Lectio Divina

DOMINGO XVIII DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera lectura (Ex 16,2-4; 12-15)

Este texto forma parte de la sección de las pruebas por el desierto en el camino del pueblo hacia el monte Sinaí después de haber huido de Egipto (Ex 16-18). Es clave es verbo hebreo nazah que significa tentar, poner a prueba y aparece en Ex 15,25 y 16,4 teniendo a Dios como sujeto y a los israelitas como objeto de la prueba. El otro tema central y relacionada con la tentación es la murmuración, expresada con el verbo hebreo lûn que tiene siempre como sujeto al pueblo y lo encontramos en Ex 15,24; 16,2.7 y 17,3.

Ahora bien, la necesidad de alimento que provoca la rebelión del pueblo era real y, por eso, Dios responde enviando codornices por la tarde y el maná por la mañana. “El maná es una sustancia natural que tiene el aspecto de granos blancos dulces: se trata de la linfa que cae de la corteza de las ramas de una especie de tamarisco picadas por ciertos insectos que se alimentan de ella. El alimento del desierto «sabía como a torta de miel» (Ex, 16,31)”[1].

Lo importante, en relación al evangelio de hoy, es el versículo final donde Moisés explica lo que es y significa este alimento: “Al verla, los israelitas se preguntaron unos a otros: ¿Qué es esto?». Porque no sabían lo que era. Entonces Moisés les explicó: «Este es el pan que el Señor les ha dado como alimento” (Ex 16,15).

Evangelio (Jn 6,24-35):

Para poder seguir el hilo de la narración del evangelio de hoy hay que notar que en Jn 6,16-23 (que la lectura litúrgica ha salteado) se cuenta que al atardecer los discípulos bajan a la orilla y se embarcan hacia Cafarnaúm que está en la otra orilla. Cuando anochece Jesús va caminando sobre las aguas y alcanza la barca con los discípulos que estaba llegando a la otra orilla. A la mañana siguiente “cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús” (Jn 6,24). Por tanto la escena del evangelio de hoy se desarrolla “en la otra orilla”, en Cafarnaúm, dónde la multitud ha encontrado finalmente a Jesús. Y como no lo habían visto partir en la barca con sus discípulos, al encontrarlo, lo primero que le preguntan es: “Maestro, ¿cuándo llegaste?” (6,25).

H. Rivas[2] nos informa que el título de Maestro o Rabí aparece en el evangelio de Juan en labios de personas que tienen una fe muy débil (cfr. 1,38.49; 3,2; 4,31; 9,2; 11,8; 20,16). Como vimos el domingo pasado, después de la multiplicación de los panes algunos pensaban que era el profeta que debía venir; otros querían hacerlo rey; ahora lo consideran un “maestro” más entre los judíos.

Jesús no les responde la pregunta sino que les cuestiona la motivación por la cual lo buscan: no por haber visto el signo sino porque “comieron de los panes y se saciaron”; o sea, porque solucionaron el problema de la alimentación diaria. Ya la retirada de Jesús cuando pensaban hacerlo rey ponía de manifiesto su molestia ante esta falta de fe de los judíos mientras que ahora se los dice abiertamente: no supieron ver e interpretar como signo la multiplicación de los panes. Es la fe la que permite ver los hechos de Jesús como signos reveladores de su persona. Recordemos las características de la fe en el evangelio de Juan según el Card. Martini[3]: “la fe, tal como Juan nos la describe, no logra su objetivo sino por medio de testimonio o de signos; por eso, ella realiza, en su estructura esencial, dos condiciones: capacidad de interpretar correctamente los signos como tales, y capacidad de ir más allá de los signos”.

Por tanto, los judíos no han interpretado el signo ni han podido ir más allá del mismo. Se quedaron en el hecho externo y en el efecto subjetivo favorable que les produjo: comieron y se saciaron. Y punto.

Jesús completa el cuestionamiento anterior con una propuesta: obrar no por alimento perecedero sino por el que permanece hasta la vida eterna. Aparece aquí algo típico del evangelio de Juan como es hablar en dos niveles de realidad y de significación. Por una parte tenemos el pan o alimento común, que se refiere tanto al que se gana con el trabajo como al que han recibido milagrosamente de manos de Jesús: es perecedero, se destruye, no dura para siempre, como la misma vida que alimenta. Pero existe otro alimento que no se destruye, que no perece, sino que permanece hasta la Vida eterna. ¿Y quién les dará este alimento? El “hijo del hombre”, título que Juan reserva para referirse a Jesús en su condición gloriosa. Y podemos confiar en Él porque ha sido “sellado” por el Padre, tiene el sello de Dios que lo acredita. El verbo aquí utilizado (sfragizein) significa primeramente marcar con el sello; pero Juan lo utiliza en 3,33 con el sentido de certificar, es decir, dar certeza: “El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz”. Por tanto, el sentido aquí sería que el Padre nos da la certeza de que Jesús puede darnos el alimento que permanece hasta la Vida eterna.

