Lectio Divina

Primera lectura (Prov 9,1-4):

La Sabiduría aparece aquí personificada en una mujer emprendedora y generosa, que después de haber edificado su propia casa, prepara un banquete e invita a los hombres necios a que vengan a comer y beber para adquirir inteligencia. Se trata de una especie de parábola sobre la necesidad de recibir la sabiduría, la que otorga el conocimiento de la Ley, por medio de la enseñanza que es simbolizada con la imagen de un banquete sobreabundante donde la sabiduría comunica generosamente sus dones. Retengamos la imagen del comer como  comunión con la sabiduría que se ofrece, porque nos ayudará a entender la comunión con Cristo que brota del comer su carne y su sangre que se nos dona en la Eucaristía.

Evangelio (Jn 6,51-59):

Con el texto de hoy se cierra el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm (6,59). Del evangelio leído el domingo pasado recordemos que Jesús había afirmado que el Padre nos daba la gracia de creer y, al mismo tiempo, nos alimentaba con el Pan de vida; para terminar identificando el pan de Vida con su carne entregada para la vida del mundo (v. 51).

Ahora bien, los judíos entienden estas expresiones de Jesús en sentido literal (“¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”) y, por eso, se escandalizan y discuten entre sí (v. 52). Las palabras de Jesús los ha puesto violentos pues el verbo griego que se traduce por “discutir”  – májomai (ma,comai) – tiene el sentido fuerte de pelear o querellar (cf. He 7,26; 2Tim 2,24; Stgo 4,2). Es decir, reaccionan con violencia ante tal afirmación de Jesús.

Entonces Jesús les responde insistiendo en la necesidad de alimentarse de su carne y su sangre para tener vida eterna (vv. 53-54). Y esto porque Su carne es verdadera comida y Su sangre es verdadera bebida (v. 55). Si lo anterior les sonaba fuerte e insoportable a los oyentes de Jesús, estás afirmaciones les provocan una mayor exasperación por cuanto declara solemnemente que no sólo hay que comer su carne, sino también beber su sangre para tener vida. Esto último, beber sangre, estaba explícitamente condenado por el AT (cf. Gn 9,4; Dt 12,16.23; Lv 3,17).

Recordemos que la expresión carne indica la condición terrenal y mortal de Jesús; y que la sangre simboliza la vida, en particular la vida entregada, donada por Jesús. Tenemos, por tanto, una clara alusión a la entrega sacrificial de Cristo por la redención de los hombres.

Hay un dato que no debe pasar desapercibido al lector: Jesús habla de la carne y la sangre del hijo del hombre. Como bien explica L. H. Rivas[1]: “El Hijo del hombre designa, sobre el trasfondo de la apocalíptica judía, al personaje celestial pre-existente que desciende del cielo y que vuelve otra vez al Padre (3,13; 6,61). Al indicar que este alimento será dado por el Hijo del hombre y que consistirá en su propia carne, se revela el carácter escatológico de esta comida. La carne y la sangre que se ofrecen como alimento necesario para tener vida no pertenecen a un cadáver, sino son carne y sangre glorificada”.

Notemos que en los versículos 54-58 aparecen ideas nuevas muy importantes. En primer lugar se afirma que el verdadero pan bajado del cielo es la carne de Cristo entregada por la vida del mundo. Aparece también la sangre como verdadera bebida. Estos elementos hacen referencia claramente a la Eucaristía como sacramento de la entrega sacrificial y salvífica de Jesús en su pasión y muerte, en su entrega en obediencia al Padre. Se trata, entonces, de la participación en un banquete sacrificial. A esto último podemos sumarle un aspecto gramatical por cuanto en el texto griego se utiliza en los vv. 54-58 un verbo diferente para expresar la acción de comer, troghein, con el sentido fuerte de masticar que el otro verbo,phagein, utilizado antes en los vv 49-51, no tiene. Este cambio puede deberse a una intención teológica de Juan que indica el paso del comer como asimilación por la fe de la Persona de Jesús, al comer como asimilación de la Eucaristía, de comulgar diríamos hoy. Es de notar que ambas acciones: creer y “comulgar” tienen el mismo efecto: dan Vida Eterna, la resurrección en el último día (v. 54.58). Como bien señala V. Mannucci[2]: “mediante la fe y el sacramento de la Eucaristía indisolublemente unidos, los creyentes se apropian de la persona de Cristo Jesús, el Revelador y el Salvador del mundo; al mismo tiempo que de la Vida Eterna, la cual es fruto de su encarnación y de su pasión-glorificación”.

