Lectio Divina. Domingo de Ramos

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DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR CICLO “B”

Primera lectura (Is 50,4-7):

Este fragmento corresponde al tercero de los cuatro poemas que son conocidos como los “cánticos del siervo” por su referencia a un personaje a quien Dios llama como su siervo. Esta figura es relevante por cuanto la profecía de Isaías atribuye la gracia del rescate de la cautividad babilónica no sólo a la misericordia de Dios sino también a la obra de un mediador, el siervo sufriente, que es representado como una víctima expiatoria por los crímenes del pueblo y que obtiene el perdón para Israel en virtud de su sacrificio.

En el fragmento del cántico que leemos hoy el siervo es presentado como fiel discípulo del Señor, víctima de la maldad de los hombres. Su lengua pronuncia lo que el Señor le indica, su enseñanza procura consolar al abatido (50,4). Acepta su misión sin resistencia, conoce las dificultades que entraña, pero no se da por vencido pues tiene puesta toda su confianza en el Señor.

 Mucho se ha escrito acerca de la posible identificación de este siervo con algún personaje histórico o con el pueblo de Israel, pero no se ha alcanzado todavía un acuerdo pleno. No obstante, desde una perspectiva cristiana, es evidente que se trata de una prefiguración profética de Jesús y de su misión redentora. De hecho, en el Nuevo Testamento Jesús es identificado con el Siervo sufriente en su bautismo (Mt 3,17; Mc 1,11; Jn 1,34); en sus milagros (Mt 8,17); en su decisión de ir a Jerusalén a morir (Lc 9,51) y en su humildad (Mt 12,16-21). Según Jn 12,37-43, Jesús asume en su ministerio público las palabras del siervo sufriente de Is 53,1s. El tema del siervo también se atribuye a Jesús en los Hechos de los Apóstoles (He 3,13.26; 4,27.30; 8,32) y en los himnos de la primitiva Iglesia (Flp 2,7; 1Pe 2,21-25). Si bien no lo citan, los relatos de la pasión son una realización del tercer cántico, en especial por la referencia a los salivazos y golpes que recibe el Señor (cf. Mc 14,65).

Segunda Lectura (Flp 2,6-11):

Este himno representa una de las más antiguas y genuinas expresiones de la fe cristiana, rica en intuiciones cristológicas y con valiosos aportes doctrinales.

La expresión con que inicia la primera parte: ‘existiendo en condición de Dios’ (2,6a) supone ya una percepción profunda de las relaciones únicas y exclusivas de Jesús con Dios; y aunque no contiene explícitamente todavía la idea de preexistencia, da pie para una reflexión en esta dirección. Luego, al describir el proceso kenótico o de vaciamiento/abajamiento de Jesús, revela una comprensión unitaria de las opciones fundamentales realizadas por Él a lo largo de su vida terrena. Esta autohumillación de Jesús consiste en el rechazo de toda ambición y orgullo; y en la adopción de una actitud mansa y humilde (Mt 11,29; Is 42,2-3; 53,7-9). El culmen de esta humillación es hacerse ‘obediente hasta la muerte’ (8b); donde el ‘hasta la muerte’ tiene un sentido calificativo más que temporal pues se trata de una obediencia que no cede ante ningún sacrificio personal, incluso el de la propia vida.

En breve, podemos decir que toda la vivencia de Jesús es leída sobre el trasfondo de la experiencia de Adán y, muy especialmente, del cuarto cántico del siervo de Yavé (Is 52,13-53,12). Al contrario de Adán, quien pretendió ser como Dios y así perdió su dignidad, Jesús, siendo de condición divina, no ha hecho valer su privilegio de igualdad con Dios, sino que ha asumido la condición propia del Siervo Sufriente, dando su vida como expresión de su fidelidad total al Padre.

El movimiento de exaltación que le sigue tiene su cumbre en la donación del nombre hecha por Dios a Jesús; y este nombre de Señor (Ku,rioj) comprende el señorío universal que el AT reconocía a Yavé y, por tanto, los actos de adoración y confesión que le brindan a Jesús todas las criaturas, incluidas las celestiales, son justificados y hasta exigidos.

