Lectio Divina

TERCER DOMINGO DURANTE EL AÑO CICLO «A»

Primera lectura (Is 8,23-9,3)

El motivo de la situación de angustia y desolación que afligía al pueblo – y que viene descrita aquí por el profeta como oscuridad y tiniebla – es la segunda invasión de los asirios conducida por Tiglatpileser III, quienes ocuparon los territorios de las tribus del Norte, Zabulón y Neftalí (año 732 a.C., cf. 2Re 15,29). Los israelitas del Norte quedaron sometidos al dominio de los paganos con todo lo que esto implica de humillación, pérdida de soberanía y libertad. En este contexto, y por contraste, se percibe mejor el tono de Is 9,1-3 como anuncio de liberación ilustrado como caminar en la luz, rebosantes de alegría y de gozo.

Para el profeta Isaías la humillación, «en un primer tiempo», fue causada por Dios como castigo por el pecado. Pero en el futuro, «en un segundo momento», Dios mismo intervendrá para liberar a su pueblo y cambiar radicalmente la situación de opresión. Su presencia en esas tierras será el motivo de la luz y del gozo anunciado.

Segunda lectura (1Cor 1,10-14.16-17)

San Pablo comienza con una exhortación a los corintios en nombre de nuestro Señor Jesucristo para que vivan en la unidad y no haya divisiones entre ellos. En concreto les pide unidad en el hablar, en el pensamiento y en la opinión o intención.

            Los vv. 11-12 narran los hechos concretos con verbos al indicativo presente (situación actual); y revelan la fuente de la información: los de Cloe. Enumera cuatro personas detrás de las cuales se enrolarían los corintios enfrentándose entre sí: Pablo, Apolo, Cefas, Cristo. Se ha intentado identificar con precisión estos grupos pero todo queda en hipótesis[1]. De Apolo sabemos por He 18,24-19,1 que era un judío de origen alejandrino, hombre elocuente y versado en las Escrituras; que predicó en Corinto en ausencia de Pablo (1 Cor 3,6) y que se encontraba con él en Éfeso cuando escribió esta carta (1 Cor 16,12). Cefas era el nombre arameo de Pedro y viene citado otras veces en 1 Cor (3,22; 9,5; 15,5) indicando que era conocido en Corinto, aunque no podemos afirmar su presencia allí. Este grupo podría ser de tendencia judaizante si tenemos en cuenta la actitud de Pedro en Antioquía y su conflicto con Pablo que relata Gal 2,11-14.

            La descripción de las divisiones que hace Pablo («Me refiero a que cada uno afirma: «Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo«) permite suponer que las mismas se basan en posturas personales de los corintios sin que, al parecer, hubiera alguna responsabilidad por parte de los nombrados.

            En 1,13-16 Pablo hace un primer rechazo de esta actitud de los corintios llevando el tema al nivel cristológico: en Cristo no puede haber división (cf. 12,13); y, además, Cristo fue crucificado por ellos y en Su nombre fueron bautizados; y no en el de los apóstoles. Para dar un claro ejemplo de lo absurdo de esta actitud Pablo se aplica a sí mismo predicaciones exclusivas de Cristo que conforman el kerigma (cf. 1Cor 15, 3-5), como el hecho de ser crucificado por los demás o ser bautizados en su nombre. De aquí se deduce que para Pablo estas divisiones, además de afectar a la unidad de la comunidad, tocan el núcleo mismo de la fe cristiana[2]. No se trata, por tanto, de un tema menor. Pablo constata aquí el hecho de la formación de partidos o facciones en la comunidad de Corinto; pero nada dice explícitamente del motivo de esta división. Con el correr de la argumentación emergen algunas frases que inducen a pensar que los corintios hacían comparaciones entre los diversos apóstoles desde un punto de vista meramente humano y hacían depender la verdad del evangelio de la elocuencia del predicador. En este sentido Pablo llevaría la peor parte pues se lo consideraba falto de elocuencia en su hablar. Esto explica por qué Pablo lleva enseguida el tema al campo personal, a su propio ministerio de evangelizador (1,17). Así, al final de este exordio insinúa ya, contraponiéndolos, dos temas que tratará a continuación: la ‘elocuencia humana’ y la ‘cruz de Cristo’. En otras palabras, Pablo sostiene que el anuncio del evangelio no se puede fundamentar en la lógica humana sino en la lógica de la Cruz.

