Lectio Divina

I- INTRODUCCIÓN GENERAL AL TIEMPO DE ADVIENTO

En su origen el término «adviento» (del latín adventus) significaba la primera visita oficial de un personaje importante con motivo de su llegada al poder o de la toma de posesión del cargo. En el ámbito del culto hacía referencia a la venida anual de la divinidad a su templo para visitar a sus fieles. Notemos entonces que en su significado original la palabra adviento se refiere a una llegada, una venida, una presencia.

Llevado esto al ámbito cristiano podemos decir que el eje organizador de todo este tiempo litúrgico del adviento es la venida del Señor, su llegada, su Presencia. Así: «con la palabra adventus se pretendía sustancialmente decir: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no lo podemos ver y tocar como sucede con las realidades sensibles, Él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras. El significado de la expresión “adviento” comprende por tanto también el de visitatio, que quiere decir simple y propiamente «visita»; en este caso se trata de una visita de Dios: Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí»[1].

Aceptar esto implica, a su vez, considerar las acciones de los protagonistas. En primer lugar, de Dios, que viene a nuestro mundo, a nosotros. Luego los hombres, invitados a prepararse a recibir esta visita de Jesús que viene a nuestro encuentro y que nos moviliza concretamente a prepararse para la Navidad saliendo al encuentro del Señor que viene.

Ahora bien, El que viene es, en realidad, el mismo que ya vino. Es la doble venida del Señor que reflejan los prefacios del Adviento. La primera en la humildad de la carne; la segunda y definitiva en la gloria. No se trata de un juego de palabras sino de la misma esencia de la liturgia y del misterio cristiano. Al respecto dice un especialista en liturgia: «Toda celebración litúrgica lleva consigo tres dimensiones: el pasado, en un presente, para un futuro. El adviento nos da ocasión casi material de percibir la superposición, una en otra, de estas tres dimensiones. Es el tiempo ideal para entrar plenamente en la teología viva de la liturgia»[2]. Más concretamente, con Matías Augé[3], podemos decir: “Adviento es el tiempo que, partiendo del hecho ya ocurrido de la 1ª venida, orienta no solo a la venida última y definitiva sino también a la venida sacramental en la liturgia, donde se actualiza la primera y se anticipa la segunda”.

A esta doble venida corresponden dos dimensiones de la espera: de la Navidad y la de la Parusía, que la liturgia del Adviento tiene que proponerlas juntas pues es imposible presentar una sin la otra. Pero en la sucesión de los cuatro domingos se va dando un progresivo paso de la acentuación puesta en la Segunda y definitiva venida al fin de los tiempos (más clara en 1er. Domingo y menos en el 2do.) a la Primera venida en la Encarnación (3er. y 4to. Domingos).

Importa no olvidar estas acentuaciones para respetar el ritmo propio de este tiempo litúrgico y su intención pedagógica o, mejor dicho, mistagógica. Nos hace comenzar con la espera de lo eterno y definitivo, con el fin, que es lo último en la ejecución y lo primero en la intención. Desde aquí se nos invita a reorientar nuestra vida en función de nuestra situación de tiempo intermedio, del «ya pero todavía no» que supone una comprensión del carácter provisional de nuestro mundo y de nuestra condición de peregrinos (este sería el ‘matiz’ propio de la conversión en Adviento). Luego nos va llevando hacia el fundamento de nuestra esperanza, la venida de Jesús en la plenitud de los tiempos, la Encarnación, cuya manifestación o Natividad vamos a celebrar.

La liturgia de la Palabra de los domingos de adviento acompaña este proceso por cuanto «el evangelio del primer domingo es escatológico. En el segundo y el tercero hacen referencia al Precursor. En el cuarto se proclaman los acontecimientos que han preparado al venida del Señor»[4].

Por tanto, el ADVIENTO nos invita a esperar su venida definitiva al fin de los tiempos y a prepararnos para celebrar su primera venida al nacer en Belén con el gozo de saber que Él viene permanente a nuestros corazones.

II – UNA IDEA CENTRAL PARA EL ADVIENTO CICLO A

«Con el nacimiento de Jesús, el Enmanuel, Dios cumple su promesa de venir a nuestro encuentro y caminar la vida con nosotros».

