Lectio Divina

DOMINGO XXXII DURANTE EL AÑO – CICLO «C»

1ra. Lectura (2Mac 6,1; 7,1-2.9-14):

            La invasión y la presencia griega en Palestina por obra de Alejandro Magno y sus sucesores desencadenaron, desde el comienzo, una seria confrontación religiosa con Israel. Y con Antíoco IV se acentuó la helenización y se dio una verdadera persecución religiosa por cuanto este rey suprimió la autonomía judía, prohibió el sábado y erigió un altar a Zeus en el lugar del altar de los sacrificios. Fue en el año 167 a.C. y representó para los judíos la “abominación de la desolación” y un signo de los últimos tiempos (cf. Dn 11,31; 12,11).

Entre la población rural judía, más fiel a las tradiciones religiosas, surge la oposición que cristaliza en la rebelión de los Macabeos, iniciada por el anciano sacerdote Matatías de la familia de los Asmoneos. A su muerte asume su hijo Judas el Macabeo, que organiza la resistencia y toma el camino de las armas. Los hechos de esta sublevación y esta guerra contra la dominación griega fueron recogidos en los dos libros bíblicos llamados de los Macabeos. El segundo de estos libros, que leemos hoy, cubre unos 15 años de la historia de Israel (175-160 a. C.) y su argumento principal es la reconquista de la autonomía nacional y la recuperación de la libertad religiosa. Pero esta reconquista de la libertad no se consiguió sin derramamiento de sangre pues hubo verdaderos mártires de esta causa de liberación. En el contexto del libro la tortura y muerte de los fieles judíos forma parte del tiempo de la «cólera de Dios», pero a su vez gracias a la muerte expiatoria de estos mártires se vuelve el tiempo de la «misericordia divina» para el pueblo de Israel.

             Puntualmente el texto de hoy es de gran interés por cuanto es la primera vez en la historia de la revelación del Antiguo Testamento en que se expresa claramente la creencia en la resurrección de los muertos[1]. La madre con sus siete hijos de que nos habla el texto de hoy son verdaderos mártires por cuanto prefieren perder la vida antes que traicionar a Dios violando sus mandamientos. Mueren cruelmente asesinados a causa de su fe y su fidelidad a Dios. Estas muertes injustas despiertan un vivo interrogante teológico: ¿Cuál es el destino final de ellos? O mejor aún: ¿qué hará Dios con aquellos que dan su vida por Él? El texto nos brinda la respuesta con la declaración de tres de los hermanos antes de morir: Dios tiene poder para darles la resurrección para la vida eterna!!!

Evangelio (Lc 20,27-38):

            El evangelio comienza diciendo que se acercaron a Jesús algunos saduceos, que era uno de los grupos del judaísmo en tiempos de Jesús. Los mismos constituían un partido político-religioso surgido en el siglo II a.C. y tomaron su nombre de Sadoq, sacerdote muy activo en tiempos de David y Salomón. Por eso la mayoría de sus miembros eran sacerdotes provenientes de las familias aristocráticas de Jerusalén. De los mismos nos habla el historiador judío Flavio Josefo quien los presenta como aquellos que observaban rígidamente la letra de la ley, rechazando la “tradición oral” puesta en paralelo con la Escritura. No aceptaban la existencia de los ángeles ni los demonios, y rechazaban la resurrección después de la muerte, como nos señala precisamente el evangelio de hoy: «sostienen que no hay resurrección». En todo esto disentían con el grupo de los fariseos. También nos informa Flavio Josefo que su postura doctrinal no era popular: «Los saduceos sólo gozan de la confianza de la gente bien, pero no tienen seguidores en el pueblo» (Ant. 13. 10,6 § 298). «Esa doctrina [de los saduceos] ha llegado a poca gente, pero se les tiene en gran estima» (Ant. 18. 1,4 § 17).

            Debemos reconocer que ciertamente ni en la Torá o Pentateuco, ni en los Nebiim o profetas de la Biblia Hebrea, hay una explícita referencia a la posibilidad de una vida después de la muerte ni a la resurrección. Por esto los saduceos no la aceptaban, mientras que los fariseos aceptaban la tradición oral que sostenía la esperanza en la resurrección de los justos, junto con algunos libros sagrados más tardíos, como Macabeos (primera lectura de hoy) y Daniel.