Evangelio (Mt 4,12-23)

            El evangelio de hoy comienza indicándonos que, tras el arresto de Juan Bautista, Jesús se traslada de Nazareth a Galilea, estableciéndose en los confines de Zabulón y Neftalí. Con esta indicación geográfica se señala, en primer lugar, el fin de la misión del Bautista y con ello la culminación de una etapa de la historia de la salvación con el surgimiento de algo nuevo que comenzará con la predicación y la acción de Jesús. Pero esta novedad no es absoluta por cuanto enseguida Mateo nos dice que con este desplazamiento geográfico Jesús está cumpliendo lo anunciado por el profeta Isaías y que hemos escuchado en la primera lectura de hoy: la promesa de una presencia luminosa de Dios en esta región que traerá la liberación y la alegría se está cumpliendo en la persona de Jesús. Él es presentado por Mateo como la «gran luz» para los que se hallaban en la oscuridad y las tinieblas; y mediante este desplazamiento se está cumpliendo el plan de Dios.

            En Mt 28,16-20 se menciona de nuevo a Galilea. Allí Jesús resucitado reúne a los discípulos y los envía a todas las naciones (v.19). La «Galilea de las naciones» a nivel histórico salvífico llega a ser un símbolo de la universalidad del mensaje evangélico. Notemos también que Galilea era un territorio de «periferia» con respecto al centro de la nación judía, que es Judea, y en ella, Jerusalén. Por eso Mateo tiene que «justificar» esta opción de Jesús presentándola como cumplimiento de la profecía de Isaías, es decir como voluntad de Dios. No es entonces casual que el comienzo del ministerio de Jesús sea en Galilea; y el comienzo del ministerio de los discípulos sea también en Galilea, y esta vez no es sólo para Israel sino para todas las naciones.

A continuación, Jesús dedica sus primeras palabras al anuncio (kerygma) de la venida del Reino: «A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 4,17).

            El kerygma en Mt se expresa con un imperativo «conviértanse» (metanoeite) al cual sigue como motivación la cercanía del reino de los cielos. Es la misma predicación de Juan el Bautista (cf.  Mt 3,2), pero estamos ya en una etapa distinta.

            El término «conversión» (metanoia) es un concepto que sintetiza todo cuanto Jesús quiere del hombre, resume todo lo que el hombre debe hacer ante la venida del Reino de Dios a su vida. Esta conversión interior o cambio de mentalidad, se traducirá luego en el seguimiento de Jesús.

            La colocación del «conviértanse» en imperativo al comienzo de la frase puede hacer pensar que, en la relación entre fe y obras, entre compromiso ético y gracia, entre imperativo moral e indicativo, Mateo subraya el imperativo. Pero si atendemos a la partícula gar (porque) es claro que el imperativo (conviértanse) está requerido por el indicativo (el reino está cerca). Por lo tanto, la cercanía del Reino de los cielos (basileia) es lo determinante. No es el comportamiento del hombre lo que determina la venida del Reino, sino que es su cercanía o venida la que exige la respuesta del hombre: es el kerygma el que reclama un cambio radical de vida por parte de los oyentes. Además, no se trata de ir nosotros al Reino de Dios, sino de que el Reino viene-venga a nosotros, como lo pedimos en el Padrenuestro (cf. Mt 6,10). Recordemos esta petición del Padrenuestro pues vincula la venida del Reino a nosotros con el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Sigue luego la creación del discipulado (Mt 4,18-22), con lo cual se indica que la llegada del Reino es esencialmente comunitaria, es decir, está referido a un pueblo concreto a quien va destinado y que está llamado a aceptarlo y hacerlo visible. Por cuanto el Reino de Dios es la comunidad con Dios en la comunidad de los hombres que se han unido a Jesús, la primera acción de Jesús después de anunciarlo es conformar la comunidad de sus discípulos. Lo expresa con claridad R. Aguirre[3]: “Si Dios interviene en la historia con un proyecto de humanidad, por algún punto concreto del tiempo y del espacio tiene que comenzar esta transformación. El Reino de Dios no se identifica simplemente con ningún pueblo concreto, pero sí conlleva la dinámica de encarnarse en uno determinado. La responsabilidad de Israel en el Antiguo Testamento y de la Iglesia en el Nuevo Testamento es aceptar el Reinado de Dios y visibilizar la transformación humanizante que supone la aceptación de esta soberanía de Dios”.

            El llamado de Jesús a prepararse para la irrupción del Reino fue dirigido a todos, pero muy pronto eligió un grupo de discípulos a los cuales instruyó de una manera especial y con los cuales comenzó a formar la comunidad que se llamó “Iglesia” (los llamados o convocados).