En este ciclo “A” leeremos el evangelio según San Mateo para quien Jesucristo es “hijo de David, hijo de Abraham” y, por tanto, está inserto plenamente en el pueblo judío y cumple las esperanzas mesiánico-davídicas que anunciaron los profetas.

Domingo 1º: Mt 24,37-44. “Estén prevenidos y preparados”. Despertarse

Domingo 2º: Mt 3,1-12. “Preparen el camino del Señor”.           Convertirse

Domingo 3º: Mt 11,2-11. “Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro”.

                                                                                           Sorprenderse

Domingo 4º: Mt 1,18-24. Jesús nacerá de María, comprometida con José, hijo de David.

                                                                                           Recibir

N.B.: “La Conferencia Episcopal Argentina, autorizada por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, dispensa para que la celebración de la Inmaculada Concepción de la Virgen María pueda prevalecer sobre el 2° domingo de Adviento. El decreto mencionado indica que para no perder el sentido del Adviento:

  1. a) La segunda lectura de la Misa sea del domingo
  2. b) En la homilía se haga alusión al tiempo de Adviento
  3. c) En la Oración de los fieles se formule al menos una petición con el sentido del Adviento y se concluya con la Oración colecta del 2° domingo de Adviento del ciclo correspondiente.

En Jesús confluyen todas las esperanzas del Antiguo Testamento que en este ciclo A nos vienen presentadas de la mano de la profecía de Isaías de donde se toman las primeras lecturas de los cuatro domingos. Los textos de este profeta nos abren a la esperanza de un futuro de paz y nos animan a caminar a la luz del Señor (primer domingo); y esta paz se concretará en una situación de armonía y de unidad que sólo Dios puede regalar a los hombres (segundo domingo). Luego el profeta nos anunciará la alegría del Señor que viene y nos salvará (tercer domingo) y nos dirá que la señal de que Dios cumplirá sus promesas es que “la virgen dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, es decir, Dios-con-nosotros” (cuarto domingo). Es decir, el futuro esperado y deseado irá tomando cuerpo con el anuncio del nacimiento de un descendiente de David, pero cuyos rasgos trascienden los de un simple niño, porque ese niño es el Enmanuel, Dios con nosotros, que nacerá de una virgen.

Ahora bien, el cumplimiento de esta promesa sorprende enormemente, pues se trata de Dios mismo quien se hace hombre en Jesucristo. Justamente el sentido teológico profundo de la concepción virginal que nos narra Mateo es que Dios actúa más allá de las posibilidades humanas por medio de su Espíritu Santo.

Por tanto, la profecía de Isaías nos ayudará a despertar nuestra esperanza; a desear la venida del Señor en esta Navidad.

El Evangelista Mateo nos mostrará que Dios al cumplir su promesa supera ampliamente nuestras expectativas. Dios las cumple de modo tal que nos desconcierta y sorprende por lo increíble de su amor por los hombres. La Navidad es el maravilloso encuentro de Dios con los hombres porque creemos que el Enmanuel es verdaderamente «Dios con nosotros». Y esta manifestación del amor de Dios que viene a nuestro encuentro es justamente el alimento y sostén de nuestra esperanza en el caminar por este mundo hasta el Adviento final.

III – PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO CICLO «A»

DESPERTAR EL DESEO DEL ENCUENTRO CON EL SEÑOR QUE VIENE

Primera Lectura (Is 2,1-5):

Se trata de una visión que tiene el profeta acerca del “fin de los tiempos (días)” y sobre el futuro de Jerusalén, tal como lo afirma 2,1 que aparece como un nuevo título. En 2,2-5 tenemos cuatro motivos teológicos que auguran un futuro mejor y alientan la esperanza para Jerusalén, considerada la «montaña de la Casa del Señor» por cuanto en ella está el Templo, la Morada de Dios. Todo esto está anunciado para el “fin de los tiempos”, cuando el Señor venga definitivamente a residir allí.

  1. La montaña del Señor será exaltada por encima de todas las demás montañas o colinas.
  2. La peregrinación de las naciones, junto con Israel, hacia esta montaña santa.
  3. La palabra del Señor o Ley que se escuchará allí y que enseñará los senderos para que caminen los pueblos.
  4. El Señor vendrá como juez y árbitro en orden a establecer la paz entre las naciones.

