Lectio Divina

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO CICLO «A»

SORPRENDERSE – NO ESCANCALIZARSE – DE LA MISERICORDIA DEL SEÑOR

Primera Lectura (Is 35,1-6.10):

Este texto forma parte de la sección compuesta por los capítulos 34 y 35 de Isaías que recibe el nombre de «pequeño Apocalipsis» dado el tono y el contenido de sus oráculos: promesas para el fin de los tiempos y de regreso del exilio. En cuanto al mensaje «Is 34-35 infunde esperanza en el corazón del creyente, pues presenta la derrota del mal y el triunfo del bien»[1]. Aunque estos capítulos integran la primera parte de la profecía de Isaías (Is 1-39), su mensaje se entiende mejor si lo ubicamos en el período del segundo Isaías (Is 40-55), o sea, en el tiempo del exilio de Israel en Babilonia.

El texto comienza con un anuncio futuro de una situación de gozo y alegría (35,1-2). Ante este futuro promisorio donde se verá la gloria de Dios, la actitud que se pide viene expresada por unos verbos en imperativo que ordenan fortalecer a los débiles, afianzar a los flojos, animar a los desalentados (35,2-4). Justamente el anuncio de que el Señor está próximo, que «Él mismo viene a salvarlos», da la motivación para esta infusión de ánimo y de alegría.

Los efectos y, por tanto, los signos visibles de esta venida del Señor son la vista de los ciegos, la audición de los sordos, el caminar de los tullidos, la alabanza de los mudos. Vale decir que Dios obra Él primero lo que manda ya que quienes padecen una discapacidad son los más necesitados de ayuda y compasión. La venida del Señor hace que todos se pongan en camino, en marcha hacia la gloriosa Sión-Jerusalén. En Is 35,10 se describe este retorno o vuelta de los desterrados en un clima lleno de gozo y alegría.

Segunda Lectura (Sant 5,7-10):

En este fragmento de la carta de Santiago es de resaltar la presentación de una verdadera espiritualidad de la espera. Ante la certeza de la venida del Señor, el autor sugiere las virtudes que deben ejercitar los cristianos «en el mientras tanto»; en el «ya pero todavía no».

En primer lugar, exhorta a tener paciencia (con el verbo makroqume,w que literalmente significa grandeza de alma, magnanimidad, y se repite otra vez en este versículo y en 5,8.11). Luego pone el ejemplo del agricultor, quien después de haber sembrado, sólo le queda esperar con paciencia la lluvia. La paciencia debe ir acompañada de la infusión de ánimo y de la tolerancia hacia los demás, dejando el juicio al Señor que viene. También los profetas que hablaron en nombre del Señor han sido pacientes en medio de las pruebas y son ejemplos de vida y esperanza para los cristianos.

Evangelio (Mt 11,2-11):

La figura de Juan el Bautista vuelve a ser importante en el evangelio de este tercer domingo de Adviento, pues comienza diciendo que Él escucha hablar en la cárcel de las «obras de Cristo» y manda dos discípulos a preguntarle a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?».

Existen varias opiniones sobre el sentido de esta pregunta, pero parece claro que para Juan Bautista el obrar de Jesús no coincide con sus expectativas, con su anuncio de un Mesías de juicio y condenación que hizo predicando en el desierto de Judea antes del bautismo de Jesús (cf. Mt 3, 1-12). Es que el hablar y el obrar de Jesús tal como nos lo ha narrado Mateo hasta aquí no están haciendo presente el juicio de Dios sino su Misericordia. De hecho, en las páginas precedentes al texto de hoy Mateo nos narró los milagros de Jesús, su sentarse a comer con los pecadores y el envío de los Apóstoles para que busquen a las ovejas perdidas. Juan Bautista al oír sobre estas obras se cuestiona sobre la identidad mesiánica de Jesús (¿debemos esperar a otro?).

Jesús, por su parte, responde a la pregunta de los discípulos de Juan diciéndoles que vayan a contarle, otra vez, cuáles son sus obras, lo que oyen y ven. Lo que oyen se referiría al sermón del Monte (Mt 5-7) y lo que ven a los milagros y curaciones (Mt 8-9).

La respuesta de Jesús remite claramente a algunos textos del Antiguo Testamento, en particular del profeta Isaías, uno de los cuales hemos escuchado en la primera lectura de hoy. Aquí aparecen la curación de los ciegos, los paralíticos y los sordos como el efecto-signo de la venida salvadora de Dios a su pueblo. Los otros textos serían Is 29,18-19; 42,7.18 e Is 61,1. Este último describe al profeta como ungido por el Espíritu y enviado a sanar y anunciar la Buena Noticia a los pobres. Además de los textos proféticos, nos informa U. Luz[2] que “el judaísmo abrigó la esperanza de que en el nuevo eón o era mesiánica desaparecieran las enfermedades y el mal en general”. Vale decir que, si todo esto está sucediendo, es un signo claro de que Dios ha llegado, se ha hecho presente en Jesús. Por tanto, Jesús es el Mesías prometido por el profeta Isaías, no es el Mesías de juicio y condenación, sino de compasión y misericordia hacia los débiles y necesitados.

