Lectio Divina : Navidad

NAVIDAD: MISA DE NOCHEBUENA

“Hoy en Belén ha nacido el Salvador, Jesucristo el Señor”

Primera Lectura (Is 9,1-6):

La causa de la situación de angustia y desolación que afligía al pueblo de Israel y que viene descrita por el profeta como oscuridad y tiniebla es la segunda invasión de los asirios conducida por Tiglatpileser III, quienes ocuparon los territorios de las tribus del Norte, Zabulón y Neftalí (año 732 a.C., cf. 2Re 15,29). Los israelitas del Norte quedaron desde entonces sometidos al dominio de los paganos con todo lo que esto implicaba de humillación, pérdida de soberanía y libertad. En este contexto histórico se percibe mejor el tono de Is 9,1-4 como anuncio de liberación ilustrado como luz y alegría. En Is 9,5 se vincula esta salvación con el nacimiento de un niño que es un don de Dios (verbo en pasivo). Al niño se le otorgan cuatro títulos con resonancias reales: consejero prudente, Dios fuerte, padre eterno, príncipe de paz, que lo hacen trascender el recinto histórico para elevarlo a la esfera divina. Al final 9,6 lo presenta como descendiente de David; es decir, la promesa hecha a David en 2Sam 7,14 viene actualizada en él, pero con proporciones sobrehumanas.

            Por tanto, el profeta celebra un cambio total de situación obrado por Dios: el pueblo que caminaba en las tinieblas y habitaba en la oscuridad ha visto el brillo de una gran luz. El efecto es una multiplicación de la alegría, del gozo y una paz sin fin. La causa o motivo de esto es el nacimiento de un niño muy especial. Y el autor de todo es Dios, pues «el celo («amor ardiente») del Señor de los ejércitos hará todo esto» (9,6).

Salmo Responsorial (95):

             Desde el inicio invita a todos a cantar un canto nuevo en honor de Dios que debe involucrar a toda la creación. Al canto se une la alegría, la exultación y hasta el grito de gozo: todo esto porque el Señor viene a reinar. Inmejorable manera de recibir al Niño en Navidad.

Segunda Lectura (Tit 2,11-14):

            Para una lectura en el contexto litúrgico es clave el versículo inicial: «La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado».

            Sería bueno recordar aquí la riqueza de significados del término «gracia» (járis) que incluyen «el amor, la belleza y la gratuidad que se manifiestan en la autodonación de Dios al hombre»[1]. La Gracia y la Salvación de Dios se han manifestado en Cristo, más aún, son Cristo mismo, se identifican con la persona de Jesucristo. Este es el gran anuncio que hace esta carta a Tito y que repite de modo semejante en 3,4: «Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo».

            Y es justamente esta revelación de la Belleza y Bondad salvífica de Dios en Cristo el motor para una vida sobria, justa y piadosa a la que invita la carta a continuación.

Evangelio (Lc 2,1-14):

Después del solemne encuadre histórico (2,1-3), el relato que sigue incluye dos momentos sucesivos. En primer lugar, nos narra el nacimiento de Jesús en Belén (2,4-7) y luego el anuncio de este acontecimiento hecho por un ángel a los pastores (2,8-14).

El comienzo de esta perícopa es solemne y hace referencia a una proclamación imperial ordenando un censo, el cual obra como «causa segunda» del nacimiento de Jesús en Belén. Según R. Brown la intención de Lucas es presentar, en contraposición a los reclamos del emperador Augusto, a Jesús como el Salvador y la fuente de la paz, cuyo nacimiento marca el comienzo de una nueva era[2].

La descripción del nacimiento siempre ha llamado la atención por su sobriedad[3]. Un solo versículo (2,7) para contar el acontecimiento que dividirá la historia en dos: «Y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el albergue».

El albergue sería un lugar público para refugio de los transeúntes o peregrinos; y el pesebre sería el lugar para los animales, una especie de establo o comedero[4].