Evangelio: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Marcos[1]

Comparándolo con los relatos de la pasión de los otros evangelistas, Marcos proclama el acontecimiento, es decir, nos hace un relatokerigmático. Expone los hechos en su realidad objetiva, desconcertante. El estilo de Marcos es con frecuencia el de la improvisación oral, que da a la narración un tono más vivaz. Es el relato de un testigo. Marcos no tiene temor de resultar chocante. Más bien parecería buscarlo deliberadamente. Pone de relieve los contrastes, subraya lo paradojal: la cruz es escandalosa y, no obstante, revela al Hijo de Dios. En Marcos, el misterio de la Pasión se nos impone y nos impresiona como desde afuera. El resultado es un acto de fe, la sumisión al misterio (Mc 15,39).

Por razones de brevedad vamos a concentrarnos en el relato de la condena romana, la crucifixión y la muerte de Jesús (versión breve del leccionario).

La presentación de Jesús ante Pilato es descrita por Marcos en pocas líneas. Aquí, más que en otra parte, es evidente que el evangelista no pretende contarlo todo. El interrogatorio es esquemático hasta la oscuridad. Marcos refiere una pregunta de Pilato, sin haberse preocupado de prepararla:”¿Eres tú el rey de los judíos?” (15,2). Jesús responde: “Tú lo dices”. No se dará ninguna explicación. La carencia de toda preparación pone en mayor relieve la pregunta de Pilato. El proceso romano es el proceso del “rey de los judíos”. Este título volverá a escucharse otra vez en los labios del procurador; los soldados romanos lo retomarán y se inspirarán en él para sus burlas.

Proceso extraño: algunos judíos se muestran encarnizados contra el rey de los judíos y éste no responde nada (15,3-5); es puesto a la par de un sedicioso homicida y el sedicioso obtiene la preferencia; el procurador romano propone liberar al “rey de los judíos”, porque sabe que no es culpable de ningún crimen sino que fue entregado por envidia, pero la multitud de judíos exige que le sea impuesto a su rey el suplicio romano, la cruz. Pilato, finalmente, cede. Sigue un epílogo donde los soldados ilustran el veredicto con una apropiada puesta en escena: el rey de los judíos recibe un manto de púrpura, corona y homenajes; pero la corona es de espinas y los homenajes son burlas acompañadas de golpes. Una vez más, encontramos en Marcos el choque desconcertante de los hechos: el designio de Dios se presenta en una imagen invertida.

Condenado al suplicio de la cruz, Jesús es conducido al Calvario y ajusticiado. Su muerte es el hecho capital de la historia de la salvación. Para relatarla, Marcos nos hace experimentar el impacto de los sucesos y nos sumerge en la oscuridad del misterio. En efecto, Marcos, al comienzo y al final de su relato, menciona algunos nombres: el de Simón de Cirene y de sus hijos, el de las santas mujeres. Estos nombres garantizan la realidad de los hechos. Remite a testigos que pueden ser interrogados. Marcos anuncia los acontecimientos en la historia humana. Acontecimientos desconcertantes, chocantes. La crucifixión es el resultado del proceso romano. La paradoja, que asomaba antes en las palabras, se traduce ahora crudamente en los hechos. Jesús es designado como rey de los judíos en un contexto que contradice totalmente esta dignidad suya. La serie de burlas que siguen se une sin dificultad a la escena de la crucifixión. Pero esta nos conduce otra vez al proceso judío, cuyos distintos elementos retoma: la acusación de querer destruir el templo, la cuestión de la mesianidad. Las pretensiones de Jesús son desmentidas por los hechos. Desde el punto de vista humano, sería necesario que Jesús “descendiera de la cruz” (15,30.32) para justificarlas y para que sea posible creer en Él. Es decir: para demostrar su capacidad de restaurarlo todo – edificando un nuevo Templo – Jesús debería ahora escapar de la muerte inminente y para manifestar sus poderes de Mesías tendría que vencer a sus enemigos. Marcos sabe muy bien que este modo de razonar es erróneo, pero lo expone sin comentarios. Nos hace padecer el escándalo de la cruz.

