Lectio Divina

SEGUNDO DOMINGO DURANTE EL AÑO CICLO «A»

Primera lectura (Is 49,3-6)

Existe unanimidad entre los críticos en señalar la existencia de cuatro cantos dedicados al Siervo de Yahvé, aunque no acuerden en precisar los límites de los mismos (cf. Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-9; 52,13-53,12). En el primer canto del Siervo del Señor (Is 42,1-9) se presentaba al «siervo» y se hablaba de su tarea de liberación del pueblo exiliado. En el segundo cántico – que leemos en parte hoy – el siervo comienza a tomar directamente la palabra y, por esto, podemos distinguir entre lo que dice el Señor y lo que dice el profeta-siervo.

En primer lugar, está la llamada o vocación del profeta por parte de Dios, que asume toda su existencia (desde el seno de su madre) y que implica una difícil misión de cara al pueblo: su palabra es como una espada afilada y una flecha punzante. Pero su fuerza está en el Señor que lo reconoce como su «servidor» y en él se gloriará (Is 49,1-3).

            Sigue lo que dice el profeta, mezcla de desilusión y desaliento: «En vano me fatigué, para nada, inútilmente, he gastado mi vida». Aquí vale recordar la situación histórica de este profeta, el llamado segundo-Isaías, quien es sin duda el profeta del amanecer, del despertar (51,17; 52,1)[1]. A él le ha tocado en suerte anunciar un mensaje de consolación porque Yavé considera que el pueblo ya ha cumplido con el castigo por su pecado y por ello ha decidido devolver a los desterrados a la tierra de Judá (Is 40,1-2). Así como antes Nabuconodosor fue el instrumento de castigo para Jerusalén del que se valió Yavé (Jer 25,9; 27,6), ahora se presenta a Ciro como el ungido y el instrumento en manos de Yavé para liberar a su pueblo (Is 41,2; 44,28; 45,1-4; 48,12-15). Es muy posible que este anuncio de ser liberados por un pagano como Ciro haya generado resistencia entre los exiliados. En el fondo esta resistencia supone querer poner límites al obrar de Dios; o en otros términos, rechazar todo aquello que no entra en sus esquemas mentales.

Por tanto, esta sensación de fracaso del profeta es iluminada por la palabra del Señor, quien no sólo lo confirma en la misión ya concedida («hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel»), sino también le amplia el horizonte de la misma extendiéndola a todas las naciones («te destino a ser luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra»).

En la lectura litúrgica de este texto –  que tiene en cuenta la relación con el evangelio del día – hay que prestar más atención a la elección y a la misión del «siervo del Señor», en especial la de llevar la «salvación» a todas las naciones.

Segunda lectura (1Cor 1,1-3)

Como en la mayoría de sus cartas y siguiendo la costumbre en uso de la época, Pablo comienza presentándose primero a sí mismo como remitente y, después, nombra y saluda a los destinatarios.

            Pablo se presenta con lo que él considera su identidad más profunda: «Pablo, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios». Pablo reafirma su vocación de apóstol, de elegido y enviado por Cristo Jesús según la voluntad o beneplácito de Dios. Aquí el título de Apóstol no tiene el sentido técnico y exclusivo que encontramos en Lucas y Hechos donde se reserva para el grupo de los doce. Pablo reconoce la autoridad de los doce como grupo instituido por Jesús (cf. 1Cor 15,5), pero no reserva para ellos el título de Apóstol, sino que lo refiere a todos los enviados por el Señor a evangelizar (cf. 1Cor 15,7).

            Pablo añade también como remitente a «Sóstenes, el hermano». Se trata de un estrecho colaborador suyo en la obra evangelizadora, a quien llama hermano, apelativo frecuente para referirse a los miembros de la comunidad.

            Luego Pablo nombra a los destinatarios: «a la Iglesia de Dios que está en Corinto». El término griego ekklēsía (de donde deriva latinizado nuestro «iglesia») procede de un verbo compuesto: ek-kaléō que significa llamar de o desde. Por tanto, se trata de los con-vocados, los llamados a formar la comunidad creyente. Ahora bien, esta comunidad de llamados recibe una determinación local: «que está en Corinto»; por eso la Iglesia subsiste en una realidad local, en una comunidad concreta.

A continuación, Pablo especifica más la realidad de los que componen esta ekklēsía: «a los que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos». Los cristianos, miembros de la Iglesia, son santos y llamados a la santidad. Son santos por cuanto se han apropiado de la santidad de Cristo. Por el bautismo participan, tienen parte, de Su vida: su Ser Hijo de Dios y su Estar lleno del Espíritu Santo; y por tanto de su santidad (cf. Rom 6,4; 8,9.14-15). Pero esta santidad es una vida en el Espíritu y, por tanto, debe crecer y desarrollarse para llegar a plenitud. Por eso Pablo designa con frecuencia a los cristianos como “santos”; y al mismo tiempo como “llamados a ser santos”. Así, luego de la apropiación de la santidad de Cristo, sigue su imitación por cuanto nuestra vida cristiana debe crecer por el camino que Jesús mismo nos indicó. Alcanzado por la santidad de Dios, el discípulo de Jesús vive del Espíritu y expresa la novedad de su vida dejándose guiar por el mismo Espíritu y manifestando el fruto de su presencia santificadora (Gal 5,18.22).

