Lectio Divina

DOMINGO XIX DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera lectura (1Re 19,1-8)

Leyendo estos versículos en relación con el capítulo anterior nos encontramos realmente con ‘un episodio sorprendente’. El victorioso y valiente profeta huye lleno de temor ante la amenaza de Jezabel como un perdedor y cobarde. Por eso debemos preguntarnos: ¿qué es lo que este texto de 1Re 19 busca comunicar? o ¿cuál es el propósito de esta narración? La respuesta la encontramos en lo que sigue, teniendo en cuenta que la narración está estructurada en dos escenas: vv. 4-8 y vv. 9-18.

            El v. 4 nos presenta el estado de ánimo de Elías: “Basta ya, Señor, toma mi vida…”. Claramente ha tocado fondo. Esta crisis del profeta tiene varios paralelos en la tradición bíblica como Nm 11,14-15; Tb 3,6; Jon 4,3.8; Job 7,15; 2Cor 1,8-9 y especialmente Jer 15,10-11. El objetivo de esta crisis podría ser el purificar a Elías de cierto sesgo de vanidad o de excesiva confianza en sí mismo como consecuencia de una victoria tan rutilante como la descripta en el capítulo anterior. Esta crisis provoca en el profeta una fuerte toma de conciencia de su fragilidad humana, tal como lo expresa en su exclamación: “no soy mejor que mis padres”[1].

En esta situación de abatimiento le llega la consolación divina por medio de un ángel (vv. 5-6). Junto a la restauración de las fuerzas físicas, Elías recibe una iluminación, recupera el sentido del caminar y se dirige hacia el lugar de la segunda escena: “el monte de Dios, el Horeb” (vv. 7-8). Este ir al encuentro de Dios supone para Elías salir de su mayor abatimiento y redescubrir el sentido profundo de su estar ante el Señor, fuente de su identidad como profeta.

Evangelio (Jn 6,41-51):

            El evangelio del domingo pasado terminó con una fuerte afirmación de Jesús: “Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed” (Jn 6,35). Siguen unos versículos (Jn 6,36-40), que no se leen hoy, y dónde Jesús declara que la voluntad del Padre es que todos vayan a Él por la fe para tener vida, para que Él los resucite en el último día.

            El texto de hoy comienza con la reacción de los judíos ante estas afirmaciones de Jesús, que es la murmuración. Esta actitud la encontramos con frecuencia en los relatos del camino de Israel por el desierto hacia la tierra prometida. Allí repetidas veces el pueblo murmura contra Dios y contra Moisés (cf. Ex 15,24; 16,2.7; 17,3; Nm 14,2.27.29.36…).

Por tanto, Jesús les pide fe, creer, ir hacia Él y confiar en Él, aceptarlo. Los judíos se resisten a ello, murmuran, se escandalizan porque viendo su humanidad y conociendo su origen natural, sus padres, no aceptan que pueda decir que “ha bajado del cielo”.

            A continuación, y como muy bien escribe L. Rivas[2], “Jesús les responde que la dificultad que ellos experimentan para “venir a Él”, que es lo mismo que “creer en Él“, se resuelve si se comprende que la fe requiere una acción previa de Dios. Para poder “venir” es necesario “ser atraído” (v. 44; ver v. 65), como se muestra por el texto profético (v.45)”.

            A partir del texto de Isaías 54,13 Jesús deduce la necesidad de escuchar y aprender del Padre. Ahora bien, como se precisa a continuación, el ver al Padre es una exclusividad de Jesús, quien lo ha visto porque ha venido de Dios. Esta afirmación ya había aparecido en el prólogo del evangelio presentando a Jesús, por su condición de Hijo, como el auténtico “revelador” del Padre: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1,18).

            Luego Jesús vuelve a repetir lo que se obtiene por la fe: la vida eterna. Resaltamos que el verbo creer está en participio presente (el que está creyendo) y el verbo tener en presente (tiene). Por tanto la fe nos hace partícipes, ya desde ahora, de la vida eterna.

            En los versículos 48-50 Jesús insiste en la diferencia esencial entre el maná que comieron los padres en el desierto y su persona como Pan de Vida. El maná, aún siendo un alimento que bajó del cielo, esto es de Dios, no evitó que los israelitas murieran. En cambio Jesús se presenta, se ofrece, como el Pan bajado del cielo que da vida eterna, que hace que quien se alimente de Él no muera.