            Los saduceos del evangelio de hoy quieren saber la opinión de Jesús al respecto y lo interrogan presentándole un “caso de escuela”: primero citan la regla (v. 28), luego ponen un ejemplo (v.29-32); por último formulan la pregunta (v. 33)[2]. La regla citada es la ley del Levirato (levir = cuñado en latín) presente en Dt 25,5-6: «Si varios hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin tener hijos, la mujer del difunto no se casará con un extraño. El hermano del difunto se unirá con ella y cumplirá con su deber de cuñado. El primogénito que de ella nazca perpetuará el nombre del hermano difunto, y así su nombre no se borrará de Israel». El ejemplo que sigue es una historia ficticia que aplica esta regla y la hace parecer contradictoria con la resurrección de los muertos. La pregunta final no deja de tener un tono irónico y busca ridiculizar la creencia en la resurrección: «Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?».

La respuesta de Jesús tiene dos momentos.

En primer lugar, les hace ver que ellos están equivocados al considerar que la vida del mundo futuro es una prolongación de la vida presente. El matrimonio y, por ende la ley del levirato, sólo rigen para la vida en este mundo donde existe la muerte y por medio del mismo se perpetua la especie humana. En la vida eterna no hay matrimonio ni muerte sino una vida semejante a la angelical. La respuesta de Jesús es muy lógica por cuanto la ley del levirato tenía por objetivo fundamental la descendencia del difunto; y no habiendo muerte en la vida eterna, esta ley carece de sentido.

En segundo lugar, Jesús les ofrece como argumento escriturístico en favor de la resurrección el texto de Ex 3,6 cuando Yavé le habla a Moisés desde la zarza ardiente y se presenta como «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Este texto fue elegido muy a propósito por cuanto se encuentra en la Torá o Pentateuco que los saduceos aceptaban. Pero hay que reconocer que para nosotros la cita resulta algo oscura. El libro del Éxodo dice que Yavé se presenta a Moisés, muchos años después de la muerte de los patriarcas, como el Dios de ellos. Jesús interpreta entonces que ellos están vivos porque Yavé es un Dios de vivos y no de muertos. W. Harrington[3] piensa que Jesús se apoya en un argumento propio de los rabinos para los cuales no se puede mencionar a Dios después de un muerto y, por eso, recibe la aprobación de los escribas: «Tomando la palabra, algunos escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien» (Lc 20, 39 que no se lee hoy). Si Dios es un Dios de vivos y no de muertos; y se lo nombra como el Dios de los patriarcas, entonces ellos están vivos para Dios. En este sentido dice J. Fitzmyer[4] que: “el punto central del argumento es que Dios se presenta a Moisés como el Dios de los patriarcas mucho después de que éstos hubieran muerto”. F. Bovon, por su parte, piensa que la clave está en el versículo final: «Porque él no es Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven por él (o para él)» (Lc 20,38). Aquí se afirma que Dios es el dador de la vida y puede darla incluso después de la muerte.

ALGUNAS REFLEXIONES:

Recordemos que los tres últimos domingos del año litúrgico nos presentan siempre temas «escatológicos»: la resurrección y la vida eterna (32), el fin del mundo (33) y Cristo Rey del Universo (34). Esta temática estuvo ya presente en las fiestas de todos los santos y de los fieles difuntos que hemos celebrado; y lo estará también al inicio del tiempo de adviento.

Para comprender mejor las lecturas de hoy puede ayudarnos tener en cuenta la dimensión histórica de la revelación de Dios a su pueblo Israel. En efecto, la revelación del Antiguo Testamento se fue abriendo paso a la fe en la resurrección muy lentamente y por el empuje de tres cuestiones fundamentales que surgen de la vida misma[5].

 En primer lugar, el amor por cuanto la vida espiritual del pueblo judío desarrolló el deseo de vivir con Dios para siempre (cf. Sal 16; 49; 73). El hombre ha sido creado por amor y a semejanza de Dios amor, y se siente llamado a vivir en eterna comunión con Él.

En segundo lugar, la justicia por cuanto la muerte y el sheol igualaban a todos, justos y pecadores, malos y buenos. Y no es justo que el destino final de los fieles, más aún de los mártires, sea el mismo que los infieles y traidores a su fe. Encontramos así un par de textos (cf. Dn 12; 2Mac 7) donde la experiencia del martirio, de morir por confesar la fe, se abre a una esperanza nueva: la de recobrar la vida o alcanzar una vida plena en la resurrección. Aquel por quien se está dispuesto a morir no puede fallar, tiene que recompensar con la Vida esta fidelidad extrema. La muerte de los mártires no puede ser su fin[6]. Al respecto nos dice Benedicto XVI: «Estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. La necesidad meramente individual de una satisfacción plena que se nos niega en esta vida, de la inmortalidad del amor que esperamos, es ciertamente un motivo importante para creer que el hombre esté hecho para la eternidad; pero sólo en relación con el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y de la vida nueva» (Spes Salvi nº 43).

