Teología Hoy
http://www.teologiahoy.com/secciones/espiritualidad/lectio-divina-domingo-de-resurreccion
Fecha impresión: 16/12/2018 4:23:12 2018 / +0000 GMT

Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina. Domingo de Resurrección




Evangelio: Jn 20, 1-9


Este primer relato de la resurrección que trae el cuarto evangelio es una clara invitación a la fe. El texto únicamente nos presenta un sepulcro vacío y la fe del discípulo que Jesús amaba. Pero esta sobriedad no deja de presentar elementos muy significativos para sugerir al lector que lo relatado es un acontecimiento que ha tenido lugar en el primer día de la semana y del cual han participado tres discípulos muy significativos para Jesús y para la primitiva comunidad cristiana. María Magdalena y el discípulo que Jesús amaba estuvieron al pie de la cruz (cfr. Jn 19, 25-26). Pedro recibe de Jesús resucitado la misión de apacentar el rebaño (cfr. Jn 21, 15-17). El discípulo al que Jesús amaba es mencionado por última vez en el diálogo entre Jesús y Pedro (cfr. Jn 20, 21). Este discípulo es el paradigma del discípulo: el que permanece fiel hasta que el Señor vuelva y es el que da testimonio de todo lo acontecido acerca de la Palabra de la vida (cfr. Jn 21, 23-24; 1Jn 1, 1).


El evangelio de hoy nos presenta claramente la distinción entre el ver y el creer.


María Magdalena, la enamorada que va primero, muy de madrugada, al sepulcro, y vio que la piedra había sido sacada y que el sepulcro está vacío. Se utiliza aquí el verbo griego blepein que tiene el sentido material del ver. En su desconcierto interpreta este hecho como un robo y tal es su “anuncio”: “se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2).


El discípulo amado es el primero en llegar al sepulcro, se asomó y vio las vendas de lino en el suelo. Aquí también se utiliza el verbo griego blepein con su sentido de visión material.


Pedro llega después y ve las vendas de lino, al igual que el discípulo amado, pero descubre también que el sudario está enrollado aparte. Esto indica que se trató de una acción deliberada por parte de alguien, lo que llama la atención de Pedro pues cuando se roba un cadáver no se deja este indicio. Y Justamente este "signo" le permite “ver” a Pedro que allí sucedió algo extraño. Se utiliza aquí el verbo griego theōrein que tiene el sentido de visión material pero más abarcativa, con la posibilidad de ir más allá de lo que se está viendo.


Al final entra el discípulo amado, quien vio y creyó. Aquí se utiliza el verbo eiden que implica un ver la realidad como signo de algo más profundo, trascendente. Por eso va seguido del acto de fe, del creer expresado con el verbo pisteuein, que por estar en aoristo algunos piensan que indica un acto inicial de fe y proponen traducir: “comenzó a creer”. En efecto, “el discípulo, en este primer momento de su camino de fe pascual, es consciente de que se encuentra aquí ante un misterio de la acción de Dios; pero no comprende ni sabe todavía que el Señor ha resucitado […] No estaban preparados todavía para la revelación plena del misterio pascual; no tenían aun la capacidad de comprender con el medio extraordinario de las Escrituras los signos de la presencia del Señor”[1] 1. El final del relato confirma esta idea: “Porque todavía no habían entendido lo que dice la Escritura, que Jesús debía resucitar de entre los muertos” (20,9).


 Para el Card. Martini[2] 2 este relato quiere presentarnos a la Iglesia que va en búsqueda de los signos del Resucitado para creer en Él. En efecto: "la fe, tal como Juan nos la describe, no logra su objetivo sino por medio de testimonio o de signos; por eso, ella realiza, en su estructura esencial, dos condiciones: capacidad de interpretar correctamente los signos como tales, y capacidad de ir más allá de los signos"[3] 3. Pues bien, en este relato vemos cómo la búsqueda de los signos para creer en el Resucitado es diversa por los temperamentos o mentalidades: pues un lado está el afecto de María, por otro la intuición del discípulo amado y, por otro, la maciza lentitud de Pedro. Pero todos, si están verdaderamente en la Iglesia, tienen en común el anhelo de la presencia de Jesús; y todos se ayudan recíprocamente para buscar juntos los signos de esta presencia y comunicárselos. H. U. von Balthasar[4] 4, siguiendo a algunos padres de la Iglesia, presenta a Pedro como representante del "ministerio eclesial" y al discípulo amado del "amor eclesial". El amor eclesial corre más rápido y llega primero, pero deja que sea el ministerio eclesial quien dictamine sobre la situación.


En síntesis, el lector de este primer relato de la resurrección está invitado a hacer un recorrido a través de las distintas formas del verbo “ver” hasta llegar a asumir la mirada propia del discípulo amado para llegar a ver y creer en Jesús resucitado[5] 5.