La segunda parte es el anuncio a los pastores de la región. El núcleo del mensaje es la «buena nueva» o evangelio proclamado por el ángel del Señor: «Hoy en la ciudad de David ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor» (2,11). Este versículo es realmente importante porque al formar parte del anuncio del ángel indica que el testimonio viene de Dios mismo quien nos revela la identidad de este Niño: es el Cristo (χριστὸς), es el Señor (κύριος), es el Salvador (σωτὴρ). Probablemente estos tres títulos vengan a sustituir a los que Is 9,5b aplicaba al Enmanuel como epítetos mesiánicos[5]. El título Salvador explicita el sentido del nombre Jesús (1,31) y su misión con respecto al pueblo. Es de notar que en el Magnificat (1,47) el título de Salvador se aplica a Dios Padre mientras que aquí a Jesús. De la salvación que llega con Jesús se habla en el Benedictus (1,69.71.77) y en el cántico de Simeón (2,30).

En breve, Lucas nos dice que Dios salva a su pueblo mediante su Hijo Jesús y que esta salvación consiste en ser liberados de los enemigos y en el perdón de los pecados.

Los pastores son los primeros receptores de este Buen Anuncio. Esto se debe, en primer lugar, a que están cerca del lugar y velando en la noche, vigilando sus rebaños. Pero también porque «formaban parte de los pobres, de las almas sencillas, a los que Jesús bendeciría, porque a ellos está reservado el acceso al misterio de Dios (cf. Lc 10,21 s). Ellos representan a los pobres de Israel, a los pobres en general: los predilectos del amor de Dios»[6].

            El ángel del Señor les da también a los pastores un signo (shmei/on) del cumplimiento de este anuncio: «encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (2,12). En la tradición bíblica los signos dejan a salvo la trascendencia de Dios al obrar y, al mismo tiempo, confirman la actuación divina[7]. En general si el anuncio profético era difícil de creer, el signo tenía un carácter extraordinario, milagroso. En el evangelio de Lucas varias veces se le piden a Jesús signos, acciones extraordinarias, para que confirme su origen divino (cf. 11,16.29-30; 21,7; 23,8). En este caso hay una doble particularidad. En primer lugar, se trata de un hecho que no presenta nada de extraordinario: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Como bien nota L. Rivas[8]: «se esperaba algo magnífico, y se da como señal lo más pequeño, lo más débil, lo más humilde». Por su parte J. Ratzinger dice: «No es una señal en el sentido de que la gloria de Dios se había hecho patente, de tal modo que se pudiera decir claramente: Éste es el verdadero Señor del mundo. Nada de eso. En este sentido, el signo es al mismo tiempo un no signo: el verdadero signo es la pobreza de Dios»[9].

La segunda particularidad es que el signo coincide con lo significado, con el anuncio mismo: el niño recién nacido es el anuncio y el signo.

            La narración termina con el canto del coro angélico que conocemos como Gloria y que está muy ligado a la fiesta de Navidad[10]. El contenido del mismo hace referencia a un nuevo orden que ha sido decretado desde el cielo y cuya realización ya ha comenzado con el Nacimiento de Jesús, aunque su culminación plena queda reservada al futuro[11].

El paralelo más cercano al «Gloria» en Lucas/Hechos es la aclamación litúrgica formulada cuando Jesús entra en Jerusalén (cfr. Lc 19,38). Únicamente en el relato lucano la multitud de los discípulos alaba al rey que viene en el nombre del Señor: «Paz en el cielo y gloria en las alturas». De este modo Lucas nos dice que los ángeles del cielo reconocieron al comienzo de la vida de Jesús lo que los discípulos no llegaron a reconocer sino hasta el final: la presencia del rey Mesías que viene en nombre del Señor[12].