La curación de los ciegos y la resurrección de los muertos no aparecen mencionadas en los textos de Isaías. Con esto Jesús estaría dando a entender que las obras misericordiosas de Jesús van más allá todavía de lo anunciado por los profetas[3].

En síntesis, la intención de Jesús es que Juan Bautista al volver a escuchar hablar de las «obras de Cristo» reconozca ahora en ellas el cumplimiento de lo anunciado por el profeta Isaías. Juan no se ha equivocado en señalar a Jesús como el Cristo (Mt 3,11) y en Él Dios está cumpliendo sus promesas, pero con la novedad que le es propia. Y como esta novedad puede ser motivo de escándalo, Jesús hace una advertencia al final: «¡feliz aquel que no se escandalice de mí!» (Mt 11,6).

El verbo escandalizar (skandalízomai), en voz activa, significa ser ocasión de pecado en el sentido de provocar escándalo (Mt 5,29-30). En voz pasiva, como en nuestro texto, significa caer, ser engañado u obstaculizado, irritarse, contrariarse. En los evangelios es frecuente que las personas se escandalicen de Jesús (evskandali,zomai evn); por ejemplo los de Nazareth cuando les predica a ellos (Mt 13,57); o los fariseos ante la doctrina de Jesús (Mt 15,12). En San Pablo se trata principalmente del «escándalo de la cruz» (1Cor 1,23; Gal 5,11). En este caso escandalizarse de Jesús sería no aceptar la sorprendente novedad del Reino de Dios que hace presente Jesús mostrando que Dios viene a perdonar, a sanar, a liberar, a anunciar la buena noticia a los pobres.

Cuando se retiran los discípulos Juan, Jesús habla ahora a la gente y rescata la persona y misión del Bautista más allá de su confusión o desilusión (11,7-11). Juan Bautista fue un profeta y el mayor de ellos, en él se cumplió la profecía de Malaquías acerca de la venida de Elías como precursor del Mesías. Pero aún con toda su grandeza, Juan Bautista pertenece todavía al Antiguo Testamento, anunció la llegada del Reino, pero no pudo entrar en él, verlo presente y operante en el obrar de Jesús. Por ello el más pequeño en el Reino es más grande que él. Su misión de precursor fue necesaria para recordar las promesas de Dios, pero el cumplimiento de las mismas superó ampliamente las expectativas. Algo nuevo está sucediendo y el no comprenderlo puede generar escándalo.

ALGUNAS REFLEXIONES

Es tradición que este domingo de adviento se caracterice por el tema de la alegría (gaudete). Alegría que brota de la cierta esperanza en la venida del Señor. El Señor está cerca, la Navidad está cerca, la salvación está cerca. Y esta esperanza en su Venida engendra alegría, gozo en el corazón. Alegría que hace a la esencia del evangelio, tal como nos lo recuerda el Papa Francisco: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (Evangelio Gaudium nº 1)

El tema de la alegría y del gozo está presente sobre todo en la primera lectura. La próxima venida de Dios transformará la desgraciada situación del pueblo exiliado en cantos de gozo por el regreso a Jerusalén. Es la cercana intervención de Dios en la historia la causa de la alegría porque «Dios se pone de parte del pobre y se compromete a hacerle justicia (el desquite) puesto que reconoce el valor de los sufrimientos padecidos y distingue entre el mal y el bien (la recompensa), llevando al hombre a la plenitud que ansía: el reconocimiento de su dignidad, la paz interior, la comunión con Dios (la salvación). La venida de Dios capacita de nuevo al hombre para la acción (las manos débiles), vuelve a poner en marcha a los inseguros (las rodillas vacilantes) e imprime una nueva personalidad (el corazón) capaz de decidirse con valentía. Un signo particular de la salvación será la curación de los necesitados. Cualquier categoría desafortunada ya no lo será cuando reconozca a Dios presente»[4].

Esta alegría que genera la cercanía de Dios y, por tanto, cercanía de la salvación, puede convivir con una situación presente desfavorable, de injusticia y de carencia. Y esto puede generar ansiedad o desaliento porque todavía no tiene lugar la salvación definitiva, plena. Es necesario en este «mientras tanto» cultivar la virtud de la paciencia o grandeza de alma, tal como recomienda la carta de Santiago en la segunda lectura de hoy. Hay que saber esperar sin desanimarse uno ni quejarse de los demás. Al contrario, hay que fortalecer y animar a los demás a seguir confiando, a seguir esperando. Esto es lo que han hecho los profetas que hablaron en nombre de Dios y que son presentados como modelos de esta paciencia o magnanimidad.