En lo que sigue Jesús explicita otras consecuencias, efectos o frutos que se derivan de comer su carne y beber su sangre:

Þ En primer lugar “permanece en mí y yo en él” (v. 56). Hay una mutua permanencia entre Jesús y el que come y bebe su sangre. El verbo “permanecer” (ménein me,nein) aparece 40 veces en el evangelio de Juan y su sentido es variado, como lo reflejan las traducciones: morar, permanecer, habitar, quedarse, estar. En nuestro texto es claro su sentido de permanecer, estar unido o vinculado firme y establemente.

Þ En segundo lugar nos descubre la fuente y la orientación de la verdadera vida: “Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí” (v. 57). La primera parte del versículo, o sea la relación entre Jesús y su Padre, nos ayuda a comprender qué significa “vivir por Jesús“. Según M. Zerwick[3] la preposición dia (dia.) utilizada dos veces en este versículo en la expresión “vivir por” señala al mismo tiempo tanto la fuente de la vida como el fin al cual esa vida es consagrada. Lo explica muy bien R. Cantalamessa[4]: “La preposición «por», en esta frase, indica dos cosas o dos movimientos: un movimiento de procedencia y un movimiento de destino. Significa que quien come el cuerpo de Cristo vive «de» él, es decir, en virtud de la vida que proviene de él, y vive «para» él, es decir, para su gloria, su amor, su reino. Como Jesús vive del Padre y para el Padre, así también, al comulgar con el santo misterio de su cuerpo y de su sangre, nosotros vivimos de Jesús y para Jesús”.

Þ En tercer lugar está el fruto de la vida eterna: “El que coma de este pan vivirá eternamente” (v. 58). Como vimos, este fruto ya se otorgaba al que recibe en la fe a Jesús.

ALGUNAS REFLEXIONES:

El evangelio de hoy, siendo la conclusión de la homilía de Jesús en Cafarnaúm, “es la parte de aplicación eucarística del Discurso del Pan de Vida. De alguna manera todo lo precedente (el signo de la multiplicación de los panes y el discurso sobre Cristo Pan de Vida) era como una preparación a esta aplicación eucarística del tema del Pan de Vida”[5]. Pero como bien nos advierte E. Leclerc, esta “lectura sacramental” no debe ocultarnos la inspiración de fondo, fundamental, pues “este discurso es una invitación a creer y, por lo tanto, a comulgar con el poder de vida que emana de la persona de Jesús a través de su muerte y su resurrección. Es un discurso eminentemente pascual […] Manifiesta el impulso poderoso de una vida que, a través de la muerte misma, une al hombre, lo capta por entero desde sus raíces vivas y lo abre a la plenitud de la vida divina […] Todo el evangelio de Juan es una llamada insistente a vivir, y a vivir en plenitud. Y es en el interior de esta llamada donde el discurso sobre el pan de vida adquiere todo su significado”[6]. De igual modo afirman G. Zevini – P. G. Cabra[7]: “El discípulo de Jesús recibe como don la vida en Cristo, que supera todas las expectativas humanas porque es resurrección e inmortalidad (vv. 39.54.58). Esta fue la enseñanza profunda y autorizada que dispensó Jesús en Cafarnaún. Sus características esenciales giran, más que sobre el sacramento en sí, sobre el misterio de la persona y de la vida de Jesús, que se va revelando de manera gradual. Ese misterio abarca en unidad la Palabra y el sacramento. La Palabra y el sacramento ponen en marcha dos facultades humanas diferentes: la escucha y la visión, que sitúan al hombre en una vida de comunión y obediencia a Dios”.