En cuanto a los destinatarios de esta paz mesiánica, aquí sólo podemos decir que la crítica textual apoya la traducción en pasivo que utiliza la Biblia del Pueblo de Dios, o sea «paz a los hombres amados por él (Dios)» y no «a los hombres que aman a Dios o de buena voluntad» de otras traducciones. Se trata de algo no menor en sus consecuencias pues como nota R. Cantalamessa[13]: «Si la paz fuera concedida a los hombres por su ‘buena voluntad’, entonces sí que estaría limitada tan sólo a unos pocos, a aquellos que la merecen; pero desde el momento en que la paz se concede por la buena voluntad de Dios, es decir, por gracia, es un bien que se ofrece a todos […] La Navidad no es una llamada a la buena voluntad de los hombres, sino un anuncio gozoso de la buena voluntad de Dios para con los hombres».

Algunas Reflexiones:

Pienso que 4 verbos nos marcan el camino para vivir bien la Navidad. Estos son:

 ASOMBRARSE – CREER – CELEBRAR – ADORAR

  1. ASOMBRARSE

Es muy importante, es una gracia para pedir, que podamos mantener viva la capacidad de asombro a pesar de celebrar cada año y durante muchos años la Navidad. Sí, asombrarse de que Dios nos ame tanto; asombrarse de que haya venido y siga viniendo a nosotros; asombrarse de que Dios se haya hecho niño y haya elegido nacer pobre entre los pobres. Asombrarse por tanto….

Al respecto, dice el Papa Francisco en la Carta apostólica “El hermoso signo del pesebre”: “¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve? En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado”.

  1. CREER

Tenemos que pedir la gracia de la fe, de una mirada sencilla y profunda, propia de los pobres y humildes, que sin dificultad aceptan las maravillas que Dios obra. Sólo una actitud profunda de fe le permite a Jesús nacer en nosotros en esta navidad, hacer actual y presente el misterio de su nacimiento.

Es muy fuerte el testimonio de un hombre judío, convertido al catolicismo y devenido Arzobispo Cardenal de Paris, Mons. Lustiger: «El Niño que nace es el cumplimiento de una promesa. Sólo puede ser recibido por el que cree en la Promesa… Este Niño sólo puede ser recibido allí donde se lo espera. Y donde es recibido sobrepasa cualquier expectativa… De aquí se deduce una primera actitud para esta noche: pedir a Dios que nos ve y que nos congrega, cualesquiera sean nuestras convicciones o nuestras dudas, pedir al Dios delante del que estamos, que nos atrevamos a creer que se nos ha hecho una Promesa, y que esa Promesa tiene que ver con nosotros, y que nos atrevamos a creer que esa Promesa puede cumplirse»[14].

La memoria del pasado, es decir la atención al nacimiento histórico de Jesús, es necesaria para no perder nunca de vista el realismo de la Encarnación. Pero como es Dios mismo quien entra en la historia y en el tiempo, se trata de una realidad siempre actual, siempre presente – por la fe y los sacramentos – en nuestro tiempo y en nuestra historia. Es el mismo Jesús que nació en Belén quien se hace presente ahora y siguiendo la misma pedagogía divina que entonces. Sólo cambia el modo de su presencia: no ya visible a los ojos sino a la mirada de fe. Sobre esto decía el Cardenal Bergoglio: «En esta noche santa les pido que miren el pesebre: allí “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz” … pero la vio el pueblo, aquél que era sencillo y estaba abierto al Regalo de Dios. No la vieron los autosuficientes, los soberbios, los que se fabrican su propia ley según su medida, los que cierran las puertas. Miremos el pesebre y pidamos por nosotros, por nuestro pueblo tan sufrido. Miremos el pesebre y digámosle a la Madre: “María, muéstranos a Jesús””[15].

Al respecto dice L. H. Rivas[16]: «Esta es la contradicción que ha traído Cristo y que se pone de relieve de una manera tan especial en la noche de Navidad. Los hombres siempre ponemos nuestra confianza en lo que es fuerte según el mundo, y el Niño recién nacido en Belén nos dice claramente que eso es falso, porque el Único Fuerte, que es Dios, se ha puesto del lado de la debilidad».

