Lectio Divina

SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

Primera Lectura (Eclo 24,1-2.8-12):

            La primera parte del capítulo 24 del libro del Eclesiástico se compone de una breve introducción (vv. 1-2) a la que sigue un discurso donde la Sabiduría toma la palabra (v. 3-22).

            La introducción sirve a modo de presentación de la Sabiduría que hablará de sí misma. En la primera parte de su discurso, que leemos hoy, la sabiduría se presenta como Palabra de Dios («salí de la boca del Altísimo») que existe antes de la creación y que habitaba en los cielos, en las alturas. Desde allí buscaba donde poner su morada en la tierra y entonces recibe la orden de Dios de morar en Jacob, más concretamente en Jerusalén, para poder habitar en medio del pueblo de Israel.

            «Al insistir durante todo el discurso en la tienda y en el templo, el Sirácida intenta probablemente subrayar que la Sabiduría, que ha venido a morar en Jacob, no es sino la Presencia de Dios en medio de su pueblo. Presencia manifestada en la historia de la salvación. Presencia actualizada en el santuario pero ampliada a todo el pueblo. Presencia finalmente que se nos ofrece a cada uno de nosotros como un alimento que hay que saborear y hacer nuestro cada día en la docilidad. En eso consiste el culto auténtico»[1].

Segunda Lectura (Ef 1,3-6.15-18):

Esta bendición o “eulogía” con que se abre la carta no es algo común en el epistolario paulino. Además, no es común que un texto forme una unidad sintáctica tan larga y cargada de sentido. En ella se encuentran notables repeticiones como la elección divina (vv. 4.5.11); la voluntad o beneplácito de Dios (vv. 5.9.11) y la alabanza de su gloria (vv. 6.12.14) que son importantes para descubrir el mensaje teológico fundamental del himno. Más allá de esto hay que reconocerlo como un texto solemne y destinado a exaltar la maravillosa obra de Dios, actuada en Cristo por nosotros.

            La primera parte del himno (1,4-10) expone el plan o designio divino sobre los seres humanos. El plan divino es el tema central y el argumento básico que da la impresión de situarnos en la perspectiva de Dios sobre la historia humana. Desde esta óptica, el acento está puesto en la gratuidad de la obra de Dios a favor de los hombres. El objetivo o finalidad del plan de Dios se focaliza en hacer que los hombres sean hijos de Dios por medio de Jesucristo. Para ello es necesaria la redención, la remisión de los pecados para que los hombres vuelvan al plan original de Dios[2].

            En los versículos finales (Ef 1,15-18), que nos ofrece la liturgia de este domingo, vemos cómo San Pablo aplica, «baja», lo descrito en el himno a los miembros concretos de la comunidad de Éfeso. Así, Pablo da gracias por la fe y el amor de los efesios y pide para ellos sabiduría, revelación e iluminación para poder valorar la llamada que han recibido a la vida cristiana.

Evangelio (Jn 1,1-18):

            El prólogo del evangelio de Juan está centrado en el Verbo o Palabra (logos en griego) que está junto a Dios, que es Dios y que vino a los hombres. Nos describe el origen y la misión del Logos. Ahora bien, ¿cuál es el sentido del término logos (palabra-verbo) en Juan? De entre los muchos sentidos de este término el Card. Martini[3] enumera y explica cinco:

  1. Logos, razón última de las cosas: es la Palabra que nos revela el sentido de las cosas, pero sobre todo de nuestra vida.
  2. Logos, palabra creadora: es la Palabra que nos revela la dependencia total con Dios. Es claro que Juan busca vincular su prólogo con Gn 1,1 ya que comienzan exactamente igual en griego: “VEn avrch/|”. En el principio Dios creó. Y creó todo por su Palabra. En el comienzo absoluto del mundo y del tiempo está la Palabra de Dios. Por eso justamente esta Palabra puede revelarnos nuestra identidad más profunda y nuestra vocación. Nuestra creación fue hecha a imagen de Adán, nuestra recreación a imagen de Cristo, el Verbo o Palabra de Dios.
  3. Logos, sabiduría ordenadora. El trasfondo sapiencial del prólogo es ampliamente reconocido por los estudiosos. En particular textos como Prov 8,31 o Eclo 24,9.14 se consideran como preparación para el prólogo.
  4. Logos, phos y zoé: La Palabra como Luz y como Vida. “Después de haber mencionado globalmente toda la obra delLogos en la creación “desde el principio”, el himno se detiene en la primera obra: la luz. En el Antiguo Testamento la luz es figura de la vida, lo contrario de la oscuridad o tiniebla, que es imagen de la muerte. La vida y la luz pertenecen sólo a Dios, porque la Vida divina es la vida eterna, que no se encuentra en los seres creados, y la Luz es la misma revelación de Dios como Vida. Dios se revela a los hombres haciéndolos participar de su vida. Pero tanto la Vida como la Luz se encuentran en la Palabra, que las comunica a los hombres.”[4]
  5. EsteLogoses Jesucristo entre nosotros, el Verbo hecho carne, que nos habla del Padre.

