Lectio Divina

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY – CICLO «C»

1ra. Lectura (2Sam 5,1-3):

            El relato que abarca desde 1 Sam 16 hasta 1 Re 2 está dominado por la figura de David. Si bien aparecen personajes importantes como Samuel, Saúl y Absalón; es David, el pastor convertido en rey, quien acapara la atención por completo.

            La ciencia bíblica contemporánea acostumbra distinguir en estos capítulos dos grandes secciones: la Historia de la subida de David al trono (1 Sam 16 – 2 Sam 7) y la Historia de la sucesión de David (2 Sam 9-20; Re 1-2). El texto que leemos hoy forma parte de la primera.

El mensaje teológico de la Historia de la subida de David al trono es que si David llegó a ser rey no fue conspirando contra Saúl sino porque Dios lo había elegido para ello y siempre estaba con él. La última prueba de que David no conspiró contra la casa de Saúl es que no pretendió convertirse en rey de Israel. Fueron los israelitas quienes vinieron a hacerle la propuesta (2 Sam 5,1-5) luego de la cual David, quien llevaba ya 7 años reinando sobre Judá en Hebrón, pasa a convertirse en rey de Judá e Israel eligiendo como capital a Jerusalén. David, con su reinado, logra la unidad de las doce tribus de Israel y por eso su figura será muy grande, al punto de originar la esperanza en un futuro Mesías Rey, descendiente de David.

2a. Lectura (Col 1,12-20):

            En este texto debemos distinguir dos grandes secciones. La primera (1,12-14) forma parte de la acción de gracias inicial de la carta, propia del estilo paulino de escribir. Pablo da gracias al Padre por su obra, pues al considerarnos hijos nos ha hecho partícipes de su herencia: el reino de su Hijo muy querido, en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados.

            La segunda sección (Col 1,15-20), considerada un himno pre-paulino, está inserta en la carta después de la ‘acción de gracias’ inicial que termina con la expresión ‘su hijo muy querido’, que a través del pronombre relativo de 15a será el sujeto de todo el himno.

            Desde el punto de vista literario podemos afirmar que este himno se estructura en dos partes (vv. 15-18a y 18b-20), comenzando cada una con el pronombre relativo (‘El cual…’). A su vez la articulación interna de las estrofas está en paralelo, pues ambas tienen dos títulos cristológicos a los que sigue una motivación que introduce el respectivo tema. En la primera parte, los títulos aplicados a Jesús son ‘imagen de Dios’ y ‘primogénito de la creación’ (15); a lo que sigue una explicación (porque) del tema de la creación (v.16 donde el verbo crear recorre dos veces). Esta primera estrofa se cierra con una afirmación que retoma y sintetiza el primado de Cristo sobre toda la creación (v. 17-18a). La segunda parte se inicia con los títulos de ‘principio’ y ‘primogénito de entre los muertos’ (18b); a lo que sigue la motivación (porque) que introduce el nuevo tema (19-20), que es el rol mediador de Cristo en la obra de reconciliación y pacificación (en el v. 20 tenemos tres por medio de…).

            De modo sintético podemos decir que el mayor aporte teológico de Col 1,15-20 es su mensaje cristológico al poner de relieve el primado universal de Cristo en el ámbito de la creación y de la redención.

            En cuanto ‘imagen de Dios y primogénito de toda la creación’ Cristo tiene un papel mediador en la obra creadora que abarca toda la realidad y que fundamenta su Señorío único e universal, excluyendo cualquier competencia por parte de las potencias espirituales.

            Este primado de Cristo en la creación prepara, a su vez, su primacía en la redención. También aquí su mediación es única y universal; la cual deriva de una decisión de Dios quien lo constituye reconciliador y pacificador de todas las cosas. Por esto el conjunto o ‘plenitud’ de los bienes salvíficos tienen su fuente permanente y completa en Jesucristo, primogénito de todos aquellos que son llamados a participar de su victoria sobre la muerte.

Es interesante notar también la compenetración entre la creación y la redención. En esto también se es fiel a la tradición bíblica para la cual la creación es el primer acto de salvación o liberación.

Evangelio (Lc 23,35-43):

            El evangelista Lucas nos pinta un dinámico y contrastante cuadro de la crucifixión con las acciones de los distintos personajes presentes:

  • En el centro tenemos a Jesús crucificado con una inscripción sobre su cabeza: «Este es el rey de los judíos».
  • El pueblo permanece pasivo, sólo mira.
  • Las autoridades judías lo ridiculizan desafiándolo: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!».
  • Los soldados romanos se mofan y también lo desafían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!».
  • Un ladrón crucificado a su lado blasfema y también lo provoca: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
  • Hay otro ladrón a su lado quien defiende a Jesús declarándolo inocente y suplicándole que se acuerde de él cuando llegue a su Reino. Con estas palabras está confesando a Jesús como Rey de un reino futuro y glorioso; y con poder de salvar.
  • Por fin Jesús rompe su silencio para decirle al «buen ladrón»: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