Viene la hora del juicio de Dios. No es una hora de liberación, sino, por el contrario, de extrema opresión. Las tinieblas se hacen más densas (cf. Jl 2,1-2.10; Heb 3,3.11; Am 8,9). En la atmósfera oscura, el grito de Jesús parece dar razón a los que lo insultaban. No es el Templo de Jerusalén el que es abandonado por Dios y destruido, sino Jesús, el mismo que ha hablado contra el Templo. También en este grito de Jesús la paradoja es extrema. Por un lado está la experiencia del abandono de Dios en manos de los enemigos expresado en el grito de Jesús y en la burla de los presentes (Mc 15,36). Por otro lado, el mismo grito es una oración y, por tanto, la relación con Dios subsiste. Si bien es cierto que estas palabras del Salmo 22 son una queja o lamento y manifiestan un miedo real a la muerte por parte de Jesús, no hay desesperación porque Jesús permaneció hasta el final misteriosamente unido a Dios. De hecho el Sal 22 que aparece aquí en boca de Jesús, si bien trata del misterio del sufrimiento del justo, es al final un salmo de confianza y abandono en Dios. En Marcos Jesús muere dejando una pregunta, un porqué, dirigido a Dios y que por el momento no tiene respuesta. Anticipemos que la respuesta del Padre es la resurrección, pero no quitemos dramatismo al grito que indica que Jesús muere solo, entra solo en la noche de la muerte y en el silencio de Dios.

Una última posibilidad de salvación se esfuma entre la ironía de los enemigos: Elías no interviene “para aplacar la ira” (cf. Eclo 48,10).

Jesús muere. Parece que todo ha finalizado, en el sentido negativo del vocablo, o sea que todo terminó en la nada. Sin embargo, Marcos observa dos hechos sorprendentes: el velo del Templo se rasga; y un soldado pagano extrae de los sucesos una conclusión inesperada: exclama que este hombre era Hijo de Dios. Estos hechos, que parecen poca cosa, tienen, no obstante, valor de conclusión. Son dos signos que fijan el sentido del acontecimiento en forma inesperada, paradojal y han sido cuidadosamente preparados. De las tinieblas surge finalmente la luz.

El primer signo, el hecho de que el velo del templo se rasgase, revela la obra de Cristo, porque está en relación con la predicción, mencionada antes en el transcurso del proceso, y repetida en las burlas de los que pasaban contra el crucificado. Entre todos los testimonios depuestos en contra de Jesús, Marcos retiene solamente el que se refiere a la destrucción del templo: “Lo hemos oído decir: ‘Yo destruiré este templo construido por mano de hombre, y en tres días volveré a edificar otro que no estará hecho por mano de hombre” (14,58). El evangelista reconoce allí una verdadera profecía (cf. Mc 13,2). El desgarrón abierto en el velo no es más que el comienzo del cumplimiento pues entre el cuerpo mortal de Jesús y el santuario construido por mano de hombre existe una misteriosa conexión: no se podía quebrantar uno sin quebrantar al otro. La predicción implicaba una fase positiva de reconstrucción, ligada inmediatamente a la fase negativa de la destrucción. El antiguo templo será pronto sustituido por otro no hecho por mano de hombre. Sobre el Calvario, la confesión del centurión subraya justamente el contenido positivo de la predicción de Jesús, prefigura la adhesión de los paganos a la fe y su ingreso en el nuevo templo, que será “casa de oración para todas las naciones” (Mc 11,7; Is 66,7). El evangelio verifica aquí un tema riquísimo del Antiguo Testamento: la presencia de Dios en el seno de su pueblo por medio de un santuario establecido por el hijo de David (2Sam 7,2-17), al cual se reconoce como Hijo de Dios, pero este es ya el otro signo.

