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Fecha impresión: 22/10/2019 21:14:54 2019 / +0000 GMT

Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina. Navidad




Primera Lectura (Is 9,1-6):


La causa de la situación de angustia y desolación que afligía al pueblo de Israel y que viene descrita por el profeta como oscuridad y tiniebla es la segunda invasión de los asirios conducida por Tiglatpileser III, quienes ocuparon los territorios de las tribus del Norte, Zabulón y Neftalí (año 732 a.C., cf. 2Re 15,29). Los israelitas del Norte quedaron desde entonces sometidos al dominio de los paganos con todo lo que esto implicaba de humillación, pérdida de soberanía y libertad. En este contexto histórico se percibe mejor el tono de Is 9,1-4 como anuncio de liberación ilustrado como luz y alegría. En Is 9,5 se vincula esta salvación con el nacimiento de un niño que es un don de Dios (verbo en pasivo). Al niño se le otorgan cuatro títulos con resonancias reales: consejero prudente, Dios fuerte, padre eterno, príncipe de paz, que lo hacen trascender el recinto histórico para elevarlo a la esfera divina. Al final 9,6 lo presenta como descendiente de David; es decir, la promesa hecha a David en 2Sam 7,14 viene actualizada en él, pero con proporciones sobrehumanas.


            Por tanto, el profeta celebra un cambio total de situación obrado por Dios: el pueblo que caminaba en las tinieblas y habitaba en la oscuridad ha visto el brillo de una gran luz. El efecto es una multiplicación de la alegría, del gozo y una paz sin fin. La causa o motivo de esto es el nacimiento de un niño muy especial. Y el autor de todo es Dios, pues "el celo ("amor ardiente") del Señor de los ejércitos hará todo esto" (9,6).


Salmo Responsorial (95):


            Desde el inicio invita a todos a cantar un canto nuevo en honor de Dios que debe involucrar a toda la creación. Al canto se une la alegría, la exultación y hasta el grito de gozo: todo esto porque el Señor viene a reinar. Inmejorable manera de recibir al Niño en Navidad.


Segunda Lectura (Tit 2,11-14):


            Para una lectura en el contexto litúrgico es clave el versículo inicial: "La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado".


            Sería bueno recordar aquí la riqueza de significados del término "gracia" (járis) que incluyen "el amor, la belleza y la gratuidad que se manifiestan en la autodonación de Dios al hombre"[1]. La Gracia y la Salvación de Dios se han manifestado en Cristo, más aún, son Cristo mismo, se identifican con la persona de Jesucristo. Este es el gran anuncio que hace esta carta a Tito y que repite de modo semejante en 3,4: "Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo".


            Y es justamente esta revelación de la Belleza y Bondad salvífica de Dios en Cristo el motor para una vida sobria, justa y piadosa a la que invita la carta a continuación.


Evangelio (Lc 2,1-14):


Después del solemne encuadre histórico (2,1-3), el relato que sigue incluye dos momentos sucesivos. En primer lugar, nos narra el nacimiento de Jesús en Belén (2,4-7) y luego el anuncio de este acontecimiento hecho por un ángel a los pastores (2,8-14).


El comienzo de esta perícopa es solemne y hace referencia a una proclamación imperial ordenando un censo, el cual obra como "causa segunda" del nacimiento de Jesús en Belén. Según R. Brown la intención de Lucas es presentar, en contraposición a los reclamos del emperador Augusto, a Jesús como el Salvador y la fuente de la paz, cuyo nacimiento marca el comienzo de una nueva era[2].


La descripción del nacimiento siempre ha llamado la atención por su sobriedad[3]. Un solo versículo (2,7) para contar el acontecimiento que dividirá la historia en dos: "Y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el albergue".


El albergue sería un lugar público para refugio de los transeúntes o peregrinos; y el pesebre sería el lugar para los animales, una especie de establo o comedero[4].


