Lectio Divina

DOMINGO XXX DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

1ra. Lectura (Eclo 35,12-14.16.18):

            Tanto esta primera lectura como el salmo de hoy (Sal 33), en especial la antífona («El pobre invocó al Señor y él lo escuchó»), insisten en la atención prestada por Dios a la oración del pobre, del afligido y del humilde. Son una invitación a la confianza en Dios y, por tanto, a orar sin desanimarse, como nos enseñaba el evangelio del domingo pasado.

Evangelio (Lc 18, 9-14):

            Al igual que el domingo anterior, la primera frase nos da ya la clave para entender la parábola: «Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola» (Lc 18,9).

            Por tanto, la parábola se dirige especialmente a esta clase de personas, que más adelante son ejemplificadas con la actitud de un fariseo. El texto griego literalmente dice que «estaban persuadidos, convencidos (verbo pei,qw) a sí mismos, de ser justos», o sea de tener la aprobación de Dios. Casi como consecuencia inmediata de esta actitud, dice que «despreciaban» a los demás, los tenían como injustos, como reprobados por Dios. Para “despreciaban” se utiliza el verbo ἐξουθενέω (exoutheneō)que puede traducirse por también por «tener en nada», tratar con desprecio (como ejemplo tenemos su uso en Lc 23,11 para señalar el trato despectivo de Herodes y sus guardias hacia Jesús en la pasión).

            La parábola consiste en mostrarnos a dos hombres en oración: un fariseo y un publicano. Esta primera presentación era por demás elocuente para los contemporáneos de Jesús, ya que son dos figuras representativas del judaísmo de la época.

Los fariseos constituían un grupo dentro del judaísmo caracterizado por su estricta observancia de la ley que los llevaba incluso a separarse de los demás, de los no observantes. Flavio Josefo los describe de esta manera: «Un grupo dentro del judaísmo oficial, que se distinguía particularmente por su estricta observancia de las prescripciones religiosas y por su interpretación formalista de la ley» (Bell. I, 5, 2, n. 110). Hoy equivaldría a decir: subió al Templo a orar un hombre religioso, fiel cumplidor de los mandamientos.

En contraste tenemos un publicano, un cobrador de impuestos, o sea un hombre vendido al poder dominante, un ladrón de los dineros del pueblo y socialmente considerado un pecador. Hoy diríamos: subió al Templo a rezar un pecador, un desfachatado a quien no le importan la ley ni el honor.

            Esta es la cara externa de los personajes y el juicio de la sociedad sobre ellos.

La parábola se concentra en describirnos su oración a Dios. Sabemos que tanto los gestos como las palabras revelan lo que abunda en el corazón. En particular los gestos y las palabras dirigidas a Dios, pues en la oración el hombre se muestra tal cual es.

            El fariseo reza de pie, según la costumbre de entonces, y suponemos que adelante, en el atrio de los israelitas, pues se siente cerca de Dios. El texto griego vuelve a repetir aquí el pronombre reflexivo «sí mismo» (πρὸς e`auto.n) que utilizó en el versículo inicial, por lo que algunos traducen “oraba en su interior”; pero otros “oraba para sí mismo”. Como bien nos indica  F. Bovon[1] esta expresión griega pone de relieve que el fariseo más que hablar a Dios se habla a sí mismo y se aísla de Dios y de los demás.

En su oración, dando gracias a Dios, se compara con los demás, a quienes juzga como ladrones, injustos y adúlteros (la referencia al decálogo es indiscutible: cf. Ex 20,14-15; Dt 5,17-18); y también se compara con “ese” publicano. Luego se mira a sí mismo y enumera sus actos virtuosos que van más allá de lo exigido: sus ayunos dos veces por semana y su pago del diezmo sobre todo lo que adquiere. Agradece a Dios, pero despreciando a los demás y exaltándose a sí mismo. No le pide nada a Dios, más bien le muestra sus obras meritorias.

Además, en la lista de sus obras virtuosas brillan por su ausencia la caridad y la justicia (cf. Lc 11,42: «Pero ¡ay de ustedes, fariseos, que pagan el impuesto de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, y descuidan la justicia y el amor de Dios! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello»).