            En el versículo final de esta perícopa (v. 51) se repite la afirmación del comienzo (v. 41): “Yo soy el pan vivo bajado del cielo”, con el añadido de “vivo”. De este modo los símbolos del pan y la vida aparecen más íntimamente unidos. Porque es Pan vivo, viviente, puede dar Vida. La segunda parte del versículo refuerza esta idea e introduce un nuevo elemento: “el que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. Lo nuevo es que Jesús identifica el pan que dará con su propia carne para (hyper) la vida del mundo. La preposición hyper en Juan tiene el sentido, no sólo de para o por, sino de en favor de, o en lugar de, como en el caso del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (Jn 10,11.15) o cuando el sumo sacerdote Caifás profetizó, sin quererlo, que Jesús iba a morir por toda la nación (Jn 11,50-52); o cuando Pedro quiere dar su vida por Jesús (13,37.38); o cuando Jesús dijo que no hay mayor amor que dar la vida por los amigos (15,13). Vale decir que, si unimos este sentido de donación por o en favor de que tiene hyper con la expresión carne (que indica la condición terrenal y mortal de Jesús), tenemos una clara alusión a la entrega sacrificial de Cristo por la redención del mundo. Así, en lo que sigue del discurso – y que veremos el próximo domingo – la carne reemplaza al pan y de este modo se acentúa la dimensión sacrificial y eucarística de la entrega de Jesús.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            Uno de los temas claves de este domingo es la FE, que en el evangelio de San Juan – y en su capítulo 6 – tiene rasgos y acentuaciones propias que conviene precisar.

            En 6,29 Jesús les respondió a los judíos diciéndoles que “la obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado”. La Fe es presentada entonces como “obra de Dios”; pero al mismo tiempo como “obra del hombre” que quiere sintonizar con el “obrar de Dios”. Estos dos aspectos esenciales aparecen más adelante en Jn 6, en particular en el texto de hoy. Así, ya en Jn 6,35 la Fe del hombre se identifica con un “ir a Cristo” quien invita a todos a “venir a mí“. Ahora bien, esta “ida a Cristo” fue precedida por la “venida de Dios en su Hijo” como Pan de Vida que ha bajado del cielo. Por tanto, hay una venida o acercamiento de Dios a los hombres en Cristo (la Fe como don) que implica una invitación de los hombres a “ir a Jesús” (Fe como respuesta, como tarea).

Por otra parte en Jn 6,44 se afirma que para poder “ir a Jesús” es necesario ser “atraído por el Padre“. No hay dudas de que en San Juan se acentúa especialmente la acción de Dios en el proceso de la fe. Pero esta acentuación no niega la responsabilidad del hombre, que no puede excusarse de su incredulidad diciendo que no ha recibido el don de la Fe. Justamente en Jn 6,45 (“todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí“) se especifica que la “atracción o tracción” que ejerce el Padre no es física, sino moral; es decir, lo hace a través de la enseñanza, de las Palabras y los Signos de Jesús[3]. La escucha es un acto libre del hombre que se ubica ante Dios en condición de discípulo (utiliza el verbo manzanō, aprender, de donde deriva mazētēs, discípulo). Es decir, la escucha, la actitud discipular, es la condición previa para ser atraídos por el Padre, para ir a Jesús creyendo.

Agreguemos a esto que en el evangelio de San Juan la libertad del hombre se manifiesta ante todo en la capacidad de rechazar a Dios, de resistir a su atracción. Por ello, la incredulidad o falta de fe es culpable (cf. Jn 3,18-21; 5,40; 8,44; 12,43).

En último término, en el evangelio de Juan la opción fundamental del hombre ante Dios es una libre elección entre permanecer centrado en sí mismo, en sus propios intereses, en la búsqueda de la gloria personal, en fin, en las tinieblas; o abrirse a Dios, a su amor manifestado en Cristo, al don de la vida nueva y eterna, en fin, a la luz. Esta segunda actitud es la que permite ser atraído por el Padre y hace que la fe como don se complemente con la fe como opción de vida.

El evangelio según San Juan, según vimos, distingue entre claramente los dos órdenes, el natural y el sobrenatural; pero es importante no separarlos ni confundirlos, sino mostrar su íntima vinculación, como hace E. Leclerc[4] comentando el evangelio de hoy: “En todo hombre existe una revelación primera. Creado a imagen de Dios, destinado a la vida divina, todo hombre puede escuchar en los latidos de su corazón, en el vacío de su deseo de vida, una llamada profunda a vivir en plenitud. Por este deseo lo atrae el Padre, por este gusto de vivir una vida que nada aminora, ni la herrumbre del tiempo ni los claroscuros de los días. Nadie puede venir a Jesús si no es trabajado desde el interior por esta pasión de vivir plenamente, en la comunión con la fuente misma de la vida […] El punto de encuentro de lo sobrenatural y lo carnal, del soplo del Espíritu y del impulso de la vida es el deseo del hombre, su profundo deseo de vida. No hay nada más terrenal ni carnal que este ansia de vivir; pero, a la vez, no hay nada más sobrenatural que esta capacidad de abrirse a un inspiración de lo alto, a la vida propiamente divina”.

            En este sentido podemos decir que el Padre nos atrae porque somos “atraíbles”; es decir, sentimos en nuestro corazón este deseo de Vida Plena, de vida eterna, de comunión de amor en y con Dios. Y por esto nos sentimos atraídos por Dios para ir a Él, de modo que lo natural en nosotros está ordenado a lo sobrenatural que nos ofrece Jesús.