En esta escena, Jesús sigue siendo la figura dominante. Mostrando libertad de movimiento, elige las “orillas del mar de Galilea” como escenario, para constituir su comunidad, en patente oposición al judaísmo de Judea. Elegir aquellas fronteras implicaba universalidad, pero no menos una gran audacia y escándalo ¡Cómo imaginar que el Mesías comenzara su misión en tierra pagana!…

            Este primer grupo, en el que Pedro tiene un papel especial, está llamado a ser “sal de la tierra y luz del mundo” (Mt 5, 13-16), “levadura en la masa” (Mt 13, 33). Está orientado hacia el Reino, y en él se deben ver los primeros rasgos del Reino que se va haciendo presente. Tiene, como Israel en el Antiguo Testamento, la vocación de ofrecer al mundo el modelo de una comunidad diferente.

Los elementos constitutivos del llamado forman un esquema que se puede resumir de la siguiente manera: 1) La situación del llamado, 2) La llamada, 3) El seguimiento.

La situación o circunstancia de la llamada (4,18.21a) es junto al lago de Galilea mientras los apóstoles estaban realizando su tarea habitual, por cuanto eran pescadores. Los datos que tenemos en el pasaje son escasos. Se dice cómo se llaman, su relación de parentesco (hijos y hermanos); y su oficio (pescadores). Sorprende un poco que Jesús llame a cuatro pescadores para que lo sigan abandonando las redes sin tener en cuenta la menor preparación psicológica de los mismos ya que es el primer encuentro que tienen. Esta cierta falta de lógica literaria por parte del evangelista estaría justificada por su intención de acentuar la iniciativa de Jesús en el llamado. Jesús los ve trabajando y los llama. Nada parece presuponer esta llamada ni prepararla. Es por pura gratuidad. Como dice J. Bartolomé[4]: «Para seguirle era preciso ser invitado; no se convertía en discípulo quien quería, sino quien era querido: ser discípulo es un don antes que una orden».

La llamada (4,19.21b) por parte de Jesús incluye el “ver” (eiden) y las palabras: «vengan detrás de mí y yo los haré pescadores de hombres». El ver de Jesús es “electivo”, es el Mesías el que ve. Un caso similar se encuentra en Mt 9,9 (la vocación de Mateo). Las palabras no son una invitación sino un pedido incondicional. Aquí tenemos la impresión de que Jesús reivindica una suprema autoridad; que no actúa al modo de los profetas, ni de los maestros sapienciales o de los rabinos. La costumbre de la época era que el discípulo eligiese al maestro. Jesús, por el contrario, hace valer su voluntad y autoridad como si estuviera en el lugar de Dios.

La modalidad de la llamada es una palabra personal de Jesús; y el contenido de la misma es una orden de seguirlo, de vincularse a su Persona ya que les dice «vengan detrás de mí» (deute opiso mou), sin otra precisión que un difuso horizonte misionero: «y los haré pescadores de hombres». Como nota A. Castaño “utiliza una metáfora que responde al oficio desempeñado por los cuatro primeros discípulos, lo que apunta también hacia la misión futura de los mismos: ir por todo el mundo para hacer discípulos a los pueblos (cf. 28,19)”[5].

El seguimiento (akolouzeō) es la respuesta de los discípulos (4,20.22), que nos sorprende por su prontitud y nos recuerda la de Abram (cf. Gn 12,1-4). También aquí se acentúa el carácter personal por cuanto dice el evangelio que «lo siguieron». Previo al seguimiento hubo un gesto fuerte de desprendimiento pues dejaron lo que tenían entre manos: las redes, la barca, el padre.

En síntesis, Mt 4,18-22 nos presenta el modelo de la respuesta al anuncio del Reino por parte de Jesús.

Como conclusión y a modo de síntesis de la actividad de Jesús, Mateo nos dice que: «Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente» (4,23).

La actividad de Jesús se sintetiza con tres verbos: enseñar (didáskō), proclamar (kerissō) el evangelio del Reino y curar (zerapeúō) enfermedades y dolencias. Notemos que por primera aparece el término euangelion en Mateo y en estrecha relación con el Reino de Dios; por tanto el anuncio de la llegada del Reino es la buena noticia y el contenido de la buena noticia es el Reino. Y las curaciones que realiza Jesús son signos visibles de la llegada de este Reinado de Dios que implica la supresión del mal que afecta a los hombres.