            En la narración, en dos ocasiones se aplica a Jesús el título de “rey de los judíos” y una vez se habla de su “reino”. Se considera a Jesús Rey cuando está crucificado. Y por tres veces se le pide a Jesús que «se salve a sí mismo», que demuestre que es rey, que tiene verdadero poder, y que lo ejerza salvándose a sí mismo de esta muerte ignominiosa. Y Jesús calla. En cierto modo con esta petición de “salvarse a sí mismo” se repiten las tentaciones de Satanás en el desierto que tenían en común el intento de apartar a Jesús del camino señalado por su Padre, del camino de la cruz. En el fondo invitaban a Jesús a buscarse a sí mismo. Sin embargo, “en las tres tentaciones, Jesús no quiere nada para sí mismo; por eso no pone a Dios a prueba” (F. Bovon). Aquí también se pide a Jesús que evite la muerte en la cruz, que se salve a sí mismo. En ambos casos Jesús mantiene su fidelidad al plan del Padre, hasta el extremo…

            El diálogo de Jesús con el buen ladrón nos muestra, por el contrario, la disposición de Jesús de salvar a quien cree y confía en Él. Es importante el acto de fe del «buen ladrón» pues tiene ante sus ojos la misma realidad que los demás: un hombre crucificado. Sin embargo, declara su inocencia y lo reconoce como Rey con poder de hacerlo entrar en su Reino.

            Hay una cierta paradoja en todo el relato porque Jesús puede salvarse a sí mismo, pero no lo hace. Acepta la cruz porque de este modo puede salvar a otros para siempre. Pierde su vida terrenal y gana para todos los hombres la vida eterna, abre finalmente las puertas del paraíso. Y de este modo es Rey, pues para Jesús reinar es servir.

ALGUNAS REFLEXIONES:

La primera lectura tiene el propósito de introducir el tema del rey desde el punto de vista humano y político. Israel, queriendo asimilarse a los demás pueblos, pide un rey que lo gobierne. Finalmente, David llega al trono y unifica las tribus dando lugar a un reino temporal.

David fue un rey humano, con grandezas y miserias; con victorias y derrotas; con gloria y humillaciones; con estabilidad y con exilio. Pero por sobre todo esto, siendo rey tuvo poder, dignidad, respeto, dominio, soberanía. Tanto para la revelación en el Antiguo Testamento como para el pensamiento humano, el ser rey viene asociado al tener poder, dominio, gobierno, control. Esto hay que aceptarlo y valorarlo en su justa medida. Pero si nos quedamos sólo con esto, nunca entenderemos a Jesús ni su misión. Basta remitirse al evangelio de hoy: la inscripción dice que es rey de los judíos, pero está crucificado; se considera rey a alguien clavado en una cruz que apenas puede moverse; condenado como malhechor y que no puede siquiera salvarse a sí mismo. Estamos en las antípodas de lo que los hombres entendemos por realeza: no tiene poder ni dignidad ni soberanía alguna.

            Y sin embargo los creyentes proclamamos a Jesús como Señor y Rey del Universo. Para esto hay que aceptar, en primer lugar, que su reino no es de este mundo, no es mundano. En segundo lugar, que la historia no termina con la crucifixión, sino con la resurrección. Tuvo que pasar por todo lo que implica el camino de la cruz para reinar definitivamente. Demostró tener poder sobre el enemigo invencible: la muerte; y su aliado, el pecado. Todos los reyes de este mundo no pudieron con la muerte. Sólo Jesús tiene ese poder. Y lo utiliza en favor de los demás, como hizo con el buen ladrón. Toda la dignidad y soberanía de los reyes humanos terminó son su muerte. Nada se llevaron, sólo sus huesos quedaron. Jesús es el único Rey Eterno, que vive para siempre.

Jesús demuestra su poder sobre el pecado con su misericordia, comunicando el perdón de Dios. Jesús demuestra su poder sobre la muerte comunicando la vida eterna. Ahora bien, como señala A. Vanhoye[1]: «Con todo, este reino no se manifiesta de una manera vistosa, sino misteriosa. El poder de Cristo es un poder real, pero un poder que no se ejerce con la violencia, con la fuerza exterior, sino con un influjo profundo sobre los corazones y, a través de ellos, sobre toda la historia».

Al respecto decía el Papa Francisco en su homilía del 29 de noviembre de 2016: “la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente. No nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que «todo lo excusa, todo lo espera, todo lo soporta» (cf. 1 Co 13,7). Sólo este amor ha vencido y sigue venciendo a nuestros grandes adversarios: el pecado, la muerte y el miedo. Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos está singular victoria, con la que Jesús se ha hecho el Rey de los siglos, el Señor de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasará nunca (cf. 1 Co 13,8). Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza. Pero sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar”.

Es bueno detenerse un poco en la escena y en el diálogo de Jesús con el “buen ladrón”. Notemos en primer lugar que éste no le pidió a Jesús que lo baje de la cruz, sino que, por su misericordia, lo haga subir hasta su Reino eterno.

