Lectio Divina. Cuarto Domingo de Pascua

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Primera lectura (He 4,8-12):

            Este discurso de Pedro tiene como auditorio a “los jefes de los judíos, los ancianos y los escribas, con Anás, el Sumo Sacerdote, Caifás, Juan, Alejandro y todos los miembros de las familias de los sumos sacerdotes” (He 4,5-6). Estos se habían reunido en Jerusalén y hacen comparecer allí a Pedro y Juan por la curación del paralítico y por su predicación de la Resurrección de Jesús. Entonces les preguntan: “¿Con qué poder o en nombre de quién ustedes hicieron eso?” (He 4,7). Pedro toma la palabra y lleno del Espíritu Santo pronuncia el discurso que tenemos como primera lectura de este domingo.

            Como dice J. Roloff[1]: “el breve discurso de Pedro vuelve sobre temas de 3,12-26 pero más conciso. Igual que en el discurso anterior, la curación del paralítico, en cuanto prueba de la potencia del nombre de Jesús, es el punto de partida para un desarrollo del esquema antitético”. Este autor con “esquema antitético” se refiere al contraste entre la acción de los judíos que han rechazado a Jesús y la acción de Dios que lo ha resucitado y ha dotado de poder a su Nombre. En efecto, Pedro vuelve a dejar en claro que la curación se debe al “Nombre de Jesucristo de Nazareth”, contestando así a la pregunta de las autoridades judías. Luego sigue la contraposición entre la crucifixión, obra de los judíos, y la resurrección, obra de Dios. Ahora bien, estos acontecimientos ya estaban anunciados en la Escritura y, a modo de prueba, se cita el Salmo 118,22, que es el salmo responsorial de este domingo. Este salmo, que forma parte del gran Hallel (salmos que se rezan al final de la cena pascual), en su sentido literal primario es la alabanza a Dios de un piadoso israelita por una inesperada intervención salvífica en su favor. El versículo citado se refiere a la “piedra angular”, que hace referencia a la primera piedra de los cimientos sobre la que descansa todo el edificio (cf. Is 28,16). Aplicado a Jesús quiere decir que los judíos, los constructores, han rechazado una piedra que luego, por la intervención de Dios, ha llegado a ser piedra angular, fundamento en el que se apoya la fe de la Iglesia.

            El discurso se cierra con una solemne profesión de fe en el Nombre de Jesús, único camino de salvación para los hombres.

En síntesis, el discurso de Pedro tiende a mostrar que en virtud de su resurrección Jesús posee el único nombre por medio del cual todos deben ser salvados.

Segunda lectura (1Jn 3,1-2):

            En estos versículos se busca dejar en claro que la filiación divina es fruto del amor del Padre, que nos concede el poder llamarnos hijos suyos; y que lo seamos realmente. En el texto griego de 3,1 se denota algo que no reflejan bien algunas traducciones, pues dice literalmente: “Mirad cuán gran amor nos ha entregado/dado (didōmi) el Padre”. Por tanto, queda bien en evidencia que la filiación es un don del amor del Padre. Como dice J. Casabó[2]: “Hay una nueva relación con Dios; como la que crea la naturaleza entre un padre y el hijo que él ha engendrado. Pero en y a través de Cristo, implicando en éste una filiación originaria y distinta”. Por otra parte, notemos que para designar la condición filial de los creyentes se utiliza el término griego en plural técna, “chicos, hijos”, mientras que se reserva el uso del sustantivo singular hyiós, “hijo”, cuando lo aplica a Jesús.

            Y así como el mundo, en el sentido de “conjunto de fuerzas opuestas y hostiles a Dios, el “lugar” espiritual del rechazo de Dios y de su amor, que se configura en el rechazo de Cristo”[3], no puede conocer el amor de Dios, entrar en comunión con Él, así tampoco reconoce a los hijos de Dios.

            Ahora bien, este don salvífico, la participación en la filiación divina de Jesús, es algo actual, real y presente en la vida del creyente, pero no pleno todavía. Recién en la parusía tendrá su manifestación definitiva, gloriosa. Según las categorías propias de la carta, en el presente la filiación divina se vive de modo interior y por la fe; en la parusía se dará la manifestación exterior, visible, de lo que ya somos; y la fe dejará lugar a la visión de Dios.

Evangelio (Jn 10,11-18):

            La doble presentación que Jesús hace de sí mismo como “buen Pastor” permite dividir esta parte del discurso del capítulo 10 de San Juan en dos: vv. 11-13 y vv. 14-18.

