Lectio Divina. Cuarto Domingo de Cuaresma

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Vivir la nueva alianza es haber conocido el amor del padre y haber creído en él

Primera lectura: 2Cr 36,14-16.19-23

La primera lectura corresponde al final del segundo libro de las Crónicas. Recordemos que estos libros han sido escritos alrededor del año 300 a. C. y su principal finalidad es presentar la historia de Israel desde una nueva perspectiva. Para ello utilizan como fuentes los libros bíblicos ya ‘canonizados’ en su tiempo (en especial 1-2Sam y 1-2Re); más otras fuentes desconocidas para nosotros. Se nota en esta obra, escrita a bastante distancia del exilio, la intención de suscitar el deseo de ver aparecer al Mesías, nuevo David, quien establecerá en todo Israel una monarquía de derecho divino. El autor está vinculado a la línea sacerdotal y posiblemente sea un levita. Por ello sus preocupaciones son sobre todo cultuales (litúrgicas) y están centradas en el Templo. Esta tendencia se advierte justamente en el texto que nos presenta la liturgia de la palabra de este domingo, extractado de un capítulo dedicado al exilio y donde son las miserias sobrevenidas al Templo lo que más le interesan. Además, luego del tiempo del destierro que se deja en la oscuridad, la historia termina con el edicto de Ciro donde este rey persa declara que ha recibido de Dios orden de reconstruir el Templo (2Cr 36,22-23 y Esd 1,1-3).

De este modo esta lectura nos presenta, en primer lugar, una justificación teológica del destierro: fue el justo castigo de Dios por el pecado del pueblo quien con su infidelidad rompió la Alianza. Si bien Dios tuvo la delicadeza de advertir a su pueblo por medio de los profetas; el pueblo desoyó. Pero al mismo tiempo insiste en el perdón gratuito de Dios pues, una vez cumplido el tiempo del castigo, Dios mismo manda re-edificar el Templo de Jerusalén y restaurar la Alianza.

Segunda lectura: Ef. 2,4-10

La segunda lectura también insiste en la gratuidad de la salvación y del perdón divino: “Ustedes han sido salvados gratuitamente” (Ef 2,5b); “ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe” (Ef 2,8-9). La salvación es obra de Dios, de su Gracia, quien “nos hizo revivir con Cristo”. Pero no se trata sólo de restauración o reconstrucción como en la primera lectura, es algo más: es una nueva creación. Y la misma es una creación de la “nada” de nuestros méritos porque “estábamos muertos a causa de nuestros pecados” (Ef 2,5a). Es una verdadera resurrección, obra exclusiva del Padre.

Puede llamarnos la atención que la carta mencione varias veces que la salvación de los hombres ya ha tenido lugar. Por contrapartida, en otros párrafos de la misma carta se da a entender que este proceso no se ha realizado por completo todavía. El contexto bautismal de la carta invita a pensar que, en la línea de Rom 6, se refiera a la participación de los cristianos en el misterio pascual de Cristo mediante el sacramento del Bautismo[1]. Por tanto, los bautizados ya hemos sido salvados y hemos renacidos, “fuimos creados en Cristo Jesús”. Nos toca ahora vivir como hombres nuevos de modo que nuestro obrar manifieste nuestro nuevo ser en Cristo “realizando aquellas buenas obras que Dios preparó de antemano para que las practicáramos”(Ef 1,10).

Evangelio: Jn 3,14-21

Este texto es la continuación del diálogo de Jesús con Nicodemo sobre el tema del nuevo nacimiento por el Espíritu (Jn 3,1-12). Aquí nos encontramos más bien con un monólogo de Jesús sobre el tema del Misterio Redentor y sobre el juicio de los hombres.

El comienzo de este texto tiene como trasfondo el relato de Nm 21,4-9. Allí se narra que el pueblo murmuró contra Yavé y contra Moisés; entonces Dios castigó esta rebelión enviando unas “serpientes abrasadoras”. Cuando el pueblo se arrepiente y confiesa su pecado, Dios manda a Moisés: “Hazte una serpiente abrasadora y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá” (Nm 21,9). El Tárgum de Nm 21,4-9 combina este texto con Gn 3,1 y, entonces, queda acentuada la ambigüedad o ambivalencia de la serpiente: por un lado las serpientes abrasadoras son una expresión de la serpiente original, causante del pecado del hombre y símbolo de la muerte; por otro la serpiente de bronce es benéfica para el pueblo y símbolo de la voluntad salvífica de Dios. Y esto pasa al cuarto evangelio donde la ambigüedad del símbolo de la serpiente sirve para expresar la doble faceta del misterio pascual: una negativa, la muerte; otra positiva, la resurrección. La muerte está asociada al pecado, al triunfo del mal y de la serpiente originaria. Pero a esta negatividad le sucede lapositividad del triunfo de la vida mediante la exaltación o elevación en la cruz. La serpiente levantada en alto vence a las serpientes abrasadoras. Jesús, al ser levantado en la cruz, vence a la serpiente de los orígenes[2]. Si bien es cierto, como señala G. Zevini[3], “la confrontación que Juan propone sobre este ejemplo, no tiene que ponerse entre Jesús y la serpiente de bronce, sino en el hecho de la elevación y la salvación (Cf. Sab 16,6) que consiguen los que saben superar las apariencias del signo y miran en la fe la misericordia y el poder de Dios”.