"Conclusión: la fe en Jn es simultáneamente reconocimiento de la manifestación revelante de Dios, y recepción de su palabra y de los bienes que aporta; pero centrada en una relación personal del hombre a Cristo, revelación y don supremo, en quien todo está contenido. La fe en Jn tiene grados; es un proceso de descubrimiento gradual. Pero en su plenitud es fundamentalmente un enderezarse de toda la persona a Jesús, reconociendo lo que Él es, y recibirlo en una comunión personal. Más que una afirmación de proposiciones enunciables es un encuentro existencial. Un acto tal llega hasta lo más profundo del propio ser, que toma así una dimensión nueva en un nuevo nudo de relaciones hondamente transformantes. Sólo un don de Dios puede producir semejante encuentro renovador."[6] 6


Meditación:


Con una mirada atenta descubrimos que en el mundo bien y mal; gracia y pecado; alegría y tristeza; egoísmo y amor; consolación y desolación; vida y muerte están en lucha permanente. Justamente la cuaresma fue una constante invitación a tomar conciencia de esta lucha y a tomar partido en ella; a comprometerse en el combate por el bien, la gracia, la vida en Dios. Pero lo más importante en esta lucha o combate por el bien, la verdad, la justicia, la gracia y la vida en Dios es ya hubo un vencedor: ¡Jesucristo Resucitado!


La esencia de lo que creemos los cristianos puede proclamarse diciendo que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación. Es el misterio Pascual, donde Cristo surge victorioso sobre el mal, el pecado y la muerte.


El viernes santo resonaba con fuerza en nuestros corazones la expresión "Cristo murió por nuestros pecados", donde la fe nos llevaba a reconocer que Jesús sufre y muere por nosotros, y que este “por” abarca los dos sentidos: por causa de nuestros pecados y en favor nuestro, en lugar nuestro.


 Si nos quedásemos sólo en esto, como le pasó a los discípulos de Emaús, lo mejor será que "apaguemos" y nos volvamos a nuestro pueblo. Porque de quedarnos sólo con la muerte de Cristo en la cruz, tendríamos que aceptar el triunfo del mal, la victoria del pecado, el reinado de la muerte. San Pablo es todavía más categórico: "Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes" (1Cor 15,14). O sea que todo se vacía de sentido, la predicación apostólica y la respuesta de los hombres que es la fe.


"Pero Dios lo resucitó de entre los muertos" rezan las primeras confesiones de fe de los apóstoles que nos trae el libro de los Hechos, tal como escuchamos en la primera lectura de hoy (He 10,40). Dios lo hizo vencer a la muerte, derrotar al mal y terminar con el pecado y su condena. La resurrección es entonces la victoria de Jesús, su triunfo final…y también el nuestro. Tan esencial es que san Agustín afirmaba: "la fe de los cristianos es la resurrección de Cristo".


Ahora bien, ¿qué significa resucitar? ¿Qué le sucedió a Jesús después de morir?, o como se pregunta J. Ratzinger en su libro Jesús de Nazaret: "¿qué sucede en la resurrección de Cristo? ¿Qué pasó allí?". Siguiendo su respuesta notamos en primer lugar que ninguno de los relatos evangélicos describe la resurrección misma de Jesús. Sólo nos presentan el sepulcro vacío y luego las distintas apariciones del Resucitado. Por tanto se trata de un proceso que se ha desarrollado en el secreto de Dios, entre Jesús y el Padre, un proceso que nosotros no podemos describir con precisión y que por su naturaleza escapa a nuestra experiencia humana.


En segundo lugar hay que afirmar que no se trata de una vuelta a la vida terrena anterior, como en los casos que nos cuentan los evangelios de la hija de Jairo, el joven de Naím y Lázaro a los que impropiamente se los llama resurrección. Ellos volvieron de la muerte a su vida anterior para continuar con la misma y, al final, volver a morir.


 La resurrección de Jesús es algo totalmente diferente pues su cuerpo resucitado pasa a una vida en otra dimensión, más allá del tiempo y del espacio. Más concretamente, Jesús con su humanidad ingresa en la esfera divina, se vuelve un hombre celestial, eterno. Jesús ha entrado en una Vida Nueva, en una nueva dimensión de la vida, del ser hombre, ha entrado en la vida de Dios. En cierto modo podemos decir que ha perforado el muro inexpugnable de todos los hombres y de todas las ideologías, que es la muerte, y ha ingresado a la vida eterna, a la vida divina.