            Recordemos que la imagen del pastor era común en el antiguo Oriente donde los reyes solían designarse a sí mismos como pastores de sus pueblos. Esto pasa también en Israel, con la particularidad de que Moisés y David, antes de ser llamados a convertirse en los mayores jefes y guías del pueblo de Dios, habían sido concretamente pastores de rebaños. Más tarde, ante el fracaso de los pastores de Israel, es decir, de los líderes políticos y religiosos, el profeta Ezequiel anuncia que Dios mismo será el Pastor de su pueblo: “Como un pastor vela por su rebaño (…), así velaré yo por mis ovejas. Las reuniré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas” (Ez 34, 12). En el evangelio de Juan vemos que Jesús se presenta a sí mismo como el buen Pastor en quien Dios mismo vela por sus ovejas, reuniendo a los seres humanos y conduciéndolos al verdadero pasto.

Acerca del sentido de la expresión “Pastor bueno” (poimēn kalós) L. Rivas[4] insiste en que la traducción correcta sería “Pastor verdadero” o “pastor auténtico”. En particular se fundamenta en el contexto del discurso donde se contrapone la actitud de Jesús con la de los “ladrones y asaltantes” por un lado; y con los “asalariados” por otro.

            En la primera parte (10,11-13) Jesús expone una primera característica suya como Pastor que lo cualifica como verdadero o auténtico: “El buen pastor da su vida por las ovejas”.

La expresión griega “poner o exponer la vida” significa que el pastor auténtico está dispuesto a morir por las ovejas. En Jn 13,37-38 la encontramos en boca de Pedro dispuesto a dar la vida por Jesús. En Jn 15,13 como expresión del amor supremo: el dar la vida por los amigos. Se trata, por tanto, de una actitud martirial propia del pastor auténtico y que se repite cuatro veces en este discurso (10,11.15.17.18).

Esta acción/actitud de Jesús, buen Pastor, se contrapone a continuación con las acciones/actitudes del “asalariado”. Este último término hace referencia a quien trabaja por el sueldo, no siendo dueño del “negocio”. En el NT sólo vuelve a aparecer para referirse a los “jornaleros” que trabajaban como pescadores para Zebedeo, el padre de Santiago y Juan (cf. Mc 1,20). Resumiendo, mientras el pastor auténtico da su vida por las ovejas porque las considera propias; el asalariado, a quien no pertenecen las ovejas, ante el peligro las abandona y huye, no se preocupa por ellas.

            En 10,14 comienza la segunda parte con una nueva autopresentación de Jesús y con la descripción de la segunda característica propia del pastor auténtico: el conocimiento recíproco entre el pastor y sus ovejas. En el evangelio de Juan el conocimiento es “comunión de vida”; por tanto “este conocimiento entre Jesús y sus discípulos va mucho más allá del simple conocimiento racional. Es presencia íntima del uno en el otro, comprensión y confianza mutua, comunión de corazón y de pensamiento; es penetración total de amor, ya que se apoya en una comunión de vida y en una solidaridad de interés entre el pastor y su rebaño”[5]. Además, el conocimiento-comunión entre el pastor y sus ovejas se compara con el conocimiento-comunión que existe entre el Padre y el Hijo. Y esta comparación puede entenderse como causa-efecto o derivación, si le damos a la conjunción kathós un matiz causal (porque en vez de como), como sugiere L. Rivas[6]: “La forma en que el Padre conoce a Jesús no solamente es modelo, sino también causa de que Jesús ame a los creyentes. Existe una relación entre el conocimiento que el Padre tiene de Jesús y el acto por el cual Jesús da su vida por los que creen”.

            Entre estas dos características distintivas del buen pastor, dar la vida por las ovejas y tener un vínculo de conocimiento-comunión con ellas, hay una estrecha relación. El vínculo se da como la “pertenencia” de las ovejas al auténtico pastor, y este conocimiento mutuo es el que motiva su entrega. Al respecto dice J. Ratzinger[7]: “El pastor conoce a las ovejas porque estas le pertenecen, y ellas lo conocen precisamente porque son suyas. Conocer y pertenecer (en el texto griego, ser «propio de»: ta ídia) son básicamente lo mismo”. Por tanto, “el buen pastor ofrece la vida por sus ovejas a causa de esta relación profunda, personal, llena de amor. No hace como el mercenario, que no tiene una relación profunda con las ovejas. En efecto, las ovejas no pertenecen al mercenario; sólo ve en ellas el provecho que puede sacarles, y cuando ve venir al lobo, no le hace frente, sino que huye y abandona a las ovejas”[8].

            En el v. 16 Jesús interrumpe el hilo de su discurso para hacer referencia a otras ovejas que no están en el corral, las cuales escucharán su voz y serán conducidas por él, al punto que habrá un solo rebaño y un solo pastor. Con esta frase se hacer alusión a la apertura a los paganos, los no judíos, quienes serán llamados por el mismo Jesús a incorporarse a su rebaño.