El evangelio nos trae también un motivo de alegría por cuanto deja en claro que Jesús ha venido a traer, en primer lugar, no el juicio de Dios (que sigue vigente pero pasa al fin de los tiempos) sino la misericordia y el perdón. Y esto es, según lo desarrolla San Pablo en la carta a los Romanos, el Evangelio mismo, la Buena Noticia que trae Jesús, que es Jesús. Dios ha revelado no su cólera contra el pecador sino su justicia. Pero decir que se ha manifestado la justicia de Dios (Rom 1) es lo mismo que decir: se ha manifestado la bondad de Dios, su amor, su misericordia.

Al respecto decía el Papa Francisco en el ángelus del 11 de diciembre de 2016: “Dios ha entrado en la historia para liberarnos de la esclavitud del pecado; ha puesto su tienda en medio de nosotros para compartir nuestra existencia, curar nuestras llagas, vendar nuestras heridas y donarnos la vida nueva. La alegría es el fruto de esta intervención de salvación y de amor de Dios. Hoy estamos invitados a alegrarnos por la llegada inminente de nuestro Redentor; y estamos llamados a compartir esta alegría con los demás, dando conforto y esperanza a los pobres, a los enfermos, a las personas solas e infelices. Que la Virgen María, la «sierva del Señor», nos ayude a escuchar la voz de Dios en la oración y a servirle con compasión en los hermanos, para llegar preparados a la cita con la Navidad, preparando nuestro corazón para acoger a Jesús”.

¿Y la conversión que nos pedía Juan el Bautista el domingo pasado para acceder al Reino dónde queda? La conversión sigue siendo necesaria, pero ha adquirido un sentido nuevo. Nos lo explica el P. Cantalamesa[5]: «Conversión y salvación se han cambiado de sitio. Ya no es: pecado-conversión-salvación (convertíos y estaréis salvados; convertíos y la salvación vendrá a vosotros); sino más bien: pecado-salvación-conversión (convertíos porque estáis salvados; porque la salvación ha venido a vosotros). Primero está la obra de Dios y después la respuesta del hombre, no viceversa».

La conversión en adviento implica purificar o rectificar el objeto de nuestra esperanza. El mismo Juan el Bautista tuvo que aceptar esta purificación pues esperaba y anunciaba un Mesías con otro estilo. H. U. von Balthasar[6] lo expresa bellamente: «El había esperado un hombre poderoso, que bautiza con Espíritu y fuego. Y en el evangelio aparece ahora un hombre dulce que «no apaga el pabilo vacilante»».

Por tanto, la confusión de Juan el Bautista surgió, en el fondo, porque sus expectativas no coincidían con la manifestación de Dios en Jesús, no entraba en sus esquemas previos. Entonces es necesaria aquí la conversión en el sentido etimológico de metánoia, cambio de mentalidad para entender la lógica de Dios que es la del amor, que salva, cura y perdona primero; que se dona y se entrega totalmente; esperando luego nuestra respuesta sincera. Entonces la conversión consiste ante todo en la aceptación del amor de Dios, de su voluntad de salvarnos; renunciando a la ilusa pretensión de querer salvarnos a nosotros mismos.

Lo contrario de esta verdad sería escandalizarse de Jesús, lo que sucede cuando queremos encerrar a Dios y su obrar en nuestros esquemas mentales, lo cual es una forma muy sutil de idolatría como lo explica muy bien R. Cantalamessa[7]: «Existe una forma de idolatría religiosa que no consiste en hacer un dios con representaciones o imágenes externas, como el becerro de oro, sino en hacerlo con imágenes internas, mentales e invisibles, y en cambiar esta imagen, que es la propia idea de Dios, por el Dios vivo y verdadero, y contentarse con ella. En esta forma la idolatría no ha ido disminuyendo a lo largo de los siglos, sino que, por el contrario, ha crecido, hasta alcanzar el colmo allí donde a la fe en Dios la ha reemplazado la ideología de Dios, es decir, un «pensamiento apartado de la realidad y que se desarrolla abstractamente sobre sus propios datos». La ideo-logia es la forma moderna de la ideo-latría. ¿Cuál es la diferencia entre Dios y la idea de Dios? Es que la idea no tiene existencia propia. ¡La idea no existe, Dios sí existe! ¡Una diferencia infinita!».

