Lectio Divina

DOMINGO XXXI DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

1ra. Lectura (Sab 11,22-12,2):

            En esta sección del libro de la Sabiduría el autor desarrolla el argumento de la relación entre la omnipotencia y la misericordia de Dios[1]. En Sab 11,21-22 compara la omnipotencia y grandeza de Dios con la impotencia y pequeñez de la creación que aparece ante la misma como un grano de polvo o una gota de rocío.

            En Sab 11,23-12,1 desarrolla el tema de la misericordia de Dios, quien ama su obra, la creación, y trata con bondad y paciencia a los hombres pecadores. Esta benignidad de Dios para con el hombre tiene por finalidad su recuperación, su conversión.

            La novedad del texto está en la fundamentación de la misericordia divina en su poder. Luego de presentar la grandeza y omnipotencia divina se esperaría como consecuencia el juicio condenatorio del hombre pecador. Sin embargo, se sigue una actitud compasiva, que cierra los ojos a los pecados esperando la conversión. En breve, el amor compasivo y misericordioso de Dios para con sus criaturas no es signo de debilidad, sino manifestación suprema de su poder, de su señorío sobre toda la creación. La liturgia ha expresado esta idea en la oración colecta del domingo XXVI del tiempo ordinario: «Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia…».

            Como dice H. U. von Balthasar[2]: «la admirable sabiduría de este libro veterotestamentario se encuentra en la declaración de que Dios ama a todos los seres y por eso sólo castiga a los pecadores por amor y para propiciar su conversión al amor».

Evangelio (Lc 19,1-10):

            La escena tiene lugar en Jericó, ciudad que Jesús está atravesando en camino hacia Jerusalén. Jericó fue la puerta de ingreso a la tierra prometida de los israelitas salidos de Egipto y conducidos entonces por Josué (cf. Jos 6,1-21). Es una especie de oasis antes de recorrer los últimos 25 kilómetros del desértico camino que sube a Jerusalén.

            Luego de nombrar a Jesús, se nos presenta enseguida el otro personaje central dando su nombre: Zaqueo; su profesión: jefe de los cobradores de impuestos o publicanos (ἀρχιτελώνης); y su estatus social: rico. Ya vimos el domingo pasado la connotación negativa de esta profesión de publicano, con el agravante ahora de que se trata del jefe de los mismos. El mismo relato confirma esto con la valoración de la gente en el v. 7: «se va a alojar en casa de un pecador«. A esto debemos sumarle su condición de rico y la insistencia de Lucas en que las riquezas representan un obstáculo para la recepción del Reino de Dios. Recordemos los casos del «rico Epulón» (16,19) y del hombre rico que se va entristecido (18,23); o el «¡Ay de ustedes los ricos!» en 6, 24; la necedad del campesino rico que proyecta llenar sus graneros (12,16); y la afirmación: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en le Reino de Dios! Sí, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios» (18,24-25).

            Ahora bien, más allá de su condición de pecador-rico, Zaqueo busca ver a Jesús. El texto no especifica si se trata de mera curiosidad o de algo más profundo. Sólo indica que su decisión era firme pues como se lo impedía la multitud por ser de baja estatura, no duda en correr hacia él y treparse a un árbol para poder verlo. F. Bovon nos dice que el verbo «buscar» (zhtw/) «es importante en Lucas y puede designar la búsqueda de la verdad, de la salud, del sentido de la vida o de la salvación»[3]. Retengamos entonces, junto a la valoración social y moral negativa de Zaqueo, está su actitud positiva y decidida de búsqueda de Jesús.

            Zaqueo sube (ἀναβαίνω; anabainō) a un árbol para ver a Jesús. Lo sorprendente es que cuando Jesús pasa por allí levanta la vista y llamándole por su nombre le pide que baje (καταβαίνω; katabainō) pronto. El motivo de esta orden es que Jesús quiere alojarse, quedarse «hoy» en su casa. La expresión verbal dei/ que se traduce por «es conveniente» o «tengo que» alojarme es típicamente lucana y se refiere a la voluntad de Dios que Jesús debe cumplir. Suele referirse a sucesos que deben ocurrir o acciones que Jesús debe realizar porque están determinadas por el Padre. El ejemplo más claro son las referencias a la necesidad de la pasión de Cristo (cf. 9,22; 17,25; 22,37; 24,7.44). Por tanto, el sentido de la frase de Jesús sería: es la voluntad del Padre que hoy me quede contigo, en tu casa; así lo quiere Él.

