Lectio Divina: primer Domingo de Cuaresma

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Tentación y Conversión: JESÚS VENCE LA TENTACIÓN Y NOS INVITA A LA CONVERSIÓN.

Primera lectura (Gn 9,8-15):

El foco de la narración del diluvio está en Dios quien se arrepiente de haber creado al hombre e indignado decide destruir a la humanidad. En este sentido el relato se presenta como tipo del juicio de Dios sobre la humanidad pecadora subrayando que el hombre es un ser responsable y que su responsabilidad tiene un alcance social, cósmico e incluso ecológico. En una situación de mal la única posibilidad de salvación para el hombre es arrepentirse, pero al no hacerlo, entonces se arrepiente Dios de haberlo creado. Pero al mismo tiempo el relato enseña que las sanciones de Dios son a la vez purificación y salvación porque la destrucción es necesaria para señalar el mal, pero al mismo tiempo es necesario mostrar que Dios es más fuerte que el mal.

Después del diluvio Dios establece un compromiso o alianza unilateral (berît) con Noé y con todo ser vivo de no volver a repetir este cataclismo. Por tanto, la misericordia triunfa sobre el juicio y después del castigo Dios ofrece su alianza. Si a pesar del diluvio el corazón humano no cambió, esto significa que la esperanza no puede venir del hombre sino sólo de Dios. Ahora Dios se acerca al hombre con una ilimitada paciencia y su compromiso es duradero. Por tanto, Dios viene presentado como capaz de amenazar y enojarse peligrosamente, pero al final su amor es más fuerte que su cólera y su compromiso permanece a pesar de las infidelidades de su pueblo. En este sentido el arco iris aparece como un signo de carácter universal para que Dios se recuerde de esta alianza y no vuelva a destruir la humanidad.

Segunda lectura (1Pe 3,18-22)

Estos versículos están íntimamente relacionados con los precedentes y, también, con uno de los temas principales de toda la carta: el sentido del sufrimiento de los justos o inocentes, de los cristianos, y el fundamento de su esperanza. La iluminación que ofrece la carta a esta difícil cuestión es cristológica. Así, la perícopa de hoy comienza con una referencia a la pasión de Cristo, el justo que muere por los injustos; para seguir con su descenso a los “infiernos” y terminando con la proclamación de su resurrección y glorificación a la derecha de Dios.

Desde el punto de vista exegético, la referencia al diluvio, a Noé y al bautismo no posee una especial relevancia en la argumentación[1]. En cambio, desde el punto de vista litúrgico sí lo tienen y por ello se ha elegido como lectura complementaria de la primera. El texto de 1Pe nos da el sentido pleno del relato del diluvio al decir que “todo esto es figura del bautismo”.

Según 1Pe “los pocos – ocho en total- que se salvaron” del diluvio se actualizan en la pequeña comunidad cristiana que vive en medio de un mundo que no cree. También el arca es figura de la Iglesia, lugar de salvación, imagen muy presente en la antigua tradición cristiana. El agua, elemento a través del cual tiene lugar la salvación, simboliza el agua bautismal.

En síntesis, bien podemos aplicar en este caso el esquema de relaciones que nos enseña el documento de la Pontifica Comisión Bíblica: “Esta plenitud de sentido establece entre el Nuevo Testamento y el Antiguo, una triple relación: de continuidad, de discontinuidad y de progreso”[2].

La continuidad está en la idea del juicio de Dios como purificación a través del agua con la salvación de un resto fiel. La discontinuidad y el progreso están en que la salvación obrada por el bautismo cristiano ya no es exterior sino interior (“el compromiso con Dios de una conciencia pura”); y se alcanza a través de la muerte y resurrección de Cristo (“del justo que muere por los injustos”).

Evangelio (Mc 1,12-15):

El evangelio de este domingo incluye dos subunidades literarias: la tentación de Jesús en el desierto (vv. 12-13) y el comienzo de su predicación en Galilea (vv. 14-15).

El relato de las tentaciones en Marcos es particularmente breve y está estrechamente vinculado a la narración del Bautismo de Jesús del cual es su continuación.