            En tercer lugar, la vida misma que conlleva el deseo de no interrumpirla, de no truncarla con la muerte. En efecto, «según la Biblia, el deseo constitutivo del hombre es el deseo ilimitado de vivir, es el deseo de amar […] La vida es deseo de vivir»[7].  Por ello, en la Biblia se da libre curso a toda la carga de angustia humana ante la muerte (cf. Is 38,1-18). La muerte es por definición tinieblas, separación de Dios y de los demás. Ante esta situación va surgiendo la certeza de que Dios, autor de vida, bien puede ser más fuerte que la muerte y el Hacedor de una nueva creación (cf. Sal 88). Y después de una larga espera, con la muerte y resurrección de Cristo, llega por fin la victoria sobre el pecado y sobre la muerte; y se abre el camino de la Esperanza en la vida eterna.

Por tanto, las lecturas de hoy nos invitan a conectarnos con lo más real que tenemos que es nuestra vida, y con el deseo de vivir y de no morir. Sobre esto decía recientemente el Papa Francisco: “La pregunta por la muerte es la pregunta por la vida, y mantener abierta la pregunta por la muerte, quizás, es la mayor responsabilidad humana para mantener abierta la pregunta por la vida. Así como las palabras nacen del silencio y allí terminan, permitiéndonos escuchar sus significados, lo mismo sucede con la vida. Quizás esto suene un tanto paradójico, pero… ¡es la muerte la que permite que la vida permanezca viva!” (videomensaje del Papa Francisco al IV encuentro mundial de jóvenes organizado por Scholas Ocurrentes y World Ort en ciudad de México).

A partir de esta pregunta vital, para encontrar la respuesta tenemos que recorrer el mismo camino de la Revelación para llegar como creyentes a una convicción personal sobre la vida eterna. Dios, con su pedagogía, al revelarse responde a los deseos más profundos del hombre, pero en Cristo los sobrepasa. En efecto, la novedad en el Nuevo Testamento está en unir y llevar a plenitud lo vislumbrado ya en el Antiguo. Al respecto vale aclarar que, en buena teología y tras las huellas de San Pablo, para hablar de la resurrección de los que ya han muerto hay que creer y hablar primero de la resurrección de Jesucristo, fundamento y causa de nuestra resurrección y de nuestra esperanza cristiana.

Con el martirio de Jesús, como testigo fiel, y con su resurrección alcanzan valor concreto la esperanza confiada de los macabeos. Afirmar esto no implica que se pierda de vista toda la dramaticidad y la angustia que encierra la muerte. En la cruz no hay una glorificación de la muerte que sustituye a la antigua alegría por la vida. El sí fundamental a la vida y el juicio que se da a la muerte como lo anti-divino permanecen en el Nuevo Testamento. Así, san Pablo define a la muerte como el último enemigo que debe ser vencido (1Cor 15,26). Y esta victoria supone superar el vacío, la soledad infinita que conlleva la muerte al alejarnos de todos nuestros vínculos constitutivos, en especial de la relación con el Dios que da la vida. Es justamente por nuestra vinculación a Dios por lo que podemos esperar la vida eterna. En este sentido cobra fuerza y sentido la frase del Éxodo que Jesús les cita a los saduceos. Como bien dice J. Ratzinger[8]: «Puesto que Dios es el Dios de los vivos y llama por su nombre a su criatura, al hombre, esta criatura no puede sucumbir. Este acto de asunción del hombre por parte de Dios en su propia vida ha tomado carne, por así decirlo, en Jesucristo: Cristo es el árbol de la vida, de quien el hombre recibe el pan de la inmortalidad. La vida eterna no se explica por la existencia individual aislada y por el poder de cada uno, sino por el estar relacionado, realidad que es constitutiva del hombre […] La vida eterna no aísla al hombre, sino que lo saca del aislamiento llevándolo a la verdadera unidad con sus hermanos y con toda la creación de Dios. Todo lo dicho se apoya, en definitiva, en el convencimiento de que el Cristo resucitado es el lugar de la verdadera vida».