Justamente la intención del evangelista San Lucas es poner de relieve el contraste entre el camino de los hombres que van tras la gloria del poder y la manifestación de la gloria de Dios a los humildes, a los que esperan y confían sólo en Él. Es a ellos, a los humildes, a los pobres de corazón, a quienes se les descubre el misterio escondido, a quienes se les anuncia la llegada del Salvador, de Cristo el Señor. Más aún, «los pastores verán un «signo», pero ese signo no será otra cosa que la realidad…oculta, escondida. Escondida para quienes permanecen en la noche; luminosa como la claridad angélica para quienes saben verla»[17].

  1. CELEBRAR

Celebrar la Navidad, el Nacimiento de Jesús, es celebrar su Presencia entre nosotros. Esto es lo fundamental, Él está con nosotros (Enmanuel). Se trata de tomar conciencia de la Presencia de este misterio de Dios con nosotros en el hoy de nuestro tiempo y de nuestra vida.

Necesitamos una fe viva como para con-formarnos con su Presencia. Es lo que podemos esperar; que esté con nosotros en nuestras luchas, en nuestras dificultades, en nuestras enfermedades, en nuestros desalientos y cansancios. No estamos nunca solos del todo. Él está con nosotros y sabe hacerse presente si lo buscamos con fe en la oración y en los sacramentos.

La invitación a celebrar se dirige a todos los hombres, es el anuncio de «una gran alegría para todo el pueblo». Nadie puede excusarse por su debilidad, su pequeñez o su falta de mérito, puesto que Dios se ha manifestado gratuitamente, según su buena voluntad, en la debilidad y en la pequeñez: «Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común para todos; nuestro Señor, en efecto, vencedor del pecado y de la muerte, así como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido para salvarlos a todos. Alégrese, pues, el justo, porque se acerca la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es llamado a la vida»[18].

Una Navidad renovada o actualizada tiene que ser vivida y celebrada por el alma creyente y amante. Nos lo explica muy bien R. Cantalamessa[19]: «Algunos místicos, como Eckhart, han hablado de una Navidad especial, misteriosa, que ocurre en el «fondo del alma». Ésta se celebra cuando la criatura humana, con su fe y humildad, permite a Dios Padre generar de nuevo en ella al propio Hijo. Una máxima recurrente en los Padres –de Orígenes a San Agustín y a San Bernardo— dice: «¿De qué me sirve que Cristo haya nacido una vez en Belén si no nace de nuevo por fe en mi alma?». La costumbre de celebrar tres Misas el día de Navidad se explica tradicionalmente así: la primera conmemora el nacimiento eterno desde el Padre, la segunda el nacimiento histórico desde María, la tercera el nacimiento místico en el alma […] Un corazón amante es el único pesebre donde Cristo ama llegar en Navidad. ¿Pero dónde hallar este amor? Madre Teresa sabía a quién pedirlo: ¡a María! Una de sus oraciones dice: «María, mi amadísima Madre, dame tu corazón tan bello, tan puro, tan inmaculado, tan lleno de amor y de humildad, para que pueda recibir a Jesús como tú lo hiciste e ir rápidamente a darlo a los demás»».

  1. ADORAR

Ante el pesebre, ante el misterio del Nacimiento del Hijo de Dios, el asombro de la mirada creyente, comienza celebrando para terminar adorando al Dios hecho niño en Jesús.

Así deberíamos terminar la fiesta, de rodillas y adorando al Señor.

Al respecto, dice el Papa Francisco en la Carta apostólica “El hermoso signo del pesebre”:

“Los ángeles y la estrella son la señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta y adorar al Señor […] El corazón del pesebre comienza a palpitar cuando, en Navidad, colocamos la imagen del Niño Jesús. Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma. Parece imposible, pero es así: en Jesús, Dios ha sido un niño y en esta condición ha querido revelar la grandeza de su amor, que se manifiesta en la sonrisa y en el tender sus manos hacia todos.