Marcos omite la referencia al ayuno por parte de Jesús y sólo hace referencia a que Jesús fue tentado por Satanás, sin especificar más (como harán Mt y Lc). De este modo el mensaje central es la lucha de Jesús con Satanás, lucha a la cual va impulsado por el Espíritu, el mismo Espíritu Santo que acaba de bajar sobre él en forma de paloma (Mc 2,9). Y es justamente con la fuerza del Espíritu de Dios que sale victorioso de la lucha.

La victoria de Jesús es presentada como una vuelta al paraíso, al estado de paz original. Esto se deduce por la referencia a la convivencia con las fieras y a los ángeles que lo servían, que sería una alusión a motivos bíblicos como Is 11,6-9 y el Sal 90,11s. También como trasfondo podrían estar algunos textos paralelos en la literatura judía intertestamentaria que cuentan cómo Adán después del pecado original se retiró al desierto para hacer penitencia ayunando durante 40 días y todas las creaturas se le unieron en su lamento. Y allí mismo vuelve a aparecer el tentador y esta vez Adán ora a Dios por ayuda y Dios le responde enviándole doce ángeles para que le sirvan[3].

Por todo esto podemos afirmar que Satanás tentó a Jesús del mismo modo que lo hizo con Adán, invitándolo a abandonar el camino de la obediencia al Padre para seguir su propio camino a espaldas de Dios. Marcos presenta entonces a Jesús tanto como el Mesías que vence a Satán e instaura el tiempo escatológico como el nuevo Adán que inaugura la humanidad reconciliada con Dios y con la creación. En este sentido la lucha y la victoria de Jesús son la contra cara de la derrota de Adán en los orígenes de la humanidad (cf. Gn 3).

Nos dice también J. Gnilka que por su unión con la narración del bautismo puede atribuirse al relato de las tentaciones una finalidad parenética por cuanto el bautizando cristiano, el catecúmeno, tiene que contar con que será tentado por Satanás quien pretenderá apartarlo del camino emprendido[4].

El comienzo de la predicación de Jesús nos importa porque introduce el tema de la conversión: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”. El programa de Jesús es expresado en un solo versículo con cuatro fórmulas breves:

  1. El tiempo se ha cumplido;
  2. El reino de Dios está cerca;
  3. Es necesario convertirse;
  4. Hay que creer en el evangelio.

Las dos primeras fórmulas, en indicativo, constituyen la revelación por parte de Dios. Las otras dos, en imperativo, son un fuerte llamado a la decisión por parte del hombre que se expresa en dos exigencias: conversión y fe.

Jesús anuncia que se ha cumplido el tiempo fijado por Dios como final y definitivo, ha llegado el tiempo decisivo y de decisión (tal el sentido del término kairós empleado aquí) en el cual el Reinado de Dios es ofrecido a los hombres, que deben recibirlo dejando de lado los propios criterios de juicio y de acción (conversión como cambio de mentalidad) y aceptando confiados en la acción de Dios como el Señor de nuestra vida (fe). Por tanto, lo que falta para que el Reino que está cercano se haga presente es la respuesta humana: la fe y la conversión.

Meditatio:

Los 40 días de cuaresma brotan como paralelo de los 40 días de Jesús en el desierto. Lo dice explícitamente el prefacio de este domingo: “Él mismo, al abstenerse de alimentos terrenos durante cuarenta días, consagró con su ayuno la práctica cuaresmal”.

El Espíritu llevó, empujó a Jesús al desierto antes de comenzar su misión, su ministerio público. ¿Por qué? En el desierto Jesús se prepara para su misión. Nos lo recuerdo Aparecida: “Jesús, al comienzo de su vida pública, después de su bautismo, fue conducido por el Espíritu Santo al desierto para prepararse a su misión (cf. Mc 1, 12-13) y, con la oración y el ayuno, discernió la voluntad del Padre y venció las tentaciones de seguir otros caminos” (DC nº 149).

El tiempo de cuaresma nos invita a enfrentarnos con una realidad de nuestra vida que no nos gusta mucho reconocer que está presente: el mal. Sobre todo la presencia de ese mal que afecta nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos; lo que llamamos pecado. Es el mismo Espíritu Santo, al igual que a Jesús, quien nos conduce al desierto cuaresmal, es decir a una situación donde la soledad y el silencio nos llevan necesariamente a encontrarnos con nosotros mismos y a sentir la presencia del pecado en nuestra vida.