Luego en los vv. 16-17 el evangelio insiste en que la salvación nos viene por la entrega del Hijo y es obra de Dios que “tanto amó al mundo”. Se expresa aquí claramente el carácter universal de la salvación obrada por Cristo y que tiene su fuente y origen en el amor del Padre a los hombres, a todo el mundo. Ante esta donación amorosa de la salvación eterna por parte del Padre los hombres tienen que optar, recibirla o rechazarla, creer o no creer en ella. El que cree se apropia de este amor del Padre que transforma esta vida y le da una dimensión de plenitud. El que no cree rechazando esta revelación del amor del Padre se condena a sí mismo. Esta opción es tan fundamental que decide, ya en el presente, la salvación o condenación del hombre. Y en esto mismo consiste el juicio, por cuanto en el evangelio de Juan se da ya en el presente y provoca la separación entre los hombres según acepten o rechacen a Jesucristo como revelador del Padre[4].

En la parte final del texto de hoy se busca desentrañar el misterio del rechazo de los hombres a Jesucristo, a la Luz, a la Verdad. Al parecer hay una opción previa, del corazón, por las obras del mal y se prefiere que queden ocultas por las tinieblas y la mentira que las envuelve. No se animan a sacar el mal de su corazón a la luz para ser iluminados, sanados, salvados. En el fondo, permanece el misterioso poder de la libertad humana que puede rechazar hasta el amor del Padre manifestado en la entrega del hijo.

Meditatio:

Este domingo se denomina laetare (alégrense) por el comienzo de la antífona latina y “es el domingo de la alegría, una etapa de reposo en el camino de la Cuaresma, antes de la subida definitiva a Jerusalén. Las lecturas de hoy nos muestran el verdadero motivo de esta alegría: el amor generoso de Dios. El interviene incluso cuando la situación parece desesperada, procurando al hombre la salvación y la alegría”[5].

Las tres lecturas nos invitan a mirar la obra de Dios, lo que Dios hace por y en nosotros; por qué lo hace y cómo lo hace. En efecto, según A. Nocent[6] “el tema fundamental que se ha querido presentar hoy es el de la regeneración del hombre, condicionada por el envío del Hijo y su venida, así como por su exaltación, es decir, su crucifixión y su resurrección triunfante. Este es el plan realizado del amor de Dios hacia los hombres. Es, por lo tanto, el amor de Dios el originario punto de partida de todo el proceso de salvación”.

En la primera lectura vemos la infidelidad de Israel, por un lado y, por otro, la fidelidad y paciencia de Dios quien, si bien cumple con su palabra de castigo, también tiene una palabra de perdón y de reconstrucción para su pueblo. Y esto último lo hace de un modo desconcertante e imprevisible pues se vale de la acción bélica de un pagano, Ciro, para liberar a su pueblo Israel.

La segunda lectura nos invita también a mirar más a lo que Dios hace que a lo que nosotros podemos hacer, a su salvación gratuita que es a la vez una nueva creación. Y a reconocer que lo que nosotros podemos hacer es también don de Dios. En efecto, en este texto: “Amor y vida son los dos términos esenciales. La redención revela que Dios es amor y gracia a rebosar. El mediador de la salvación es Jesucristo: asumiendo un cuerpo semejante al nuestro, con su muerte vence nuestra muerte, con su resurrección nos abre el camino. Como don gratuito, la humanidad ha sido asociada a la glorificación de Cristo […] La omnipotencia de Dios se manifiesta en su amor. Frente a esta gratuidad, desaparece toda obra humana o, mejor, el mismo hombre se convierte en nueva criatura y sus obras no son sino el desbordar de la gracia divina en él. Desaparece cualquier asomo de vanagloria: sólo hay lugar para la gratuidad, la eucaristía”[7].

El evangelio, al invitarnos a mirar a lo alto, insiste en que la salvación viene de fuera de nosotros mismos, viene sólo de Dios y de su amor: “Sí, Dios amo tanto al mundo…”. Y aquí también se redimensiona nuestro obrar: hay que dejarse iluminar por este amor y acercarse a él, esto es obrar la verdad, obrar en la luz. Son estas las “obras que han sido hechas en Dios” (Jn 3,21).

El giro comenzado en el tercer domingo de cuaresma se acentúa en este cuarto domingo, como bien señala A. Nocent[8]: “Nos hallamos, pues, en plena contemplación de la sobreabundancia de la gracia otorgada por el Padre. Somos salvados por gracia, esta gracia es rica y hace buenos nuestros actos a los ojos de Dios. Tal es la densa enseñanza de este 4to. Domingo de Cuaresma”.