La segunda parte es el anuncio a los pastores de la región. El núcleo del mensaje es la "buena nueva" o evangelio proclamado por el ángel del Señor: "Hoy en la ciudad de David ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor" (2,11). Este versículo es realmente importante porque al formar parte del anuncio del ángel indica que el testimonio viene de Dios mismo quien nos revela la identidad de este Niño: es el Cristo, es el Señor, es el Salvador. Probablemente estos tres títulos vengan a sustituir a los que Is 9,5b aplicaba al Enmanuel como epítetos mesiánicos[5]. El título Salvadorexplicita el sentido del nombre Jesús (1,31) y su misión con respecto al pueblo. Es de notar que en el Magnificat (1,47) el título de Salvador se aplica a Dios Padre mientras que aquí a Jesús. De la salvación que llega con Jesús se habla en el Benedictus (1,69.71.77) y en el cántico de Simeón (2,30). En breve, Lucas nos dice que Dios salva a su pueblo mediante su Hijo Jesús y que esta salvación consiste en ser liberados de los enemigos y en el perdón de los pecados.


Los pastores son los primeros receptores de este Buen Anuncio. Esto se debe, en primer lugar, a que están cerca del lugar y velando en la noche, vigilando sus rebaños. Pero también porque "formaban parte de los pobres, de las almas sencillas, a los que Jesús bendeciría, porque a ellos está reservado el acceso al misterio de Dios (cf. Lc 10,21 s). Ellos representan a los pobres de Israel, a los pobres en general: los predilectos del amor de Dios"[6].


            El ángel del Señor les da también a los pastores un signo (shmei/on) del cumplimiento de este anuncio: "encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (2,12). En la tradición bíblica los signos dejan a salvo la trascendencia de Dios al obrar y, al mismo tiempo, confirman la actuación divina[7]. En general, si el anuncio profético era difícil de creer, el signo tenía un carácter extraordinario, milagroso. En el evangelio de Lucas varias veces se le piden a Jesús signos, acciones extraordinarias, para que confirme su origen divino (cf. 11,16.29-30; 21,7; 23,8). En este caso hay una doble particularidad. En primer lugar, se trata de un hecho que no presenta nada de extraordinario: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Como bien nota L. Rivas[8]: "se esperaba algo magnífico, y se da como señal lo más pequeño, lo más débil, lo más humilde". Por su parte J. Ratzinger dice: "No es una señal en el sentido de que la gloria de Dios se había hecho patente, de tal modo que se pudiera decir claramente: Éste es el verdadero Señor del mundo. Nada de eso. En este sentido, el signo es al mismo tiempo un no signo: el verdadero signo es la pobreza de Dios"[9].


La segunda particularidad es que el signo coincide con lo significado, con el anuncio mismo: el niño recién nacido es el anuncio y el signo.


            La narración termina con el canto del coro angélico que conocemos como Gloria y que está muy ligado a la fiesta de Navidad[10]. El contenido del mismo hace referencia a un nuevo orden que ha sido decretado desde el cielo y cuya realización ya ha comenzado con el Nacimiento de Jesús, aunque su culminación plena queda reservada al futuro[11].


El paralelo más cercano al "Gloria" en Lucas/Hechos es la aclamación litúrgica formulada cuando Jesús entra en Jerusalén. Únicamente en el relato lucano (Lc 19,38) la multitud de los discípulos alaba al rey que viene en el nombre del Señor: "Paz en el cielo y gloria en las alturas". De este modo Lucas nos dice que los ángeles del cielo reconocieron al comienzo de la vida de Jesús lo que los discípulos no llegaron a reconocer sino hasta el final: la presencia del rey Mesías que viene en nombre del Señor[12].


En cuanto a los destinatarios de esta paz mesiánica, aquí sólo podemos decir que la crítica textual apoya la traducción en pasivo que utiliza la Biblia del Pueblo de Dios, o sea "paz a los hombres amados por él (Dios)"; y no "a los hombres que aman a Dios o de buena voluntad" de otras traducciones. Se trata de algo no menor en sus consecuencias pues como nota R. Cantalamessa[13]: "Si la paz fuera concedida a los hombres por su 'buena voluntad', entonces sí que estaría limitada tan sólo a unos pocos, a aquellos que la merecen; pero desde el momento en que la paz se concede por la buena voluntad de Dios, es decir, por gracia, es un bien que se ofrece a todos […] La Navidad no es una llamada a la buena voluntad de los hombres, sino un anuncio gozoso de la buena voluntad de Dios para con los hombres".


Algunas Reflexiones:       


En Navidad se nos invita a hacer nuestro el anuncio y el cántico de los ángeles que nos revelan, como mensajeros celestiales, el sentido profundo del nacimiento de Jesús. Así, ante el misterio de la Navidad, debemos dar gloria a Dios y recibir la paz que nos trae porque somos amados por él.


¿Cuál es el contenido de este Buen Anuncio?