Notemos que hay algo muy llamativo en esta narración: de entre toda la multitud Jesús fija su mirada nada más y nada menos que en Zaqueo, un pecador, un rico deshonesto; al menos en la opinión de sus vecinos. Y le pide que baje y que lo reciba en su casa.

Zaqueo responde con prontitud y lo recibe con alegría. Esta actitud alegre contrasta con la del hombre rico que se fue entristecido de Lc 18,23. Podemos suponer en Zaqueo una mezcla de sentimientos que van desde la alegre sorpresa hasta un cierto orgullo ya que Jesús lo miró a él y eligió su casa para alojarse. Recordemos que por su profesión era un marginado religioso; y por su baja estatura acababa de sufrir una nueva marginación.

La reacción de la gente es la murmuración, que va dirigida a Jesús por ir a alojarse a la casa de un pecador. Por tanto, el juicio de la gente desfavorable para con Zaqueo – un pecador – se extiende ahora en cierto modo al mismo Jesús. Notemos que en la Biblia el murmurar (verbo diagoggu,zw) es la reacción de los hombres cuando Dios obra más allá y diversamente de las categorías y expectativas humanas. Puntualmente en Lucas, la murmuración se origina ante la predilección de Jesús por los pecadores (cf. Lc 5,30; 15,2; 19,7).

Zaqueo responde afirmando su intención (¿o su costumbre?) de compartir sus bienes con los pobres y de hacer una reparación concreta por el mal cometido[4]. Se trata de una declaración solemne, hecha ante el Señor, y también ante la comunidad presente. Notemos que se dirige ahora a Jesús llamándolo «Señor» (ku,rie) título cristológico con sentido fuerte que implica ya una confesión de fe. Sin duda algo ha cambiado en él, se ha convertido, ha sido transformado por el encuentro con Jesús, el Señor. Y su conversión tiene una verdadera dimensión social por cuanto cambia su relación con los demás y no admite dilaciones: ya mismo dará la mitad de sus bienes a los pobres y compensará con el cuádruple a quienes haya perjudicado. Ambas acciones van más allá de lo debido y mandado por la Ley. En general la limosna generosa podía llegar al 20 % de las riquezas; y aquí se compromete a dar el 50 %. Y la restitución en general se limitaba a la totalidad de lo robado (Ex 22,2: “El ladrón está obligado a restituir la totalidad de lo robado; si no dispone de medios para hacerlo, deberá ser vendido para compensar por su robo”); salvo en el caso de algunos animales necesarios para subsistir donde depende si ya se los vendió o sacrificó (Ex 21,37: “Si alguien roba un buey o una oveja y lo sacrifica o lo vende, deberá restituir cinco animales del ganado mayor por un buey y cuatro animales del ganado menor por una oveja”); o si se encuentran todavía con vida (Ex 22,3: “Si lo robado –un buey, un asno o una oveja– se encuentra vivo en su poder, tendrá que restituir el doble”).

Más allá de la cantidad, lo cierto es que Zaqueo ha visto a Jesús y ahora también «ve» que hay pobres para socorrer, para compartir con ellos su riqueza. «Ve» también que tiene que reparar a los que ha dañado, perjudicado con su conducta corrupta.

Los grandes obstáculos para seguir a Jesús, el pecado y el afán de riquezas, son superados por este hombre que se siente «tocado» por la visita de Dios a su vida.

La frase final de Jesús es la conclusión teológica de todo el relato y, según algunos, la «quintaesencia» del evangelio de Lucas: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Con Jesús llega la salvación del hombre, en este caso de un israelita quien recupera su dignidad de hijo de Abraham, de miembro del pueblo elegido, que había perdido. Y esta es la misión de Jesús que manifiesta la voluntad del Padre: buscar y salvar lo perdido. Aquí la búsqueda de Jesús se expresa con el mismo verbo que en 19,3 (zhtw/) indicando que al final el buscado era Zaqueo. Además, esta expresión nos inclina a favor de la conversión de Zaqueo, pues se lo considera como alguien que estaba de verdad «perdido», más allá de la condena social.