Evangelio (Jn 1,29-34)

Este texto forma parte del primer cuadro o sección (Jn 1,19-34) que sigue al prólogo de Juan (Jn 1,1-18) donde ya se hizo referencia al testimonio de Juan el Bautista, sin precisarlo demasiado (Jn 1,6.15). Pues bien, esta sección comienza diciendo que «este es el testimonio que dio Juan…» (1,19). Con respecto al contenido del testimonio del Bautista podemos decir que es doble. Por un lado, es «negativo» por cuanto dice que Él no es la luz, ni el Cristo, ni Elías, ni el Profeta. Por otro lado, es «positivo» en referencia a la persona de Jesús (y es el texto que leemos hoy), ya que lo proclama como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (v. 29), el preexistente (v. 30), aquél sobre quien ha descendido el Espíritu (v. 32) como cumplimiento de una promesa divina (v. 33a); el que bautiza con Espíritu Santo (v. 33b) y el Hijo de Dios (v. 34)[2].

El título de «Cordero de Dios» aplicado a Jesús es exclusivo de la tradición joánica y su origen es algo misterioso. Muy probablemente hay que considerarlo como una referencia al cordero pascual pues en Jn 19,36 ante Jesús crucificado se repite esta comparación al decir que no le quebrarán ningún hueso (cf. Ex 12,46). Habría que considerar también sendas referencias al sacrificio de Isaac (Gn 22) y al siervo sufriente (Is 53) que los rabinos ya vinculaban con el cordero pascual.

  1. Ratzinger[3]sostiene esta opinión siguiendo a Joachim Jeremías quien «llama también la atención sobre el hecho de que la palabra hebreatalja significa tanto «cordero» como «mozo», «siervo» (ThWNT I 343). Así, las palabras del Bautista pueden haber hecho referencia ante todo al siervo de Dios que, con sus penitencias vicarias, «carga» con los pecados del mundo; pero en ellas también se le podría reconocer como el verdadero cordero pascual, que con su expiación borra los pecados del mundo. «Paciente como un cordero ofrecido en sacrificio, el Salvador se ha encaminado hacia la muerte por nosotros en la cruz; con la fuerza expiatoria de su muerte inocente ha borrado la culpa de toda la humanidad» (ThWNT 1343s). Si en las penurias de la opresión egipcia la sangre del cordero pascual había sido decisiva para la liberación de Israel, Él, el Hijo que se ha hecho siervo — el pastor que se ha convertido en cordero — se ha hecho garantía ya no sólo para Israel, sino para la liberación del «mundo», para toda la humanidad».

Por su parte X. León Dufuor piensa que «Jesús es ciertamente el «cordero» de Dios, pero no en el mismo sentido (y mucho menos en el mismo plano) que los corderos de los sacrificios judíos; lo es por el hecho de que, por sí sola, su venida suprime de parte de Dios la necesidad de los ritos por los cuales, durante el tiempo de la espera, Israel tenía que renovar continuamente su vínculo existencial con YHWH. Constatando que con la presencia del Mesías se ha hecho ya realidad la promesa de la salvación — se ha perdonado el pecado de Jerusalén, decía Is 40,2 — el Bautista expresa en una imagen densa de contenido que con Jesús Dios concede la plenitud del perdón a Israel y al mundo. Jesús no es aquí la nueva víctima cultual, sino aquel por el que Dios interviene ofreciendo a los hombres la reconciliación perfecta con él»[4].

Tal vez, como nota el mismo X. León-Dufour, hay que prestar más atención al genitivo «de Dios» y entenderlo en el sentido de que Jesús es el cordero dado por Dios para quitar el pecado del mundo. Porque es claro que sólo Dios puede perdonar los pecados; pero Juan Bautista anuncia que ahora lo hará por medio de Jesús. De modo semejante opina F. Moloney[5] para quien “Jesús no es una víctima ritual, sino aquel mediante el cual Dios entra en la historia humana ofreciéndole la reconciliación. Como ocurre frecuentemente en el cuarto evangelio, se utiliza un símbolo antiguo de una forma nueva”.

Notemos también que habla del «pecado del mundo» en singular – que en Jn consiste en rechazar a Dios, en rechazar al Verbo como Luz venido para iluminar a todos los hombres (cf. Jn 1,9) – lo cual supone la acción mesiánica y escatológica de poner fin al reinado del pecado sobre el mundo; para establecer en su lugar el reinado de Dios.