Al respecto dice J. M. Casabó[5] al final de un pormenorizado análisis del tema de la fe en San Juan: “La fe en Jn tiene grados; es un proceso de descubrimiento gradual. Pero en su plenitud es fundamentalmente un enderezarse de toda la persona a Jesús, reconociendo lo que Él es, y recibirlo en una comunión personal. Más que una afirmación de proposiciones enunciables es un encuentro existencial”.

Es casi un reclamo citar aquí la conocida frase de Deus Caritas est nº 1: “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”

Llegados a este punto es importante recuperar una mirada contemplativa de todo el proceso de Fe donde es marcado el protagonismo de Dios. En efecto, el Padre nos da a su Hijo como Pan de Vida. El Padre también nos atrae hacia Jesús. Jesús se nos ofrece a sí mismo, su carne para la vida del mundo; y nos invita a ir hacia Él para tener vida eterna, para vencer la muerte. En síntesis, la Persona de Jesús es Don del Padre para nosotros, para que vivamos. Y la Fe, o sea el recibirlo, el ir al encuentro de Jesús-Pan es posible por la atracción interior del Padre a la que NO hay que resistir, sino libremente acompañar.

¡Cómo no llenarse de estupor, de admiración, ante tanta “preocupación” de Dios Padre y de Jesús por el hombre, por todos y cada uno de nosotros! ¡Nadie parece estar más interesado en que creamos y vivamos que Dios mismo!

Lo importante es que la fe sea auténtica, tal como la describe el Papa Francisco: «una fe que no nos pone en crisis es una fe en crisis; una fe que no nos hace crecer es una fe que debe crecer; una fe que no nos interroga es una fe sobre la cual debemos preguntarnos; una fe que no nos anima es una fe que debe ser animada; una fe que no nos conmueve es una fe que debe ser sacudida» (Audiencia en ocasión de felicitaciones navideñas a la Curia romana, 21 de diciembre de 2017).

Así como vimos el domingo pasado que la vida, terrenal y eterna, no se comprende ni se vive plenamente sino desde el amor; lo mismo sucede con la fe, que para ser tal debe desembocar en el amor. Lo afirmaba claramente J. Ratzinger[6]: “una fe que no sea amor no es verdadera fe cristiana, es sólo un sucedáneo, algo que se le parece”. Y es así porque: “La fe cristiana afirma que el hombre vuelve profundamente en sí mismo no por lo que hace, sino por lo que recibe; tiene que esperar el don del amor y el amor sólo puede recibirlo como don; no podemos hacerlo nosotros mismos, sin los demás. El hombre sólo se hace plenamente hombre, cuando es amado, cuando se deja amar. El hecho de que el amor humano una en sí la suprema posibilidad y la más profunda necesidad y el hecho de que lo más necesario sea lo más libre, significa que el hombre para salvarse está orientado a un don. Si se niega a recibirlo, se destruye a sí mismo”.

            Pienso que de esto nos habla el evangelio de hoy: de una fe que consiste, principalmente pero no exclusivamente, en aceptar el Don de Dios, en dejarse amar por Él sin ponerle nuestros límites ni medirlo con nuestra escala de méritos. De una fe que es escuchar y obedecer al Padre, aceptando confiadamente lo que no vemos ni entendemos, lo que nos supera infinitamente, como es su Amor. En el fondo se trata de ‘dejar a Dios ser Dios’.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Jesús danos tu pan

El Pan humano y Divino
Tiene los secretos de tu Reino
Saborearlo es entregarse a ti,
Y sumergirnos en tu Misterio.

Alimenta con él nuestro andar
Para alcanzar tu promesa de Vida Eterna
Este sendero es oscuro
Y este peregrinar: pasajero.

Gracias te damos por este día,
El Padre lo señaló Nuevo
Se elevan las manos y tú con ellas
Celebramos la Eucaristía

En tu carne recíbenos
Abrázanos, muéstranos tu rostro.
Ya no nos llamas “siervos”
Nada se oculta a los amigos.

Y si no nos empeñamos
En conocerte y amarte
Envíanos tu Espíritu Santo
Para la gloria del Hijo en el Padre. Amén

[1] Cf. J. Helewa, “El profeta Elías”, 54.
[2] El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2006) 227.
[3] Sto. Tomás de Aquino lo explicaba así: “algún hombre atrae a alguno persuadiéndolo por la razón; y de este modo el Padre atrae a los hombres hacia el Hijo, demostrando que Él es su Hijo; y esto, de dos modos: o por revelación interna (Mateo [16: 17] “feliz  eres, Simón Bar Joná, porque la carne y la sangre no te lo reveló” -a saber, que Cristo es el Hijo de Dios vivo- “sino mi Padre”), o por operación de los milagros, la cual viene de parte del Padre: más arriba (5: 36) “las obras que me dio el Padre, ellas dan testimonio de Mí”, In Iohannis, 935.
[4] El maestro del deseo. Una lectura del evangelio de Juan (PPC; Madrid 1999) 98-99.
[5] La teología moral en San Juan (Fax; Madrid 1970) 104-105.
[6] Introducción al cristianismo (Sígueme; Salamanca 1969) 178.231.-

 

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