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Fecha impresión: 19/10/2018 8:50:39 2018 / +0000 GMT

Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina. Domingo X del Ciclo B




Domingo X. Ciclo B 


Primera lectura (Gn 3,9-15):


Después de hacer narrado la tentación y el pecado de Adán y Eva (Gn3,1-8), comienza ahora el proceso judicial con la comparecencia e interrogatorio de los culpables.


Los personajes aparecen en el proceso judicial en orden inverso a la realización de los hechos. El primero que es buscado por Dios es el hombre, que se ha ocultado de su presencia en razón de su “desnudez”. Esta desnudez indica ahora que han cambiado tanto las relaciones entre el hombre y la mujer como las del hombre (ser humano) con Dios[1].


Es de notar como los acusados buscan excusarse culpando al otro. El hombre en cierto modo termina acusando a Dios porque dice: “la mujer que me diste por compañera me dio...”. La mujer por su parte reconoce ahora la seducción de la serpiente.


La serpiente no es interrogada. Según la dinámica del relato la serpiente es la que ha comenzado, y entonces preguntar a la serpiente sería tratar de entender cómo comienza el mal, cuál es su origen. Pero el mal queda como un misterio que el hombre conoce por experiencia pero que no puede explicar del todo.


Sigue la sentencia sobre la serpiente, que de ser el más astuto de todos los animales pasa a ser el más maldito. La maldición es exactamente lo contrario a la bendición, pero es tan eficaz como ella.


La traducción del v.15 (“Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón”) es problemática, por un lado porque utiliza el mismo verbo suf en las dos mitades de la oración pero que se traducen diversamente como aplastar y acechar. Por otra parte, si bien en el texto hebreo y en la traducción griega de la LXX es claro que quien pisará la cabeza de la serpiente será ‘el descendiente o linaje' de la mujer; en la versión latina se refiere a la mujer misma (se utiliza el pronombre ipsa que es femenino y concuerda con mulierem). De la Vulgata pasó al arte cristiano con la conocida imagen de la Virgen pisando la cabeza de una serpiente. Más vale respetar el texto original y tener en cuenta la intención del simbolismo que es representar una lucha continua del hombre contra la tentación con la victoria del primero (Gn 4,7). El texto hebreo sugiere una ruptura o enfrentamiento hereditario entre la mujer (y su descendencia) y la serpiente (y su descendencia), pues el sentido de los verbos que aquí aparecen indica el permanente intento de destruirse como expresión de una enemistad perenne[2]. El Magisterio ha leído aquí el anuncio de una permanente y total separación entre la mujer/María y la serpiente/el mal. S. Justino (+160) y S. Ireneo (+180) hablaban ya de este versículo como de un protoevangelio en el sentido de la primer profecía mesiánica del Antiguo Testamento; por cuanto anticipa el plan salvífico de Dios prefigurando la obra de Cristo, Mesías Salvador y la de María como su Madre.


Evangelio (Mc 3,20-35): 


En esta perícopa podemos distinguir tres partes o subsecciones. La primera (3,20-21) y la tercera (3,31-35), que enmarcan el texto, tienen como tema en común las relaciones de Jesús con su familia. Y en la parte central (3,23-30) tenemos la acusación de los escribas contra Jesús de estar poseído por un demonio y la respuesta del mismo Jesús antes esta acusación.


El texto comienza ubicando a Jesús y sus discípulos de regreso a “casa”, que sería la casa que Pedro tenía en Cafarnaúm (cf. 1,29), con la intención de descansar y compartir. Pero la situación que se presenta es otra pues acude tanta gente que no les daba el tiempo ni para comer. Los “suyos”, o sea sus “parientes”, se enteran de esta situación y van a buscarlo con la intención de llevárselo porque “está fuera de sí” o “está exaltado”. Este juicio de valor sobre la actuación de Jesús por parte de sus parientes no deja de ser duro y fuerte. Posiblemente sientan que el “alboroto social” que causa esta actuación de Jesús esté dañando el honor de su familia. A nivel teológico, debe interpretarse como una manifestación más de la incomprensión ante la obra y el mensaje de Jesús que incluye no sólo a las autoridades judías sino a su propia familia y a sus mismos discípulos (J. Gnilka).


En 3,22 entran en escena “los escribas venidos de Jerusalén” y hacen un juicio de valor sobre la actuación de Jesús mucho peor: está poseído por un demonio y obra movido por un  poder diabólico. La posesión se atribuye a “Belzebul” que puede traducirse como “señor del estiércol” o “señor de las moscas” y que respondería a las concepciones demonológicas de la época y de la región, con cierta ironía sobre las divinidades paganas. El poder demoníaco tendría una jerarquía y es justamente por el “príncipe o principal de entre los demonios” que expulsa a los “demonios” (evn tw/| a;rconti tw/n daimoni,wn evkba,llei ta. daimo,niaÅ).


 Entonces en 3,23-26 Jesús llama a los escribas y por medio de “parábolas” o comparaciones les busca demostrar lo absurdo de su acusación. Si el príncipe de los demonios, que es Satanás, es quien expulsa a los demonios, esto indica una división interna que es camino seguro a la destrucción, como sucede con un reino o una familia dividida.