En contraste, el publicano se coloca a distancia (suponemos del “santo de los santos”, lugar de la presencia de Dios), pues se sabe lejano de Dios por su vida pecadora. Tiene la mirada baja (el texto griego dice literalmente que «no quería levantar los ojos hacia el cielo»), signo de arrepentimiento y, tal vez, de vergüenza por su condición de pecador. Además, como signo de dolor y de culpa se golpea el pecho, como haciendo brotar de lo más profundo de su corazón una súplica de perdón: «Oh Dios, ten compasión de mí, soy un pecador». El verbo que se suele traducir por «ten compasión» (i`la,skomai) no es el que aparece comúnmente (como en el caso de los diez leprosos, 17,13; o del ciego, 18,38) sino que pertenece al ámbito cultual-sacrificial. Literalmente sería: «sé propicio conmigo»; “perdóname, expíame o excúlpame” pues está relacionado con el propiciatorio (i`lasth,rioj) del templo donde se expiaban los pecados (cf. Lv 16). Este verbo lo volvemos a encontrar en el NT solamente en Heb 2,17 referido al sacerdocio de Cristo y su acción de expiar los pecados: «En consecuencia, debió hacerse semejante en todo a sus hermanos, para llegar a ser un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel en el servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo».

            Por tanto, más que compasión lo que pide el publicano es el restablecimiento de su relación con Dios mediante el perdón o expiación de sus pecados. Por ello F. Bovon propone traducirlo: «¡Oh Dios, reconcíliate conmigo!». En breve, se reconoce pecador y pide sinceramente perdón a Dios por ello.

Comparando las dos oraciones podemos concluir que “el lenguaje del fariseo es el de un perfecto egoísta; el publicano sólo espera que se le conceda la misericordia de Dios”[2].

La narración termina con la valoración de Jesús, que está en contraposición a la espontánea valoración social; y también a la que el fariseo tenía de sí mismo. En efecto, el publicano bajó justificado, declarado justo por Dios. El fariseo no.

El relato concluye con la repetida frase: «todo el que se exalta será humillado y el que se humilla será exaltado», donde tenemos dos pasivos teológicos pues el Dios el que, en definitiva, humilla al que se exalta y exalta al que se humilla.

Es claro el mensaje de la parábola uniendo el comienzo y el final: el que se considera justo a sus propios ojos y desprecia a los demás, no es justificado por Dios, será humillado. El que se reconoce pecador, y se humilla por esto, es justificado y será exaltado por Dios.

ALGUNAS REFLEXIONES:

  1. Zevini y P. G. Cabra dicen en su comentario que siempre nos sentimos incómodos ante este evangelio porque no nos sentimos identificados del todo con ninguno de los dos personajes. En su opinión nosotros vendríamos a ser un tercer personaje porque a veces nos parecemos al fariseo y otras al publicano[3].

En opinión de R. Cantalamessa[4] esto se debe a que estamos en transición permanente entre la antigua y la nueva alianza, sin terminar de asumir y de vivir plenamente la novedad del evangelio que nos ofrece Jesús. En efecto, según este autor, la cuestión de fondo de la parábola es la contraposición entre la justificación por las obras de la ley y la justificación por la fe, tema tan desarrollado por San Pablo y del cual Lucas se muestra fiel discípulo. En el libro de los Hechos de los Apóstoles (13,38-39), obra de Lucas, el apóstol San Pablo predica esto como núcleo del primer anuncio cristiano (kerygma): «Por tanto, hermanos, sabed que por medio de Él (Cristo) os es anunciado el perdón de los pecados; y que de todas las cosas de que no pudisteis ser justificados por la ley de Moisés, por medio de Él, todo aquel que cree es justificado.»

También J. Fitzmyer[5] apoya esta interpretación cuando afirma que “el v. 14a es importante porque puede constituir un indicio de que la doctrina neotestamentaria sobre la «justificación» no es mero fruto de reflexiones teológicas posteriores, sino que hunde sus raíces en la enseñanza del Maestro e incluso en su actitud personal frente a las corrientes pietísticas de su época. «Justo», verdaderamente «justo», a los ojos de Dios no es el que cumple las observancias, sino el que, fiándose de la misericordia divina, reconoce su propia limitación y confiesa sinceramente su pecado”.

Ahora bien, partamos de esta base existencial: todos buscamos la aprobación de lo que hacemos, de cómo vivimos, sea ante nosotros mismos, ante los demás o ante Dios. Buscamos ser justificados, o sea, declarados justos/correctos, que reconozcan que hacemos bien las cosas y que caminamos por el camino del bien. Entonces hay tres miradas que nos aprueban o reprueban: la propia nuestra, la de los demás y la de Dios. La que realmente debe importarnos es la mirada de Dios a quien corresponde justificar, hacer justo a alguien y reconocerlo como tal («Dios es quien justifica», grita san Pablo en Rom 8,30). Porque justo es el que agrada a Dios, el que está en el camino de la salvación y de la santidad.