El segundo signo, la confesión del centurión, se halla íntimamente ligado al primero. Efectivamente, el centurión reconoce a Jesús como Hijo de Dios. Esta confesión viene precedida por un ‘verdaderamente’ indicando que es la última y conclusiva toma de posición en el proceso sobre la identidad de Jesús. Además, es provocada por la observación de la manera de morir de Jesús (“Al verlo expirar así”). Este ser hijo aparece primariamente como una misión; hijo es el que obedece al Padre, es el que cumple la obra de Dios (Jn 8,38-44; Mt 5,44); por esto Jesús viene confesado como Hijo de Dios por un hombre cuando cumplió la obra que el Padre le encomendó, la obediencia hasta la muerte en cruz. En cuanto al contenido de la expresión notamos la explícita contraposición entre el ser hombre y el ser hijo de Dios que nos lleva a entender esta última afirmación en sentido propio de especial relación personal con Dios Padre. Al mismo tiempo esta profesión de fe responde al sarcasmo de los pontífices que exigían, para creer en Jesús Mesías, que descendiese de la cruz (15,32) y se enlaza con la solemne declaración con que Jesús se define como “Cristo, Hijo del Bendito” (14,61-62).

Si el primer signo manifiesta la obra de Cristo, el segundo confirma la revelación de su persona, hecha delante de las más altas autoridades del pueblo elegido. La declaración solemne de Jesús recoge las tradiciones bíblicas más importantes: la tradición mesiánica del Salmo 110, en que el rey es invitado a sentarse a la derecha de Dios; la tradición apocalíptica mediante la apelación de Daniel al “Hijo del hombre”. Jesús revela así su filiación propiamente divina. Además, se tendrá la imagen del Justo sufriente expresada de modo sublime en el cántico del siervo de Yavé. A la luz de esta última tradición el contexto de humillación y de sufrimiento, que parece desmentir la mesianidad y la filiación divina de Jesús, constituye, en cambio, la garantía más sólida. Esto no aparece a primera vista. La luz, sin embargo, comienza justamente en el momento de las tinieblas más negras: cuando Jesús muere, las palabras del centurión atestiguan la filiación divina. Este es el testimonio del evangelio de Marcos.

Meditatio:

El domingo de ramos celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén donde va a sufrir su pasión y su muerte en cruz. Es, por tanto, la puerta de la Semana Santa y la liturgia de este día nos invita a entrar con Jesús en la misma. En su ingreso a Jerusalén Jesús es aclamado como rey, como el hijo de David en su esplendor. Pero hace su ingreso como “un rey humilde, montado en un asna” como lo había profetizado Zacarías (Zac 9,9). No es, por tanto, un rey prepotente que hace alarde de su poder; sino un rey manso, humilde, pacífico y pacificador. De aquí toman sentido los ramos de olivo que recuerdan la paz que nos trae Cristo y que sólo puede darse cuando Cristo reina en nuestros corazones, en nuestra casa, en nuestra sociedad.

Se lo llama también “domingo de Pasión” por cuanto leemos la Pasión del Señor y, de este modo, nos ponemos en clima para toda esta semanaanticipando los hechos para descubrir su sentido profundo e inspirarnos la actitud espiritual correspondiente.

El Directorio Homilético n° 77 pone de relieve estos distintos elementos teológicos de la celebración y nos da una clave para una predicación breve y unificada: “Dos antiguas tradiciones conforman esta Celebración Litúrgica, única en su género: el uso de una procesión en Jerusalén y la lectura de la Pasión en Roma. La exuberancia que rodea la entrada real de Cristo, pronto da paso a uno de los cantos del Siervo doliente y a la solemne proclamación de la Pasión del Señor. Y esta liturgia tiene lugar en domingo, día desde los comienzos asociado a la Resurrección de Cristo. ¿Cómo puede el celebrante unir los múltiples elementos teológicos y emotivos de este día, sobre todo por el hecho de que las consideraciones pastorales aconsejan una homilía bastante breve? La clave se encuentra en la segunda lectura, el hermosísimo himno de la carta de san Pablo a los Filipenses, que resume de manera admirable todo el Misterio Pascual. El homileta podría destacar brevemente que, en el momento en el que la Iglesia entre en la Semana Santa, experimentaremos ese Misterio, de manera que podamos hablarle a nuestros corazones. Diversos usos y tradiciones locales conducen a los fieles a considerar los acontecimientos de los últimos días de Jesús, pero el gran deseo de la Iglesia en esta Semana no es, únicamente, el de remover nuestras emociones, sino el de hacer más profunda nuestra fe. En las celebraciones litúrgicas de la Semana que se inicia no nos limitamos a la mera conmemoración de lo que Jesús realizó; estamos inmersos en el mismo Misterio Pascual, para morir y resucitar con Cristo.”