La finalidad de la obra de la Palabra, su misión, es hacernos Hijos de Dios. A los que creen en su nombre, o sea a los que reciben la Palabra, no les da inmediatamente el nombre de hijos de Dios sino el poder de “llegar a ser” hijos de Dios. Con esto se indica que la adquisición de la filiación divina es un “proceso” que comienza con el acto de Fe, pero que permanece siendo un don del Padre. Justamente en 1,13 insiste en que no es el resultado de un proceso natural: “no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre”. Más adelante en Jn 3,3-6 se nos presentará este nuevo nacimiento, “de lo alto” como obra del Espíritu. En estos versículos es de resaltar que todos los verbos de nacimiento están en pasivo: se trata de ser engendrados (por Dios), son pasivos teológicos.

En Jn 1,14 se escogió la palabra sarx (sa.rx), carne, para resaltar que el Logos asumió lo más débil de la condición humana: la carne corruptible (Sab 7,1; Is 40,6-8). El término griego que se utiliza para describir la acción de la Palabra es evskh,nwsen (del verbo skenóō), que puede traducirse como «habitar en carpas» o «plantar una carpa» (cf. Gn 13,12 LXX; Ap 21,3). Los exegetas ven como trasfondo la carpa del encuentro donde Dios fue a habitar, tal como se narra la final del Éxodo (40, 34-35). En hebreo se usa el verbo sakan de donde se deriva miskan que significa habitación o morada, término con el cual la tradición sacerdotal denomina a la carpa de Yavé (cf. Ex 26,1). También de aquí se deriva el término sekinah que la tradición rabínica utiliza mucho para designar la manifestación de la presencia de Yavé. La imagen de la instalación de la carpa, de acampar, también la utiliza el AT para referirse a la presencia de la Sabiduría en medio de Israel (cf. Eclo 24,4.8.10). Por tanto, la carne/humanidad de Jesucristo es la carpa donde Dios se revela a la humanidad, es el lugar del encuentro entre Dios y la humanidad.

Algunas reflexiones:

            El contexto litúrgico es clave en la interpretación de las lecturas, como siempre señala A. Nocent[5]: «El 2º domingo después de Navidad sigue contemplando el misterio. Vuelve a tomarse el evangelio del día de Navidad. Se subrayan dos aspectos del relato de la venida del Verbo entre nosotros: El de la Sabiduría que ha establecido su morada entre los suyos (1ª lectura), y el de nuestra predestinación a ser hijos por medio de Jesús (2ª lectura). Son dos aspectos importantes».

            Al respecto, decía el Papa Francisco en el ángelus del 5 de enero de 2014: “La liturgia de este domingo nos vuelve a proponer, en el Prólogo del Evangelio de san Juan, el significado más profundo del Nacimiento de Jesús. Él es la Palabra de Dios que se hizo hombre y puso su «tienda», su morada entre los hombres. Escribe el evangelista: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). En estas palabras, que no dejan de asombrarnos, está todo el cristianismo. Dios se hizo mortal, frágil como nosotros, compartió nuestra condición humana, excepto en el pecado, pero cargó sobre sí mismo los nuestros, como si fuesen propios. Entró en nuestra historia, llegó a ser plenamente Dios-con-nosotros. El nacimiento de Jesús, entonces, nos muestra que Dios quiso unirse a cada hombre y a cada mujer, a cada uno de nosotros, para comunicarnos su vida y su alegría.
Así Dios es Dios con nosotros, Dios que nos ama, Dios que camina con nosotros. Éste es el mensaje de Navidad: el Verbo se hizo carne. De este modo la Navidad nos revela el amor inmenso de Dios por la humanidad. De aquí se deriva también el entusiasmo, nuestra esperanza de cristianos, que en nuestra pobreza sabemos que somos amados, visitados y acompañados por Dios; y miramos al mundo y a la historia como el lugar donde caminar juntos con Él y entre nosotros, hacia los cielos nuevos y la tierra nueva. Con el nacimiento de Jesús nació una promesa nueva, nació un mundo nuevo, pero también un mundo que puede ser siempre renovado. Dios siempre está presente para suscitar hombres nuevos, para purificar el mundo del pecado que lo envejece, del pecado que lo corrompe. En lo que la historia humana y la historia personal de cada uno de nosotros pueda estar marcada por dificultades y debilidades, la fe en la Encarnación nos dice que Dios es solidario con el hombre y con su historia. Esta proximidad de Dios al hombre, a cada hombre, a cada uno de nosotros, es un don que no se acaba jamás. ¡Él está con nosotros! ¡Él es Dios con nosotros! Y esta cercanía no termina jamás. He aquí el gozoso anuncio de la Navidad: la luz divina, que inundó el corazón de la Virgen María y de san José, y guio los pasos de los pastores y de los magos, brilla también hoy para nosotros.”