Entonces vemos que el fariseo de la parábola no busca tanto la justificación o aprobación de Dios, sino más bien que se justifica a sí mismo. Y haciendo esto se engaña a sí mismo, engaña a los demás y, peor, no agrada a Dios, no entra por el camino de la salvación. En otro lugar ya Jesús les había dicho esto mismo a los fariseos de modo directo: «Y Él les dijo (a los fariseos): Ustedes son los que se justifican a sí mismos delante de los hombres, pero Dios conoce sus corazones, porque lo que entre los hombres es de alta estima, abominable es delante de Dios» (Lc 16,15).

            Esta autojustificación del fariseo queda patente en su oración, centrada en la primera persona singular: yo ayuno, yo pago el diezmo, yo no soy como los demás hombres que son pecadores…

            En cambio, el publicano reconoce su pecado y pide a Dios la gracia de ser justificado por Él. Espera la justificación como un don gratuito de la misericordia de Dios que lo devolverá al camino de la salvación. Y por esta actitud humilde y confiada volvió a su casa justificado. Creyó en el amor de Dios, o sea que fue justificado por su fe, se volvió agradable a Dios por haber creído en su misericordia y pedido perdón. Porque la fe es en primer lugar la confianza en el amor de Dios, en su poder salvador. Por esto repite Jesús en el evangelio a los que confían en su Palabra y en su Poder: Tu fe te ha salvado. En otros términos: si crees que la justificación viene sólo de Dios, que sólo Él puede perdonar los pecados, estás en el camino de la salvación. En cambio, si pones toda la confianza en el propio cumplimiento de la ley, en la auto justificación, te quedas aislado en tu yo, sin entrar en el camino de la salvación.

            Sobre la auto justificación nos dice el Papa Francisco: “Lo que san Pablo rechaza es la actitud de quien pretende justificarse a sí mismo ante Dios mediante sus propias obras. Éste, aunque obedezca a los mandamientos, aunque haga obras buenas, se pone a sí mismo en el centro, y no reconoce que el origen de la bondad es Dios. Quien obra así, quien quiere ser fuente de su propia justicia, ve cómo pronto se le agota y se da cuenta de que ni siquiera puede mantenerse fiel a la ley. Se cierra, aislándose del Señor y de los otros, y por eso mismo su vida se vuelve vana, sus obras estériles, como árbol lejos del agua.” (LF n° 19)

            Siguiendo a R. Cantalamessa, podemos ver representados en el publicano y en el fariseo dos categorías de personas con las que Jesús se encuentra permanentemente en el evangelio. Una son los pecadores (que según la concepción de la época incluye a todos los enfermos y a los afectados por algún mal), y que por ello no agradan a Dios, no son justos. Los otros son los que «se creen justos» a sí mismos, desprecian a los demás y, por ello, tampoco agradan a Dios, viven una falsa justicia: la autojustificación. Lo que nos dice el evangelio al respecto es que, entre estas dos categorías de personas, la más alejada de la salvación son los que se creen justos, no los pecadores. Y que Jesús ha venido a buscar y llamar a los pecadores para ofrecerles la conversión, el ingreso en el camino de la salvación, en el Reino. Sólo les pide que se arrepientan, que pidan y crean en el perdón de Dios. Si hacen esto, quedan justificados, como el publicano de la parábola.

Aquí puede surgirnos la misma cuestión que le plantearon a San Pablo cuando anunciaba esto: ¿y las obras, las buenas acciones?; ¿dónde quedan, no valen nada? Quedan en segundo lugar, dejándole el primero a la obra de Dios, a su gracia. Porque las buenas obras son efecto y no causa de nuestra justificación. Ésta es gratuita, causada por el infinito amor misericordioso de Dios manifestado en Cristo Jesús.