            En Jn 10,17-18 se retoma y desarrolla el tema de la entrega de la vida de Jesús y del amor del Padre a él por esto mismo. En particular se pone de relieve la libertad con que Jesús entrega su vida, insistiendo en que tiene poder (exousía) para disponer de su vida, para darla y para recuperarla. Y como auténtico pastor, la ofrece por amor al Padre y a los hombres.

Algunas reflexiones:

 Llamamos a este día “domingo del Buen Pastor” y en él se nos invita a reconocer a Jesús como nuestro Buen Pastor Resucitado, presente en nuestra vida y ejerciendo también hoy su oficio pastoral. ¿Y cómo ejerce Jesús su oficio de pastor? Como lo hizo en su tiempo y tal como nos lo describe el evangelio de hoy al presentarnos tres características que definen la “acción pastoral” de Jesús:

1.      Da su vida por nosotros. Y sabemos que “no hay mayor amor que dar la vida”; por tanto de este modo Jesús vive y expresa su gran amor por nosotros, por cada uno de nosotros.

2.      En segundo lugar, Jesús habla del conocimiento íntimo, la comunión de vida, que busca tener con nosotros. Tan profundo es este conocimiento o comunión mutua que Jesús la compara al vínculo que Él tiene con su Padre.

3.      En tercer lugar, Jesús, como buen pastor, busca la unidad del rebaño, amplía su horizonte a otras ovejas, no se cierra en las que ya están sino que se preocupa y ocupa por las que todavía no pertenecen al único rebaño de Dios.

Nuestra mirada debe dirigirse entonces a Jesucristo, quien “ayer, hoy y siempre” es el Pastor verdadero, auténtico, bueno. Y junto a esto tenemos que recordar que Dios, con su sabia pedagogía de la encarnación, llama y elige a algunos hombres que, con todas sus cualidades y talentos, más también con toda su carga de fragilidad propia de lo humano, sean los signos sacramentales de Jesús Buen Pastor. Y lo serán en la medida que vivan las actitudes de Jesús Buen Pastor que nos describe el evangelio de hoy.

Nos lo recuerda el papa Francisco en su mensaje para la jornada mundial de oración por las vocaciones de este año: “El Señor sigue llamando hoy para que le sigan. No podemos esperar a ser perfectos para responder con nuestro generoso «aquí estoy», ni asustarnos de nuestros límites y de nuestros pecados, sino escuchar su voz con corazón abierto, discernir nuestra misión personal en la Iglesia y en el mundo, y vivirla en el hoy que Dios nos da”.

Hay una actitud que, en cierto modo, define bien la bondad de Jesús como Pastor y es la cercanía o proximidad, como afirma “El don de la vocación presbiteral” (la nueva Ratio) “el primer rasgo que caracteriza a Cristo como verdadero Sumo Sacerdote es su singular proximidad, que lo hace cercano tanto a Dios como a los hombres” (n° 36). De esto mismo habló el Papa Francisco en su homilía de la misa crismal de este año: “La cercanía es más que el nombre de una virtud particular, es una actitud que involucra a la persona entera, a su modo de vincularse, de estar a la vez en sí mismo y atento al otro. Cuando la gente dice de un sacerdote que «es cercano» suele resaltar dos cosas: la primera es que «siempre está» (contra el que «nunca está»: «Ya sé, padre, que usted está muy ocupado», suelen decir). Y la otra es que sabe encontrar una palabra para cada uno. «Habla con todos», dice la gente: con los grandes, los chicos, los pobres, con los que no creen… Curas cercanos, que están, que hablan con todos… Curas callejeros”.

El sacerdote por su misión mediadora, está llamado a vivir en las dos orillas, la de Dios y la de los hombres; o como dice Francisco, a vivir las dos cercanías: “La buena noticia se da cuando estas dos cercanías se alimentan y se curan mutuamente. Si te sientes lejos de Dios, por favor, acércate a su pueblo, que te sanará de las ideologías que te entibiaron el fervor. Los pequeños te enseñarán a mirar de otra manera a Jesús. Para sus ojos, la Persona de Jesús es fascinante, su buen ejemplo da autoridad moral, sus enseñanzas sirven para la vida. Y si tú te sientes lejos de la gente, acércate al Señor, a su Palabra: en el Evangelio, Jesús te enseñará su modo de mirar a la gente, qué valioso es a sus ojos cada uno de aquellos por los que derramó su sangre en la Cruz. En la cercanía con Dios, la Palabra se hará carne en ti y te volverás un cura cercano a toda carne. En la cercanía con el pueblo de Dios, su carne dolorosa se volverá palabra en tu corazón y tendrás de qué hablar con Dios, te volverás un cura intercesor” (Homilía misa crismal, 29 de marzo de 2018).