ALGUNAS REFLEXIONES:

Para comenzar, P. Tena nos avisa que con el evangelio de este domingo se concluye la sección del camino hacia Jerusalén que comenzamos a leer en el domingo 13 durante el año. Y nos sugiere, entonces, hacer «una especie de repaso y síntesis de todo lo que han sido los grandes temas de Lucas durante este largo período de lectura»[5]. En mi opinión, si hacemos un balance de este recorrido nos queda como evidente que Jesús camina en búsqueda del encuentro con las personas, especialmente los considerados como alejados de Dios, los publicanos, los enfermos (leprosos), para ofrecerles la misericordia y la salvación de Dios.

Por tanto, si bien F. Bovon[6] nos dice que el evangelio de hoy es: «Una historia en la que se entrecruzan o entrelazan mil temas lucanos: el viaje, la riqueza, el deseo de ver, la inversión de valores, el encuentro, el hoy de la salvación, la identidad y la misión de Jesús»; conviene centrarnos en el encuentro entre los dos personajes principales: Jesús y Zaqueo; y la dinámica narrativa del mismo que es la revelación progresiva de la identidad profunda de ambos[7]. La cuestión podría expresarse así: ¿quién es Zaqueo y quién es Jesús antes y después de encontrarse? 

            Zaqueo busca ver a Jesús para saber quién es. Y al descubrir quién es Jesús, también se descubre a sí mismo. En efecto, Zaqueo aparece en primer lugar como jefe de los publicanos y como un hombre rico (condición social). Además, aparece como bajo de estatura, petizo (condición física). La gente lo clasifica como pecador (condición religiosa). Jesús, por el contrario, lo declara digno de ser visitado por Dios y salvado por ser «hijo de Abraham».

            Luego del encuentro con Jesús, Zaqueo aparece como un cristiano que reconoce a Jesús como su Señor y a los demás, en particular a los pobres, como hermanos a quienes debe ayudar. Al respecto decía el Papa san Juan Pablo II[8]: «Al sentirse tratado como «hijo», comienza a pensar y a comportarse como un hijo, y lo demuestra redescubriendo a los hermanos. Bajo la mirada amorosa de Cristo, su corazón se abre al amor del prójimo. De una actitud cerrada, que lo había llevado a enriquecerse sin preocuparse del sufrimiento ajeno, pasa a una actitud de compartir que se expresa en una distribución real y efectiva de su patrimonio: «la mitad de los bienes» a los pobres. La injusticia cometida con el fraude contra los hermanos es reparada con una restitución cuadruplicada: «Y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo» (Lc 19, 8). Sólo llegados a este punto el amor de Dios alcanza su objetivo y se verifica la salvación: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lc 19, 9).» En fin, Zaqueo es un «perdido» que ha sido buscado y salvado por Jesús.

            Jesús, siempre de camino o de paso, aparece al inicio como alguien que despierta la atracción y la curiosidad de la gente, incluido Zaqueo. Aunque al comienzo parece que es Zaqueo quien busca ver a Jesús, en realidad es Jesús quien toma la iniciativa de buscarlo (levanta la vista), y llamarlo. Jesús es quien quiere entrar en su casa, en la vida privada de Zaqueo. Ofrece su visita que, al ser aceptada y recibida con alegría, comunica la salvación de Dios a esa casa, a esa vida íntima.

El encuentro personal con Jesús es un encuentro salvífico que hace presente, hoy, la salvación de Dios. Jesús es confesado como “Señor”, título que expresa en Lucas su realidad divina por cuanto es la traducción griega del nombre de Yavé. Jesús encarna la salvación de Dios, la hace presente y operante, es el Salvador prometido y esperado por Israel (cf. Lc 1,68-71). En este sentido el relato nos enseña que en el obrar de Jesús es Dios mismo quien está buscando la oveja extraviada (cf. Ez 34) para ofrecerle la salvación, que se alcanza reconociendo en Jesús al Señor. Y encontrarse con Jesús provoca un cambio, una transformación del corazón de la persona, como hemos visto en Zaqueo. La salida del egoísmo y el abrirse al amor de Dios y del prójimo, es el gran fruto del encuentro con Cristo que obra esta salvación en el corazón del hombre. Es la salvación que Jesús va sembrando por su camino entre los hombres, también hoy, en mi vida, en nuestra vida. Nos lo recordaba el Papa Francisco en EG n°1: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.”