La buena noticia, el evangelio que nos anuncian los ángeles es que este Niño es el Salvador, el Mesías, el Señor. Todos los anhelos que despertó el adviento encuentran en este Niño su respuesta. Y esto es lo que nos desconcierta porque de un niño aparentemente pobre ¿podemos esperar tanto? Y sin embargo el ángel, mensajero de Dios, nos lo anuncia y nos invita a ir a reconocerlo y confesarlo como nuestro Salvador, Mesías y Señor. Él es el cumplimiento de la promesa.


En este sentido la Navidad nos enseña cómo obra Dios la salvación y qué es lo que podemos esperar de Él. En efecto, el adviento recogió todos nuestros anhelos más profundos de salvación que se transformaron en oración elevada a Dios pidiendo salud, paz, trabajo, justicia, reconciliación, sanación interior… Y al igual que hace más de 2000 años atrás, la respuesta del Señor a nuestra plegaria es enviarnos a un Niño. ¿Qué nos quiere decir con esto?


En primer lugar, que la salvación de Dios es ante todo un encuentro personal. Dios no suele mandarnos desde el cielo soluciones mágicas para nuestros problemas – como todos de un modo u otro esperamos – sino que viene Él mismo a hacerse cargo de nosotros.


La promesa de Dios es hacerse presente en medio nuestro y este Niño cumple la promesa pues es el Emnanuel, Dios con nosotros. Por tanto, la salvación consiste ante todo en recibir a Jesús, abrirle el corazón, dejarlo entrar en nuestra vida para que la transforme desde dentro. Y por ello lo que podemos esperar es que Dios esté con nosotros, en nosotros, entre nosotros. Podemos y debemos esperar un encuentro personal, íntimo, con el Señor que nos llenará el corazón de alegría y de paz. Su Presencia es nuestra alegría, nuestra salvación. Es Navidad.


En segundo término, que el Salvador sea un Niño nos enseña que la Gracia de Dios no nos anula, sino que nos plenifica, por ello no debemos tener miedo. Lo recordaba Benedicto XVI en su homilía de Navidad de 2009: "El teólogo medieval Guillermo de S. Thierry dijo una vez: Dios ha visto que su grandeza -a partir de Adán- provocaba resistencia; que el hombre se siente limitado en su ser él mismo y amenazado en su libertad. Por lo tanto, Dios ha elegido una nueva vía. Se ha hecho un niño. Se ha hecho dependiente y débil, necesitado de nuestro amor. Ahora - dice ese Dios que se ha hecho niño - ya no podéis tener miedo de mí, ya sólo podéis amarme".


Dios eligió hacerse Niño, hacerse pequeño y frágil, para que comprendamos que este Don hay que cuidarlo, protegerlo, dejarlo crecer sin prisas ni ansiedades. Es un don que nos compromete, que nos pide esfuerzo. La salvación es un Don, un regalo de Dios, pero que debe crecer gracias a nuestra respuesta. Es Don y Tarea. Entonces nuestra esperanza debe ser activa, por cuanto nos toca creer, aceptar y recibir al Niño, Don del Padre. Y también debemos hacerle lugar, dejarlo crecer y triunfar en nosotros. Como decía san Agustín, "el que te creo sin Ti no te salvará sin Ti".


¿A quién se dirige la invitación de los ángeles? ¿Sólo a los pastores?


La invitación se dirige a todos los hombres, es el anuncio de "una gran alegría para todo el pueblo". Nadie puede excusarse por su debilidad, su pequeñez o su falta de mérito, puesto que Dios se ha manifestado gratuitamente, según su buena voluntad, en la debilidad y en la pequeñez: "Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común para todos; nuestro Señor, en efecto, vencedor del pecado y de la muerte, así como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido para salvarlos a todos. Alégrese, pues, el justo, porque se acerca la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es llamado a la vida"[14].


¿Dónde podemos revivir este acontecimiento de Gracia para nosotros hoy?


Al respecto dice A. Nocent[15]: "Toda esta noche santa inaugura la vida sacramental de la Iglesia y de todo cristiano. En lo sucesivo tendremos la experiencia de Dios a través de signos y esos signos son eficaces en razón precisamente de la Encarnación, que se deja ver y tocar. Vemos su gloria. La Eucaristía que celebramos, el Pan que comemos y el Vino que bebemos son signos a través de los cuales tocamos a Dios. Por el hecho de que el Verbo se hizo carne, pudo dar su vida por nosotros y del misterio pascual nacieron los signos sagrados que nos permiten de ahora en adelante vivir en unión sacramental con el Señor".