Este versículo, además ser un «sumario» de la actividad de Jesús, cierra la sección a modo de inclusión pues retoma el tema del Reino de Dios presente en 4,17.

Algunas reflexiones:

            El objetivo de las lecturas de estos primeros domingos durante el año es una presentación inicial de Jesús. Así, el domingo pasado Juan Bautista lo confesaba como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. En este domingo Jesús es presentado como Dios presente en medio de su pueblo con la misión de iluminar a los que viven en la oscuridad. La relación entre la primera lectura y la primera parte del evangelio de hoy nos orientan en este sentido. La promesa del profeta Isaías de que Dios libraría a su pueblo de la esclavitud y de la oscuridad se cumple en la persona de Jesús. El mensaje central sería entonces que con Jesús se hace presente el reinado de Dios entre los hombres. Y donde Dios reina hay libertad, luz, alegría, consolación.

Como bien dijo el Papa Benedicto XVI: «En la liturgia de hoy el evangelista san Mateo presenta el inicio de la misión pública de Cristo que consiste esencialmente en el anuncio del reino de Dios y en la curación de los enfermos, para demostrar que este reino ya está cerca, más aún, ya ha venido a nosotros. La «buena nueva» que Jesús proclama se resume en estas palabras: «El reino de Dios —o reino de los cielos— está cerca» (Mt 4, 17; Mc 1, 15). ¿Qué significa esta expresión? Ciertamente, no indica un reino terreno, delimitado en el espacio y en el tiempo; anuncia que Dios es quien reina, que Dios es el Señor, y que su señorío está presente, es actual, se está realizando. Por tanto, la novedad del mensaje de Cristo es que en él Dios se ha hecho cercano, que ya reina en medio de nosotros, como lo demuestran los milagros y las curaciones que realiza»[6].

En efecto, en castellano la palabra reino nos sugiere un ‘estado’ o ‘lugar’, pero cuando los evangelios hablan del “Reino de Dios” se refieren más bien a la situación que surge del gobierno o reinado de Dios, al ejercicio de la soberanía de Dios. “Reino de Dios” es lo mismo que Dios reina.

La historia de Jesús es la última intervención de Dios en la historia y, por esto, el Reino se hace presente en la Persona de Jesucristo. Pero el Reino alcanzará su plenitud en el juicio final con la venida del hijo del hombre en la gloria (cf. Mt 24-25). Hay y habrá siempre una tensión que se resuelve, en parte, a nivel personal ya que lo que falta para que el Reino se haga presente es la respuesta humana, la fe y la conversión (1,15). Toca al hombre recibirlo creyendo en él y viviendo según él; y, de esta manera, comienza a hacerse presente el Reinado de Dios entre los hombres.

El otro tema central del evangelio de hoy es el del discipulado, sobre el que tanto nos ha insistido el documento final de Aparecida. Brevemente podemos decir que el camino del discipulado comienza con un encuentro personal con Jesús que llama a seguirlo. La iniciativa es toda de Jesús quien irrumpe en la vida del hombre en su situación cotidiana, con su trabajo y sus vínculos familiares. La llamada implica una opción radical: dejarlo todo y seguirlo. La exigencia y su respuesta están narradas aquí como afectiva y efectiva: se van detrás de Jesús dejándolo todo, subordinándolo todo a Él y a la misión por Él encomendada.

Por su parte, el llamamiento de los discípulos está íntimamente relacionado con el anuncio del reinado de Dios porque «Jesús, en un gesto simbólico y al mismo tiempo con una acción bien concreta, anuncia y pone en marcha la renovación del pueblo de las doce tribus, la nueva convocación de Israel»[7]. Además, «es significativo que Jesús, desde el comienzo de su ministerio, quisiera llamar a algunos hombres para asociarlos a su ministerio. Jesús no se presenta como un personaje solitario, que pretende realizar su obra por sí solo, sin colaboración de nadie. De por sí, habría podido hacerlo, porque es verdaderamente único: el Hijo de Dios hecho hombre se encuentra en un ámbito inalcanzable para cualquier hombre. Sin embargo, quiso llamar enseguida a los apóstoles para asociarlos a su obra de salvación»[8].