Sobre el sentido de la peregrinación de Jesús hacia Jerusalén decía el Papa Benedicto XVI en su homilía del domingo de ramos del año 2011: “Es un camino hacia la altura de la Cruz, hacia el momento del amor que se entrega. El fin último de su peregrinación es la altura de Dios mismo, a la cual él quiere elevar al ser humano. Nuestra procesión de hoy por tanto quiere ser imagen de algo más profundo, imagen del hecho que, junto con Jesús, comenzamos la peregrinación: por el camino elevado hacia el Dios vivo. Se trata de esta subida. Es el camino al que Jesús nos invita”.

El tema de la pasión de Cristo es dominante en este día pues la procesión de los ramos nos dispone para ingresar en ella. Se trata de apropiarse, en cierto modo, de este misterio de la pasión del Señor, encontrarle su sentido profundo y, desde allí, vincularlo a nuestra vida presente. Por tanto, el misterio de la cruz debe ayudarnos a descubrir el sentido de nuestras cruces y darnos fortaleza para perseverar. Pero, por encima de todo, el misterio de la cruz debe enseñarnos lo que es amar de verdad o la verdad sobre el amor.

La primera lectura nos invita a la escucha, actitud propia del discípulo, pero incluye también la aceptación de los acontecimientos. El siervo no sólo habla y escucha, sino que también padece sin huir, confiando en la ayuda del Señor. Es una clara invitación, por tanto, a involucrarse con la pasión de Jesús prefigurada en los sufrimientos del siervo.

También la segunda lectura nos presenta el camino de Jesús, su abajamiento y su obediencia hasta la muerte, como modelo a imitar. Más puntualmente nos invita a involucrarnos con nuestro querer, pensar y sentir en la pasión de Jesús.

En cuanto al relato de la pasión según San Marcos nos parece muy interesante lo que afirma el Card. Martini en su intento por encontrarle un “sentido” a los sufrimientos de Cristo y a los nuestros: “La Pasión no es accidental, sino que es Jesús mismo quien ha aceptado hasta el fondo la extrema humillación. Entonces empieza a adquirir un sentido, porque se convierte en un acto humano de Jesús […] Jesús va hacia el misterio de la degradación humana y lo acepta conscientemente […] Jesús fue al encuentro de la muerte, porque quiso venir a nuestro encuentro hasta el fondo, no quiso retroceder ante ninguna consecuencia de su estar con nosotros, abandonándose a nosotros completamente […] De estas reflexiones podemos concluir que la única manera de dar sentido a nuestros sufrimientos es el de llegar también nosotros a aceptarlos con El […] Jesús nos enseña que mientras no lleguemos a una aceptación consciente y libre, nuestros sufrimientos realmente no tienen sentido; empiezan a tenerlo cuando de algún modo los miramos a la cara, como lo hizo Él, y los aceptamos con Él”[2].

Me parece importante insistir en la aceptación libre y voluntaria, por parte de Jesús, de su pasión y su muerte, porque era la Voluntad del Padre, norma suprema de su ser y obrar como Hijo. Fue un acto de obediencia que se sobrepuso a la resistencia que como verdadero hombre sentía ante la proximidad del dolor y de la muerte. De este modo se afirman tanto la verdad o realismo del sufrimiento que padeció como el amor con que lo venció (cf. Salvici Doloris n° 18).