Al respecto es interesante el comentario de san Agustín que nos reporta M.-D. Molinié[2]: “El acto de fe del buen ladrón hace caer a San Agustín en la admiración y el estupor. Y le pregunta: «¿Cómo has hecho para reconocer la divinidad del Mesías en el momento en que los enemigos de Cristo triunfaban ruidosamente, y los apóstoles mismos se habían vuelto incapaces de reconocerlo a través de su rostro agonizante? Sin embargo unos y otros habían estudiado la Escritura, pero no veían que la Escritura se estaba cumpliendo… ¿Cómo has hecho tú para comprenderle? ¿Te habías dedicado, entre dos actos de bandidaje, a estudiar estos libros que los especialistas no habían sabido leer?» Y pone en boca del buen ladrón esta respuesta admirable: «No, yo no había escrutado las Escrituras, no había meditado las profecías. Pero Jesús me miró… y en su mirada lo comprendí todo»”.

Y también es interesante el comentario de J. Ratzinger: “Así, en la historia de la espiritualidad cristiana, el buen ladrón se ha convertido en la imagen de la esperanza, en la certeza consoladora de que la misericordia de Dios puede llegarnos también en el último instante; la certeza de que, después de una vida equivocada, la plegaria que invoca su bondad no es vana. «Tú escuchaste al ladrón, también a mí me diste esperanza», reza, por ejemplo el Dies irae”[3].

Y este es el modo de reinar de Jesús: amando, perdonando y, por ello, en cristiano, reinar no es servirse de los hombres, recibir honores de ellos o dominarlos, sino entregarse, dar la vida por ellos, amarlos. En este sentido “la cruz es su trono desde el que atrae al mundo hacia sí. Desde este lugar de la extrema entrega de sí, desde este lugar de un amor verdaderamente divino, Él domina como el verdadero rey, domina a su modo; de una manera que ni Pilato ni los miembros del Sanedrín había podido entender”[4].

Sólo esta contemplación de Cristo Rey-crucificado puede movilizarnos para hacer nosotros lo mismo. Los cristianos, por el bautismo, participamos de la realeza de Cristo, para que con Él y como Él nos entreguemos por los demás. Y con nuestra entrega les mostremos el camino del Paraíso que por Jesús ha sido abierto para todos los hombres de buena voluntad.

            Este domingo culmina el ciclo «C» donde hemos seguido al evangelio según San Lucas. El texto de hoy nos brinda una significativa conclusión del mismo pues nos revela el sentido último del viaje de Jesús a Jerusalén con sus discípulosEl fin es el Reino, pero el Reino de la vida eterna que hoy viene equiparado al paraíso. Y hasta aquí pueden llegar también los pecadores, como el «buen ladrón» de hoy, siempre que se arrepientan y confiesen que Jesús tiene el poder de salvarlos. Jesús no vino a este mundo ni llegó hasta la pasión para salvarse a sí mismo, sino a nosotrosEn la cruz y por la cruz nos salva.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

 Acuérdate de mí, Señor

Cuando me sienta solo frente a la burla de los demás,

¡Acuérdate de mí!

Cuando la traición y la hipocresía me rodeen,

¡Acuérdate de mí!

Cuando me insulten y reprochen mis límites y debilidades,

¡Acuérdate de mí!

Pero, sobre todo, Señor, cuando me olvide de la dignidad recibida,

Reniegue de mi filiación divina,

¡Acuérdate de mí!

Porque en esa pobreza quisiera ser el ladrón

Qué te robó el corazón con su penitencia,

Te creyó Rey y pudo ver más allá de la apariencia

Esperó en tu misericordia y recibió la recompensa…

Porque la justicia es para mí

Tu decisión de hacerme vivir. ¡Acuérdate de mí!

Verdadero Rey, descubre ante mí

La humanidad y su tesoro oculto, por el que quisiste morir.

Amén.

 ORACIÓN A CRISTO REY

 Jesucristo, Dios y hombre verdadero, te adoro Rey de amor en la Eucaristía y te pido me concedas cada día más vivos sentimientos de fe, de esperanza y de caridad, para corresponder al beneficio de haberte quedado con nosotros.

Quiero adorarte como Rey de la naturaleza, uniendo mi voz al himno que te cantan la luz de los astros, la voz de los mares, la alegría de todos los seres que tu mano paternal sustenta.

Quiero adorarte como Rey de la gracia, por la plenitud que concediste a tu Madre, la Inmaculada Virgen María.

Te adoro también como Rey de la gloria y te pido que todos vivamos en unidad de alma y corazón, para que te cantemos en el cielo. Amén.

(Publicada en el Calendario Devocionario Católico 2009, Parroquia Ascensión del Señor de la Arquidiócesis de Cali- Colombia)
[1] Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo C (Mensajero; Bilbao 2009) 333.
[2] M-D. Molinié, El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad (San Pablo; Madrid 1997) 16.
[3] J. Ratzinger, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección, Planeta, 2011, 248-249.
[4] J. Ratzinger, Idem, 247,
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