El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros. Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños.

Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas. Así, pues, el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida”.

            Se trata, en fin, de imitar a la Virgen, como nos sugiere el p. Cantalamessa: “La Madre de Dios es el modelo insuperable de este silencio navideño: “María – está escrito – conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). El silencio de María en Navidad es más que un simple callarse; es maravilla, es adoración; es un “silencio religioso”, un ser superada por la realidad. La interpretación más verdadera del silencio de María es la que está en los iconos bizantinos, donde la Madre de Dios nos parece inmóvil, con la mirada fija, los ojos desorbitados, como quien ha visto cosas que no se pueden describir con palabras. María, la primera, elevó a Dios lo que san Gregorio Nacianceno llama un “himno de silencio”.

Celebra verdaderamente la Navidad quien es capaz de hacer hoy, a distancia de siglos, lo que habría hecho, si hubiese estado presente ese día. Quien hace lo que nos enseñó a hacer María: ¡arrodillarse, adorar y callar!”

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Autoridad de Dios

Vino también un decreto, de la autoridad de aquel tiempo

Ciudades llenas de gente, ruido, prisa, ansiedad y movimiento…

Belén también tenía ese ajetreo, pero además…

Guardaba un Divino Secreto.

Una Virgen llevaba a Dios en su seno

Y el bebé ya se movía, venía viajando inquieto…

La hora esperada llegaba en silencio

Los padres buscaban lugar para el alumbramiento

Fue en medio de las montañas, lejos del hacinamiento

Cercano a los pastores, ovejas, terneros

Una maravilla para los ojos que ocultan los corazones tiernos

Alabanza de los Ángeles, Infinito Misterio.

La corte celestial le cantaba a un Niño envuelto en pañales

Terrenos y dignos lo observaban sus padres

María soñaba un hogar para darle

José imaginaba su taller, lo demás era TAN GRANDE.

La humanidad se tensó ante una escena tan admirable

Solo adorar era posible, solo callar e inclinarse. Amén.

[1] V. M. Fernández, La gracia y la vida entera, Buenos Aires 2003, 29.

[2] Cf. R. E. Brown, El nacimiento del Mesías, 444.

[3] Así, por ejemplo, en R. Laurentin, I Vangeli dell’infanzia di Cristo, Milano 1989, 245-248, quien lo compara con los relatos haggádicos del nacimiento de Moisés, los poemas de Virgilio sobre el nacimiento de su mesías Pollione y el apócrifo cristiano conocido como el Protoevangelio de Santiago.

[4] Cf. A. Rodríguez Carmona, Evangelio según san Lucas (BAC; Madrid 2014) 39.

[5]Es la opinión de S. Muñoz Iglesias, Los Evangelios de la Infancia, 129.

[6] J. Ratzinger, La infancia de Jesús (Planeta; Buenos Aires 2012) 79.

[7] F. Bovon, El Evangelio según San Lucas vol. I (Sígueme; Salamanca 1995) 184.

[8] Jesús habla a su pueblo 4. Ciclo B (CEA; Buenos Aires 2002) 57.

[9] La infancia de Jesús (Planeta; Buenos Aires 2012) 86.

[10] Al respecto nos dice R. Cantalamessa: «Al breve canto de los ángeles (Lc 2,13-14) se le añadieron bien pronto, desde el siglo II, algunas aclamaciones dirigidas a Dios («Te alabamos, te bendecimos…») usadas en la liturgia judía y en el Nuevo Testamento, seguidas algo más tarde por una serie de invocaciones a Cristo («Señor Dios, Cordero de Dios…»); y ampliado de este modo el texto fue introducido en el siglo IV en la Misa de Navidad y después en otras misas festivas, donde ha permanecido hasta hoy con el nombre de «gran doxología», en Los misterios de la vida de Cristo en la vida de la Iglesia. El misterio de Navidad, Edicep, Valencia 1996, 33.

[11] Cf. M.-J. Lagrange, Évangile selon Saint Luc, Paris 1948, 78.