Es de resaltar en este texto su apertura universalista: todas las naciones se congregarán en el Templo de Jerusalén. Recordemos que en tiempos de Jesús y de Pablo existía en la entrada del templo una inscripción que prohibía la entrada a los paganos (los no judíos) bajo amenaza de muerte. En el tiempo final, el templo, la presencia de Dios, la salvación, se abre a todas las naciones que al adorar al único Dios vivirán en paz. La paz como don mesiánico para los últimos tiempos es un tema recurrente en Isaías. En el próximo domingo veremos cómo esta paz llega a través del nacimiento de un niño, de un descendiente de David. Esta promesa Divina de paz y unidad nos va preparando ya para la Navidad.

Segunda Lectura (Rom 13,11-14ª):

             San Pablo invita a los cristianos de Roma a tomar conciencia o comprender la índole del tiempo presente (τὸν καιρόν). Cómo nos recuerda R. Penna[5], “el kairós denota la dimensión subjetiva del tiempo, el oportuno, la circunstancia apropiada, el momento favorable, la buena ocasión”. Más adelante, el mismo tiempo presente viene descrito como una noche avanzada, por lo que el amanecer está pronto. Es hora de despertar, de levantarse: el texto griego está en voz pasiva, sería ser levantados o despertados (ἐγείρω; egeirō) del sueño. La motivación o razón para despertarse del sueño se detalla a continuación: la salvación está cerca. Esto significa, en el contexto de la carta, que hemos ya recibido la justificación por la fe en la muerte y resurrección de Cristo, pero la salvación plena la tenemos en esperanza, debe aún venir a nosotros, es un “ya pero todavía no”. Por eso la realidad actual se describe con las imágenes de la noche y del día; de la luz y las tinieblas, que son comunes en San Pablo (cf. 1Tes 5,4-7) y simbolizan la vida moral del creyente. Las obras propias de la noche son los desórdenes: excesos en comida y bebida; lujuria y libertinaje; peleas y envidias. Las obras del día, de la luz, son la conducta digna del nombre de cristiano, a la que nos invita el Apóstol.

Evangelio (Mt 24,37-44):

            De entrada, el evangelio de hoy nos ubica en lo que sucederá al final de los tiempos con la venida (παρουσία) del hijo del hombre. La “venida del hijo del hombre” hace referencia a una expectativa difundida en tiempos de Jesús por algún texto bíblico (cf. Dn 12) y otros textos extra bíblicos de corte apocalíptico. Concretamente “se esperaba la venida de una persona que llegaría desde el cielo para hacer un juicio en nombre de Dios. Este juicio daría como resultado la condena de todos los malvados y la salvación y el premio de todos los que eran fieles a la Ley de Dios”[6]. Por tanto, con su referencia a la venida del hijo del hombre, Jesús evoca la idea del juicio final y el consiguiente fin del mundo.

Y la pregunta obligada, tal como vimos hace un par de domingos atrás, es: ¿cuándo sucederá esto? Lamentablemente no hemos leído el versículo de Mt 24,36 (“En cuanto a ese día y esa hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”) que al decir de U. Luz[7] es el verdadero inicio de esta sección. Este versículo deja sentada con claridad nuestra ignorancia completa sobre el momento del día final, lo que en cierto modo pone la base para la actitud de vigilancia que pedirá Jesús a continuación (cf. 24,42).

En cuanto a lo que sucederá en el tiempo final, se describe comparándolo con el diluvio, narración que encontramos en Génesis 6-8. Este relato se presenta como tipo del juicio de Dios sobre la humanidad pecadoraSu acción es como la de las aguas que destruyen todo y, a la vez, hacen flotar el arca salvándola. Noé y su arca indican que existe para la humanidad una posibilidad de salvarse. Por tanto, las sanciones de Dios al juzgar son a la vez purificación y salvación porque la destrucción es necesaria para señalar el mal, pero al mismo tiempo es necesario mostrar que Dios es más fuerte que el mal.

            Jesús, por su parte, al comparar su venida como hijo del hombre al final de los tiempos con el diluvio, pone de relieve su carácter sorpresivo para la mayoría de las personas. Todas llevaban una vida normal (“la gente comía, bebía y se casaba” 24,38), sin sospechar que el juicio de Dios estaba próximo. Señalemos que no hay una condena moral sobre la conducta de los contemporáneos de Noé; sólo se señala su falta de conocimiento del tiempo final (“no supieron o no conocieron”: οὐκ ἔγνωσαν).