Ante la cruz todos huyen. Jesús queda sólo y no huye. Tampoco deja que las circunstancias externas “le” sucedan. Ha renunciado a todo, pero todavía tiene su libertad interior por la que asume su muerte, la vive hasta el final como acto de entrega. No se deja morir, sino que hace de la misma muerte un acto de ofrenda al Padre. Es esta aceptación voluntaria y amorosa de Jesús al misterioso plan del Padre lo que da sentido redentor a su pasión y su muerte.

Por tanto, el amor es lo que motiva la entrega del Hijo, la propia entrega de Jesús. Entonces el amor penetra en el sufrimiento y lo asume como forma sublime de expresión. Así, el amor da sentido al sufrimiento, lo orienta en la entrega en favor de los demás, lo vuelve redentor. Y la fuente del amor que lleva al Hijo a entregarse y que da sentido a su pasión es el Padre. En relación a la Providencia del Padre, Cristo confirma con su vida, su pasión y su muerte que Dios está al lado del hombre en su sufrimiento; más aún, que Él mismo toma sobre Sí el sufrimiento multiforme de la existencia terrena.

Y desde la pasión de Cristo pasemos a nuestra propia vida y, también, a nuestra propia muerte. Pues como bien decía el Prof. Ratzinger[3]: “El cristiano muere en la muerte de Cristo. La muerte como muerte está vencida en Cristo por cuanto no se dejó quitar la vida sino que la entregó por amor y confiando en el amor del Padre. El hombre madura para la vida verdadera y eterna gracias a la transformadora aceptación de la muerte, que se encuentra continuamente presente en toda la vida”.

Por su parte, el Papa Francisco hace una “aplicación pastoral” de la pasión de Jesús en EG n° 269: “La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo que marcó toda su existencia. Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás. Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad”.

 En fin, “hoy se nos invita a contemplar la belleza del Rey. Sólo contempla y mira con provecho para su propia alma al verdadero rey, que es Cristo, quien le somete la inteligencia y ama sinceramente, con afecto devoto, su bondad e inefable clemencia; y quien además le imita, asimilando su humildad y su voluntario envilecimiento” (San Buenaventura).

PARA LA ORACIÓN (resonancias del evangelio en una orante):

Mis ramos

Señor, ten compasión de mí en esta hora
El miedo me invade y estoy solo
En este lugar de oscuridad donde todos me abandonan
Y qué diré, ¿qué te pediré?

Dame fuerzas, concédeme reconocerte Señor
Único Dios todo poderoso
Que triunfas sobre la muerte y me rescatas
Oh Jesús mío, dame la libertad de los hijos de Dios

Concédeme tu hermandad, tu fraternidad
Tu lazo de cuerpo y sangre
Dame el valor para decir a cada segundo
Hágase tu Voluntad y nunca la mía

Señor, ten compasión de mí en esta hora
Cuando el paso es al vacío
Y temo quedar prisionero del tentador
Me sobrecoge el poder de este mundo

Tiemblo bajo su amenaza
Y se ciernen las sombras sobre mi camino
No me abandones Señor
Quédate conmigo, envíame tu Espíritu Santo

Mis fuerzas se agotan y voy a desfallecer
Sin piedad el enemigo me maltrata
Me quita la dignidad y me humilla
Pero si es por ti, si este cáliz lo bebo por ti

Solo recógeme en tus brazos
Cuando todo termine y abrígame
Solo quiero aceptar este momento
Abrazarlo y asumirlo

Y luego solo esperar dormido
Aguardar la visita de Quién ansío
La luz tras la piedra que se ha corrido
Verdad mía, realidad de la otra Vida

Trinidad, Hogar adonde volver,
Descanso, paz, plena alegría. Amén.

[1] Para comentar la pasión según Marcos extractamos lo propio de este evangelista de un conocido artículo de A. Vanhoye, “Las diversas perspectivas de los cuatro relatos evangélicos de la Pasión“, cuya versión digital se encuentra en clerus.org. Más algunos agregados personales.

[2] C. M. Martini, Las Narraciones de la Pasión (San Pablo; Bogotá 1995) 92-93.

[3] J. Ratzinger, Escatología (Herder; Madrid 2007) 91ss.

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