            Al respecto dijo el Papa Francisco en la audiencia del 1° de junio de 2016: “Jesús concluye la parábola con una sentencia: «Les aseguro que este último – es decir, el publicano – volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (v. 14). De estos dos, ¿Quién es el corrupto? El fariseo. El fariseo es justamente el icono del corrupto que finge orar, pero solamente logra vanagloriarse de sí mismo delante de un espejo. Es un corrupto pero finge orar. Así, en la vida quien se cree justo y juzga a los demás y los desprecia, es un corrupto y un hipócrita. La soberbia compromete toda acción buena, vacía la oración, aleja a Dios y a los demás. Si Dios prefiere la humildad no es para desanimarnos: la humildad es más bien la condición necesaria para ser ensalzados por Él, así poder experimentar la misericordia que viene a colmar nuestros vacíos. Si la oración del soberbio no alcanza el corazón de Dios, la humildad del miserable lo abre. Dios tiene una debilidad: la debilidad por los hombres. Delante a un corazón humilde, Dios abre su corazón totalmente”.

Concluyendo, creo entonces que la intención de la parábola es ponernos como ejemplo al publicano para que todos, en cierto modo, nos identificarnos con él. Porque la humildad de corazón que nos hace sentirnos siempre pecadores ante Dios es más una cuestión teológica que moral. En efecto, es una constante que los santos, sobre todo en el último período de su vida, se confiesen como pecadores. Desde el punto estrictamente moral esto no es justo ya que viven con virtud heroica. Pero desde el punto de vista teologal, místico, son plenamente conscientes de su condición pecadora y de la obra de la gracia en ellos. Por eso no dudan en reconocerse pecadores y hasta en identificarse con el publicano. La gran cercanía a Dios y a su amor misericordioso les descubre su pequeñez, su nada y su miseria. Pero viven esto pacíficamente, sin centrarse en sí mismos, sino lanzados hacia el amor misericordioso de Dios. Por ello no se consideran nunca superiores a los demás ni toman la postura de jueces sobre los otros. Se saben de naturaleza pecadora y lo confiesan, pero es mucho más fuerte en ellos la certeza de ser amados por Dios. Y esto, y no otra cosa, es la humildad o pobreza de corazón. Como decía Chesterton: «Reconozco un santo en quien se reconoce pecador».

Es casi inevitable hacer referencia aquí a Sta. Teresita del Niño Jesús y su camino de la confianza, que la llevó a no considerarse justa y a abrirse totalmente, “con las manos vacías”, a la acción justificadora de Dios. Hay un claro contraste entre la oración del fariseo y la oración de Teresita, concretamente en su Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso, donde reza: “Después del destierro de la tierra, espero ir a gozar de ti en la Patria, pero no quiero acumular méritos para el cielo, quiero trabajar sólo por tu amor, con el único fin de agradarte, de consolar a tu Sagrado Corazón y de salvar almas que te amen eternamente. En la tarde de esta vida, compareceré delante de ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso yo quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de Ti mismo”.

Como bien dice H. U. von Balthasar[6] – comentando el evangelio de este domingo, pero suponemos que con la doctrina de Sta. Teresita como trasfondo – : “El hombre que tiene como meta última su propia perfección, jamás encontrará a Dios; pero el que tiene la humildad de dejar que la perfección de Dios actúe en su propio vacío – no pasivamente, sino trabajando con los talentos que se le han concedido – será siempre un «justificado» para Dios”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Pureza absoluta

Señor,

aquí, un pecador, a tus pies se postró.

¿Qué ver dentro de mí, si todo es vano?

Ni siquiera soy capaz de enfrentarme a mis pecados.

Ellos me separan de ti y de mis hermanos.

Me escondo como Adán, sin entender mí desnudez

y buscando un abrigo en tu piel.

Mi dignidad tiene el nombre de tu Hijo

En El puedo orar y resolver mi iniquidad.

Aquel ignorante, creído orante,

también soy yo cuando se enfría de orgullo el corazón.

No basta caer de rodillas, es preciso elevarse en Tu Interior,

Entrar en el recinto sacro dónde eres Tú y no soy yo.

Allí me acojo a tu Misericordia de Amigo Divino,

y pleno de tu Gracia, sonrío.

Cómo en brazos de su madre, me siento tu niño.

Envuelto en tu ternura y abrigado en tu Cariño. Amén.

[1] El evangelio según san Lucas III (Sígueme; Salamanca 2004) 260.
[2] J. Donahue, El evangelio como parábola (Mensajero; Bilbao 1997) 245.
[3] Cf. G. Zevini – P. G. Cabra, La lectio divina para cada día del año vol. 15 (Verbo Divino; Estella 2006) 289.
[4] La Parola e la vita. Anno C (Cittá Nuova; Roma 1979) 389-396.
[5] El Evangelio según Lucas, T. III (Cristiandad; Madrid 1987) 857.
[6] Luz de la Palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 292.
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