Se ha dicho con verdad que el gran desafío de la vida humana y cristiana es la de “integrar el mal”. No es nada fácil y la psicología nos advierte de muchos caminos falsos e insanos que podemos transitar, de la represión o negación a la transferencia. Sobre la dificultad de aceptar la presencia del mal en nosotros y sobre las erróneas actitudes que solemos asumir ante el mismo con sus nefastas consecuencias ha escrito magistralmente el P. Amedeo Cencini[5]: “Una primera forma posible de distorsión perceptiva en relación al pecado es la que determina la pretensión de eliminarlo del todo de nuestra propia vida… Es éste justamente el equívoco, fuente de frustraciones, desperdicio de energías y depresiones que no terminan jamás. Porque el hombre no podrá jamás eliminar totalmente el mal de su propia vida. El mal forma parte de nosotros mismos y de nuestra historia, está inserto profundamente en nuestro corazón y en nuestros miembros. Es simplista reducirlo a algunos gestos y comportamientos erróneos, como si el resto de la personalidad pudiese permanecer exceptuada. Es de ingenuos considerar que se lo puede extirpar de tal modo que ya no se sienta su atracción. Se trata de una pretensión implícita, que difícilmente reconocemos ante nosotros mismos, que funda sus raíces en una necesidad presente en todo hombre, aunque de la cual difícilmente se habla: la necesidad de omnipotencia“.

En cambio, el Espíritu Santo – tras las huellas de Jesús – nos conduce por el camino de la aceptación y de la lucha contra el mal con la esperanza de la victoria.

La realidad del mal, del pecado, presente siempre en nuestra vida, estará también presente durante todo el camino cuaresmal y será abordada desde distintas miradas. Por de pronto, en esta primera etapa de la cuaresma se nos invita a aceptar su presencia en nosotros; a descubrir su causa que son las tentaciones y empezar una lucha contra las mismas con la intención de volver a lo realmente bueno que es la armonía propia de la vida cristiana. Con palabras de nuestra experiencia cotidiana podemos decir que hay cosas que me gustan y me atraen pero que definitivamente me hacen mal. Esta es la tentación en el plano moral que hay que discernir. Al respecto dice J. Leclerq[6]: “Las tentaciones manifiestan nuestra imperfección; bien tomadas, nos mantienen en la humildad. No hay que extrañarse de ellas; en sí no constituyen falta alguna; pero son signos que nos ponen en guardia”.

Ahora bien, tengamos en cuenta, como el mismo P. Cencini[7] lo señala, el proceso de integración del mal no puede detenerse en la primera fase que es el reconocimiento y aceptación del propio pecado sino que debe continuar hasta la transformación interior que obra el perdón de Dios.

Al discernir las tentaciones que nos invitan a apartarnos del Señor; tenemos que reaccionar tomando el camino contrario al sugerido por ellas, el camino de vuelta a Dios, el camino de la conversión, que es el otro tema central del evangelio. Se trata de volver a Él, a la alianza con Él en la que estamos desde nuestro Bautismo. Más concretamente, revisemos si Jesús está presente en nuestra vida, si es Alguien real que comparte nuestra vida cotidiana. Porque es evidente que el ritmo diario muchas veces opaca esta presencia del Señor en nuestra vida y terminamos prescindiendo de Él. Vivimos sólo desde nosotros y para nosotros. La vida en alianza es vivir de Él, con Él y para Él, descubriendo en esto una mayor plenitud de vida que viene de su amor. Sí, porque el egoísmo, el aislamiento, la búsqueda exclusiva del propio bien nos empobrece, nos quita la alegría de vivir. En cambio, experimentar que vivimos por su Amor, que nos ha creado y ha hecho alianza con nosotros, amplía el horizonte de nuestra vida llenándolo de sentido y de alegría.

Visto todo esto creo que podemos captar ya lo que el Señor nos pide, a través de Su Palabra, en este primer domingo de cuaresma.