El aspecto judicial de la venida del hijo del hombre está presente en la distinción entre las parejas: de dos hombres uno será llevado, otro dejado; y lo mismo de dos mujeres. Tampoco aquí se da una justificación moral de la elección de uno ni del rechazo de otro, dentro del mismo grupo familiar. Tal vez la intención del texto sea evitar que alguno se sienta excluido de esta situación pues puede sucederle a cualquiera, por lo cual la advertencia de Jesús es para todos.

            Como siempre, la exhortación de Jesús ante la posibilidad del fin es estar prevenidos, vigilantes, despiertos (γρηγορέω).

Al final (24,43-44) Jesús añade algo que aparece varias veces en el Nuevo Testamento y que es la comparación del día final con la llegada de un ladrón por cuanto nos sorprenderá si no lo esperamos: «vendrá a la hora menos pensada». Por tanto, la vigilancia que Jesús propone ante la venida del fin, de la parusía, se compara a la de un dueño de casa ante la posible venida de un ladrón para robarle. La actitud que aconseja aquí Jesús es la misma de vigilancia, pero con un matiz más bien activo: velar, estar preparados (ἕτοιμοι). Se trata de estar listos, como lo estaban las Vírgenes prudentes a la llegada del esposo y por eso entraron en la fiesta (cf. Mt 25,10).

Orientaciones para la homilía:

Como dice A. Nocent: «La orientación de este primer domingo de Adviento es netamente escatológica. Es una ocasión para que nosotros revisemos qué lugar ocupa en nuestra vida concreta el «último día» y el encuentro de todo el Pueblo de Dios con su Señor»[8].

Esto tiene su lógica o sabiduría teológica. La vida del cristiano se mueve entre dos realidades dinámicas: el Señor que viene a nosotros (adviento) y nosotros que salimos (éxodo) al encuentro del Señor. La vida cristiana es “camino”, así se la denomina en los Hechos de los Apóstoles en varias ocasiones (cf. He 18,25; 19,9.23; 24,4.14.22). Entonces, si voy a ponerme en camino, tengo que saber hacia dónde dirigirme, cuál es el fin. Y esto es justamente lo que nos presenta el primer domingo de adviento: caminos hacia el Señor que viene al final de los tiempos para llevarnos a su encuentro. Al respecto dijo el Papa Francisco el 1° de diciembre de 2013: “Este camino no se acaba nunca. Así como en la vida de cada uno de nosotros siempre hay necesidad de comenzar de nuevo, de volver a levantarse, de volver a encontrar el sentido de la meta de la propia existencia, de la misma manera para la gran familia humana es necesario renovar siempre el horizonte común hacia el cual estamos encaminados. ¡El horizonte de la esperanza! Es ese el horizonte para hacer un buen camino. El tiempo de Adviento, que hoy de nuevo comenzamos, nos devuelve el horizonte de la esperanza, una esperanza que no decepciona porque está fundada en la Palabra de Dios. Una esperanza que no decepciona, sencillamente porque el Señor no decepciona jamás. ¡Él es fiel!, ¡Él no decepciona! ¡Pensemos y sintamos esta belleza!”. “Recordad siempre esto: la vida es un camino. Es un camino. Un camino para encontrar a Jesús. Al final, y siempre. Un camino donde no encontramos a Jesús, no es un camino cristiano. Es propio del cristiano encontrar siempre a Jesús, mirarle, dejarse mirar por Jesús, porque Jesús nos mira con amor, nos ama mucho, nos quiere mucho y nos mira siempre. Encontrar a Jesús es también dejarte mirar por Él”.

Tanto la primera lectura como el evangelio hacen referencia a la venida de Dios al fin de los tiempos como juez. El texto de Isaías lo presenta como algo esperanzador pues describe la exaltación de Jerusalén como centro del mundo y lugar de peregrinación de todas las naciones. El evangelio nos lo presenta más bien como algo amenazador, dado su carácter imprevisto e inesperado; y por la acción judicial de Dios en clave de separación, de tomar uno y dejar otro.

