientos y los peligros es lo que engendra la perseverancia, la cual nos impulsa a la oración incesante»[8].

            Por último, no olvidemos la estrecha relación entre la oración y la fe. Reza, pide, suplica, ante todo, el que cree. Por eso la oración de súplica es expresión de nuestra fe. Incluso más, tal como la entiende J. Lafrance, es la expresión más auténtica de nuestro ser criaturas, de nuestro ser hijos de Dios. En la oración de gratitud y en la súplica nos encontramos con nuestra identidad más profunda, con lo que realmente somos. Agradecer a Dios desde lo profundo del corazón es reconocer que le debemos todo lo que somos. O más aún, reconocer que somos, existimos, porque Él es, existe, nos ama y nos hace ser y existir. La súplica nos revela nuestra identidad de pobres evangélicos, como la viuda, de seres necesitados, no autosuficientes y, por ello, necesitamos pedirle, suplicarle desde lo más hondo de nuestro ser. Así, la acción de gracias y la súplica brotan de un alma que ha encontrado su centro, su profundidad, su verdad. Se trata, entonces, de una forma fundamental de oración que nunca nos debe faltar. En efecto, el que suplica de verdad ora con autenticidad porque se reconoce necesitado, dependiente, en fin, pobre. Por eso Jesús alaba tanto en el evangelio la fe de los pobres que recurren a él para suplicarle, para pedirle algo. Y por eso Jesús declaró que la fe había salvado al leproso samaritano que suplicó la curación y volvió a Jesús para agradecerle el don. Pidamos y supliquemos al Señor con la certeza que Él nos escucha siempre y que hará a favor nuestro lo que sea mejor para nuestra vida, incluyendo la eterna. Podemos unir este tema con el mensaje del domingo pasado y tenemos así las actitudes fundamentales que el creyente auténtico debe tener antes Dios: suplicar, pedir compasión, agradecer, alabar. Esto es lo nuestro, lo que podemos y debemos hacer. El resultado hay que dejárselo a Dios, que obra siempre según su amoroso y misterioso designio.

Por otra parte, las lecturas de hoy nos invitan a preguntarnos de dónde esperamos que vengan los frutos de nuestra actividad pastoral: sólo de nuestro ingenio, de nuestras obras; o sobre todo de la acción de Dios implorada en la oración. ¿Cuánto de súplica precede a nuestras iniciativas pastorales? Esto nos dará la respuesta a la pregunta anterior pues es doctrina probada que la acción pastoral se sostiene con la oración de los contemplativos. Como bien dice H. U. von Balthasar[9]: «Todos debemos orar y ayudar a los demás a perseverar en la oración, y a no poner la confianza en la actividad externa, si es que queremos que la Iglesia no sea derrocada en los duros combates de nuestro tiempo».

PARA LA ORACIÓN

«No digas, después de haber perseverado largo tiempo en la oración, que no has llegado a nada, porque has obtenido ya un resultado. ¿Qué bien más grande, en efecto, que unirse al Señor y perseverar sin descanso en esta unión con él?» (San Juan Clímaco, La santa escala).

“Mi Querido: Recordarás que yo sabía decir de mí mismo que iba a ser tan enérgico siempre como el caballo chesche que se murió galopando. Pero jamás tuve presente que Dios Nuestro Señor es –y era- quien vivifica y mortifica, y da las energías, y da las energías físicas y morales,  y quien les quita […] Ya ves el estado a que ha quedado el chesche, el enérgico y el brioso. Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pasiva, quiero decir, que Dios me da la ocupación de buscar mi fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo” (San José Gabriel del Rosario Brochero, carta al Obispo Yaniz).

«El hombre es un mendigo que tiene necesidad de pedirlo todo a Dios» (Sto. Cura de Ars).

RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE:

Señor,

Viendo al hombre tan solo, sumido en un dialogo interior de reproches y sombras

Te acercaste a sus vacíos acortando las distancias, Hermano,

Y le enseñaste a insistir, a reclamar como si tuviera derecho

A presentarse ante su Padre…

Porque supo el Salvador, enseñarnos el Amor

Del Juez Supremo, de la tierra y los cielos

Generoso sin medida, desbordante, Inmenso

De rodillas de pedimos, Padre,

Envía tu Santo Espíritu y renueva nuestro ser

Haznos a la altura de la Fe, para amar a tu Hijo

Sobre todas las cosas.

¡Renuévanos! Tú fijarás el momento

Y en su regreso final llénanos de gozo, te rogamos

Contemplar al Rey de reyes entrar en su Templo. Amén

[1] Los Evangelios Sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I (Verbo Divino; Estella 1996) 291.
[2] Cf. L. H. Rivas, La obra de Lucas I. El Evangelio (Agape; Buenos Aires 2012) 169.
[3] B. Malina, Los Evangelios Sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I (Verbo Divino; Estella 1996) 291.
[4] J, Fitzmyer, El Evangelio según Lucas, T. III (Cristiandad; Madrid 1987) 847-848.
[5] El evangelio según San Lucas III (Sígueme; Salamanca 2004) 244-249.
[6] Cf. J. Lafrance, Día y noche (San Pablo; Madrid 1993) 51-54.
[7] J. Lafrance, Día y noche (San Pablo; Madrid 1993) 55-56.
[8] J. Lafrance, Día y noche (San Pablo; Madrid 1993) 16.
[9] Luz de la Palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 291.
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