            Además, al pedido de Jesús a Zaqueo, “baja pronto”, puede unirse la frase final del evangelio del domingo anterior: «el que se eleva será humillado y el que se humilla será elevado«. Al respecto este evangelio nos deja una enseñanza capital sobre la vida cristiana. Es importante y hasta necesario nuestro esfuerzo por «subir», por acercarnos a Jesús, a Dios. Pero debemos saber bien que para encontrarlo hay que «bajar» hasta el fondo de nuestro ser donde guardamos lo que nos avergüenza.

  1. Cencini gusta hablar de esto como «el descenso a los infiernos», esto es, «la realidad más profunda, y no sólo la consciente y de inmediato visible, también el mundo interior sumergido, en el que habitan con frecuencia los aspectos menos positivos de la persona, sus inconsistencias e inmadureces»[9]. Y hasta allí, hasta el fondo de nuestra miseriabajaJesús para devolvernos la condición de hijos amados del Padre. Y hasta allí debemos bajar pronto nosotros para experimentar la alegría de ser reconciliados con él. Según Eloi Leclerc «el hombre que acepta íntegramente a Dios, es capaz de aceptarse a sí»[10].

Ya en el siglo IV autores como San Juan Clímaco con su Santa Escala y San Benito en su regla enseñan que el ascenso a Dios es más bien un descenso por la escalera de la humildad. Al respecto comenta A. Louf[11]: «La cima de esta escala coincide con la cima de la humildad y la exaltación que puede aportar en el futuro no se alcanza más que por medio de la humildad en la vida presente».

Por su parte, la pedagogía de Dios encarnada por Jesús mucho nos enseña sobre cual debe ser nuestra actitud como cristianos en el mundo, como bien lo señala A. Vanhoye[12]: «Jesús no considera sólo la situación actual de las personas, sino que ve también los recursos interiores que hay en ellas, los dinamismos espirituales que pueden manifestarse en ellas, ve la posibilidad de un cambio y de una conversión. Evidentemente, para despertar en las personas la conversión, es preciso manifestarles no desprecio, sino amor. Y Jesús demuestra amor por Zaqueo».

Algo muy semejante dijo el Papa Francisco en la audiencia del 30 de octubre de 2016: “A veces nosotros buscamos corregir o convertir a un pecador riñendo, reprochando sus errores y su comportamiento injusto. La actitud de Jesús con Zaqueo nos indica otro camino: el de mostrar a quien se equivoca su valor, ese valor que Dios sigue viendo a pesar de todo, a pesar de todos sus errores. Esto puede provocar una sorpresa positiva, que causa ternura en el corazón e impulsa a la persona a sacar hacia fuera todo lo bueno que tiene en sí mismo. El gesto de dar confianza a las personas es lo que las hace crecer y cambiar. Así se comporta Dios con todos nosotros: no lo detiene nuestro pecado, sino que lo supera con el amor y nos hace sentir la nostalgia del bien. Todos hemos sentido esta nostalgia del bien después de haber cometido un error. Y así lo hace nuestro Padre Dios, así lo hace Jesús. No existe una persona que no tenga algo bueno. Y esto es lo que mira Dios para sacarla del mal”.

En fin, al cerrar esta etapa del discipulado que es el camino hacia Jerusalén es importante llegar también nosotros a la convicción de que son necesarias, al comienzo del camino y siempre, la decisión, la renuncia, el sacrificio, la opción por Cristo, el estar dispuestos hasta dar la vida por Él. Pero con el correr del tiempo vamos tomando conciencia que todo esto no es nunca suficiente. Nunca alcanzaremos la salvación por nosotros mismos, nunca alcanzaremos a Dios con sólo nuestros esfuerzos. Por eso al final de esta etapa del camino es tan imprescindible reconocernos pecadores perdonados, es decir, necesitados de la Gracia y la Misericordia de Dios manifestada en Jesús. El evangelio de hoy nos recuerda que Dios nos ama y nos busca, especialmente cuando nos alejamos de Él. Ahora, a la pregunta del inicio del camino: ¿son pocos los que se salvan? (Lc 13,23), podemos responder: se salva ante todo el que se siente querido y no se salva el que no se siente querido. En fin, podemos decir con San Pablo: «Por tanto, no se trata de querer o de correr, sino de que Dios tenga misericordia» (Rom 9,16).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

 Atravesabas la ciudad

Señor y Rey del universo, Jesucristo, verdadero Dios

Al paso tuyo por nuestras ciudades lo mismo que antaño

Entre la multitud te buscamos.