Salvado esto, podemos retomar el camino propuesto por Jn 6 que nos lleva al misterio de la Eucaristía y nos permite comprenderlo y vivirlo mejor. En efecto, hace falta en primer lugar aceptar la relación, pero también la distinción, entre el alimento material y el alimento espiritual; entre la vida natural y la vida sobrenatural o eterna. Se trata de una analogía de participación donde el elemento en común es la relación necesaria entre el alimento y la vida. Necesitamos comer para vivir, tanto a nivel material como espiritual o sobrenatural.

Ahora bien, una vez que damos el paso al nivel sobrenatural tenemos que aceptar que el alimento, el pan de vida, es la Persona de Jesús; y el acto por el cual lo “comemos” o “asimilamos” es la fe entendida como aceptación de la “atracción del Padre” que nos mueve a “ir hacia Jesús”. Don del Padre, la fe se entiende aquí, no tanto como un asentimiento intelectual, sino como una adhesión vital a la Persona de Jesús que nos regala el Padre.

Pero Jesús no sólo es el Don del Padre, sino que Él mismo asume libremente esta corriente de entrega o donación en favor de los hombres. El paso del Pan a la Carne y la Sangre nos señalan la entrega sacrificial que hace Jesús de su propia vida por la redención del mundo. Y no podemos olvidar que al hablar de donación y entrega hablamos del amor de Dios, por lo que la fe desemboca en el amor. “Creemos en el Amor que Dios nos tiene”, siendo la entrega del Hijo el signo claro de este amor divino y gratuito.

Ahora bien, todo esto lo encontramos cristalizado, “sacramentalizado” en la Eucaristía. Y de modo tal que el “creer” nos lleva esta vez al “comer”, al “masticar”, al “beber”. Se supera de este modo todo posible dualismo por cuanto a través del pan y del vino se hace presente la carne y la sangre de Cristo; lo humano es signo y presencia de lo divino. Y esto tanto en Jesús Eucaristía como en quienes lo comulgan.

Nos queda profundizar en los frutos de la Eucaristía que nos presenta el evangelio hoy.

 Vimos en primer lugar la mutua permanencia o comunión de vida entre Jesús y el creyente. Como enseñaban los padres de la Iglesia, en especial San Agustín, es el principio vital más fuerte el que asimila al más débil; por tanto se trata de una “alimento” que nos transforma en él, nos “cristifica“, a diferencia del proceso natural de asimilación de la comida. Es tal la potencia de este Sacramento que nos transforma en Cristo, que nos comunica la misma vida de Cristo. Por ello se da una mutua permanencia o comunión de vida.

En segundo lugar, recibir la Eucaristía con fe nos lleva a reconocer en el Padre la fuente de nuestra Vida y, también, la orientación fundamental de la misma; tal como lo vivió Jesús. Importa notar que Jesús dice que Él vive por el “Padre que lo ha enviado”, así el que lo come vivirá por él. Esta referencia al envío del Padre nos permite relacionar la Eucaristía con la misión, tal como lo hizo Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis nº 84: “En la última Cena Jesús confía a sus discípulos el Sacramento que actualiza el sacrificio que Él ha hecho de sí mismo en obediencia al Padre para la salvación de todos nosotros. No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana.” Hace unos años J. Ratzinger[8] se preguntaba de qué modo la Eucaristía es el origen o génesis de la misión. Y respondía que esto es posible sólo si comprendemos bien “que la eucaristía es el centro mismo del cristianismo, en el que de modo misterioso Dios sale continuamente de sí mismo y nos atrae en su abrazo […] La eucaristía es la presencia del amor divino-humano de Cristo, además es siempre el paso del hombre Jesús a los hombres que se hacen miembros suyos, eucaristía ellos mismos y así también «corazón» y «amor» por la Iglesia”.