Notemos que “«Satanás», el antagonista es, en el judaísmo, el nombre de un potente ángel de castigo, que induce al hombre al pecado y obra en contra del plan de Dios secundado por muchos cómplices. Así, cada vez se esclaviza más al hombre bajo el pecado, sometido a las consecuencias desastrosas de la enfermedad y de la muerte”[3].


El v. 27 nos presenta otra breve parábola o comparación que da razón de la actividad de exorcista de Jesús de modo positivo diciendo que para saquear la casa de un hombre fuerte, primero se tiene que atar a su dueño. Es decir, Jesús es quien domina con el poder de Dios al hombre fuerte, que es Satanás, y libera a los hombres que él mantiene cautivos en su casa, en su reino del mal.


En los vv. 28-30 se retoma el tono polémico como deja en claro el v. 30: “Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro».”


Aquí Jesús primero establece el principio del perdón total que Dios ofrece a los hombres, de “todos los pecados y blasfemias” que puedan haber cometido (v. 28). Pero a continuación (v. 29) declara que hay una excepción a este principio: no se perdonará jamás la “blasfemia contra el Espíritu Santo” (blasfhmh,sh| eivj to. pneu/ma to. a[gion). Notemos que la oración está en condicional, es decir, si se da la blasfemia contra el Espíritu Santo – la condición –, entonces no habrá perdón jamás. La blasfemia es un hablar ofensivo e irrespetuoso contra Dios o sus enviados. Esta se perdona. Pero la “blasfemia contra el Espíritu Santo” no, porque se trata del rechazo de la salvación ofrecida por Jesús, pues en vez de reconocer que está llevando a cabo la acción salvadora de Dios por medio del Espíritu Santo, lo atribuyen a un espíritu impuro (pneu/ma avka,qarton), o sea a un demonio.


Al respecto R. Schnackenburg[4] afirma: “Un pecado contra el Espíritu Santo no es simplemente un hecho, sino una disposición espiritual permanente, es una ceguera culpable por sí misma, un resistirse a la acción salvadora de Dios. En tanto que un hombre persiste obstinadamente en su oposición a Dios, se excluye a sí mismo de la salvación. Y eso es precisamente lo que acontece cuando alguien atribuye al espíritu satánico las acciones del Espíritu divino reconocibles en Jesús”.


En 3,31-35 se retoma el tema de la familia de Jesús. Nos dice el evangelio que ellos se acercan pero no pueden o no quieren ingresar a la casa; y lo mandar llamar. Entonces Jesús “rechaza las pretensiones de sus parientes aludiendo a una nueva familia que comienza a constituirse en torno a él.” (J. Gnilka). Jesús declara la sustitución de una familia fundada en lazos de sangre (parentesco); por una nueva familia cuyo vínculo está en el cumplimiento de la voluntad de Dios (poih,sh| to. qe,lhma tou/ qeou/).


Al respecto, nota L. Lentzen-Deis[5] que “al definir quién es el «hermano, hermana y madre» de Jesús, el texto antepone las palabras «hermano y hermana». De esta manera ya no fija la atención en la madre y los hermanos «históricos» (v. 31), sino en la nueva comunidad, porque las palabras hermano, hermana también estaban en boga en la comunidad del evangelista […] Los miembros de esta comunidad se convierten para él en hermano, hermana y madre de Jesús y convive con ellos. Las exigencias de la llamada en el grupo de los discípulos pueden tener primacía sobre las de la propia familia. Pero la respuesta de Jesús pone también una condición a esta nueva comunidad, que llega a ser una tarea para los lectores. Los que él llama hermanos son solamente los que verdaderamente cumplen la voluntad de Dios”.


En síntesis, el texto nos muestra que para comprender y aceptar a Jesús y su obra no son suficientes ni la mirada simplemente humana, desde una lógica social, que tenían sus parientes; ni mucho menos la mirada de sospecha o recelo de los custodios de la religión oficial, de los escribas de Jerusalén. Para ellos Jesús aparece como alguien loco o endemoniado. Queda como único camino válido hacerse de su familia, pertenecer a su casa, aceptando y cumpliendo la voluntad del Dios que Jesús está revelando, y que es el ofrecimiento del perdón que libera de la esclavitud del pecado y del dominio del mal. Quienes responden a esta llamada de Dios siguiendo a Jesús, creyendo y confiando en Él, podrán comprender “el misterio del reino de Dios” (Mc 4,11) y participar del mismo.


MEDITACIÓN:


Aunque muchas veces no nos damos cuenta del todo, la vida es un permanente combate, una lucha entre el bien y el mal. Y cada día tenemos que elegir de qué lado nos ubicamos, si del bien o del mal.