[12] Cf. R. E. Brown, El nacimiento del Mesías, 446-447.

[13] Los misterios de la vida de Cristo en la vida de la Iglesia, 37-38.

[14] J. M. Lustiger, Palabras sencillas de Navidad, Madrid 1994, 20-21; citado por V. M. Fernández, La gracia y la vida entera, Buenos Aires 2003, 18.

[15]  Homilía, Navidad 2003. Tomado de: El verdadero poder es el servicio, pp. 89-90.

[16]  Jesús habla a su pueblo 4. Ciclo B (CEA; Buenos Aires 2002) 58.

[17] L. Monloubou, Leer y predicar el Evangelio de Lucas (Sal Terrae; Santander 1982) 84.

[18] San León Magno, Sermón 1 en la Natividad del Señor, 1-3; en L.H. 2ª. lectura oficio de Navidad.

[19] Tercera predicación de Adviento en la Casa Pontificia, 2003.

NAVIDAD: MISA DEL DÍA

LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ EN NOSOTROS

            Todas las lecturas de la misa de hoy nos invitan a tener una mirada contemplativa, esto es, de fe enamorada sobre el Misterio del Niño de Belén. Pero de modo especial el evangelio de hoy: “El prólogo de Juan es una síntesis meditativa de todo el misterio de Navidad, porque el Niño de Belén es la revelación de Dios, la verdad de Dios y del hombre, y reflexionando sobre este evento nos ponemos en tesitura de comprender quién es el que ha nacido y quienes somos nosotros” (G. Zevini – P. G. Cabra).

En efecto, ““El Verbo hecho carne será siempre para los cristianos, para todos los que desde siglos tienen los ojos fijos en Cristo, el polo de la contemplación, la fuente de su fe, de su esperanza y de su amor […] En el Verbo hecho carne, brilla, pues, el misterio del amor, pues sólo el amor puede reducir las distancias hasta llegar a suprimirlas. En fin, la expresión “el Verbo hecho carne” muestra la perfección de ese amor que está en el origen del misterio de la Encarnación”[1].

            ¿Y qué nos revelan las lecturas ante esta nueva mirada? Que el Niño Jesús es la Palabra de Dios. Sí, es la Palabra eterna y única de Dios. Dios Padre nos habla por medio de Su Palabra, o más aún, nos lo dice todo y de una sola vez, pues se dice a Sí mismo. Lo expresa muy bien San Juan de la Cruz: ««Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra… Porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado a Él todo, dándonos el todo, que es su Hijo» (Subida del Monte Carmelo, II, 22).

            Esta Palabra o Verbo Eterno del Padre se ha hecho carne, hombre, niño en Jesús. Es el final y la plenitud de un largo camino de comunicación de Dios con los hombres que comenzó con la creación. En efecto: «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2).

Esta PALABRA Personal del Padre, nos dice el prólogo de Juan, es la VIDA y la LUZ de los hombres. Y esta PALABRA es AMOR.  Así, el AMOR es la LUZ de la VIDA.  Porque sólo el amor de Dios da razón, sentido (otros posibles significados del término logos) a la vida y de este modo la ilumina.

“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).

Aquí se llega al ‘clímax’ del prólogo. Por primera vez se introduce la primera persona. De aquí en adelante los que cantan son los que experimentan la presencia de la Palabra hecha carne. Podría haber dicho ‘hombre’, pero adoptó el término ‘carne’. De esta forma afirma lo que es escándalo para los oídos judíos: que la Palabra de Dios se haya presentado asumiendo lo que es débil y corruptible. A lo largo de todo el prólogo había mostrado cómo la Palabra de Dios se iba haciendo oír de forma cada vez más comprensible a los hombres: por la iluminación de la Palabra, por su presencia en la creación, por su manifestación en la Ley y los Profetas. Finalmente llega a decir que la Palabra, más que hacerse humana, se hace ‘hombre débil’. Al mismo tiempo que se enuncia el sorprendente misterio de la encarnación, aparece la afirmación de que la carne humana, en su debilidad, es capaz de revelar la divinidad.