En conclusión, nada tan humano como la necesidad de pan para vivir. Nada tan profundamente humano como la necesidad de sentirse amado y de amar para que la vida tenga sentido y plenitud. Y sabemos por experiencia que tanto la vida como el amor son dones, hay que recibirlos. Y nada nos mueve tanto a amar como el hecho de sentirnos amados. Y también la experiencia nos enseña que en la medida que amamos y nos entregamos la vida es fecunda y se llena de sentido. Llevemos esto al plano sobrenatural, al misterio de Dios, y comprenderemos lo que es la Eucaristía.

La Eucaristía es un pan que tenemos que comer y un vino que tenemos que beber, recibir con fe, para poder tener vida eterna. Porque el pan se ha convertido en el cuerpo de Cristo entregado y el vino en la sangre de Cristo derramada, por amor a los hombres.

La Eucaristía es la manifestación concreta y personal del amor de Jesús, quien se ha ofrecido y se ofrece a sí mismo para que tengamos vida eterna. Al recibir la Eucaristía podemos decir con San Pablo: “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20). En la medida que recibimos su Cuerpo y su Sangre, recibimos a Jesús mismo hecho Pan, Eucaristía, y empezamos a sentir la vida nueva que nos  impulsa a prolongar su dinamismo de entrega y amor para que otros tengan vida y la tengan en abundancia.

Hoy el evangelio nos lleva directamente al misterio eucarístico presentado como presencia real de Jesús glorificado a quien tenemos que recibir con fe. Si bien es cierto que los sacramentos obran por su propia fuerza, no es menor la necesidad de la fe para recibirlos fructuosamente. Si no experimentamos que Jesús mora en nosotros y nosotros en Él, si no sentimos el influjo misterioso de la gracia que nos lleva a vivir por Jesús, a prolongar su misión que viene del Padre, es que nos falta una mayor fe en este misterio. Porque la fe es aquí la llave que abre por dentro nuestro corazón para que sea habitado por Jesús; más aún, sea transformado en Él, al punto de vivir su misma vida y tener sus mismos sentimientos.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Vivir para siempre

Señor Jesús, Vida Verdadera,

De tu pan comemos cada día y, sin embargo

La eternidad nos suena lejana,

¿Deseamos vivir para siempre?

¿Alcanzar tu Mañana?

El peregrinar por este mundo

Alimentados de tu Pan y tu Palabra

Es puro Don Divino, no es un privilegio

Ni un derecho. Es tu libertad perfecta

Para amarnos, más allá de nuestras faltas.

Y esa gratuidad entendida

Bajo tu tierna mirada, se hace apremio

Se hace urgencia, se reparte sin medida

Y se derrama para todos

En Divina abundancia.

 

¡Pan Vivo bajado del cielo!

Para alimento del cuerpo y del alma

De un pueblo sediento,

Que camina en la inconciencia

Marcado su rumbo por estos tiempos …

Mira Señor nuestra ignorancia

Porque duro es el lenguaje del odio

Del egoísmo, de la muerte…

Llámanos sin descanso a tu Mesa,

Llénanos de fe y esperanza.

El último día, sea para todos

El anhelo, el sentido de la existencia

La fiesta de la Vida, la Resurrección

La Universal Pascua…

Para la Gloria de la Trinidad Santa. Amén.

 

[1] El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2006) 231.
[2] Giovanni, il vangelo narrante (EDB; Bologna 1993) 115.
[3] A Gramatical Análisis of the Greek New Testament (PIB; Roma 1993) 305.
[4]  La Eucaristía, nuestra santificación (EDICEP; Valencia 2000) 33-34
[5] D. Muñoz Leon, Predicación del Evangelio de Juan (Comisión Episcopal del Clero; Madrid 1988) 107.
[6] E. Leclerc, El maestro del deseo. Una lectura del evangelio de Juan (PPC; Madrid 1999) 103-104.-
[7] Lectio divina para cada día del año 14 (Verbo Divino; Estella 2004) 181.
[8] Communio. Un programa teológico y pastoral (Encuentro; Madrid 2013) 239.
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