Ya la centralidad del obrar de Dios es evidente. Hay que dejarlo obrar a Él. La mirada introspectiva de las dos primeras semanas de cuaresma debe dar su lugar a una mirada hacia Dios y su Gracia. Elevar la mirada hacia El que fue elevado en alto y de dónde nos vendrá la salvación. Fijar la mirada en Cristo crucificado y esperar su Gracia. Él puede hacer lo que nosotros no podemos, por tanto, hay que dejarlo todo en Sus Manos. Por supuesto que este abandono en Dios no es lo mismo que un desentenderse de la propia vida ni de las propias obligaciones. La mirada debe estar atenta en Dios, pero para acompañar su obrar, para secundar la acción de la Gracia y agradecer. La gratitud, la acción de gracias a Dios, la Eucaristía, es y será nuestra mejor respuesta.

Por último, aunque no es un tema menor, sigue en pie el misterioso rechazo de los hombres al amor del Padre manifestado en Cristo, rechazo a la salvación. Puede que nos ayude la descripción que hace el Card. Bergoglio del corazón corrupto, que se distingue del pecador: “El pecado se perdona, la corrupción no puede ser perdonada. Sencillamente porque en la base de toda actitud corrupta hay un cansancio de trascendencia: frente al Dios que no se cansa de perdonar, el corrupto se erige como suficiente en la expresión de salud: se cansa de pedir perdón […] El corrupto no tiene esperanza. El pecador espera perdón…el corrupto, en cambio, no, porque no se siente en pecado: ha triunfado”[9].

En fin, como nos dice el Papa Francisco: “Nos hará bien, hoy, entrar en nuestro corazón y mirar a Jesús. Decirle: «Señor, mira, hay cosas buenas, pero también hay cosas no buenas. Jesús, ¿te fías de mí? Soy pecador…». Esto no asusta a Jesús. Si tú le dices: «Soy un pecador», no se asusta. Lo que a Él lo aleja es la doble cara: mostrarse justo para cubrir el pecado oculto. «Pero yo voy a la iglesia, todos los domingos, y yo…». Sí, podemos decir todo esto. Pero si tu corazón no es justo, si tú no vives la justicia, si tú no amas a los que necesitan amor, si tú no vives según el espíritu de las bienaventuranzas, no eres católico. Eres hipócrita. Primero: ¿Puede Jesús fiarse de mí? En la oración, preguntémosle: Señor, ¿Tú te fías de mí?”

En breve, hoy es un domingo de alegría porque el infinito amor del Padre se nos ha manifestado en Cristo; porque “la misericordia no es sólo un actitud pastoral sino la sustancia misma del Evangelio de Jesús” (Papa Francisco). Por tanto vivir en la Nueva Alianza es vivir en y de la Gracia, del amor misericordioso y gratuito del Padre. Lo nuestro es CREER EN EL AMOR DE DIOS Y ACEPTARLO, y luego, CONFIAR Y AGRADECER.

Para la oración (resonancia del Evangelio en una orante)

Acércate a la luz

Hermano mío, dame tu mano.
Un camino tenebroso y oscuro
Vamos juntos, andando.
Llevo mi luz, el regalo sagrado.

En el bautismo se encendió
Y ahora la avivo con tesón
Para que me vea Dios
Y también tantos otros extraviados.

Cuando se hace pequeña su llama
Vienen otros a mi encuentro
Y me ayudan por si me pierdo
Pero nunca se apaga…

Pues entre nosotros camina El Señor
Siempre atento, preocupado
Somos sus ovejas
El pequeño rebaño…

Fe y Luz, van siempre de la mano
Una y otra son para el peregrinar
Y sentir el gozo creyente
En este mundo desolado.

Misión es el abandono
Y no sentirse abandonado
Preferirte a ti Hijo Único del Padre
Dueño de todos los cristianos. Amén.

[1] Cf. F. Pastor, Corpus Paulino II (DDB; Bilbao 2005) 31-32.
[2] Hemos seguido de cerca lo expuesto por J. Asurmendi en su artículo “Las mudas de la serpiente”, en Reseña Bíblica 9 (1996) 63-64.
[3] Evangelio según san Juan (Sígueme; Salamanca 1995) 118.
[4] Cf. L. H. Rivas, El Evangelio de Juan. (San Benito; Buenos Aires 2006) 165.
[5] Card. A. Vanhoye, Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo B (Mensajero; Bilbao 2008) 79.
[6] Celebrar a Jesucristo III. Cuaresma (Santander 1980) 149.
[7] G. Zevini – P. G. Cabra (eds.), Lectio Divina para cada día del año. Vol 3 (Verbo Divino; Estella 2001) 253.
[8] Celebrar a Jesucristo III. Cuaresma (Santander 1980) 152.
[9] Corrupción y pecado (Claretiana; Buenos Aires 2005) 18.30.
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