Jesús les había hablado de obrar o trabajar (verbo ergázomai) por el alimento que no perece. Ahora “ellos” le preguntan: “¿Qué debemos hacer para obrar (rergázomai) las obras (érga) de Dios?” Si leemos esta pregunta en el trasfondo del mundo judío de aquel tiempo la misma podría referirse, como sostiene L. H. Rivas[4], a las obras de la Ley, es decir, las obras mandadas por Dios en su Ley o Torá. Y como la respuesta de Jesús se refiere a la fe tendríamos entonces en el evangelio de Juan un reflejo de la polémica entre las obras de la ley y la fe tan presente en San Pablo y en el cristianismo primitivo. J. Ratzinger piensa también en la referencia a Ley, pero por su relación simbólica con el pan pues “en el desarrollo interno del pensamiento judío ha ido aclarándose cada vez más que el verdadero pan del cielo, que alimentó y alimenta a Israel, es precisamente la Ley, la palabra de Dios”. Y coincide también con Rivas en que en la discusión en torno a las obras “está presente toda la teología paulina”[5].

Lo cierto es que la respuesta de Jesús nos orienta claramente hacia la fe en Él, pues “la obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado” (6,29).

Siguiendo con el doble nivel de significación vemos entonces que hay un pan, una vida y una obra o acción humana destinada a perecer, no durable; mientras que hay también un pan, una vida y una obra o acción humana perdurable, no perecedera. Ambas vienen de Dios, pero está última es el don superior y definitivo que el Padre nos da en Jesús.

Jesús les ha pedido a los judíos que crean en él como “el enviado del Padre”. Entonces, ellos quieren ver un signo y una obra por parte de Jesús como condición para poder creerle (“¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas?”Jn 6,30). Y ponen como ejemplo de signo y de obra el maná que Dios les dio de comer a sus antepasados por intercesión de Moisés, como nos cuenta la primera lectura de hoy. En san Juan se cita la referencia a este hecho presente en el Salmo 78,24. Importa notar que “en Israel todos sabían que en tiempos del Mesías se repetiría esa donación del maná por parte de Dios y los judíos esperaban ese alimento celestial prometido para la era mesiánica […] En la tradición rabínica Moisés era presentado algunas veces como el tipo del Mesías. Se esperaba, por eso, que como Moisés, el Mesías al tiempo de su venida alimentara al pueblo con el maná y calmara la sed con el agua”[6].

Con esta pregunta de los judíos hemos vuelto al principio, al tema del signo y de la obra. Puede que haya cierta ironía en la forma en que Juan presenta el asunto poniendo de relieve la falta de entendimiento entre Jesús y sus interlocutores, algo típico también en este evangelista. Es que no sólo hay dos órdenes de realidad, sino también de comunicación. Jesús hizo un claro signo: la multiplicación de los panes. Ahora les toca realizar la obra a los judíos: simplemente creer en Jesús como enviado del Padre. Por su parte los judíos piden ver un signo y una obra de Jesús para creerle.

Jesús redobla la apuesta y les contesta que no fue Moisés sino su Padre el que da el verdadero pan del cielo. De modo indirecto se ha proclamado como hijo de Dios, a quien se ha referido como “mi” Padre. Al mismo tiempo notemos que el verbo dar está en presente: el Padre es el que da, está dando ahora; y lo que da es el verdadero pan del cielo. Por tanto, el alimento que recibieron en el desierto (y en la multiplicación de los panes) es sólo imagen-signo del verdadero pan de Dios que desciende del cielo y da Vida al mundo.

Con esto último Jesús logró su objetivo de hacerles desear este pan de Dios pues lo piden utilizando el vocativo “Señor” (kurie); y piden que se los dé siempre.

A este pedido sigue entonces la proclamación de la identidad entre el pan y Jesús: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (6,35).