Por tanto, importa creer que cada Eucaristía es como una Navidad Renovada. En cada Eucaristía, bajo los signos humildes del pan y del vino, Dios se hace Enmanuel, Dios con nosotros, nuestro Señor y Salvador. Muchos santos han visto, vivido y celebrado esta íntima vinculación entre Eucaristía y Navidad. Sigamos su ejemplo pues se trata de que el alma creyente y amante viva una Navidad renovada o actualiza en su interior. Nos lo explica muy bien R. Cantalamessa: "Algunos místicos, como Eckhart, han hablado de una Navidad especial, misteriosa, que ocurre en el «fondo del alma». Ésta se celebra cuando la criatura humana, con su fe y humildad, permite a Dios Padre generar de nuevo en ella al propio Hijo. Una máxima recurrente en los Padres –de Orígenes a San Agustín y a San Bernardo— dice: «¿De qué me sirve que Cristo haya nacido una vez en Belén si no nace de nuevo por fe en mi alma?». La costumbre de celebrar tres Misas el día de Navidad se explica tradicionalmente así: la primera conmemora el nacimiento eterno desde el Padre, la segunda el nacimiento histórico desde María, la tercera el nacimiento místico en el alma […] Un corazón amante es el único pesebre donde Cristo ama llegar en Navidad. ¿Pero dónde hallar este amor? Madre Teresa sabía a quién pedirlo: ¡a María! Una de sus oraciones dice: «María, mi amadísima Madre, dame tu corazón tan bello, tan puro, tan inmaculado, tan lleno de amor y de humildad, para que pueda recibir a Jesús como tu lo hiciste e ir rápidamente a darlo a los demás»".


Terminemos compartiendo la propuesta del Papa Francisco para esta Navidad: “Celebrar la Navidad, es dar la bienvenida a las sorpresas del Cielo en la tierra. No se puedes vivir “tierra, tierra”, cuando el Cielo trae sus noticias al mundo. La Navidad inaugura una nueva era, donde la vida no se planifica, sino que se da; donde ya no se vive para uno mismo, según los propios gustos, sino para Dios y con Dios, porque desde Navidad Dios es el Dios-con-nosotros, que vive con nosotros, que camina con nosotros. Vivir la Navidad es dejarse sacudir por su sorprendente novedad. La Navidad de Jesús no ofrece el calor seguro de la chimenea, sino el escalofrío divino que sacude la historia. La Navidad es la revancha de la humildad sobre la arrogancia, de la simplicidad sobre la abundancia, del silencio sobre el alboroto, de la oración sobre “mi tiempo”, de Dios sobre mi “yo. Celebrar la Navidad es hacer como Jesús, venido por nosotros, los necesitados, y bajar hacia aquellos que nos necesitan. Es hacer como María: fiarse, dóciles a Dios, incluso sin entender lo que Él hará. Celebrar la Navidad es hacer como José: levantarse para realizar lo que Dios quiere, incluso si no está de acuerdo con nuestros planes” (audiencia general del miércoles 19 de diciembre de 2018).


PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):


En el Pesebre



Pensaba en un lugar para que todos lo vean


Y así cambiamos el sitio de costumbre,


Esta vez sería junto al altar


El lugar de residencia.



Y con otros compañeros de camino


De diferentes edades y apariencia


Nos pusimos a rezar


Para servir mejor a la realeza.



Construimos una cueva de tela


Con animales de yeso.


Una cunita de paja, una luz de color


Y una gran estrella.



Pusimos una imagen de la Virgen


De San José, una cunita de fe


Los reyes magos, vacas


Mulas y también una oveja.



No pusimos al niño Jesús


La hora aún no llegaba


Y la imagen gastada de Cristo bebé


Dormido en paz, nos llamaba.



Parecía pedir asombro, ternura


Contemplar sin palabras.


Decidimos esperarlo nacer


Lo guardamos en la caja.


Nuestro corazón de niño


Así mejor se preparaba,


Para la Noche de Paz, de Dios y nadie más


Cuando solo Él, nos colmará el alma. Amén.

Fecha del artículo: 2018-12-25 14:56:10
Fecha del artículo GMT: 2018-12-25 14:56:10

Fecha modificación: 2018-12-25 14:56:10
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