            Si tenemos en cuenta también la segunda lectura podemos reflexionar sobre la pedagogía de Dios y el lugar de los apóstoles en ella. Lo fundamental es mantener viva la fe en la acción de Dios, por medio de Jesús, en nuestra historia y en nuestras vidas. El Señor Jesús es quien ha hecho presente el reinado de Dios y lo sigue haciendo presente; es quien nos ha salvado y nos sigue salvando, es quien nos ha llamado y sigue llamando. Ahora bien, a modo de instrumentos o ministros (servidores), el Señor nos invita a todos a colaborar con Su obra como discípulos y misioneros Suyos. Cuando se debilita la fe en la Presencia viva y operante del Señor Jesús, se «infla» el protagonismo de los hombres. Y las consecuencias de esto no son buenas. Una de ellas es generar divisiones en la comunidad de creyentes, como señala san Pablo en su carta a los corintios. Por el contrario, una fe madura sabe descubrir el Protagonismo de Jesús como Señor de la historia y de la Iglesia; y el necesario y legítimo segundo lugar de los apóstoles. Como bien dice el Card. Vanhoye[9]: «Todos debemos ser conscientes de la relativa importancia de los ministros del Señor. El único maestro, el único Señor, es Cristo. La obra de la evangelización es obra suya, y los apóstoles son sólo sus instrumentos, que gozan del privilegio, verdaderamente extraordinarios, de haber sido asociados a su obra, pero que no pueden tomar en absoluto su puesto. Si lo hicieran, ya no serían apóstoles. Alegrémonos, pues, de saber que Cristo continúa su obra por medio de los apóstoles, de los obispos, de los sacerdotes. Es a Cristo a quien debemos brindar toda nuestra adhesión, no atribuyendo una excesiva importancia a las personas, que son simples instrumentos de su obra extraordinaria».

Por último, la imagen de la LUZ es fuerte este domingo. Hay una luz que se oculta, la de Juan Bautista, quien es más bien el testigo de la Luz (Jn 1,7-8). Este ocultamiento del testigo es la señal para que la verdadera Luz se manifieste. Jesús es la LUZ de Dios en persona y por eso ilumina ante todo por lo que Él Es, el Hijo de Dios. Por eso dónde Él se hace presente se disipan las tinieblas y desaparece la oscuridad. Todo cambia, todo se ilumina. De modo especial Jesús nos ilumina con sus palabras y con sus acciones, esto es con la Luz de la Verdad y de la Caridad. Se trata de una luz que brota del amor, por eso es una Luz cálida, que ilumina y enamora, que invita a la renuncia y al seguimiento. Que pide dejar toda otra luz para dejarse guiar sólo por la Luz de su presencia. Al ponernos en camino, en seguimiento de Jesús y en obediencia a su Palabra, se disipan todas nuestras tinieblas y nos invade su Luz

Por ser Luz de amor, Luz de fuego, enciende otras luces para que a su vez iluminen. No una, sino muchas, de a dos, para que ardan juntas y la luz de la caridad se difunda. Cristo es la luz de las naciones y la Iglesia es como la luna, sin luz propia, llamada a reflejar la luz del Sol, de Cristo («Conscientes del vasto horizonte que la fe les abría, los cristianos llamaron a Cristo el verdadero sol, «cuyos rayos dan la vida»”, LF nº 1).

Jesús hace presente el Reino de Dios, el Reino de la Luz. Nos lo hace cercano, al punto de poder iluminar toda nuestra existencia…si se lo permitimos, si no la rechazamos, si nos dejamos iluminar. «La fe sabe que Dios se ha hecho muy cercano a nosotros, que Cristo se nos ha dado como un gran don que nos transforma interiormente, que habita en nosotros, y así nos da la luz que ilumina el origen y el final de la vida, el arco completo del camino humano» (LF nº 20).

Nuestra respuesta a esta iniciativa amorosa del Señor es, primero, dejarnos iluminar por su LUZ al punto de hacernos “luminosos”; y entonces sí, nos volveremos testigos de su LUZ ante el mundo, llegando hasta las periferias donde reina la oscuridad.