En esta misma línea los textos de este domingo nos revelan además algo muy importante: la resurrección y la vida eterna son obra de Dios. Tanto los mártires de la primera lectura como el argumento de Jesús en el evangelio remarcan esto: Dios es la causa de la resurrección y de la vida futura. No se trata de una posibilidad o potencialidad del hombre. La resurrección que esperamos los cristianos es una transformación y glorificación que es pura y exclusivamente obra de Dios; es un milagro, una obra de su poder divino, una nueva creación. Por eso al hombre sólo le cabe la esperanza teologal. Porque Dios es Creador y Señor de la vida; porque Dios es justo y, más que todo, porque Dios es Amor, podemos esperar la vida eterna de su bondad y misericordia. Sólo desde esta fe en Dios se puede esperar la vida eterna. Y la vida eterna es mucho más que la inmortalidad o supervivencia del alma en cuanto sustancia espiritual y simple. Pienso que hay que volver a insistir en este aspecto porque de la mano de la pseudo-espiritualidad de la new age se difunde el tema de la vida para siempre, pero como destino natural de todos los hombres, sea como vida después de la muerte, sea como un proceso de reencarnación continua. Y esta actitud «light» ante la muerte conlleva una actitud «light» ante la vida misma. Todos los intentos, de ayer y de siempre, por alentar tanto una prolongación indefinida de esta vida como la propuesta de vidas sucesivas (reencarnación) no son más que pobres sucedáneos de la verdadera esperanza cristiana.

Al respecto, decía el Papa Francisco en el ángelus del 6 de noviembre de 2016: “Jesús pretende explicar que en este mundo vivimos de realidades provisionales, que terminan; en cambio, en el más allá, después de la resurrección, ya no tendremos la muerte como horizonte y viviremos todo, también las relaciones humanas, en la dimensión de Dios, de manera transfigurada. También el matrimonio, signo e instrumento del amor de Dios en este mundo, resplandecerá transformado en luz plena en la comunión gloriosa de los santos en el Paraíso.

Los «hijos del cielo y de la resurrección» no son unos pocos privilegiados, sino que son todos los hombres y todas las mujeres, porque la salvación traída por Jesús es para cada uno de nosotros. Y la vida de los resucitados será parecida a la de los ángeles (cf. v. 36), es decir, toda inmersa en la luz de Dios, toda dedicada a su alabanza, en una eternidad llena de alegría y de paz. ¡Pero cuidado! La resurrección no es sólo el hecho de resurgir después de la muerte, sino que es una nueva clase de vida que ya experimentamos hoy; es la victoria sobre la nada que ya podemos pregustar. ¡La resurrección es el fundamento de la fe y de la esperanza cristiana!”

En síntesis, sólo la mirada de fe en el Dios de Jesucristo ilumina al hombre sobre el sentido de la vida y de la muerte; y lo abre a la esperanza de una eternidad gloriosa.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

No dejes de responder

Señor Jesucristo, Maestro nuestro.

Te damos gracias

por recrearnos

en tu Espíritu de Amor.

Él nos resucitó

en el bautismo

para hacernos hijos de un solo Padre,

en ti.

No hay regla ni mandato

superior al Amor tuyo

y por eso te rogamos

nos conserves en Él.

Aumentamos la fe

y la esperanza en esa Vida

única y verdadera

junto a ti.

No dejes de responder

a nuestros vacíos con tu Palabra,

espada que penetra con dulzura

en nuestro duro corazón. Amén.

[1] De la misma época es el texto de Daniel que se refiere también al destino feliz de los justos: «Y muchos de los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno. Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos» (Dn 12,2-3).

[2] Cf. F. Bovon, El Evangelio según San Lucas IV, Salamanca, Sígueme, 2010,123.

[3] El Evangelio según San Lucas (Studium; Madrid 1972) 288. De modo semejante entiende el argumento C. F. Evans, Saint Luke (NTC; London 1990) 720.

[4] El evangelio según Lucas IV, 188.

[5] Seguimos de cerca las reflexiones de B. Sesboüé, La Resurrección y la Vida. Catequesis sobre las realidades últimas (Mensajero; Bilbao 1998) 29-30.

[6] Cf. J. Ratzinger, Escatología (Herder; Madrid 2007) 109-111.

[7] A. Bonora, voz: «muerte», en P. Rossano-G. Ravasi-A. Girlanda, Nuevo Diccionario de Teología Bíblica (Paulinas; Madrid 1990) 1268.

[8] Escatología (Herder; Madrid 2007) 175-177.

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