Corremos detrás de un signo, de un fenómeno extraño

Y Tú te revelas sobre el altar en el pan vivo y resucitado

Jesús Sacramentado.

No importa la condición del pobre y necesitado

Solo un sincero y arrepentido corazón llevemos

Y un espíritu contrito y humillado.

Ven entonces a alojarte en casa, no pases de largo

Llámanos por nuestro nombre y baja nuestras defensas

Armaduras de piedra y barro.

Tráenos la alegría de servirte como el principal Invitado

De cambiar la rutina que entibia, por el gozo de ser tu testigo

Y descubrirte en el prójimo: mi hermano.

Tu Palabra nos traiga la salvación y nos hagas libres

Para alabar y dar gloria contigo, por ti y en ti,

En el Espíritu Santo, a Dios Padre. Amen.

[1] Seguimos de cerca el comentario de J. Vilchez, Sabiduría (Verbo Divino; Estella 1990) 325-328.
[2]  Luz de la Palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 293.
[3] Cf. F. Bovon, El evangelio según San Lucas III (Sígueme; Salamanca 2004) 337.
[4] Algunos exegetas señalan que como los verbos de las acciones de Zaqueo (“dar y restituir”: δίδωμι y   ἀποδίδωμι) de 19,8 están en tiempo presente, deben interpretarse en sentido iterativo, es decir como si fuera la conducta habitual de Zaqueo, su costumbre y, por tanto, se trataría de una defensa que hace de sí mismo al sentirse acusado falsamente de corrupto. De ser así, el mensaje sería que para Jesús este israelita es hijo de Abraham más allá de la condena social que lo margina por ser «pecador» y puede recibir la salvación de Dios, la saludable relación con Dios que se hace presente por medio de Jesús. Es decir, aunque sea un publicano rico, si sabe compartir sus bienes con los pobres y practicar la justicia, puede alcanzar la salvación que trae Jesús (Cf. J. Fitzmyer, El evangelio según Lucas IV, 56-66 y L. H. Rivas, La obra de Lucas. I. El Evangelio, 178-179). Si bien gramaticalmente esta traducción es la más literal, el gran especialista en el griego del NT, M. Zerwick, dice que se trata de un presente con referencia al futuro y que se tiene que traducir “yo daré” o “yo me determino a dar” (Cf. Zerwick-Grosvenor, A gramatical analysis of the greek New Testament, PIB, Roma, 1993, 258). En esta misma línea, F. Bovon y A. Rodríguez Carmona se inclinan también por el sentido futuro de los verbos teniendo en cuenta el contexto de este relato y de todo el evangelio de Lucas (Cf. F. Bovon, El evangelio según San Lucas III (Sígueme; Salamanca 2004) 340 y A. Rodríguez Carmona, Evangelio según san Lucas, BAC, Madrid, 2014, 314-315). A esta interpretación podemos sumar también a L. Sobourin, L´Évangile de Luc (PUG; Roma 1992) 309: y C. Evans, Saint Luke (SCM; London 1990) 661.663.
[5] P. Tena, El leccionario de Lucas. Guía homilética para el ciclo C (CPL; Barcelona 1991) 137.
[6] El evangelio según San Lucas III (Sígueme; Salamanca 2004) 329.
[7] Cf. J-N Aletti, El arte de contar a Jesucristo. Lectura narrativa del evangelio de Lucas (Sígueme; Salamanca 1992) 23.
[8] Carta a los sacerdotes con ocasión del jueves santo del año 2002.
[9] El árbol de la vida (San Pablo; Madrid 2007) 291.
[10] La sabiduría de un pobre, citado por A. Cencini, El árbol de la vida (San Pablo; Madrid 2007) 297.
[11] A merced de su gracia (Narcea; Madrid 1991) 86.
[12] Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo C (Mensajero; Bilbao 2009) 315
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