En lo que sigue (1,31-33) Juan Bautista recuerda y retoma su testimonio anterior y, ante el hecho del bautismo de Jesús (que el evangelista supone conocido y no narra), adquiere un conocimiento más profundo y verdadero de Jesús. «Después de llegar a este punto de la inteligencia del misterio que es Jesús, Juan comprende mejor su propia misión, el bautismo en el agua (1,31). Esta reflexión sobre el pasado, a la luz de un conocimiento ligado al Espíritu, está ciertamente en la línea de Jn. A su manera, el Precursor vuelve sobre su propia experiencia para captar su verdad más profunda: Dios quería «manifestar» de este modo al Mesías en Jesús de Nazaret»[6].

Como bien notan G. Zevini – P. G. Cabra[7]: “Su testimonio se expresa con tres frases de recia teología: Jesús es «el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (v. 29); el Espíritu se ha posado sobre él y permanece de forma estable (v. 32); Jesús es el elegido de Dios, es decir, el «Hijo de Dios» (v.34). Son tres afirmaciones, ligadas entre sí, que desveIan la idea que tiene Juan sobre el Mesías. Las tres imágenes encuentran correspondencia parcial en los cantos del «Siervo de YHWH» y el por qué de su elección como primera lectura”

La cumbre del testimonio de Juan Bautista se fundamenta en lo que ha visto (en el bautismo de Jesús) y es la confesión de Jesús como Hijo de Dios: «Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios» (1,34). Con el trasfondo del prólogo del evangelio este título supera su referencia al Mesías para elevarlo al nivel teológico de Jesús como Hijo Único y Preexistente de Dios. Y de hecho esta es la finalidad con que se escribió el evangelio de Juan: «Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre» (Jn 20,31).

Algunas reflexiones:

            El objetivo de las lecturas de estos primeros domingos durante el año es una presentación inicial de Jesús. Mientras el domingo pasado el Padre nos daba testimonio de la identidad divina de Jesús – «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección» (Mt 3,17) –, este domingo es Juan el Bautista quien lo confiesa como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y como Hijo único y preexistente de Dios.

Es interesante que, al comenzar el tiempo durante el año, se nos vaya presentando la identidad profunda de Jesús: ¿quién es Él y cuál es su misión?

            Hay que partir reconociendo como un hecho que nunca en esta vida llegaremos a conocer plenamente al Señor, por eso sería una actitud incorrecta e infecunda pensar que uno ya sabe todo acerca de Él. Además, debemos tener en cuenta que la realidad del conocimiento en la Biblia, y particularmente en el evangelio de Juan, no se reduce a lo intelectual, a las ideas, sino que implica comunión, intimidad, experiencia. Es que la fe brinda un tipo especial de conocimiento, como magistralmente lo explica Lumen Fidei: «La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz. La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad (nº 26) […] La luz de la fe es la de un Rostro en el que se ve al Padre. En efecto, en el cuarto Evangelio, la verdad que percibe la fe es la manifestación del Padre en el Hijo, en su carne y en sus obras terrenas, verdad que se puede definir como la «vida luminosa» de Jesús. Esto significa que el conocimiento de la fe no invita a mirar una verdad puramente interior. La verdad que la fe nos desvela está centrada en el encuentro con Cristo, en la contemplación de su vida, en la percepción de su presencia (nº 30) […] Solamente así, mediante la encarnación, compartiendo nuestra humanidad, el conocimiento propio del amor podía llegar a plenitud. En efecto, la luz del amor se enciende cuando somos tocados en el corazón, acogiendo la presencia interior del amado, que nos permite reconocer su misterio (nº 31).»

            En este contexto debemos recibir el testimonio de Juan Bautista, en particular la imagen de Jesús como «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». El “cordero” es el símbolo del ser inocente, que no puede hacer mal a nadie sino sólo recibirlo. En especial si tenemos en cuenta el contexto del Antiguo Testamento que habla del “cordero mudo conducido al matadero» y «que será sacrificado por nuestros pecados, molido por nuestros crímenes, y por cuyas llagas nosotros somos curados». Es claro que Jesús es inocente, es el Hijo de Dios y no hay pecado en Él; pero asume el pecado del mundo para quitarlo.

El “pecado del mundo”, en singular, es más amplio y profundo que los pecados personales que cometemos individualmente cada una de las personas humanas. Es todo el mal que aprisiona a los hombres en este mundo, es el mal que reina en este mundo. Como bien dice R. Cantalamessa: «Jesús cargó sobre sí con todo el orgullo humano, con toda la rebelión contra Dios, con toda la lujuria, con toda la hipocresía, con toda la injusticia, con toda la violencia, con toda la mentira, con todo el odio…»[8].