Tenemos aquí una de las presentaciones cristológicas típicas de Juan utilizando la expresión “yo soy” que remite al nombre de Yavé revelado por Dios a Moisés (cf. Ex 3,14). Además, la referencia al pan de vida que quita toda hambre recoge varios temas del Antiguo Testamento: “las palabras de Jesús en 6,35 reúnen la expectativa del maná, el nuevo Éxodo, el banquete de la Sabiduría y el banquete escatológico”[7]. En particular sostenemos, con T. Castellarín, que tanto en el Deuteronomio como en el libro de la Sabiduría el maná como pan tiene un valor simbólico que remite a la Palabra de Dios como alimento del creyente (Cf. Dt 8,3; Sab 16,20.26). Considerando estos y otros textos Castellarín concluye que “las palabras de Jesús están en esta misma línea. Si el multiplica los panes, como una réplica del maná, es para sugerir que sus palabras y sus enseñanzas son un alimento mejor. Realiza el milagro con la finalidad de que ellos crean en él, que es el enviado del Padre como “el verdadero pan del cielo” (6,32) […] Para Jesús el banquete ofrecido a los cinco mil hombres (6,10), pocos días antes de la Pascua (6,4), tenía un carácter mesiánico que la gente no fue capaz de percibir. Se trataba de la presencia en persona de la Sabiduría, que estaba allí para darse en alimento”[8].

ALGUNAS REFLEXIONES:

El evangelio del domingo pasado estaba centrado en la presentación del milagro-signo de la multiplicación de los panes y en la incorrecta interpretación del mismo por parte de los “comensales”. Esto último aparecía tanto en el reconocimiento de Jesús como “profeta que debía venir” (Moisés o Elías) como en la pretensión de hacerlo rey. Según vimos, Jesús se retira a la montaña rechazando estas atribuciones, en particular la del mesianismo temporal.

El evangelio de este domingo retoma estos temas y avanza un poco más hasta llegar a la proclamación de Jesús como Pan de Vida. Vale decir que el mensaje de este domingo está centrado en Jesús, en la Vida que el quiere comunicar y en lo que “hay que hacer” para recibirla: creer.

Siguiendo la pedagogía del evangelio de San Juan sería conveniente volver a comenzar por lo acentuado el domingo pasado: el pan como símbolo de la vida y el hambre como expresión del deseo de vivir. El milagro-signo de la multiplicación de los panes, asumiendo la tradición del Antiguo Testamento, nos ayudó a descubrir el pan material y la vida natural como dones de Dios.

Ahora bien, en el evangelio de hoy se nos invita a ir más allá, a descubrir que hay otro pan y otra vida superior, que también es Don de Dios. Aquí se requiere la fe tal como la entiende San Juan, es decir como interpretación correcta de los signos de Dios y como capacidad de ir más allá de los signos a la realidad significada.

Para llegar a esto es necesario primero reconocer la insuficiencia del pan material para satisfacer el deseo de vivir que anida en todo corazón humano. Jesús nos invita a esto al decir que tanto el pan material como la vida que este alimenta son perecederos, es decir, tienden a desaparecer, tienden a la destrucción. A modo de comparación podemos decir que tenemos una vida con fecha de vencimiento. Sigue entonces la invitación a pasar de la necesidad del alimento terreno al deseo profundo de un alimento que dure para siempre, que no perezca. Y entonces Jesús viene a nuestro encuentro con el ofrecimiento de un pan y de una vida que nos permiten superar la fecha de vencimiento, que nos abren a la esperanza de la vida eterna.

Hay que llegar a tomar conciencia de esta realidad de nuestra vida; y también de que nuestro deseo de vivir va más allá de este límite. Entonces sale al cruce de nuestro deseo la esperanza cristiana que nos permite esperar algo más de parte de Dios. En efecto, hay otro pan que nos alimenta para una vida que no perece, sino que es eterna. Se trata de una vida que no se puede comprar ni es fruto del esfuerzo humano, sino puro don de Dios como las codornices y el maná que Dios regaló al pueblo en el desierto. Por eso, cuando en el evangelio de hoy los judíos preguntan lo que tienen que hacer, Jesús les dice que no tienen que hacer nada, sólo creer, aceptar, recibir. Es el desafío de la fe que nos invita a una actitud receptiva delante de Dios. Esta es una acentuación del evangelio de Juan como lo explica J. Casabó[9]: “El emplazamiento ineludible en que la confrontación de Dios coloca al hombre, obliga a éste a definirse. Pero Dios no se presenta para ser aceptado o rechazado. Viene con las manos repletas de dones y sólo quiere que el hombre extienda las suyas para recibirlos. Lo que desea no es la opción en un sentido u otro, sino su libre aceptación, su voluntaria aquiescencia al encuentro. De ahí el mal terrible de la incredulidad”.