            Importa mantener un sano equilibrio entre estos dos aspectos, como bien notaba Benedicto XVI: «En la configuración de los edificios sagrados cristianos, que quería hacer visible la amplitud histórica y cósmica de la fe en Cristo, se hizo habitual representar en el lado oriental al Señor que vuelve como rey –imagen de la esperanza–, mientras en el lado occidental estaba el Juicio final como imagen de la responsabilidad respecto a nuestra vida, una representación que miraba y acompañaba a los fieles justamente en su retorno a lo cotidiano. En el desarrollo de la iconografía, sin embargo, se ha dado después cada vez más relieve al aspecto amenazador y lúgubre del Juicio, que obviamente fascinaba a los artistas más que el esplendor de la esperanza, el cual quedaba con frecuencia excesivamente oculto bajo la amenaza». (Benedicto XVI, Spes Salvi nº 42).

Cada adviento la Iglesia pone al cristiano en situación vital de esperanza: debe esperar, vinculado a todo el Antiguo Testamento, la llegada del día final. «La espera, el esperar es una dimensión que atraviesa toda nuestra existencia personal, familiar y social. La espera está presente en mil situaciones, desde las más pequeñas y banales hasta las más importantes, que nos implican totalmente y en lo profundo. Pensemos, entre estas, en la espera de un hijo por parte de dos esposos; a la de un pariente o de un amigo que viene a visitarnos de lejos; pensemos, para un joven, en la espera del éxito en un examen decisivo, o de una entrevista de trabajo; en las relaciones afectivas, en la espera del encuentro con la persona amada, de la respuesta a una carta, o de la acogida de un perdón… Se podría decir que el hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza. Y al hombre se le reconoce por sus esperas: nuestra “estatura” moral y espiritual se puede medir por lo que esperamos, por aquello en lo que esperamos. Cada uno de nosotros, por tanto, especialmente en este Tiempo que nos prepara a la Navidad, puede preguntarse: yo, ¿qué espero? ¿A qué, en este momento de mi vida, está dirigido mi corazón? Y esta misma pregunta se puede plantear a nivel de familia, de comunidad, de nación. ¿Qué es lo que esperamos, juntos?»[9].

La espera de Israel que nos propone el profeta Isaías es en el fondo la esperanza en un encuentro definitivo con Dios donde todas las naciones vivirán en paz. En este sentido el pueblo de Israel y el pueblo cristiano se encuentran en su Esperanza. Por tanto, la primera lectura nos invita a desear esta venida, a esperarla con entusiasmo.

El evangelio y la segunda lectura, por su parte, nos advierten del peligro que acecha nuestra vida cristiana si perdemos de vista el fin trascendente de la misma. Se trata de un peligro muy sutil, ya que muchas veces no se trata de hacer algo claramente malo, sino de dejarse atrapar y enceguecer por las múltiples actividades de la vida cotidiana. De este gran peligro nos advierte el Papa Benedicto XVI[10]: «Todos tenemos experiencia, en la existencia cotidiana, de tener poco tiempo para el Señor y poco tiempo también para nosotros. Se acaba por estar absorbidos por el “hacer”. ¿Acaso no es cierto que a menudo sea la actividad quien nos posee, la sociedad con sus múltiples intereses la que monopoliza nuestra atención? ¿Acaso no es cierto que dediquemos mucho tiempo a la diversión y a ocios de diverso tipo? A veces las cosas nos “atrapan”. El Adviento, este tiempo litúrgico fuerte que estamos empezando, nos invita a detenernos en silencio para captar una presencia. Es una invitación a comprender que cada acontecimiento de la jornada es un gesto que Dios nos dirige, signo de la atención que tiene por cada uno de nosotros. ¡Cuántas veces Dios nos hace percibir algo de su amor! ¡Tener, por así decir, un “diario interior” de este amor sería una tarea bonita y saludable para nuestra vida! El Adviento nos invita y nos estimula a contemplar al Señor presente. La certeza de su presencia ¿no debería ayudarnos a ver el mundo con ojos diversos? ¿No debería ayudarnos a considerar toda nuestra existencia como «visita», como un modo en que Él puede venir a nosotros y sernos cercano, en cada situación?».