Esta ha sido y es su misión; para esto ha venido al mundo. La imagen del Cordero nos ayuda a unir la encarnación con la pasión, como hacían los Padres de la Iglesia cuando decían que «Cristo nació para morir». Como bien dice el Papa Francisco: “Él vino para esto: para perdonar, para traer la paz al mundo, pero antes al corazón. Tal vez cada uno de nosotros tiene un tormento en el corazón, tal vez tiene oscuridad en el corazón, tal vez se siente un poco triste por una culpa… Él vino a quitar todo esto, Él nos da la paz, Él perdona todo. «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado»: quita el pecado con la raíz y todo. Ésta es la salvación de Jesús, con su amor y con su mansedumbre. Y escuchando lo que dice Juan Bautista, quien da testimonio de Jesús como Salvador, debemos crecer en la confianza en Jesús (Homilía del 19 de enero de 2014).

            Juan Bautista ve a Jesús que viene y reconoce en Él al Cordero de Dios, al preexistente, al lleno del Espíritu Santo, al Hijo de Dios. Vio, creyó y testimonió.

También nos dice el Papa Francisco que esta escena del evangelio es decisiva para “nuestra fe; es decisiva también por la misión de la Iglesia. La Iglesia, en todos los tiempos, está llamada a hacer lo que hizo Juan el Bautista, indicar a Jesús a la gente diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Él es un el único Salvador, Él es el Señor, humilde, en medio de los pecadores. Pero es Él. Él, no es otro poderoso que viene. No, no. Él” (Ángelus del 15 de enero de 2017).

Nos toca a nosotros seguir los pasos de Juan el Bautista: ver, creer y testimoniar. Sí, pero recordando que el ver o conocer propio de la fe llega como consecuencia de la aceptación del amor de Dios en nuestra vida. En decir, Jesús también viene hoy a nuestra vida y tenemos que logar ver – experimentar – la fuerza de su amor que nos quita, perdonando, el pecado de nuestra vida; hace triunfar el bien sobre el mal que habita en nosotros. Por eso la mejor definición del cristiano (y que tanto gusta repetir al Papa Francisco) es que somos pecadores perdonados, débiles fortalecidos, hijos rebeldes pero amados.

En síntesis, hay que asumir nuestra condición permanente de “pecadores en conversión […] Porque estar en conversión es pasar continuamente al misterio del pecado y de la gracia. Esto significa el abandono de toda justificación, de toda justicia propia, y el reconocimiento de nuestro pecado para abrirnos a la gracia de Dios”, (A. Louf).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Divino Alfarero

Señor,

Inspira los pensamientos, sentimiento y acciones

Ruega al Padre Nuestro y envía tu Espíritu sin demora,

Juan nos recuerda que es esta la hora

Y aún estamos ciegos, en sombras.

Reconocerte en este desierto, nos es difícil

¿Cómo ver más lejos si el egoísmo es lente grueso?

Cuestiones y conflictos llevamos dentro

Y Tú…, encarnado en medio nuestro.

Cada día se enciende una Luz en el templo…

Una Paloma invisible se posa en el pan

El altar se viste de Resurrección

Te nos das en la mesa como Divino alimento.

Basta hacer por Gracia el esfuerzo,

Vestirnos para el Ágape del Rey Eterno

Convencidos de que eres la Verdad misma

Y estarás con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Míranos hoy tan necesitados y hambrientos

Compasivo Tú, con el hombre, sus dudas y sus miedos

Viniste a abrirnos el camino al cielo

Haznos a tu imagen y para tu Gloria, Divino Alfarero. Amén

[1] En general hay aceptación en datar la acción de este profeta al final del exilio, cerca del año 540 a.C. cuando el imperio Babilónico comienza a colapsar habiendo surgido los persas capitaneados por Ciro.

[2] Como nota F. Moloney, El evangelio de Juan, Verbo Divino, Estella, 2005, 59: “Parte de la tradición manuscrita (Ƥ5; Sinaítico, Vetus Latina y algunas traducciones siríacas) lee «el elegido de Dios» Pero es mucho más fuerte la tradición textual donde se encuentra «Hijo de Dios», y la lectura «el Hijo», en lugar del «Elegido», está más en armonía con el vocabulario y la teología joánica”.

[3] Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración, Planeta, Buenos Aires, 2007, 38-40.

[4] Lectura del Evangelio de Juan. Jn 1-4; Sígueme, Salamanca, 1989, 138.

[5] El Evangelio de Juan; Verbo Divino, Estella, 2005, 57.

[6] X. León-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan. Jn 1-4; Sígueme, Salamanca, 1989, 140.

[7] Lectio Divina para cada día del año, Vol. 13, Verbo Divino, Estella, 2003, 17.

[8] La vida en Cristo, PPC, Madrid, 1998, 87.

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