            Ahora bien, como en casi todas las cosas, junto a lo auténtico y verdadero, se da también lo engañoso y lo falso porque en este mundo siempre crecerán juntos el trigo y la cizaña. En este caso, Jesús se contrapone al “asalariado”, que no es pastor ni se ocupa del rebaño. Una actualizada descripción del “asalariado” la hace San Agustín en uno de sus memorables sermones sobre los pastores[9]: “En la Iglesia hay algunos – de los que habla el Apóstol – que anuncian el Evangelio por conveniencia, buscando conseguir de los hombres ventajas personales (cf. Flp 1,15-17), ya sea en dinero, ya en honores, o en alabanza humana. Buscando a toda costa recibir recompensa, ellos evangelizan no tanto en vista de la salvación de aquel a quien le anuncian el Evangelio, cuanto de su propio interés. Pero el que escucha el anuncio de la salvación por medio de uno que no la posee, si cree lo que aquel le anuncia, y no pone su esperanza en aquel por medio del cual le es anunciada la salvación, ese que recibe el anuncio obtendrá una ganancia; pero el que la anuncia sufrirá un daño”.

            De modo especial en este domingo se invita a toda la comunidad a rezar por el aumento, perseverancia y santificación de las vocaciones sacerdotales. Y junto a esto bien podemos hacer un diagnóstico sobre la falta de vocaciones, tal como lo hace el Papa Francisco en EG n° 107: “En muchos lugares escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Frecuentemente esto se debe a la ausencia en las comunidades de un fervor apostólico contagioso, lo cual no entusiasma ni suscita atractivo. Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas. Aun en parroquias donde los sacerdotes son poco entregados y alegres, es la vida fraterna y fervorosa de la comunidad la que despierta el deseo de consagrarse enteramente a Dios y a la evangelización, sobre todo si esa comunidad viva ora insistentemente por las vocaciones y se atreve a proponer a sus jóvenes un camino de especial consagración. Por otra parte, a pesar de la escasez vocacional, hoy se tiene más clara conciencia de la necesidad de una mejor selección de los candidatos al sacerdocio. No se pueden llenar los seminarios con cualquier tipo de motivaciones, y menos si éstas se relacionan con inseguridades afectivas, búsquedas de formas de poder, glorias humanas o bienestar económico”.

            En fin, celebremos a nuestro auténtico y único Pastor, Jesucristo Resucitado. Sólo en su nombre se encuentra la salvación. Sólo Él puede llevarnos al Padre y hacernos de verdad sus hijos, buenas ovejas de su rebaño. Y como dice San Agustín: “Si existen buenas ovejas habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas salen buenos pastores” (Sermón 46).

Para la oración (resonancia del evangelio en una orante):

Ovejas de tu rebaño

Quién pueda oír tu Voz, Señor
Reconocer en ti el llamado a la Vida
Hoy la Iglesia toda, se conmueve con tus obras
Iluminadas por la luz de estas horas.

No se admira por el esplendor de la llama
Ni se encandila por las luces de alba
Sabe que aún en medio de una oscuridad profunda
Nunca abandonas a tu esposa amada.

Un rebaño dividido, disperso por el mundo
Cansado y errante por desconocidos caminos
Ansía la señal del rumbo fijado para la Hora que llega
¡Celebra la Liturgia Nueva del Resucitado!

Se inclina de rodillas y entrega sus pecados
Clama por el Espíritu que la regenera
Y se de nuevo un solo cuerpo
Ovejas, corderos de tu rebaño.

Nadie más que tú entregó su vida por ellas
Obedeciste al Padre que amo a sus creaturas
Su pedido fue tu Ley, tu alimento
Y no te ahorraste nada,

Miraste a tu verdugo con misericordia
En medio de tu sufrimiento
Y después de la muerte Él te devolvió la vida
Por fin el grito esperado: ¡Victoria!

Y ahora por ti daremos la vida
No retendremos lo que es tuyo
Esconder la luz hoy es pecar
Es renunciar a dar lo que otros imploran

Y quiénes somos ahora,
Sino servidores del Pastor de los pastores
Del que nos devolvió la filiación y la honra
Y nos trató de amigos hasta su última hora. Amén.

[1] Hechos de los Apóstoles (Cristiandad; Madrid 1984) 120.
[2] La teología moral en San Juan (FAX; Madrid 1970) 255.
[3] J. Casabó, La teología moral en San Juan (FAX; Madrid 1970) 165.
[4] El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2005) 303.
[5] G. Zevini, Evangelio según san Juan (Sígueme; Salamanca 1995) 260.
[6] El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2005) 305.
[7] Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Planeta; Buenos Aires 2007) 329.
[8] Card. A. Vanhoye, Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo B (Mensajero; Bilbao 2008) 131.
[9] Sermón 137,5 citado en Comentarios de San Agustín a los evangelios dominicales y festivos. Ciclo B (RyC; Buenos Aires 2008) 62.
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