Bien puede resumir todo esto una frase de Santa Ángela de Foligno: “El hombre, como ve, así ama”. Si nuestra mirada se abre a lo trascendente, a la presencia de Dios, así será nuestro amor…

El tono amenazador del evangelio es un recurso pedagógico para invitarnos a estar siempre vigilantes y preparados para el día final, dado su carácter sorpresivo e inesperado. Al respecto decía el Card. C. Martini[11]: “la iniciativa de Dios de visitar a su pueblo y de establecer su morada entre nosotros exige al discípulo un corazón preparado para vigilar”. Podemos decir que el Señor quiere «despertar» nuestra conciencia cristiana al comienzo del adviento ya que inevitablemente el diario trajinar nos hace perder de vista el horizonte de lo definitivo. Este es el sentido de la vigilancia, pues «vigilar implica una relación con el Cristo viviente, que volverá como juez universal y emplazará a todos los humanos ante su tribunal»[12].

            El Cardenal C. Martini[13] nos ilumina mucho sobre lo que implica la “vigilancia” evangélica:

“Vigilar significa en primer lugar velar, estar despiertos, permanecer alerta. La imagen más inmediata es la de quien no deja que le sorprenda el sueño cuando el peligro amenaza, o un hecho extraordinario y emocionante está a punto de suceder. Vigilar significa atender con amor a alguien, guardar cuidadosamente algo que vale mucho, defender valores importantes que son delicados y frágiles… Vigilar es la capacidad de volver a encontrar el tiempo necesario para tener cuidado de la calidad no meramente clínica y comercial de la vida, el tiempo para aprender a reconocer el significado de nuestras emociones, impulsos y tensiones, para no removerlas con prisa excesiva anestesiando el posible disgusto que nos traen, lo que esteriliza la profundidad de la experiencia en la que podrían introducirnos. La costumbre del consumo superficial de sentimientos nos vuelve frágiles. Atribuir a la accidental inmediatez de las emociones una función decisiva para nuestra identificación y nuestra conducta («yo ahora me siento así, me comporto así, decido así») nos expone al grave riesgo de conceder a la presión de las circunstancias un poder absoluto sobre nuestro destino. Si no estamos vigilando, serán nuestros reflejos condicionados y no nuestro yo quienes decidan por nosotros… Podemos decir, sin embargo, que todas las formas de vigilancia, que ejemplifican las cualidades esenciales de la misma, son momentos peculiares de la gran vigilancia que es la existencia humana ante el tiempo definitivo que llega: el tiempo de la vida eterna con Dios… si permanezco vigilante y trato de tener despierto los sentidos y el espíritu frente a todo lo que el tiempo mueve cerca de mi casa, podré reconocer en los golpes que suenan en mi puerta la voz del Señor y distinguir el tono amistoso que pide entrar a cada instante”.

Incluso vale la pena profundizar el relato bíblico que el mismo Jesús utiliza como ejemplo, como paradigma del juicio final: el diluvio. En la versión que narra Jesús contrastan la actividad ordinaria, cotidiana de los habitantes de la tierra (comían, bebían y se casaban) con la actitud de Noé, quien obedeciendo a la Palabra de Dios construye el arca. El ejemplo de Noé bien vale para los cristianos de hoy pues en nuestro tiempo la mayoría de las personas seguirá su vida normal, sin enterarse del comienzo del adviento. Sólo un pequeño resto seguirá la invitación del Señor a dedicar más tiempo a la escucha de la Palabra, a llevar una vida más austera, a prepararse para recibir al Señor que viene. Es inevitable sentirse extraño, raro tal vez, en un mundo que sigue su curso habitual o que vive la Navidad desde una perspectiva sólo consumista. Pero al igual que Noé, el justo, los que escuchan la voz del Señor estarán preparados para la Venida del Señor y serán llevados por Él. Y no sólo esto, descubrirán, gracias a la Palabra de Dios, la «realidad» en su sentido más verdadero (cf. Benedicto XVI, Verbum Domini nº 10).

En la misma línea, el texto de San Pablo nos habla explícitamente de la cercanía de la salvación y de la necesidad de estar despiertos. Se trata, en primer lugar, de tener una fe viva y una esperanza activa. Esta actitud se reflejará en nuestra conducta, evitando los excesos que aumentan la oscuridad de nuestra vida y llevando una vida digna, ordenada, sobria, propia de la luz y del día.