Este es el misterio que hay que creer, que hay que contemplar. Necesitamos una fe enamorada, como la de María Magdalena – la que estaba al alba junto a la tumba – para descubrir esta nueva Presencia del Señor Resucitado en medio nuestro, en nuestra vida. No podemos ya buscar a Jesús entre los muertos pues está vivo, ha resucitado. Quienes nos hemos encontramos con Él en alguna vuelta de la vida tenemos la certeza de que está vivo, que camina junto a nosotros y que de diversas maneras busca comunicarse con nosotros. Es algo muy extraño lo que nos pasa con la fe en Cristo Resucitado. Mirada desde afuera parece una locura. Vivida desde adentro es algo maravilloso, es una certeza que no podemos explicar del todo, pero que llena de alegría el corazón, de luz la inteligencia y de fuerza la voluntad.


Importa mucho insistir en que no hay verdadera salvación del hombre sin la resurrección de Cristo. Por tanto debemos confesar que el misterio de nuestra redención sólo alcanza su plenitud con la Resurrección de Jesús. Y este misterio tiene un alcance universal pues afecta a todos los hombres. Como dice J. Ratzinger: "La resurrección de Jesús no es un acontecimiento aislado que podríamos pasar por alto y que pertenecería únicamente al pasado, sino que es una especie de «mutación decisiva» (por usar analógicamente esta palabra, aunque sea equívoca), un salto cualitativo. En la resurrección de Jesús se ha alcanzado una nueva posibilidad que interesa a todos y que abre un futuro, un tipo nuevo de futuro para la humanidad"[7] 7.


Una vez aceptado y creído el testimonio de los Apóstoles de que "Cristo ha resucitado", somos invitados a pensar en el sentido de este acontecimiento extraordinario, lo que nos revela sobre Dios, sobre Jesús y sobre nosotros mismos.


La resurrección de Jesús es, en primer lugar, una afirmación de Dios sobre sí mismo por cuanto la obra más grande y más maravillosa de Dios, la mayor manifestación de amor del Padre, es la resurrección de Jesucristo. Sí, Dios ha resucitado a su Hijo de la muerte. Dice el P. Cantalamessa: "La resurrección es, ante todo, el acto de infinita ternura con el cual el Padre, tras el terrible sufrimiento de la pasión, despierta, mediante el Espíritu Santo, a su Hijo de la muerte y lo constituye Señor. Al morir, Jesús dijo «sí» al Padre obedeciendo hasta la muerte; al resucitarlo, el Padre dijo «sí» al Hijo haciéndolo así Señor. A partir de aquí, a Dios se lo conocerá como «el que resucitó a Jesucristo de entre los muertos» (cf. 2Cor 4,14; Gal 1,1; Col 2,12). La «mano» que el Padre puso sobre Jesús es el Espíritu Santo. En efecto, san Pablo dice en el comienzo de la carta a los Romanos, que Jesús, por su resurrección, ha sido constituido Hijo poderoso de Dios «según el Espíritu santificador», es decir, el Espíritu Santo (Rom 1,14). El Padre hizo entrar en Jesús su Espíritu, y él volvió a vivir, y el sepulcro se abrió, no pudiendo contener tanta vida"[8] 8.


En breve, en la resurrección de Jesús, Dios se manifestó claramente como el Padre que rescata al Hijo de la muerte y lo recompensa con la vida eterna y, por ello, el Padre se manifestó como es el Dios de la Vida y del Amor, el Dios fiel a su Palabra pues cumplió con Aquel que se le entregó plenamente confiando en Él.


La resurrección de Jesús es, en segundo término, una palabra divina sobre Jesús de Nazaret. Jesús ha resucitado, ha confirmado su identidad de Hijo de Dios y está vivo y presente entre nosotros. Es el Señor. Todo lo que Jesús hizo – su predicación, sus milagros, su muerte – alcanzan su plenitud sólo cuando son iluminados por la luz de la Pascua. Si no supiéramos que Jesús ha resucitado, no tendríamos fundamento para decir que es el Hijo eterno de Dios, o que por él Dios nos perdona los pecados (cf. 1Cor 15,14-22).


La resurrección de Jesús es, por último, una palabra divina sobre el hombre. Quien proclama la resurrección del hombre Jesús tiene que aceptar que en ella Dios se ha declarado a favor de todos los hombres: "Cristo fue resucitado para nuestra justificación" (Rom 4,25). En Jesús resucitado el creyente prevé su futuro y tiene asegurada su esperanza, ya que Él es principio y fuente de nuestra resurrección futura: "Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo" (1 Cor 15,20-22). Pero la resurrección de Jesucristo no sólo es esperanza de vida eterna sino que ya desde ahora posibilita al creyente vivir la nueva vida, la vida en Cristo (Gal 2,20), vida de hijos de Dios, redimidos y amados incondicionalmente por el Padre (Rom 8,39). Desde el comienzo los primeros cristianos han visto en la resurrección de Cristo una nueva creación de la que surgen nuevas criaturas. Por eso la contraposición entre Adán y Cristo que hace san Pablo en Rom 5,12-21. Cristo Resucitado es el Nuevo Adán, el Hombre Nuevo, a cuya imagen somos recreados los hombres. Se nos ofrece, por obra del Espíritu Santo, la posibilidad de una vida Nueva, con nuevos vínculos. Lo escuchamos en la segunda lectura de hoy: "ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios" (Col 3,1-3).