Por eso la opción es entre sorprenderse o escandalizarse. Escandalizarse sería aquí encerrarse en la propia mentalidad, en la propia idea de Dios, en una moral del sólo mérito, sin aceptar que «la salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia. No hay acciones humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un don tan grande. Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí. Él envía su Espíritu a nuestros corazones para hacernos sus hijos, para transformarnos y para volvernos capaces de responder con nuestra vida a ese amor» (EG nº 112).

Justamente por esto Jesús declara feliz al que no se escandaliza de él, porque está abierto a Dios, lo deja ser el que «primerea», el que nos sorprende una y otra vez con su ternura, con su delicado amor buscando incansablemente nuestro bien; no teniendo en cuenta el mal, llamando a todos a la conversión por amor. Se trata de sorprenderse, aceptar y vivir en la pastoral esta pedagogía de Dios. Como bien dice el Papa Francisco: «Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre «nueva».» (EG nº 11).

Como conclusión y propósito para esta tercera semana de adviento podemos apropiarnos del consejo del Papa Francisco a los participantes en la 36 Congregación General de la Compañía de Jesús el 24 de octubre de 2016: “Pedir insistentemente la consolación. Siempre se puede dar un paso adelante en el pedir insistentemente la consolación. En las dos Exhortaciones Apostólicas [Evangelii gaudium y Amoris laetitia] y en la Encíclica Laudato si’ he querido insistir en la alegría. Ignacio, en los Ejercicios nos hace contemplar a sus amigos «el oficio de consolar», como propio de Cristo Resucitado (EE 224) […] Este «servicio de la alegría y de la consolación espiritual» arraiga en la oración. Consiste en animarnos y animar a todos a «pedir insistentemente la consolación a Dios». Ignacio lo formula de modo negativo en la 6ª regla de primera semana, cuando dice que «mucho aprovecha el intenso mudarse contra la misma desolación» instando en la oración (EE 319). Aprovecha porque en la desolación somos muy «para poco» (EE 324). Practicar y enseñar esta oración de pedir y suplicar la consolación, es el principal servicio a la alegría. Si alguno no se cree digno (cosa muy común en la práctica), al menos insista en pedir esta consolación por amor al mensaje, ya que la alegría es constitutiva del mensaje evangélico, y pídala también por amor a los demás, a su familia y al mundo. Una buena noticia no se puede dar con cara triste. La alegría no es un plus decorativo, es índice claro de la gracia: indica que el amor está activo, operante, presente. Por eso el buscarla no debe confundirse con buscar “un efecto especial”, que nuestra época sabe producir para consumo, sino que se la busca en su índice existencial que es la “durabilidad”: Ignacio abre los ojos y se despierta al discernimiento de los espíritus al descubrir esta distinta valencia entre alegrías duraderas y alegrías pasajeras (Autobiog 8). El tiempo será lo que le da la clave para reconocer la acción del Espíritu”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Señor de los pequeños

La misión de nuestra vida, el porqué de la existencia

Hacernos otro Jesús, otro pobre entre los pobres

Otro pequeño entre los pequeños.

¿Cómo será eso Señor, dinos tus pensamientos?

Camino queremos ser, unidos como sarmientos

A la vid verdadera, al Sendero Eterno.

¿Profetas como Juan, anunciadores del Reino?

Voces queremos ser, Palabra de todos los tiempos

Pan bajado del cielo, Alimento imperecedero.

¿Prisioneros de este mundo, estrellas queremos ser?

Guías de tantos perdidos, luces en la oscuridad

Del Dios hecho hombre, del vencedor del mal.

Venga tu Espíritu a rememorar, aquel momento gozoso

Cuando el Señor se hizo Salud, y limpió nuestro rostro

Dejando estampado el suyo, en todos nosotros.

¡Esperanza! ¡Padre Nuestro! ¡Hijo Bendito que llegas!

¡Se acerca la Hora señalada, para renovar toda la tierra!

Llena de Alegría el alma y danos la Paz verdadera. Amén

[1] F. Ramis, Isaías (PPC; Madrid 2004) 91.

[2] El Evangelio según san Mateo Vol. II (Mt 8-17) (Sígueme, Salamanca 2001) 232.

[3] Cf. A. Levoratti, Evangelio según San Mateo (Guadalupe; Buenos Aires 1999) 196. Davies-Allison, The Gospel according to Saint Matthew, 243, piensan, en cambio, que la resurrección de los muertos sería una probable alusión a Is 26, 19: «Revivirán los muertos, tus cadáveres resurgirán».

[4] G. Zevini- G. Cabra, Lectio divina para cada día del año 1 (Verbo Divino; Estella 2001) 159.

[5] R. Cantalamessa, La vida en Cristo (PPC; Madrid 1998) 64.

[6] La luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 16.

[7] La subida al monte Sinaí (Lumen; Buenos Aires 1995) 119-120.

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