En la Biblia, desde el Génesis al Apocalipsis, del principio al fin, encontramos reflejado este combate, esta lucha entre el bien y el mal que tiene como protagonistas, en distintos niveles de acción, a Dios, al hombre libre y a Satán o el tentador. Y ante el triunfo del mal y la derrota del hombre, Dios decide comprometerse a fondo en esta lucha y tenemos la Encarnación, Dios se hace hombre en Jesucristo y entra personalmente en la historia humana para transformarla en historia de salvación. Y desde entonces el Señor Jesús está del lado de la humanidad herida y cautiva; y ofrece el perdón y la liberación. Y también nos invita a ser protagonistas en esta lucha, a seguirlo por el camino del amor, de la verdad, del compromiso por la justicia y de la donación de nuestra vida buscando el bien de los demás.


Pero al mismo tiempo el tentador sigue activo y quiere llevarnos por el camino del egoísmo, de la mediocridad, del conformismo. Como bien dice el Papa Francisco: “La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida. No se trata solo de un combate contra el mundo y la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres sin compromiso y sin gozo. Tampoco se reduce a una lucha contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones (cada uno tiene la suya: la pereza, la lujuria, la envidia, los celos, y demás). Es también una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal. Jesús mismo festeja nuestras victorias. Se alegraba cuando sus discípulos lograban avanzar en el anuncio del Evangelio, superando la oposición del Maligno, y celebraba: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10,18)” (Gaudete et exsultate158-159).


Ante esta realidad de los “dos frentes de lucha” surge una pregunta fundamental: “¿Cómo saber si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritudel mundo o en el espíritu del diablo? La única forma es el discernimiento, que no supone solamente una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don que hay que pedir.” (G et E 166). Este “hábito  del  discernimiento  se  ha  vuelto  particularmente necesario. Porque la vida actual ofrece enormes posibilidades de acción y de distracción,y el mundo las presenta como si fueran todas válidas y buenas” (G et E 167). Y lo necesitamos porque “es preciso esclarecer aquello que pueda ser un fruto del Reino y también aquello que atenta contra el proyecto de Dios. Esto implica no sólo reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo, sino –y aquí radica lo decisivo– elegir las del buen espíritu y rechazar las del malo” (EG 51).


Además del discernimiento, tenemos que incorporarnos a la nueva familia de Jesús, buscando siempre cumplir la voluntad del Padre. Es lo que dijo el Papa Benedicto XVI en su discurso inaugural en Aparecida: “¿Qué nos da la fe en este Dios? La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás”.


Como miembros de esta nueva familia que nos ofrece Jesús podremos ser de verdad libres porque “quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1). Quien acepta el señorío de Jesús en su vida experimenta una gran paz en su interior, pues todo se va ordenando; y este orden interior nos permite comprender y discernir mejor lo que nos pasa en la vida; y reaccionar siempre desde el amor.


En fin, sigamos el ejemplo de Jesús, que vivió “fuera de sí” y no centrado o replegado sobre sí mismo. No se buscó a sí mismo; sino que se olvidó de sí mismo y vivió entregado a los demás llevado por el amor. Y por vivir de este modo tan radical, fue tachado de loco y de endemoniado. Y a nosotros seguramente nos pasará lo mismo si nos comprometemos de verdad en el seguimiento de Jesús que nos lleva a la entrega a los demás, pues “en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros” (EG 177).


 PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):


Familia mía!


 Padre mío, por tu Hijo mi Señor,


Te ruego me envíes tu Espíritu Salvador.


Necesito su presencia, su aliento en la misión


En medio de tantas luchas el será mi Defensor.


Tu Hijo me ha enseñado la ternura y la alegría


El puro gozo de su Vida en ti, mi Creador,


La salud llega a mi vida por la suya


Y el Reino prometido en el Amor.


Concédeme habitar en Familia


Recibir esa corriente misteriosa,


El torrente de agua que calma la sed


Para ser solo tu alabanza de gloria.


Sacramento: milagro y signo


Busque tu Rostro velado yo,


Y así lleve a mis hermanos a tu encuentro


Sea de tu rebaño, el Pastor.


Gloria a ti Padre mío, Eterno


Gloria a tu Hijo, poderoso Señor


Gloria al Espíritu Paráclito,


Dios Verdadero, Santificador. Amén.



[1] “Las palabras de Gn 3,10 atestiguan un cambio radical en el significado de la desnudez originaria”; ahora “a través de la desnudez se manifiesta el hombre privado de la participación del don, el hombre alienado de ese amor que había sido la fuente del don originario, fuente de la plenitud del bien destinado a la creatura”. Juan Pablo II, catequesis del 14-05-80.

[2] Cf. S. Croato, Crear y amar en libertad. Estudio de Génesis 2:4-3:24 (Bs. As. 1986) 141 y G. J. Wenham, Génesis 1-15 (WBC; Waco 1987) 80.

[3] F. Lentzen-Deis, Comentario al evangelio de Marcos (Verbo Divino, Estella 1998) 115.

[4] El evangelio según san Marcos (Herder; Barcelona 1980) 97.

[5] Comentario al evangelio de Marcos (Verbo Divino, Estella 1998) 121.123.-
Fecha del artículo: 2018-06-08 01:07:26
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Fecha modificación: 2018-06-08 14:47:21
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