Actualizado en nosotros se trata de la renovación o resurrección de los vínculos. En primer lugar del vínculo con el Padre, pero también con los demás y con nosotros mismos. Y desde aquí iluminamos la misión de la Iglesia en nuestro tiempo. En efecto, nos dice la carta pastoral de los obispos argentinos con ocasión de la misión continental:




  1. En la tarea pastoral ordinaria la gran “conversión pastoral” pasa por el modo de relacionarse con los demás. Es un tema “relacional”. Importa el vínculo que se crea, que permite transmitir “actitudes” evangélicas. Como Jesús en el encuentro con el ciego de Jericó, que lo llamó, le abrió un espacio para que compartiera su dolor, le devolvió la vista, y así finalmente, en un vínculo nuevo, el ciego “lo siguió por el camino” (cfr. Mc 10, 46)

  2. La pastoral, entonces, parece desarrollarse en lo vincular, en las relaciones, para que los programas pastorales no terminen siendo “máscaras de comunión”. Aquí importa en primer lugar lo que es previo a cualquier programa o acción. Antes de la organización de tareas, importa el “como” las voy a hacer, el modo, la actitud, el estilo. Así entonces las tareas son herramientas de un estilo comunional, cordial, discipular, que transmite lo fundamental: la bondad de Dios.

  3. La misión lleva al encuentro personal para transmitir a Cristo. La misión es relación, es vínculo. No hay misión si no me relaciono con el prójimo. La misión necesita de la cercanía cordial. Y el desafío, desde esta cercanía, es llegar a todos sin excluir a nadie.


PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):


Y comenzó la fiesta…


Primer día del tiempo nuevo
Aún a oscuras y por el sendero,
Se abrió de la nada el vacío del alma
Y allí morabas.


Corrimos con la fuerza del asombro,
A contarle a otros lo que pasaba.
Llenos de preguntas sin respuestas…
Si a la vista están las vendas, si el sudario quedó aparte


Entramos a la tumba que antes,
Fue a velar tu descanso.
Y la Fe que tomó parte
Nos despertó junto al sepulcro vacío


Y gritó la Vida a la muerte:
¡Estás vencida al fin!
Cristo, Señor: ¡estás vivo!
De entre los muertos, resucitaste.


Celebra tu gloria y se goza tu Iglesia: la esposa.
Ya viene el novio a las bodas, enciendan las lámparas,
El Padre festeja que el Hijo regresa,
¡Descienda el Espíritu, comienza la Fiesta! Amén.



[1] 9 G. Zevini, Evangelio según san Juan (Sígueme; Salamanca 1995) 479.

[2] 10 Cf. El Evangelio de San Juan. Ejercicios espirituales sobre San Juan (Paulinas; Bogotá 1986) 138-140.

[3] 11 El Evangelio de San Juan, 92.

[4] 12 Luz de la Palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 59.

[5] 13 “Se pasa del verbo blépo (percepción física) usado en presente en los v. 1.5, al verbo theoréo (observar atentamente), usado en presente en el v. 6, para llegar al aoristo eíden de horáo (percibir hondamente) en el v. 8, que en el mismo versículo guarda una estrecha relación con pisteúo (creer) cuyo aoristo epísteussen tiene un valor de comienzo, mientras que su uso en perfecto tiene valor de fe plena”, G. Zevini, Evangelio según san Juan, 479.

[6] 14 J. M. Casabó, La teología moral en san Juan (FAX; Madrid 1970) 104-105.

[7] 15 J. Ratzinger, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, 284.

[8] 16 La vida en Cristo, PPC, Madrid, 1998, 116-120.
Enlaces:
  1. #_ftn1
  2. #_ftn2
  3. #_ftn3
  4. #_ftn4
  5. #_ftn5
  6. #_ftn6
  7. #_ftn7
  8. #_ftn8
  9. #_ftnref1
  10. #_ftnref2
  11. #_ftnref3
  12. #_ftnref4
  13. #_ftnref5
  14. #_ftnref6
  15. #_ftnref7
  16. #_ftnref8
Fecha del artículo: 2018-04-01 01:00:51
Fecha del artículo GMT: 2018-04-01 01:00:51

Fecha modificación: 2018-03-30 02:33:49
Fecha modificación GMT: 2018-03-30 02:33:49

Fecha impresión: 16/12/2018 4:23:12 2018 / +0000 GMT
Este artículo fue impreso desde Teología Hoy [ http://www.teologiahoy.com ]
Impresión directa desde TeologíaHoy www.teologiahoy.com