Lo nota también J. Ratzinger[10] “los que escuchan están dispuestos a trabajar, a actuar, a hacer obras para recibir ese pan; pero no se puede ganar sólo mediante el trabajo humano, mediante el propio esfuerzo. Únicamente puede llegar a nosotros como don de Dios, como obra de Dios […] La realidad más alta y esencial no la podemos conseguir por nosotros mismos; tenemos que dejar que se nos conceda y, por así decirlo, entrar en la dinámica de los dones que se nos conceden. Esto ocurre en la fe en Jesús, que es diálogo y relación viva con el Padre, y que en nosotros quiere convertirse de nuevo en palabra y amor”.

También afirmemos que el evangelio de hoy le da un nombre a este Don del Padre: Jesucristo, pan que sacia el hambre de vida eterna que anida en nuestros corazones.

Este sería el gran tema a profundizar: ¿qué significa y qué implica que Jesús es nuestra vida?; o de otro modo y con San Pablo, la afirmación sería que para el cristiano la vida, el vivir es Cristo.

Ya Israel tenía conciencia de que “la fuente de la vida está en Dios”, como reza el Salmo 36,10. Ahora Jesús nos dice que en Él está la vida verdadera que nos da el Padre. Por eso hay que ir a Él, creyendo. Todo el evangelio de Juan ha sido escrito con esta finalidad: que tengamos la vida que nos da Jesús (Jn 20,31).

Sabemos, también, que en el orden natural el dar vida implica una extraña combinación de amor y de muerte. La vida es fruto del amor, y esta donación conlleva, en cierto modo, una entrega de sí, un morir. Esto vale más aún para el orden de la Gracia, donde hay un Amor que llega hasta la muerte para dar Vida. Pero esto aparecerá más adelante en el capítulo 6 de Juan y queda para el próximo domingo.

En conclusión, la fe nos lleva a reconocer que Jesús es el pan de vida que puede llenar nuestros deseos más profundos al punto que, teniéndolo a Él, ya no tengamos más hambre ni sed. Y este don es para compartir, pues como nos dice el Papa Francisco: “Encontrar y recibir en nosotros a Jesús, “pan de vida”, da significado y esperanza en el camino habitualmente tortuoso de la vida. Pero este ‘pan de vida’ nos ha sido dado con una tarea: para que podamos saciar al mismo tiempo el hambre espiritual y material de nuestros hermanos, anunciando el Evangelio por todas partes” (Ángelus 2/8/2015).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

¡Por el Pan Vivo!

Los signos Señor, dibujan su rostro
Es apenas un bosquejo, y vamos por más
Por lo que nos das, por el alimento.

Sin entender, ganamos ignorancia
Con el paso del tiempo
Y trabajamos febrilmente por lo efímero…

¡El Reino tiene urgencias tan diferentes!
Creerte para que otros crean
Gastarse en el Amor, sin fronteras…

La fe nos premia porque tu Amor no esperó
Se nos dio tu juventud, en aquella cruz
Y tu sangre nos compró.

Ahora tu llamado es profundo
Se impone a las propias fuerzas.
Se escucha desde el interior

No tendremos hambre y sed,
Vuelvan a mí, crean en mí
Dice el Señor. Amén

[1] G. Zevini – P. G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Domingos del tiempo Ordinario. Ciclo B (Verbo Divino; Estella 2002) 160.
[2] El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2006) 217.
[3] El Evangelio de San Juan. Ejercicios espirituales sobre San Juan (Paulinas; Bogotá 1986) 92.
[4] El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2006) 218.
[5] Jesús de Nazaret. Primera parte (Planeta; Buenos Aires 2007) 316.
[6] T. Castellarín, “Homilía sapiencial de Jesús en Cafarnaúm”, en La Palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón… (Ed. J. L. D’Amico – C. Mendoza), ABA – PPC, Buenos Aires, 2015, 294.
[7] L. H. Rivas, El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2006) 225.
[8] T. Castellarín, “Homilía sapiencial de Jesús en Cafarnaúm”, en La Palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón… (Ed. J. L. D’Amico – C. Mendoza), ABA – PPC, Buenos Aires, 2015, 295-296.
[9] La teología moral en San Juan (Fax; Madrid 1970) 83.
[10] Jesús de Nazaret. Primera parte (Planeta; Buenos Aires 2007) 316.
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