Se trata de reconocer que esta vida en Alianza con el Señor está sujeta a la tentación y a la posible infidelidad, a romperse por el pecado o a enfriarse por la rutina. Jesús nos invita a renovar la Alianza, muriendo a la corrupción del pecado y renaciendo a la gracia. Pero para esto el primer y necesario paso es asumir nuestra debilidad y nuestro pecado. El segundo es mirar a Dios, siempre fiel y lleno de ternura, que en Jesús se nos aproxima con su perdón. El tercer paso será poner manos a la obra con la ascesis cristiana, con la lucha contra las tentaciones.

En síntesis, hay que asumir nuestra condición permanente de “pecadores en conversión”, como dice A. Louf[8]: “estar en conversión es pasar continuamente al misterio del pecado y de la gracia. Esto significa el abandono de toda justificación, de toda justicia propia, y el reconocimiento de nuestro pecado para abrirnos a la gracia de Dios”.

Cerremos la meditación con las palabras del Papa Francisco en su homilía del miércoles de ceniza de este año:

“El tiempo de Cuaresma es tiempo propicio para afinar los acordes disonantes de nuestra vida cristiana y recibir la siempre nueva, alegre y esperanzadora noticia de la Pascua del Señor. La Iglesia en su maternal sabiduría nos propone prestarle especial atención a todo aquello que pueda enfriar y oxidar nuestro corazón creyente. Las tentaciones a las que estamos expuestos son múltiples. Cada uno de nosotros conoce las dificultades que tiene que enfrentar. Y es triste constatar cómo, frente a las vicisitudes cotidianas, se alzan voces que, aprovechándose del dolor y la incertidumbre, lo único que saben es sembrar desconfianza. Y si el fruto de la fe es la caridad —como le gustaba repetir a la Madre Teresa de Calcuta—, el fruto de la desconfianza es la apatía y la resignación. Desconfianza, apatía y resignación: esos demonios que cauterizan y paralizan el alma del pueblo creyente. La Cuaresma es tiempo rico para desenmascarar éstas y otras tentaciones y dejar que nuestro corazón vuelva a latir al palpitar del Corazón de Jesús. Toda esta liturgia está impregnada con ese sentir y podríamos decir que se hace eco en tres palabras que se nos ofrecen para volver a «recalentar el corazón creyente»: Detente, mira y vuelve”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Muéstranos tu Rostro, Padre mío

Me lleva a ese lugar, no me resisto
Ansío el silencio, la humedad de la noche
Sonidos inhumanos y los espíritus…

Vienen acercándose acompañados
Traen alforjas colmadas de caminos
Busco entre ellos el de tu Reino.

Sentado medito las acciones divinas
Y copio los gestos, descarto intrigas
Descubro astucias y mentiras.
Es necesario y vital hacer ejercicio
La salud se fortalece y se ayuna de ruidos
Si sabemos distinguir la Voz

Soledad del desierto, aprendizaje,
La semilla es una y en la tierra cae
Para morir y dar fruto abundante.

Ven, Ven a nosotros, Santo Espíritu
Sopla y dispersa las tinieblas, Señor
Veamos el Rostro del Padre todos sus Hijos. Amén

[1] Cf. N. Brox, La primera carta de Pedro (Sígueme; Salamanca 1994) 228-236.

[2] Pontificia Comisión Bíblica, El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana (Ciudad del Vaticano 2002) 151.

[3] Los textos pueden verse en J. Gnilka, El evangelio según San Marcos I, Salamanca 1992, 66-67; y una síntesis en L. Monloubou, Leer y predicar el Evangelio de Marcos (Sal Terrae; Santander 1981) 24-25.

[4] El evangelio según San Marcos I, 67-68.

[5] A. Cencini, Vivir reconciliados (Paulinas; Buenos Aires 1997) 15-16. Es un tema que toca en casi todos sus libros.

[6] “La tentación”, en B. Haering y otros, Pastoral del Pecado (Verbo Divino; Estella 1965) 74.

[7] Vivir reconciliados (Paulinas; Buenos Aires 1997) 55.

[8] A merced de su gracia (Narcea, Madrid 1996) 20. 22.

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