Por tanto, el tiempo de Navidad es una invitación a celebrar la Presencia de Jesús entre nosotros. Esto es lo fundamental, Él está con nosotros (Enmanuel). Se trata de tomar conciencia de la Presencia de este misterio de Dios con nosotros en el hoy de nuestro tiempo y de nuestra vida. Necesitamos una fe viva como para con-formarnos con su Presencia. Es lo que podemos esperar; que esté con nosotros en nuestras luchas, en nuestras dificultades, en nuestras enfermedades, en nuestros desalientos y cansancios. No estamos nunca solos del todo. El está con nosotros y sabe hacerse presente si lo buscamos con fe en la oración y en los sacramentos.

Esta PALABRA Personal del Padre, nos dice el prólogo de Juan, es la VIDA y la LUZ de los hombres. Y esta PALABRA es AMOR.  Así, el AMOR es la LUZ de la VIDA.  Porque sólo el amor de Dios da razón, sentido (otros posibles significados del término logos) a la vida y de este modo la ilumina.

El tiempo de Navidad nos debe ayudar a responder a esta maravillosa revelación de Dios que nos hace el prologo de Juan, a hacer vida en nosotros por la fe este principio y fundamento; a recibir al Verbo de Dios en nosotros. Como bien dice el Card. Martini: “Juan cuando dice: ‘el Verbo habitó entre nosotros’, dice ya lo que después encontramos en su evangelio. ¿Qué falta? Falta que a este Verbo, que habita entre nosotros, se le de el lugar que le corresponde. Por eso todo el evangelio es una disciplina espiritual que nos invita a reconocer las implicaciones que resultan de la presencia del Verbo entre nosotros: ¿qué quiere decir ‘hacerlo lugar al Verbo entre nosotros’?”[6] .

            Dios nos ha hablado, más aún, se ha hecho hombre para entrar en diálogo y en comunión con nosotros. Nuestra respuesta a esta revelación PERSONAL de Dios es la FE. Sobre esto, de modo breve y conciso, dice R. Latourelle: «La revelación inaugura entre Dios y los hombres un diálogo que atraviesa los siglos. Por la palabra es como se inaugura la visión: del escuchar al creer, y luego al ver».

El Papa Francisco, en su homilía de nochebuena de 2014 nos ha dejado indicaciones concretas sobre lo que implica hacerle lugar al Verbo en nosotros, recibir al Niño Jesús:

“El mensaje que todos esperaban, que buscaban en lo más profundo de su alma, no era otro que la ternura de Dios: Dios que nos mira con ojos llenos de afecto, que acepta nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez.

Esta noche santa, en la que contemplamos al Niño Jesús apenas nacido y acostado en un pesebre, nos invita a reflexionar. ¿Cómo acogemos la ternura de Dios? ¿Me dejo alcanzar por él, me dejo abrazar por él, o le impido que se acerque? «Pero si yo busco al Señor» –podríamos responder–. Sin embargo, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?

Y más aún: ¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio? ¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! Paciencia de Dios, cercanía de Dios, ternura de Dios.

La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: «Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto»”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

La Palabra

Señor, Palabra Viva

Salud de quienes se detienen a ver y a oír

Templa nuestras pasiones, llega con tu filo al fondo de nuestras heridas

Enséñanos a esperar sin acelerar los tiempos

Infunde en nosotros la verdadera libertad

Haznos dóciles para aceptar tus designios

Encarna en nosotros la Voluntad del Padre.

Señor, Palabra Viva

Eterno Verbo del Padre al servicio de toda la creación

Fortalécenos en la perseverancia de las virtudes

Otórganos la capacidad de reconocer la luz verdadera

Se nuestro auxilio en toda oscuridad

Concédenos interpretar las contrariedades como las manos del Alfarero

Eleva nuestra alma para implorar tu Espíritu Santo cada día.

Señor, Palabra Viva

Ayúdanos a reconocer nuestra debilidad

Pero sobre todo a postrarnos ante ti

Para aprender a Amar, aún la propia miseria

Haz de nuestra voz una alabanza constante a tu gloria

Un canto armonioso en medio tanto ruido

Para el Padre, por el Hijo en su Santo Espíritu. Amén

[1] M. Gilbert – J. N- Aletti, La sabiduría y Jesucristo (CB 32; Verbo Divino; Estella 1990) 32.

[2] Cf. F. Pastor, Corpus Paulino II (DDB; Bilbao 2005) 25-27.

[3] El Evangelio de San Juan. Ejercicios espirituales sobre San Juan (Ed. Paulinas; Bogotá 1986) 20-21.

[4] L. H. Rivas, El evangelio de Juan (San Benito; Bs.As. 2006) 127.

[5] Celebrar a Jesucristo II. Navidad y Epifania (Sal Terrae; Santander 1981) 69.

[6] El Evangelio de San Juan. Ejercicios espirituales sobre San Juan, 21.

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