Por tanto, la realidad del fin del mundo que nos presentan las lecturas de hoy nos ayudan a descubrir y asumir los límites de nuestro mundo y de nuestra vida; de nuestras actividades y ocupaciones. No se trata de desvalorizar todo lo que hacemos; se trata de no absolutizar lo cotidiano, lo presente. Es lo que pedimos en la oración postcomunión de este domingo: “tu nos enseñas a amar y adherirnos a los bienes eternos, mientras peregrinamos en medio de las realidades transitorias de esta vida”.

 

Despertar esta esperanza trascendente, teologal, es la gran dificultad y por ello el gran desafío al comenzar el adviento. La dificultad está en que el hombre posmoderno vive en lo inmediato y se conforma con ello. Su horizonte muchas veces no va más allá del consumo, y esto se nota cada vez más en la forma de vivir y celebrar la Navidad, sin distinción de clases sociales.

¿Cómo responder a este desafío? Hay que despertar la nostalgia de lo trascendente, de lo eterno que anida en el corazón de hombre. Y en estos tiempos creo que el anhelo de paz es un síntoma claro de esta nostalgia. Puede parecer banal, pero con el cansancio de fin de año se hace más vivo el deseo de las vacaciones, de descansar, de estar tranquilos y en paz. Este deseo de paz podría ser la puerta de entrada para el anuncio de la Paz de Cristo. Una paz con sabor a eternidad, pero que puede ya gustarse en esta vida. Como bien dice R. Cantalamessa[14]: «No es verdad en absoluto que la eternidad aquí abajo sea sólo una promesa y una esperanza. ¡Es también una presencia y una experiencia!».

            En conclusión, creo que podríamos sacar como consigna para esta primera semana del Adviento el estar más atentos a Dios y a su obra en nosotros cuyo objetivo es despertar el deseo del encuentro con el Señor. Esta es justamente la vigilancia cristiana de que nos habla el evangelio: ¡a despertar se ha dicho!

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

La Hora

Señor, dueño de nuestro tiempo

Del reloj intenso, de ritmos acompasados y adormecidos momentos.

¿Nos vencerá el descuido, el devenir de los días,

Las horas que borran las imágenes y los recuerdos…?

Sostenernos en la fe es desafiar la espera cargada de actividad,

De la innecesaria prisa, de la vanidad.

Te rogamos concedernos el auxilio de las pausas

Del silencio y de la Presencia que descansa.

Una soledad acompañada del Libro de la Vida: tu Palabra

Un espacio compartido en la mesa y el pan partido.

Tus planes son elevados y nosotros, en tus manos,

Como niños pequeños, atentos y confiados.

Pensarte, suplicamos, elevar al cielo lo ojos de tanto en tanto

Para dar gloria al Amor que nos hizo, nos sostiene y nos ha salvado. Amén

 

[1] Benedicto XVI, Homilía del 30 de noviembre de 2009.
[2] A. Nocent, El Año Litúrgico. Celebrar a Jesucristo. I. Introducción y Adviento, Santander 1987, 63.
[3] Citado por Pbro. Lic. Alejandro Bóttoli, Charla sobre el ciclo de Navidad (versión digital).
[4] J. Castellano, El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia (CPL; Barcelona 1996) 71
[5] Carta a los Romanos, Verbo Divino, Estella, 2013, págs. 985-986.
[6] L. Rivas, Jesús habla a su pueblo 2. Ciclo A Adviento – Navidad – Cuaresma – Pascua (CEA; Buenos Aires 2001) 17.
[7] U. Luz, El Evangelio según San Mateo III (Sígueme; Salamanca 2003) 577.
[8] A. Nocent, El Año Litúrgico. Celebrar a Jesucristo. I. Introducción y Adviento, Santander 1987, 104.
[9] Benedicto XVI, Ángelus del domingo 28 de noviembre de 2010.
[10] Homilía en las primeras vísperas del primer domingo de Adviento de 2009.
[11] Estoy llamando a la puerta (PPC; Madrid 1993) 78.
[12] U. Luz, El Evangelio según San Mateo III (Sígueme; Salamanca 2003) 588.
[13] Estoy llamando a la puerta (PPC; Madrid 1993) 21-25.
[14] R. Cantalamessa, Jesucristo el Santo de Dios, Madrid 1991, 100.
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