En este domingo de la Palabra de Dios nos dice el Papa Francisco comentando el evangelio de hoy: “Él deja Nazaret, una aldea de las montañas, y se establece en Cafarnaúm, un centro importante a orillas del lago, habitado en su mayor parte por paganos, punto de cruce entre el Mediterráneo y el interior mesopotámico. Esta elección indica que los destinatarios de su predicación no son sólo sus compatriotas, sino todos los que llegan a la cosmopolita «Galilea de los gentiles» (v 15; cf. Isaías 8, 23): así se llamaba. Vista desde la capital Jerusalén, aquella tierra es geográficamente periférica y religiosamente impura, porque estaba llena de paganos, por la mezcla con quienes no pertenecían a Israel. Ciertamente de Galilea no se esperaban grandes cosas para la historia de la salvación. Y sin embargo, justamente desde allí — justo desde allí— se difunde aquella “luz” sobre la cual hemos meditado los domingos pasados: la luz de Cristo. Se difunde precisamente desde la periferia. El mensaje de Jesús reproduce el del Bautista, proclamando el «Reino de los Cielos» (v. 17). Este Reino no conlleva la instauración de un nuevo poder político, sino el cumplimiento de la alianza entre Dios y su pueblo, que inaugurará un periodo de paz y de justicia. Para estrechar este pacto de alianza con Dios, cada uno está llamado a convertirse, transformando su propio modo de pensar y de vivir. Esto es importante: convertirse no solo es cambiar la manera de vivir, sino también el modo de pensar. Es una transformación del pensamiento. No se trata de cambiar la ropa, ¡sino las costumbres! Lo que diferencia a Jesús de Juan Bautista es el estilo y el método. Jesús elige ser un profeta itinerante. No se queda esperando a la gente, sino que se dirige a su encuentro. ¡Jesús está siempre en la calle! Sus primeras salidas misioneras tienen lugar alrededor del lago de Galilea, en contacto con la muchedumbre, en particular con los pescadores. Allí Jesús no sólo proclama la llegada del Reino de Dios, sino que busca compañeros que se asocien a su misión de salvación. Nosotros, cristianos de hoy en día, tenemos la alegría de proclamar y testimoniar nuestra fe, porque hubo ese primer anuncio, porque existieron esos hombres humildes y valientes que respondieron generosamente a la llamada de Jesús. A orillas del lago, en una tierra impensable, nació la primera comunidad de discípulos de Cristo. Que la conciencia de estos inicios suscite en nosotros el deseo de llevar la palabra, el amor y la ternura de Jesús a todo contexto, incluso a aquel más dificultoso y resistente. ¡Llevar la Palabra a todas las periferias! Todos los espacios del vivir humano son terreno al que arrojar las semillas del Evangelio, para que dé frutos de salvación. Que la Virgen María nos ayude con su maternal intercesión a responder con alegría a la llamada de Jesús, a ponernos al servicio del Reino de Dios” (Ángelus del 22 de enero de 2017).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Detrás

Anhelo Señor, ver más allá

Dirigir al horizonte lejano la mirada

Y pensar en un glorioso mañana.

Peregrinar por este mundo

Sabiendo que la muerte no tiene

Ni tendrá nunca la última palabra.

Saberte cerca… porque detrás del velo

Estás resucitado, vivo de nuevo

Después de haberte encarnado y muerto.

Y así Juan el Bautista prisionero

Supo que ese no era el fin, pues Tú Señor

Eras el verdadero Maestro.

Que su martirio tendría ahora sentido,

Porque veía abrirse las puertas

Del anhelado Destino.

Hoy también pasas mostrando señales

Sanando, enseñando, abriendo el camino:

Al lugar preparado por los siglos de los siglos. Amén

[1] Cf. H. Lona, «Grupos y tendencias en la comunidad de Corinto», Estudios Proyecto 11 (1993) 83-123. Al respecto dice J. Dupont: «Las alusiones que Pablo hace a las divisiones de la Iglesia de Corinto no permite reconstruir con precisión la real situación de la comunidad. Más que describir la situación, Pablo se interesa por sus presupuestos: la actitud de espíritu que se encuentra en el origen de estas divisiones. Lo que inquieta en Corinto es el hecho mismo de que, por adherirse a predicadores diferentes, se puedan oponer unos a otros», «Reflexiones de San Pablo para una iglesia dividida», Revista Bíblica 2007 /3-4, 177.

[2] Cf. J. M. Díaz Rodelas, Primera carta a los corintios (Verbo Divino; Estella 2003) 61.

[3] Cf. R. Aguirre, Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana, 57-58.

[4] J. J. Bartolomé, El discipulado de Jesús en MarcosEstBib 51 (1993) 519.

[5] “Discipulado y misión en el Evangelio de Mateo, Bogotá, CELAM 2006, 39.

[6] Benedicto XVI, Ángelus del domingo 27 de enero de 2009.

[7] J. Ratzinger, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración, Planeta, Buenos Aires, 2007, 92.

[8]  Card. A. Vanhoye, Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo A (Mensajero; Bilbao 2003) 178.

[9] Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo A (Mensajero; Bilbao 2003) 180.

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