Para indicar la habitación de la Palabra entre los creyentes recurre al término ’eskēnōsen, que se debe traducir ‘habitar en carpas – plantar una carpa’. Posiblemente remita a los textos rabínicos donde se utiliza el término šekiná para designar la revelación de Dios como ‘habitando en una carpa’.

La finalidad de la obra de la Palabra es hacernos Hijos de Dios. A los que creen en su nombre, o sea a los que reciben la Palabra no les da inmediatamente el nombre de hijos de Dios sino el poder de “llegar a ser” hijos de Dios. Con esto se indica que la adquisición de la filiación divina es un “proceso” que comienza con el acto de Fe, pero que permanece siendo un don del Padre.

            La Palabra de Dios, que es VIDA, LUZ y AMOR, y que ahora habita en medio nuestro, se ofrece a nuestra libertad, por eso podemos aceptarla o rechazarla.

            “Juan cuando dice: ‘el Verbo habitó entre nosotros’, dice ya lo que después encontramos en su evangelio. ¿Qué falta? Falta que a este Verbo, que habita entre nosotros, se le dé el lugar que le corresponde. Por eso todo el evangelio es una disciplina espiritual que nos invita a reconocer las implicaciones que resultan de la presencia del Verbo entre nosotros: ¿qué quiere decir ‘hacerlo lugar al Verbo entre nosotros’?” (C. M. Martini).

Esta Palabra se recibe escuchándola y haciéndola vida en nosotros. Y, siguiendo el prólogo de Juan, podemos decir que quien ESCUCHA esta PALABRA, quien la recibe, quien la cree, quien acepta este amor y se deja transformar por él, llega a ser Hijo de Dios. Esta es la misión de la Palabra de Dios, de Jesús: hacernos hijos de Dios; enseñarnos a vivir como hijos de Dios. Y esta es la vocación temporal y eterna del hombre, de todo hombre.

Se trata de habitar dónde Jesús habita que es su relación con el Padre. Jesús nos quiere llevar aquí. Quiere que también para nosotros la relación con el Padre sea nuestro “lugar en el mundo” donde habitemos; donde sintamos que somos libres y que realizamos nuestra vocación de hijos de Dios.

Esta contemplación del misterio de la Encarnación nos cambia la mirada sobre Dios y sobre nuestra relación con Él. Y desde allí nos invita a cambiar nuestra relación con nosotros mismos, con las cosas y con los demás, tal como lo expresa el Papa Francisco en la Carta apostólica “El hermoso signo del pesebre”:

“De modo particular, el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Y así, es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46)” […] Los pobres y los sencillos en el Nacimiento recuerdan que Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía. Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), nació pobre, llevó una vida sencilla para enseñarnos a comprender lo esencial y a vivir de ello. Desde el belén emerge claramente el mensaje de que no podemos dejarnos engañar por la riqueza y por tantas propuestas efímeras de felicidad. El palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría. Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura. Desde el belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado”.

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PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Solo la Palabra

Cuán necesaria era entre las tinieblas

El sonido de sus sílabas, el ritmo de sus letras

Y así Palabra fue verbo:

Obrar, modelar el barro grosero.

Y así Palabra fue adjetivo y sinónimo

De Belleza infinita, de creación inmensa.

Los trazos de una caligrafía perfecta

Plasmados en naturaleza

Culminaron pronta,

Su Obra Maestra.

Vino a ser Ella, la Luz verdadera

Borró lo de Adán, cargó nuestras penas

Engendrados en el sonido armonioso

Donde todo se renueva

Abrió los oídos nuestros

Para captar su Presencia.

Hoy pondremos pobres palabras

En una oración, apenas.

Un mensajero nos llama…

pide abrirle las puertas,

Su Gracia colme nuestras almas

Y haga nuestra alegría plena. Amén

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